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Fragmento:


“El receptor sigue transmitiendo interferencias,” dice Alexia, sentada ante la radio militar de onda corta. Sus ojos, bordeados por venas rojas de insomnio, parecen aún más oscuros bajo las luces tenues. Entre sus dedos gira constantemente una bala de 9mm, como si fuera un rosario. “No hay noticias de Maryland ni de los CDC. El último mensaje de New Jersey hablaba de hordas cruzando la frontera del estado.”

Duración: 12:49

El Último Refugio del Capitolio
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Texto de ajuste de pausa.

11 de septiembre de 2020

El silencio pesa sobre la ciudad como una mortaja. Una niebla lenta y sucia, mezclada con el humo de incendios lejanos, esconde las cúpulas grises de los edificios federales. Bajo ese manto espectral, Washington D.C. parece haberse transformado en el decorado de un viejo filme apocalíptico: avenidas antes bulliciosas están ahora tapizadas de coches abandonados y cuerpos retorcidos. El aire huele a ozono y a carne podrida; el rumor del viento arrastra papeles, latas oxidadas, a veces un gemido distante.

Hace tres noches, la última cadena nacional que captamos en nuestro refugio, apenas un murmullo distorsionado por interferencias, anunciaba caos dentro de la Casa Blanca. Desde entonces, el mundo parece detenido, suspendido en una vigilia interminable. No queda mucha electricidad; sobrevivimos con generadores que se apagan cada hora para ahorrar combustible. Nadie sabe exactamente quién sigue vivo; ni siquiera nosotros, apiñados en este sótano subterráneo bajo un edificio federal, nos consideramos verdaderamente vivos. Solo inadaptados aguardando el siguiente ataque.

“El receptor sigue transmitiendo interferencias,” dice Alexia, sentada ante la radio militar de onda corta. Sus ojos, bordeados por venas rojas de insomnio, parecen aún más oscuros bajo las luces tenues. Entre sus dedos gira constantemente una bala de 9mm, como si fuera un rosario. “No hay noticias de Maryland ni de los CDC. El último mensaje de New Jersey hablaba de hordas cruzando la frontera del estado.”

Nos hemos quedado en ocho. Éramos veinte al principio, personal del Departamento de Estado, un par de marines y un par de técnicos de señal. Desde entonces otros se fueron—buscaron a sus familias, la mayoría nunca regresó. Algunos no resistieron el miedo, las crisis de pánico, la enfermedad. Ahora, cada uno de nuestros rostros parece demasiado flaco, demasiado viejo para la edad.

Fuera, la ciudad muere más rápido cada día. Las hordas no se ven siempre, pero su presencia se siente: rastros de sangre seca en el asfalto, cables caídos, ventanas astilladas de un puñetazo, zapatos tirados erráticamente como si los hubiera dejado atrás alguien corriendo por su vida.

Nuestra rutina, si es que se puede llamar así, se ha convertido en espera y vigilancia. Kevin, antes guardia de seguridad en el Capitolio, cierra la puerta de acero cada vez que alguien baja de la exploración diaria. Su pistola cuelga ahora siempre de su cinturón, manchada de óxido en la corredera—no porque tema olvidar, sino porque en las horas muertas limpia y reaprieta la madera de las cachas como un hábito nervioso.

La noche ha traído lluvia, mezcla de agua y cenizas. A pesar del peligro, dos de nosotros hemos salido a recoger cualquier cosa útil: baterías, latas con etiquetas enmohecidas, medicinas de farmacias saqueadas. Se comunican con un walkie-talkie de corto alcance; la señal suele cortarse entre edificios altos. El resto aguardamos, escuchando el golpeteo irregular de gotas en el tubo de ventilación y el zumbido apenas perceptible de los generadores en reposo.

Alexia ajusta el dial, fijando los oídos en la estática, quizá buscando alguna palabra en ruso, mandarín, inglés, cualquier cosa. A veces las voces surgen como fantasmas, hablando de incendios en Nueva Orleans, de un presidente desaparecido, o de traiciones militares. Hoy, solo ruido blanco, con estallidos esporádicos como disparos.

Mason, uno de los marines, talla una cruz en la culata de su M16 con el filo de un cuchillo. Cada línea, ha explicado, marca un día desde que cayeron las últimas defensas en la avenida Pensilvania. Las líneas se amontonan unas sobre otras; el arma parece más un diario que un instrumento de guerra.

La incertidumbre sobre el destino de la cúpula del país pesa en cada conversación. Nadie ha recibido señales con el código de la autoridad máxima desde la última semana de agosto. Los rumores hablan de miembros de los servicios secretos que aún custodian la Casa Blanca por dentro, de túneles abarrotados de refugiados importantes, de “plan de contingencia Omega”. Otros dicen que un general asumió el mando en un búnker fuera de la ciudad, sin manera de corroborar nada.

Hoy es diferente. Por primera vez en días, alguien toca la puerta de acero. Llaman tres veces, pausa, dos golpes secos—aún recordamos la clave. Kevin y Mason preparan sus armas mientras Teresa, la paramédica, coloca una bufanda improvisada alrededor de su boca y nariz, lista para tratar cualquier herido o para encarar a infectados.

Por la mirilla—un agujero improvisado cubierto por una lámina plástica—divisamos a dos figuras empapadas hasta los huesos. Es Andrew, uno de los exploradores, pero el otro es desconocido: lleva la chaqueta azul oscurecida y desgarrada, pero en el cuello asoma el pin de la bandera, habitual en funcionarios del gobierno. Los dejamos pasar, cerrando la puerta de golpe tras ellos.

Andrew jadea, cargando una mochila mugrosa. Su compañero cae de rodillas. De inmediato, Teresa lo revisa: no parece mordido, aunque sangra de una herida superficial en el antebrazo. El hombre, con la voz arrastrándose entre toses, murmura: “Departamento de Seguridad Nacional. Mi nombre es West. Tengo información… sobre el plan de evacuación.”

El nombre recorre el refugio como una descarga eléctrica. Desde hace días especulamos sobre la posibilidad de un rescate, sobre la existencia de algún centro de mando aún operativo, una solución, siquiera teórica, para sobrevivir el invierno. Nos arremolinamos a su alrededor; Mason vigila la puerta mientras Alexia toma notas rápidas en su libreta más por reflejo que por esperanza real de escribir un informe algún día.

West se recupera tras un poco de agua y algo de pan viejo. Su relato es entrecortado, interrumpido por la fatiga, pero la desesperación le da un ritmo febril. “El mando militar colapsó. El presidente fue evacuado en helicóptero… hace días, pero no sabíamos si llegó. Yo estaba asignado a la coordinación de respuesta metropolitana. Hay un refugio… debajo del Pentágono, pero están saturados. Querían organizar convoyes, limpiar un corredor hacia el sur. Todo se desmoronó cuando la infección llegó a Arlington,” dice, señalando hacia el sur con una mueca de dolor.

Dice que vio, a plena luz del día, cómo una horda atravesó la explanada del National Mall: centenares de cuerpos tambaleantes arrollando barricadas, arrastrando consigo cuanto encontraban. “Ya no son como personas. Ni siquiera reaccionan al dolor. Solo muerden, sin parar. La Guardia Nacional trató quemarlos en masa pero el viento arrastró el fuego al Museo Smithsoniano, todo terminó en desastre.”

Andrew, temblando, agrega otra mala noticia: la zona del Capitolio, antes relativamente limpia, ahora es intransitable. “Acabo de ver a dos pelotones de soldados rodeados. No llevaban insignias, puede que fueran desertores o grupos de saqueadores uniformados.” En la ciudad reina la confusión, casi tanto como el miedo a los muertos vivientes.

Reunidos en torno a una lámpara de queroseno, hacemos recuento de lo que nos queda: gasolina para tres días a ritmo económico. Alimentos secos para una semana. Balas, menos de cien por persona. Las medicinas se han reducido a unas tabletas de antibiótico y un par de vendas limpias. Pero lo peor es el agua: a pesar de haber cortado el flujo principal al edificio, las reservas bajan a velocidad alarmante y salir con cubos a cualquier fuente o hidrante se ha vuelto casi suicida.

Entre los presentes, surge el debate: ¿esperar una evacuación improbable o intentar huir, siguiendo las viejas rutas federales hacia Virginia? No hay garantía de hallar seguridad fuera—los relatos de Andrew y West insinúan que incluso la periferia está plagada de pandillas armadas y ambulantes, que matan y saquean a cualquiera que se cruce en su camino.

Recordamos lo que hubo alguna vez más allá de estas paredes: turistas paseando frente al Monumento a Lincoln, niños corriendo tras las ardillas en DuPont Circle, sirenas en la noche que antes eran solo ruidos de la civilización. Ahora, cada vez que alguien se asoma al exterior, el espectáculo es sólo desolación: buses volcados en el puente de Arlington, ambulancias quemadas, carteles de “SOS” pintados con sangre o pintura barata.

Decidimos hacer una última transmisión de socorro. Alexia compone un mensaje, su voz quebrada pero firme: “Grupo de ocho, Departamento de Estado, sótano tres, edificio agencia Wilson, Washington D.C. Tenemos heridos, recursos limitados. Buscamos evacuar hacia el sur o unirnos a fuerza militar. Responder en frecuencia de emergencia.” Enviamos el mensaje cada cinco minutos hasta que la batería marca el descenso peligroso.

La noche la pasamos despiertos. Cada ruido más allá de las paredes parece una amenaza. Un par de veces, los gemidos inconfundibles de los infectados suben por el hueco del ascensor destruido. Nadie duerme más de media hora; los pocos que lo intentan despiertan empapados en sudor.

Al amanecer, una bandada de cuervos azota el edificio; su graznido ahoga el silencio. Desde la ventana tapiada, apenas un hueco entre tablas, el sol ilumina el Capitolio: la cúpula ennegrecida por incendios, banderas hechas jirones ondeando en el crepúsculo. Nos preparamos para salir: cada uno toma su peso en víveres, arma, cuchillo, una botella vacía para el agua que tal vez nunca encontremos.

El grupo debate una vez más: ¿arriesgarlo todo por un corredor desconocido, confiando en las palabras agotadas de un funcionario a punto de desfallecer? ¿O sentarnos a esperar la muerte en un refugio que ya no lo es? West, cabizbajo, murmura: “Nadie vendrá. Somos los que quedamos, para bien o para mal.”

Salimos antes de mediodía, con la radio encendida, atentos a cualquier susurro en la frecuencia de emergencia. Cruzamos calles vacías, esquivando ruinas y cuerpos, entre jardines antes cuidados y ahora salvajes. Atravesamos la Plaza Lafayette, contando los pasos entre los bancos oxidados, siempre vigilando los movimientos erráticos de figuras al fondo: ¿infectados, saqueadores, o simplemente otros desesperados como nosotros?

Un par de veces nos detenemos—una vez para socorrer a una anciana acurrucada bajo un árbol, delirando, incapaz de moverse; la otra para esquivar a un grupo de soldados que parecen más interesados en saquear que en proteger a nadie. En ambas ocasiones, el dilema del nuevo mundo: ¿arriesgar vidas por compasión o seguir el instinto brutal de la supervivencia? La decisión, cada vez más, tiende hacia la segunda opción.

Nuestra meta es el río Potomac; si conseguimos cruzar, aún podrían quedar rutas abiertas hacia el sur. Nos movemos agazapados, pasando por la sombra de los obeliscos, de los monumentos de guerra, de las estatuas que miran hacia el vacío. Washington, la gran capital, es ahora solo un espectro de lo que fue, una alegoría de la civilización desplomada.

Dejamos atrás el Mall—quizá sea la última vez que lo veamos. El sonido de la radio sigue siendo un hilo de esperanza: voces entrecortadas, a veces una risa, a veces un sollozo lejano, casi siempre la promesa de que tal vez, en otro lugar, otros humanos también caminan, también buscan sobrevivir.

Y así avanzamos, en fila, hacia el incierto sur, entre las ruinas y los ecos de discursos pasados, con la convicción de que, incluso en el fin del mundo, un pequeño grupo de desconocidos puede decidir aún su propio destino. El infectado, en la distancia, se convierte en apenas una parte más del paisaje; el verdadero enemigo es ahora el hambre, el frío y la soledad. Y la memoria, la insoportable memoria de lo que se ha perdido: la ciudad, la gente, la idea misma de un país que fue.

Mientras la tarde declina y los resplandores de nuevos incendios pintan de rojo el horizonte, entendemos que Washington ya no espera salvadores ni órdenes superiores—solo a quienes tengan la voluntad (o la desesperación) para trazar, en medio de la ruina, el comienzo de algo, aunque sea tan frágil como la esperanza.

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