Septiembre zombie
Brote
Operación ocaso
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato El eco de la capital muerta
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Hoy es 12 de noviembre de 2020. Hace frío. Ya no hay calefacción. Nos apiñamos en las esquinas con mantas improvisadas de cortinas y banderas, aunque la última bandera con la que intenté cubrirme me dio más escalofríos que calor. El escudo de los Estados Unidos, rasgado y manchado como todo lo demás.

Duración: 11:28

El eco de la capital muerta
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

12 de noviembre de 2020

Han pasado ocho meses, aunque para mi mente exhausta cada día parece una eternidad plegada sobre sí misma. Me llamo Helen García. No sé si importan los nombres hoy en día; los amigos que respondían cuando los llamaba por su nombre han dejado de hacerlo mucho antes de que la primera nevada de este octubre cayera sobre las ruinas de Washington D.C.

Sigo aquí, en la vieja sala de prensa de un edificio de oficinas federal, entre papeles amarillentos y monitores rotos cubiertos de polvo. El concreto resuena con los disparos lejanos, los gritos fugitivos de otra horda, y aunque los vidrios han sido rotos durante las primeras semanas del pánico, permanece un aire a formalidad marchita, un eco de un mundo donde los comunicados tenían sentido y las órdenes circulaban como sangre por las terminales de los burócratas.

Hoy es 12 de noviembre de 2020. Hace frío. Ya no hay calefacción. Nos apiñamos en las esquinas con mantas improvisadas de cortinas y banderas, aunque la última bandera con la que intenté cubrirme me dio más escalofríos que calor. El escudo de los Estados Unidos, rasgado y manchado como todo lo demás.

Esta mañana escuchamos la radio de emergencia. Miento: escuché ruido estático, leves fragmentos de una voz, tal vez francesa -¿París? ¿Canadá?- oteando la breve esperanza de que no estamos completamente solos o perdidos.

Anoche cuaderné mis pensamientos, tomando nota de los acontecimientos para que, en caso de que alguien encuentre estas páginas, quizás en otro futuro, el rompecabezas de nuestra caída sea más comprensible. Desde abril, desde aquella extraña mañana en que los hospitales se saturaron sin razón aparente, el terror comenzó a esparcirse como pólvora. Pero aquí en D.C., la política y el pánico cocieron una mezcla letal: barricadas de vehículos oficiales bloqueando cruces, policías y soldados con rostros más asustados que los civiles, órdenes y contravenciones en un marasmo de rumores.

Pero debo escribir sobre hoy; me obligo a seguir la línea del tiempo, una disciplina que mantiene los fantasmas de la locura fuera de mi mente.

***

Mañana, 7 a.m.

El grupo despertó con el zumbido de moscas y el hedor de carne en descomposición que viene de la avenida Pennsylvania. Siempre amenaza con infiltrarse al refugio, no importa cuántos trapos pongamos en las grietas de las ventanas. De cuatro que éramos hace una semana, ahora quedamos solo tres: Joshua, exagente de policía; Ruth, una joven bibliotecaria sorda; y yo, periodista.

Joshua salió al amanecer con un cuchillo largo y una linterna, buscando agua o mantas en los restos de una oficina cercana; volvió con agua y tres latas de sopa de tomate, pero le sangra el antebrazo por un corte que prefiere no explicar. No huele mal, así que por ahora evitaré aquellas preguntas que podrían sembrar la desconfianza.

Ruth, desde el principio, ha sido el alma de nuestros días. Agita sus manos con rapidez, inventando signos que aprendí en la urgencia, con la certeza de que la palabra hablada es menos útil que las miradas sinceras y los gestos prácticos. Hoy pegó dibujos en las paredes: círculos, triángulos, escaleras, todo aquello que considera “rutas de escape” y “lugares seguros”, según escribe en hojas desgarradas.

Las calles de la capital son un cementerio abierto. El National Mall, antaño ámbito de protestas y celebraciones, es ahora un páramo donde los muertos tambalean entre monumentos cubiertos de moho y grafitis. Por la tarde subí a la azotea a otear el horizonte. Los tejados están vacíos, excepto por los cuervos que, en bandadas, se lanzan sobre los cuerpos. Hay un fuego en la distancia, dirección este, tal vez cerca del Capitolio. Por un instante me pregunté si sería un grupo de supervivientes -otros como nosotros-, o simplemente otro incendio accidental, inevitable, propagado por los escombros.

***

Mediodía

Hoy se cumplen veinte días exactos desde que Ruth pidió hacer un inventario de todo lo útil que podíamos encontrar en el edificio. Enumeró balas, abrelatas, baterías, libros, encendedores, y las diecisiete máscaras de tela que alguien había donado en marzo, cuando la gente pensaba que era COVID lo que nos amenazaba, no la muerte rediviva.

Las máscaras ya no se utilizan, salvo cuando algún hedor amenaza con provocarnos el vómito. El enemigo es otro, sucio, ruidoso y tenaz. Y sin embargo, la ironía: a veces, el miedo invisible era más fácil de sobrellevar que la certeza de un cadáver errante a dos pisos de distancia.

Tenemos planeado ir al Museo Nacional de Historia el martes. Joshua, convencido de que ahí hallaremos víveres arrojados durante los primeros saqueos, está seguro de que podremos acceder por el túnel subterráneo de la estación Smithsonian. Ruth copiará el mapa en papel, lo marcará con símbolos, y usaremos las radios que aún funcionan a medias para mantenernos comunicados.

No sé si iremos, pero escribirlo me da una sensación de propósito.

***

Tarde, 16:00

Escuchamos disparos al sur, cerca de Union Station. Mi corazón salta cada vez que el sonido rompe la monotonía del horror. ¿Alguien defendiéndose? ¿O, peor aún, bandas armadas buscando dominar otras zonas?

Las bandas comenzaron a proliferar en octubre, según los rumores. Algunas saquean, otras matan por placer o por comida. D.C. -con su maraña de túneles y edificios gubernamentales- se ha convertido en un tablero de guerra de pequeñas facciones improvisadas: los que aún creen en la ley, los que actúan por codicia, los simples desesperados.

Al anochecer, Joshua decide sellar dos de las puertas con muebles viejos. Mientras trabajo junto a él, intercambiando fragmentos de conversación, me relata cómo, durante los primeros días, su deber era redirigir a la gente lejos del Capitolio, proteger a los políticos atrapados. “La mayoría nunca llegó vivo”, dice con la voz rota. He aprendido a no preguntar demasiado.

Me invade la sensación de que cada palabra quedará colgada sin sentido en las paredes, como una sombra más.

***

Noche, 21:30

Nos turnamos para hacer guardia. El generador, alimentado con un poco de gasolina robada durante la semana pasada, da apenas energía para dos linternas y una radio a pilas. El resto del tiempo dependemos de la luz tenue de la luna reflejada en los escombros.

Terminé la sopa de tomate, sentada en la sala de conferencias con los pies encima de una docena de archivadores vacíos. Ruth, recogida en un rincón, parece dormir, pero sujeta una pistola descargada como si fuera su amuleto contra el miedo.

Intenté escribir una carta para mi hermana, que se refugió en Silver Spring antes del gran bloqueo. La guardo en un sobre sellado, aunque sé que, probablemente, jamás llegará a destino. Los viejos métodos de comunicación son, ahora, rituales de esperanza más que realidades prácticas.

Repaso las noticias mentales de la última semana:

- La horda cruzó el Puente Memorial dos días antes, empujada por explosiones en Arlington; las llamas se veían desde aquí.

- Las tropas que quedaban en el Pentágono desertaron, según los rumores, tras ser cercadas dentro del propio edificio. Solo queda la CIA, dicen algunos, escondida en algún búnker secreto.

- En la Casa Blanca, algunos sobrevivientes trataron de crear una fortaleza, pero se reportaron disparos y, finalmente, silencio.

- Las ambulancias ya no circulan; los militares que aún defienden fortines disparan a cualquier cosa que se mueva fuera de sus perímetros.

El miedo ya no es parálisis, es solo rutina. El verdadero temor es perderse uno mismo dentro del vacío, volverse igual de errante y vacío que las hordas allá afuera.

Esta noche sueño con cosas imposibles: una reunión familiar, el sonido de un violín junto al río Potomac, niños corriendo en los parques del National Mall -sin miedo, sin máscaras, sin hambre-. Pero la realidad me despabila cada vez más rápido.

***

13 de noviembre de 2020

Amanecemos con el rumor de una tormenta, y con algo peor: Joshua no responde cuando le llamo. Lo encuentro en el baño, sentado en el suelo con un vendaje empapado en sangre y una fiebre imposible. No necesito mirar más para saber lo que ocurre. Él lo sabe también.

Ruth llora en silencio, agarrada a mi mano con tanta fuerza que me deja marcas. Escribo: “Debo decidir pronto”. El miedo más antiguo vuelve a crecer como hiedra. ¿Cuánto tardará Joshua? ¿Horas? ¿Minutos?

Afuera, la ciudad sigue sujeta por la misma parálisis sangrienta. Escucho que los muertos se agrupan junto a la entrada, martillando la puerta de servicio. Quizá han seguido el olor, el movimiento, el simple rumor de la vida bajo el concreto.

Tenemos comida para un par de días, si no somos asaltados antes por algún grupo armado. Ruth quiere quedarse, encerrada en la sala de prensa, aferrada al libro de signos y la pistola. Yo quiero marcharme, buscar a mi hermana, aunque no tengo rutas seguras.

Despedir a Joshua es rápido. Él nos pide -en un susurro que me parece aún más humano de lo habitual en estos tiempos- que no perdamos la fe. “Algún día la ciudad volverá, Helen. De una forma u otra.”

Tomamos su cuerpo en la noche, lo llevamos como pudimos hasta el patio trasero y, con el último bidón de gasolina, le prendemos fuego. La llama apenas es suficiente para ahuyentar a los muertos cercanos.

***

14 de noviembre de 2020

Hoy la radio chisporrotea con una noticia inesperada: una voz en inglés, probablemente militar, dice que habrá una “evacuación limitada” en alguna parte del río Potomac, pero la frecuencia se pierde en interferencias. Ruth quiere intentarlo, pero mis pies pesan. El miedo es ya otro miembro, una segunda piel que no consigo desprenderme.

La capital huele a final, pero también a promesa. Las columnas rotas del Capitolio siguen en pie, sombra altiva en las noches claras. En el National Mall, los zombis se agrupan como oscuros peregrinos malditos bajo la luna.

***

15 de noviembre de 2020

Hoy nos preparamos para marcharnos. Escribo esta última nota en la sala de prensa, mientras Ruth enrolla la manta y recoge el libro de signos. Llevo conmigo un pequeño cuaderno con estas páginas, un mapa a lápiz del Distrito, y la carta para mi hermana.

Cruzaremos la Avenida Constitution con el alba, siguiendo el rumor de la evacuación. Si fracasamos, volveremos aquí. Si no regresamos, estas páginas quedarán como testimonio de que alguna vez, incluso cuando el mundo se detuvo, alguien pudo seguir escribiendo.

No sé si el mundo que existía antes de marzo de 2020 volverá jamás. El Lincoln Memorial sigue observándonos, severo y austero, entre brumas. Pero mientras quede alguien para recordar y escribir si es posible sobrevivir aquí, hay futuro. Aunque sea apenas un susurro de lápiz en la caverna fría de la capital muerta.

Helen García

Washington D.C.

12-15 de noviembre de 2020

Septiembre zombie
Brote
Operación ocaso
Incubación
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.