28 de septiembre de 2020
El amanecer en Washington D.C. ya no evoca esa imagen de ciudad que despierta entre la bruma con el bullicio del tráfico y la silueta inconfundible de los monumentos. Donde antes las avenidas bullían de diplomáticos, turistas y funcionarios, ahora el silencio pesa como un telón gigante, apenas despejado por el ocasional crujido de cristales rotos, los aullidos inhumanos en calles desiertas, o el retumbar lejano de disparos aislados. A tres cuadras de la Casa Blanca, cuesta creer que hace solo seis meses compartían coronas y sonrisas para cámaras, y ahora los sentinelas acechan detrás de barricadas improvisadas, rezando para que la noche no termine devorando lo que queda de su humanidad.
Rosa Clarke, sargento de la Guardia Nacional, sintió la tensión del cuero de sus guantes mientras apoyaba la frente en el fusil, clavada detrás del grueso escritorio de la antigua oficina de prensa del Ala Oeste. Llevaba tres días sin ducharse y el olor a sudor, sangre y hierro era más natural que cualquier perfume. Sus dedos recuperaban el hábito adolescente de contar las balas —tres cargadores, catorce municiones en el primero, doce en el segundo, el tercero a la mitad— como si de ese conteo dependiera no solo la supervivencia, sino su cordura.
Las órdenes eran claras: proteger el perímetro, evacuar a los civiles que quedaran en las instalaciones gubernamentales, mantener comunicaciones con los pocos puntos militares todavía operativos y, en último caso, destruir los documentos críticos. Nadie recibía refuerzos desde hace semanas. El último avión oficial despegó con un puñado de congresistas, directivos de la FEMA y un general aún convencido de que el país no había caído del todo. Washington D.C. era una isla cercada por dos océanos: la marea interminable de infectados afuera y la desesperación adentro.
El reloj de la habitación marcaba las 06:20, aunque Rosa ya no confiaba en la electricidad intermitente. Miró a su compañero de guardia, el cabo Alejandro Ortiz, que revisaba un radio chirriante por si captaba mensajes, mientras la luz mortecina de una linterna temblaba sobre los retratos de antiguos presidentes. El aura solemne del lugar solo aumentaba el absurdo de la realidad: la misma Casa Blanca, amparo de la democracia, ahora improvisado cuartel de unos cuantos soldados y personal de emergencia.
—Hay movimiento en Pennsylvania Avenue —susurró Ortiz, mientras se mantenía agachado junto a la ventana semiabrida. Rosa se arrastró hasta su lado, con el corazón encogido por la costumbre—. Un grupo… parece que son civiles, llevan banderas blancas.
Ella asintió. La mayoría de los intentos de rendición recientes habían terminado en masacres: a veces los infectados no hacían distinciones, otras veces eran bandas armadas de saqueadores. A estas alturas, confiar era un lujo.
—¿Cuántos?
—Siete u ocho, un niño en brazos. No parecen armados —dijo Ortiz, girando la radio en la frecuencia de emergencia.
Rosa asomó el fusil y miró los rostros lívidos y desencajados de quienes se acercaban, bamboleándose en grupo. La borrasca levantaba cenizas y papeles quemados, proyectando sombras aún más dantescas sobre el asfalto. Muchos edificios presentaban las ventanas rotas o ennegrecidas, y los viejos taxis yacían abandonados como esqueletos amarillos.
Bajo instrucciones, activó la sirena portátil; una señal codificada. Los civiles se detuvieron, uno de ellos levantó las manos. Ortiz bajó con ella los escalones, rodeando cuerpos desmembrados en trajes oscuros, restos de los primeros asaltos de infectados contra los equipos de seguridad. Un soldado apostado en el portón comprobó con prismáticos y asintió. Había protocoles: desinfectar, separar, vigilar síntomas, aislar a sospechosos… pero ahora cumplían solo la fachada del procedimiento. No podían permitirse perder más tiempo ni recursos.
Cuando Rosa y Ortiz abrieron el portón, un hedor a amoníaco y muerte la hizo contener el aliento. Una mujer joven, cubierta de polvo y fango, sostenía al pequeño niño mientras buscaba desesperada los ojos de Rosa.
—Por favor, ayuda… —balbuceó—, nos rebanaron el grupo, los… los monstruos…
Sin protocolos ni garantías, Rosa les hizo entrar, guiándolos por el salón de recepciones tapiado, donde otros sobrevivientes, paleados y aturdidos, acampaban entre colchones sucios y mesas destruidas. Una médica militar, la teniente Fisher, les arrojó mantas y revisó signos vitales con la celeridad de una autopsia.
El grupo se unió en un rincón. El miedo era palpable, pero muchos ya ni lloraban; parecían secos por dentro, agotados de sentir. Ortiz habló por la radio en clave, confirmando el nuevo ingreso. Nadie respondió.
A media mañana, un retumbar de explosiones sacudió la zona. Rosa subió a la azotea con el resto de la guardia, contemplando el humo que se elevaba desde el National Mall. El Pentágono había caído una semana antes, y ahora la cúpula del Capitolio ardía, desplomándose sobre sí misma. Algunos habían intentado resistir, según los informes, pero las hordas les sobrepasaron. Otros simplemente no soportaron más el caos y se rindieron al fuego.
Unas horas después, un grupo de soldados llegó corriendo por la calle 17, cubiertos de sangre y polvo, arrastrando a uno de los suyos gravemente herido. Chocaron contra las barricadas, gritando los códigos secretos de salvoconducto, apenas coherentes. Rosa bajó, los dejó pasar. El médico de campo corrió a atender al soldado, pero ya era tarde. Un mordisco profundo en el muslo. La teniente Fisher susurró a Rosa al oído:
—¿Lo matamos antes de que cambie?
Durante un instante, Rosa sintió el zumbido del peso moral. Recordó un mes atrás, cuando aún reunían a los infectados en una sala sellada del sótano del Capitolio, esperando un antídoto que nunca llegó, viéndolos caer en paroxismos de dolor y locura, antes de transformarse.
—Sí —susurró finalmente—. No podemos arriesgarnos. Dile unas palabras, que no sufra.
El disparo apagó la esperanza en el rostro de todos en la sala. El cuerpo fue arrastrado afuera, incinerado con gasolina en la fuente de los jardines del ala norte.
La comunicación radial se volvió imposible al caer la tarde. Nadie respondía en el comando nororiental. El único eco llegaba, persistente y cruel, en la forma de una grabación automática del Instituto Nacional de Salud: “Permanezcan en sus hogares, unidades de emergencia acudirán en breve.” Era una mentira piadosa. Todos los sabían.
En el comedor improvisado, donde antes se celebraban conferencias de prensa, alguien empezó a repartir raciones militares. Rosa se unió al pequeño grupo, sentándose al final de la mesa entre Ortiz y la doctora Fisher. Había apenas estofado enlatado, pero comieron en silencio, tratando de imaginar qué sería del siguiente día.
Uno de los nuevos llegó con una guitarra encontrada en una oficina. Tiritando de frío, apretó las cuerdas y dejó escapar un par de acordes ásperos. Cuando comenzó a cantar “Take Me Home, Country Roads”, la voz se quebró enseguida, y se quedó en el aire como un hilo roto. Nadie le pidió que continuase; cada cual cargaba con su propio duelo.
El grupo decidió pasar la noche dividiendo turnos de guardia. Rosa recorrió los pasillos tapizados de alfombras cubiertas con escombros y sangre seca. Espiaba, desde detrás de una cortina rota, hacia la avenida ahora dominada por la anarquía. A lo lejos, pudo distinguir figuras bamboleantes y erráticas; otros eran humanos armados, saqueando la tienda de souvenirs frente al Smithsonian.
Ortiz se le unió en silencio.
—Yo crecí aquí —confesó en voz baja—. En Maryland. Mi abuela venía siempre a ver los cerezos en abril. Ahora… no queda nada de aquello.
—Quedan personas —dijo Rosa, aunque no estaba segura de creerlo—. Y mientras quedemos, aún no somos sólo animales.
Las horas pasaron lentas, la oscuridad densificada por el miedo. Olía a pólvora y óxido, y el chillido de los zombies desde la distancia se hacía eco en la memoria como una melodía maldita.
Hacia la medianoche, una alarma improvisada —un conjunto de ollas colgantes conectadas a un hilo sobre la verja oeste— empezó a sonar. Rosa y Ortiz saltaron de inmediato, alcanzando las armas, y corrieron hacia el portón. Los haces de linternas iluminaron siluetas absurdamente deformadas: tres infectados, enredados en el cableado. Uno ya había perdido la mitad del rostro; los otros dos eran mujeres en trajes de oficina, tan destrozadas que Rosa no pudo evitar preguntarse por sus nombres antes de hacer fuego.
Las balas perforaron el silencio de la noche. En la calma posterior, el miedo era un animal vivo entre sus costillas.
El niño pequeño del grupo de la mañana, acurrucado contra su madre, rompió a llorar. Un llanto profundo, el primero que Rosa oía en muchos días. Y aunque el sonido la estremecía, también se aferró a él, como recordando que, mientras quedara alguien que llorara, aún merecía la pena resistir.
Pasaron las horas entre rondas, ventiscas de polvo y miradas vacías. Al despuntar el alba, la luz débil del sol tiñó de dorado los jirones de la bandera sobre el ala sur. En el patio, Rosa reunió a los suyos. Era hora de decidir: ¿aguantar ahí, esperando un rescate improbable? ¿Intentar abrirse paso hacia el río Potomac, donde aún rumoreaban que un escuadrón naval mantenía posiciones? ¿O buscar refugio en las ruinas del Capitolio y esperar a que la marea de monstruos siguiera su ciclo de migración sin rumbo?
Rosa miró las caras, una por una. Ortiz, con la naturaleza tranquila de quien ha visto lo peor; Fisher, conteniendo el temblor de sus manos mientras guardaba el estetoscopio; los civiles, cada uno una historia rota.
Tomó aire.
—No somos una nación ya —dijo, y la voz le salió ronca—. Pero aquí, hoy, somos un grupo. Y mientras estemos juntos, queda una chispa de lo que fuimos. Nadie aquí está solo, aunque afuera eso sea lo que reina. Decidan conmigo: resistimos, o buscamos un nuevo refugio al otro lado del río.
La votación fue rápida. Algunos no tenían fuerza para moverse. Otros sugerían dividirse, buscar miembros de sus familias en las ciudades cercanas. Se discutió durante largo rato. Pero finalmente acordaron partir al amanecer, agrupados en fila silenciosa, con Rosa y Ortiz abriendo paso, Fisher en medio de los más vulnerables, y los más armados cubriendo la retaguardia.
El camino hacia el Potomac no era fácil. Bajaron por la Calle 17, sorteando barricadas y escombros. A sus lados, el esplendor de los viejos monumentos contrastaba con el caos; la estatua de Lincoln, intacta, parecía contemplarlos con tristeza infinita. Avanzaron evitando los nidos de infectados y los saqueadores, siguiendo los restos de señales pintadas en paredes: flechas, cruces, palabras como “SEGURO” o “MUERTE”.
Al llegar al puente Memorial, observaron a lo lejos el brillo metálico de un navío militar fondeado a media milla de la ribera. El grupo se detuvo, exhausto pero esperanzado. Rosa intercambió una mirada con Ortiz y, por primera vez desde que todo comenzó, permitió que una pequeña chispa de esperanza prendiera en el pecho.
La ciudad seguía en guerra, pero entre el eco de explosiones y el sol naciente, Washington D.C. no era solo ruinas y fantasmas. Era, todavía, el último eco de aquello que los humanos se empeñaron en llamar civilización.
Detrás de ellos, el silencio del National Mall era solo aparente, y la lucha por la supervivencia continuaba. Pero en ese instante incierto, Rosa y su grupo siguieron adelante, apostando su suerte a la orilla del río y al recuerdo de un país que alguna vez fue el faro del mundo.
Porque incluso en el corazón roto de América, el futuro exigía ser peleado, aunque la noche fuera más larga y fría que nunca. Y mientras el niño seguía llorando —de miedo, de desahogo, de hambre—, Rosa comprendió que esa era la nota más valiente de todas: la absoluta negativa a morir en silencio.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.