Fragmento:
Washington D.C. se había convertido en un archipiélago de supervivientes. Cada comunidad –en Iglesias, escuelas, viejas comisarías y hasta sótanos de edificios federales– se sostenía por sus propias reglas rígidas y a menudo despóticas. Había visto cómo la compasión se volvía moneda de cambio, y cómo quienes insistían en la justicia antigua corrían pronto la misma suerte que los imprudentes.
Duración: 11:54
13 de septiembre de 2021
Una neblina densa flotaba sobre la explanada del National Mall, abrazando los monumentos como un sudario callado. El Lincoln Memorial emergía entre la bruma, su figura autoritaria e inmóvil como un testigo de la lenta ruina que reconcomía la capital. Allá lejos, la silueta tambaleante de una persona —¿o era acaso otra cosa?— cruzaba el reflejo gris del estanque. En el silencio glacial de la madrugada sólo se oían las pisadas rápidas de los que aún se consideraban vivos.
Durante los días, algunos sobrevivientes merodeaban Washington D.C., buscando restos de comida en los supermercados devastados o intentaban saquear casas de Georgetown o cuentas de bancos que ya nadie abría. Pero de noche, la ciudad era dominio de los otros. Y ahora, en septiembre, cuando el verano languidecía y los árboles volvían a teñirse de rojos y dorados, también cobraban importancia nuevas amenazas. Porque el verdadero peligro, ya lo sabían, no sólo marchaba tambaleante por las calles, sino que sabía organizarse, portar armas, buscar poder.
Mi nombre era Thomas O’Neill, antes reportero del Washington Post. Ahora era apenas otro habitante de la sombra, parte de una comunidad atrincherada en un edificio administrativo transformado en fortaleza, una docena de cuadras detrás del Capitolio. Me hallaba en la azotea, cubierto por una gabardina raída, con el fusil apoyado en mis rodillas. A mis espaldas, la radio militar chisporroteaba fragmentos de voces distantes, intentando comunicarse con otras comunidades.
El aire retumbaba con la amenaza de lluvia. Los repiques lejanos de disparos eran menos usuales ahora: Munición valiosa, no se malgastaba. Y las patrullas humanas, tanto de bandidos como de otros grupos defensivos, preferían moverse rápido y en silencio. Sin embargo, un rugido débil, casi atragantado, emergía del sector norte, por la Vieja Calle H. Olor a basura y descomposición. Zombis, pensaba, o más bien cadáveres atrapados en una eterna rutina, arrastrando pies, persiguiendo cualquier destello de vida.
Washington D.C. se había convertido en un archipiélago de supervivientes. Cada comunidad –en Iglesias, escuelas, viejas comisarías y hasta sótanos de edificios federales– se sostenía por sus propias reglas rígidas y a menudo despóticas. Había visto cómo la compasión se volvía moneda de cambio, y cómo quienes insistían en la justicia antigua corrían pronto la misma suerte que los imprudentes.
Mi grupo, encabezado por Laura Phan, una ex trabajadora social y ahora gobernante de facto, había decidido actuar antes de que los otros grupos paramilitares asumieran el control total de la Avenida Pensilvania. Entre nuestros recursos más preciados figuraban semillas –heredadas de un banco genético de la USDA– y un manual de electricidad básica sustraído de la Biblioteca del Congreso antes de que sus puertas quedaran selladas y el edificio fuese saqueado.
La noche anterior, habíamos interceptado una transmisión; no era la cantilena usual de socorro, sino un mensaje codificado a través de la red de radios de baja frecuencia rescatadas por los grupos de Reston y Silver Spring. Palabras entrecortadas: “Centro de mando, Capitolio… grupo hostil, armados… posible ayuda, repito, posible ayuda...”. No se oía un pedido de auxilio vacío ni la letanía grabada de los viejos tiempos. Era la voz de alguien desesperado y aún dispuesto a resistir. Laura se encaró a nosotros con decisión: “Si realmente hay alguien ahí, necesitamos aliados dentro del Capitolio. El control de la colina aún importa”.
Así fue como formamos un pequeño escuadrón de cinco, equipados con lo mejor que tenían: cuchillos bien afilados, tres revólveres con una docena de balas entre todos, linternas, radios y bolsas de tela para acarrear lo que fuera de utilidad. La ciudad no daba segundas oportunidades: cualquier misión implicaba riesgo y a menudo significaba no regresar. Pero también sabíamos que sin alianzas estábamos condenados a ser presa de los peores— vivos o muertos.
El plan era simple. Bajo la protección de la madrugada, llegaríamos al Capitolio por el túnel subterráneo que antaño conectaba con la Biblioteca del Congreso. En teoría, el acceso seguía libre: las puertas reforzadas resistieron los primeros saqueos, y se rumoreaba que tras ellas, un grupo de la Guardia Nacional o ex-funcionarios había sobrevivido. Quizá eran ellos quienes transmitían.
La travesía fue lenta y tensa. Las calles estaban plagadas de vehículos abandonados y barricadas improvisadas. A nuestro paso, el silencio sólo se quebraba por las pisadas amortiguadas y el rumor lejano de lamentos animales, cada vez más parecidos a los de los muertos. Había aprendido a distinguir los gemidos de los infectados—seres que ya casi no eran humanos—de los gritos ahogados de quienes aún sentían dolor.
Descendimos por la boca del metro en la estación Capitol South; allí, entre los escombros y rieles oxidados, las ratas habían crecido y la humedad impregnaba el aire, pero los zombis rara vez bajaban a lo profundo. Caminamos en fila, con las linternas apagadas la mayor parte del trayecto. Al llegar al acceso secundario, miré a Laura: ella asintió y recitó el código de apertura que nos había dado uno de los técnicos. Empujamos la puerta; la entrada rechinó y un hedor antiguo nos golpeó de lleno.
Adentro, hallamos no soldados sino gente asustada y al borde del colapso, armada con lo que pudo: un jubilado con una escopeta de caza, dos chicos aferrados a bates de béisbol, y una enfermera—de nombre Abigail—que portaba uno de aquellos desfasados trajes EPI pintarrajeados a mano. El hambre era evidente; las mejillas flacas, los movimientos lentos y torpes. Pero todavía quedaba algo: una chispa de propósito.
Abigail nos reconoció no con nombre, sino a través de las cicatrices del hambre y el miedo. “Esperábamos refuerzos o la muerte”, dijo, “no pensaba que alguien más respondiera al mensaje”. Sabía que la soledad era arma letal. En el recinto, un grupo de seis más: entre ellos, Mark, un antiguo funcionario del Tesoro que dijo haber entrenado a grupos de defensa civil, y Cece, una muchacha que antes vendía café y ahora organizaba las rondas nocturnas.
Entre el grupo y nosotros, pusimos sobre la mesa lo poco que había: una caja pequeña de medicinas, un saco de arroz, y el compromiso de compartir, si todo salía bien, un vivero incipiente que uno de los nuestros había instalado en los tejados de Union Station. Poco después, una ráfaga seca de disparos nos sobresaltó. “No es aquí —dijo Mark con voz tensa— pero se acercan”. El Capitolio no solo atraía a quienes buscaban ayuda; era destino y trampa para aquellos que anhelaban el antiguo poder detrás de las columnas y domos.
Laura trazó el plan: defensas improvisadas, guardias en los accesos y rutas alternativas para escapar si las cosas todavía empeoraban. No era difícil encontrar barricadas: estanterías del archivo histórico, bancas del Senado, trozos de mármol rescatados de las salas devastadas. Por la radio, recogimos retazos de información: al norte, un grupo armado avanzaba, saqueando refugios en su camino; su número era desconocido, pero se rumoreaba que uno de sus líderes había trabajado como policía en Baltimore. No se fiaba de nadie y se regía por una lógica de fuerza bruta.
En ese instante, me di cuenta que lo que antes era el corazón político de una potencia mundial, ahora no era más que otro fuerte asediado, su valor reducido a sus recovecos subterráneos y depósitos de víveres. El mármol y las pinturas, los murales y los retratos de viejos presidentes, estaban cubiertos de mugre y heridas de metralla. Todo había cedido su gloria a la supervivencia más elemental.
La noche avanzaba. Los nervios se tensaban en cada esquina. Sabíamos que, pese al riesgo compartido de los zombis, el verdadero miedo brotaba de nosotros mismos: de la traición, del instinto egoísta de aquellos dispuestos a arriesgar todo por un saco de arroz, por un par de botas, por una bala más. Ser testigo de esa transformación era el verdadero drama del siglo.
Me quedé observando, a través de la grieta de una ventana, la cúpula del Capitolio recortada sobre la luna inerme. El tiempo pasaba de forma extraña: ya era imposible medir días por los noticieros o los horarios de tren; ahora eran las guardias, los turnos de vigilancia y el ciclo interminable del hambre y la esperanza lo que marcaba las horas.
A las tres de la madrugada, un sollozo ahogado recorrió la galería. Era uno de los niños del grupo—tenía unos 14 años, llevaba semanas sin hablar—llorando en silencio. Todos intentamos consolarlo a nuestra manera. Nadie lo juzgó. Sabíamos que la pena debía dejarse salir—o te consumía desde dentro. Ese niño tenía razón: estábamos todos, de una forma u otra, de luto. Por padres, por hijos, por amigos, por la música de la ciudad, por los debates y las protestas, por los sueños de carreras políticas y los atascos de las cinco de la tarde.
Poco antes del amanecer, el ataque finalmente llegó. Hombres armados con rifles viejos y escopetas intentaron asaltar la entrada principal. Respondimos con lo que teníamos; disparos, forcejeos, golpes secos de objetos improvisados. No sé cuántos éramos, ni cuántos de ellos cayeron. El ruido, los gritos, las linternas reflejadas en ojos inyectados. Zombis atraídos por el bullicio arremetieron al azar, desatando el caos. Alguien gritó pidiendo clemencia, otro mandó callar en nombre del “nuevo orden”.
Cuando todo terminó, hubo heridos y muertos de ambos bandos. Pero ninguno de los dos grupos, ni nosotros ni quienes asaltaron el Capitolio, sabían que la verdadera victoria era simplemente sobrevivir una noche más. Ayudamos a los que pudimos, retiramos los cuerpos, temiendo que en unas horas podrían unirse a los que merodeaban afuera, y procuramos dejar constancia de lo ocurrido en un cuaderno mugroso—mi único tributo al periodismo que solía practicar.
A las ocho de la mañana, el primer rayo de sol iluminó la cúpula abollada. La bandera, rota y deshilachada, seguía allí, resistiendo entre jirones. Los vivos, acurrucados bajo mantas y sueño, respiraban despacio, exhaustos pero enteros. Laura se paró en la galería central, junto a los restos del escudo nacional, y habló a todos:
—Hoy resistimos. Quizá mañana no. Pero si alguna vez se reescribe nuestra historia, que nos recuerden por esto: en las ruinas, hasta el último aliento, elegimos no rendirnos unos a otros.
Sentí, por un instante, un eco de esperanza mareada por el cansancio. Afuera, la ciudad seguía herida y peligrosa —una selva de ruinas que había sido cuna de gobiernos y ahora sólo guardaba promesas rotas—. Pero dentro, donde once personas se apiñaban contra el miedo, la humanidad no había muerto todavía.
El rumor de la radio volvió, esta vez más claro. “Aquí Silver Spring… escuchamos… Capitolio, ¿responden?” Respondí, la voz temblando pero firme:
—Aquí Capitolio. Seguimos resistiendo.
Y así, esa mañana, mientras el Potomac se teñía de rojo y oro bajo el primer sol de septiembre, supimos que aún podíamos ser algo más que espectros que caminan entre sombras. Quizá un comienzo, o al menos, un último acto de fe.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.