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Portada del relato Eco del Capitolio
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Fragmento:


La nieve empezaba a acumularse en los escalones del Lincoln Memorial, formando una pátina blanca sobre las huellas de quienes aún tenían el valor —o la necesidad— de arriesgarse. El aire estaba cargado de silencio: uno denso, roto de vez en cuando por el lejano aullido del viento, o por algún disparo perdido en los barrios periféricos. En alguna ocasión, el golpeteo errante de restos humanos contra los carros volcados. Washington, otrora bulliciosa y orgullosa, ahora era un mausoleo invadido por el invierno y la desesperanza.

Duración: 12:34

Eco del Capitolio
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Texto de ajuste de pausa.

28 de noviembre de 2020

La nieve empezaba a acumularse en los escalones del Lincoln Memorial, formando una pátina blanca sobre las huellas de quienes aún tenían el valor —o la necesidad— de arriesgarse. El aire estaba cargado de silencio: uno denso, roto de vez en cuando por el lejano aullido del viento, o por algún disparo perdido en los barrios periféricos. En alguna ocasión, el golpeteo errante de restos humanos contra los carros volcados. Washington, otrora bulliciosa y orgullosa, ahora era un mausoleo invadido por el invierno y la desesperanza.

Desde un ángulo, resguardada tras el torso de acero inerte del general Grant, Sophie revisaba los binoculares con dedos ateridos. Muy cerca, Jonas terminaba de esconder el pequeño fogón de gasolina entre unos arbustos. Los dos lucían varias capas de ropa: todo de lo que se habían podido apropiar en saqueos improvisados de las oficinas y los hoteles vacíos. Detrás, dos adolescentes —no llegaban a catorce años— tarareaban con suavidad, distraídos mientras repasaban cadenas oxidadas que colgaban de la mochila de Sophie.

Había pasado una semana desde que todo empeoró. Ya en septiembre, los ataques dentro de los propios centros de mando se habían multiplicado, y apenas un mes después las propias tropas habían comenzado a desertar, llevándose consigo todo lo que podía ser útil. El Capitolio, rodeado de barricadas improvisadas, parecía entonces una isla en medio de un mar humano desbordado. Ahora, ni eso. Transitar por Washington era hacerlo entre ruinas y cadáveres: algunos reanimados e inquietos, otros quietos y congelados como testigos mudos del fracaso absoluto.

Sophie pasó de nuevo la vista a la fachada de la Casa Blanca. Las banderas ya no flameaban. La verja decorativa estaba doblada en varios puntos por la presión de cuerpos y vehículos estampados durante los primeros días del caos. Solo quedaban las improvisadas fortificaciones que años antes habrían hecho reír a cualquier experto militar.

—No veo humo esta mañana —dijo, apenas susurrando a Jonas, que vigilaba el Mall hacia Union Station.

—Puede que hayan dejado de cocinar de noche. O que ya no haya nadie —respondió él.

Sophie pensó en la tercera posibilidad, la menos reconfortante: que solo quedaban caminantes. Había aprendido a distinguir los sonidos huecos y erráticos de esos cuerpos, arrastrando disciplinas inconexas y babeando un hambre universal bajo la piel azulada. Allí, entre el caos de cristales, carteles políticos y pancartas descoloridas, la ciencia y la fe se habían rendido juntas.

—Papá me dijo que si algo salía mal, debía buscar a la tía en Capitol Heights —intervino uno de los jóvenes, Finn, interrumpiendo sus juegos con la cadena.

—¿Sabes si queda alguien allá? —preguntó Jonas, sin consuelo.

El chico negó con la cabeza. La esperanza, en noviembre, era un recurso escaso.

Desde la desaparición del gobierno central, las radios militares habían mudado a señales breves y crípticas: mapas cuya utilidad se medía más en evitar zonas rojas que en encontrar refugios seguros. Las bandas armadas —nuevas, improvisadas y mutables— cazaban como animales, despejando avenidas para tomar posesión de negocios, de iglesias, de bloques enteros. Pero el hambre era el gobernante absoluto; los días buenos se medían en latas de comida no oxidada.

Jonas sacó una manta del hato enrollado en su espalda y la compartió entre él y Sophie. Veinticuatro horas atrás, una horda había atravesado la Avenida New York, desplazándose en masa, guiada por alguna lógica decadente entre el hedor de la podredumbre y los ecos de un instinto que ni la muerte había matado del todo.

—Nos quedaremos aquí hasta el anochecer —propuso Sophie—. Si vemos que vuelven, intentaremos rodear el río hacia Georgetown.

Los demás asintieron, demasiado cansados para discutir. El invierno era una ayuda ambigua: el frío congelaba a los zombis tanto como a los supervivientes. Los pulmones ardían con cada bocanada, pero la certeza de que los infectados también se entumecieran era casi reconfortante.

Para matar tiempo, Sophie revisó su cuaderno —tres hojas mal unidas, que usaba para anotar hallazgos, rutas seguras, cosas que oía por la radio todavía funcionando de vez en cuando. La penúltima página era un rastro de números y nombres: Johnson, Baker, Thomas... todos desaparecidos, probablemente muertos. Debajo, un dibujo torpe del Capitolio cercado, rodeado de flechas que señalaban direcciones de escapes ahora impracticables.

Hacia el mediodía, Jonas detectó movimiento al sur del Monumento a Washington, casi invisible bajo la nevada ligera. Al principio temió lo peor, pero la silueta —humana, encorvada, cargando una caja— no retorcía las extremidades como los zombis ni corría con la desesperación frenética de un saqueador.

Sophie agarró la radio.

—Alto. Solo uno —dijo.

El extraño avanzó unos metros y luego alzó las manos, mostrando las palmas desnudas, señal universal de paz entre desconocidos. A medida que se acercaba, Sophie notó su barba tupida, y la chamarra manchada de tierra, como el delator uniforme de quien habita entre las ruinas.

—¿Tienen comida? —preguntó en voz baja, con la voz tiritando más por miedo que por el frío.

—Solo un poco —respondió Jonas, mientras Sophie mantenía la mano sobre el mango del cuchillo.

—En el Edificio Hoover, hay radios —explicó, sin rodeos—. Transmiten en la madrugada información de convoyes. Avisan qué calles evitar. Si... si me dan algo de comida, les consigo la frecuencia.

La pausa fue larga. A esas alturas, poner las vidas de todos en manos de un desconocido podía ser suicidio. Pero la supervivencia dependía de saber moverse, de saber desde dónde huir.

—De acuerdo —dijo Sophie, pasando una lata de frijoles que pudo rescatar de una tienda de souvenirs.

El hombre la alzó como si pesara más que una fortuna y, en correspondencia, se sentó a compartir lo que sabía, con la voz quebrada por el hambre.

—Cada noche, entre las tres y las cuatro, dan reportes en la 149.7 AM. Quedan cinco grupos aquí, dispersos. Uno es militar, los otros son bandas. Los soldados están atrincherados cerca de la Biblioteca del Congreso, y disparan a cualquiera que se acerque. Uno de los grupos asaltó la enfermería del Capitolio hace dos días. No quedan medicinas. Solo las que cargan los paramilitares, y no comparten nada que no puedas pagar con armas o gasolina.

Al acabar, no pidió nada más y se marchó, fundiéndose de nuevo en la inmensidad blanca. Nadie intentó detenerlo.

El resto del día transcurrió con una tensa calma. Sophie alternaba el vigilar con grabar en su cuaderno los detalles de la conversación. El dato de los soldados fue el más inquietante: antes del colapso, se decía que los militares protegerían a los supervivientes. Ahora, apenas podían mantener su propio cerco.

Al atardecer, el sol se apagó detrás de una cortina de nubes y la temperatura cayó más rápido. Sophie dedicó media hora a armar la pequeña radio, usando un pedazo de alambre oxidado como antena. A las tres y cuarto, tras una sucesión de estática y chirridos, finalmente captó una señal apenas inteligible.

“…habitantes zona Capitolio — peligro extremo en Independence… banda armada — evitar… infectados cruzando por… rampa sur Museo National Gallery…”

La voz se perdía, pero sirvió de confirmación: no estaban completamente aislados, pero la ciudad estaba dividida en feudos hostiles donde la amistad era traición esperando suceder. Sophie anotó las alertas en el cuaderno y compartió la información con Jonas y los chicos.

Al día siguiente, partieron justo antes del alba, avanzando en formación cerrada por los túneles de servicio bajo el Smithsonian, siguiendo las rutas que Jonas había memorizado durante sus meses como guía turístico antes del desastre. Sabían que debían evitar los abiertos: los infectados buscaban el calor y los ruidos como bestias ciegas.

Durante dos horas caminaron en silencio, usando mantas y cuerdas para sortear escombros y puertas selladas. El hedor de la descomposición era omnipresente, como si la ciudad misma sudara muerte tras las columnas de sus monumentos. Llegaron hasta una de las salidas en 3rd Street, justo a tiempo para divisar una pequeña patrulla —tres figuras armadas con rifles y linternas militares— revisando los cuerpos apilados en la entrada del metro.

Jonas hizo una seña: esperar, esconderse. Pero uno de los chicos, asustado por el movimiento brusco, soltó la cadena que llevaba como amuleto. El sonido metálico retumbó en el túnel.

—¡Alto ahí! —gritó uno de los soldados, la voz deformada por una máscara antigás.

Las linternas los cegaron momentáneamente, pero Sophie levantó las manos, enseñando que iban desarmados. Los militares dudaban, debatiéndose, hasta que uno reconoció el rostro de Sophie.

—¡Eras del grupo de la Biblioteca! ¡Llevadlas al campamento!

A partir de ahí las cosas pasaron deprisa: los despojaron de sus mochilas para revisarlas y los encaminaron hacia un puesto improvisado donde un par de tiendas de campaña, camufladas con mantas grises, servían de centro de mando. Varios soldados, casi todos jóvenes, de rasgos extenuados, los interrogaron: ¿venían de algún refugio?, ¿habían tenido contacto con caminantes?, ¿llevaban medicinas infectadas?

Sophie explicó que habían salido al amanecer, que llevaban días sin ver a otro grupo humano, y que solo buscaban un lugar seguro donde pasar el invierno.

El jefe del puesto —teniente Allen, según el parche— los escuchó en silencio.

—Ya no estamos aquí para proteger a todos —dijo amargamente—. Nuestra misión es sobrevivir y mantener la mínima línea al Museo Nacional. No queda gobierno, no queda ciudad. Solo nosotros… y ellos.

“Ellos” eran los zombis, y el término se decía en voz baja, como un tabú que los mantenía cuerdos ante la locura circundante.

Aun así, el teniente Allen concedió una noche en la protección de su campamento, con la advertencia de que quizás, por la mañana, debían irse. En la tienda, compartiendo una sopa aguada y pan rancio, Sophie vio a otros refugiados: una anciana que sollozaba con la vista perdida; un hombre vendado de pies a cabeza, delirando bajo una fiebre sin medicinas; dos niños que no soltaron sus mochilas ni para dormir.

Esa noche, los gritos en el exterior no provenían solo de los zombis. Los humanos, enloquecidos por el hambre, atacaban los puestos de comida, peleaban por el calor, robaban mantas y navajas. El invierno era el último juez.

Sophie mantuvo el cuaderno abierto, anotando cada sonido, cada palabra enviada por la radio. Era su manera de resistir, de documentar, de construir memoria allí donde todo se desmoronaba. Cuando, a la madrugada, el frío se volvió insoportable incluso bajo las lonas de la tienda militar, pensó en su infancia: los inviernos con luces de Navidad, los museos abiertos y llenos de turistas, el rumor de la ciudad viva.

Ahora, la Navidad era silencio, y la ciudad, una tumba.

El amanecer los encontró temblando. El teniente Allen les permitió tomar un poco de sopa antes de despedirlos sin ceremonias. Los soldados no miraban a los ojos. La lealtad, el deber y la esperanza se habían congelado junto a los ríos. Sophie, Jonas y los chicos caminaron hacia el oeste, cruzando el Mall en dirección a Georgetown, pasando junto a la estatua ecuestre de Andrew Jackson, cuyos ojos de bronce parecían fijos en el futuro incierto.

En el cuaderno de Sophie, junto a la última línea de radio captada, anotó:

“Quedamos pocos. Pero aún contamos historias. Mientras sigamos contándolas, no todo estará perdido.”

Y con ese mísero consuelo, desaparecieron bajo el cielo blanco y vacío de Washington en ruinas, buscando sobrevivir un día más, un invierno más, en un mundo que ya no parecía recordar sus propios monumentos, ni su propósito.

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