Fragmento:
Jaqueline, analista de la NSA que jamás pensó pisar la calle sin una pantalla entre ella y el conflicto, era hoy una sombra más en la urbe rota. Sus padres, retirados en Maryland, no habían contestado su última llamada: el teléfono de su madre simplemente emitía un tono muerto y el de su padre, después de hora y media de insistencia, acabó recibiendo solo una llamada en la que el único sonido era una respiración entrecortada y distante, como si hubiera marcado por accidente durante una carrera. Ningún intento de contacto posterior tuvo éxito. Jaqueline se negaba a pensar lo peor. Había sobrevivido seis meses sola, moviéndose por apartamentos abandonados, a salvo durante el día y presa del insomnio por la noche. Hasta ayer. Cuando la barricada improvisada de la última esquina de Massachusetts Avenue se vino abajo, supo que su tiempo en la capital había terminado.
Duración: 12:45
El Último Corredor de D.C.
D.C.: Amanecer bajo el peligro
27 de septiembre de 2020
El cielo era de un gris sucio sobre Washington D.C. ese día, más opresivo de lo habitual para un inicio de otoño. Las hojas anaranjadas y rojizas eran el único rastro de normalidad esparcido por las calles, aunque ya la ciudad de los monumentos y la política no era ni sombra de sí misma. Jaqueline Sterling apretó el paso, ajustando la mochila a sus hombros mientras bordeaba el National Mall, que antaño bullicioso se hallaba ahora tan vacío que sus pasos resonaban entre los árboles, disipados sólo por el siseo del viento entre las banderas a media asta.
Un mes antes, la ciudad había caído en el caos absoluto: los ataques llegaron hasta la mismísima Casa Blanca y el Capitolio, y rumores escalofriantes sobre la desaparición del Presidente y altos mandos militares flotaban en el aire. El metro dejó de funcionar, las sirenas sonaban sin parar y los helicópteros huían al anochecer, repletos de quienes aún tenían conexiones suficientes para acceder a ellos. Las transmisiones por radio decían ahora poco más que coordenadas de rescate falsas o peligrosas llamadas de auxilio, y los pocos que quedaban en la ciudad solo confiaban en la voz propia y la sombra propia, nunca en la de los demás.
Jaqueline, analista de la NSA que jamás pensó pisar la calle sin una pantalla entre ella y el conflicto, era hoy una sombra más en la urbe rota. Sus padres, retirados en Maryland, no habían contestado su última llamada: el teléfono de su madre simplemente emitía un tono muerto y el de su padre, después de hora y media de insistencia, acabó recibiendo solo una llamada en la que el único sonido era una respiración entrecortada y distante, como si hubiera marcado por accidente durante una carrera. Ningún intento de contacto posterior tuvo éxito. Jaqueline se negaba a pensar lo peor. Había sobrevivido seis meses sola, moviéndose por apartamentos abandonados, a salvo durante el día y presa del insomnio por la noche. Hasta ayer. Cuando la barricada improvisada de la última esquina de Massachusetts Avenue se vino abajo, supo que su tiempo en la capital había terminado.
La ciudad apestaba a carne vieja, gasolina y basura en descomposición. Los helicópteros ya nunca sobrevolaban la cúpula —o lo hacían a gran altura y con los focos apagados—. Los únicos sonidos constantes eran el golpeteo de algún sobreviviente despistado o de esos seres trémulos y letárgicos que se aproximaban torpemente hacia cualquier ruido, moviéndose al principio con la torpeza de los borrachos, pero acelerando cuando el hambre les rozaba el olfato. Jaqueline no tenía pensado quedarse a comprobar si lo suyo era simple lentitud o acecho deliberado. Había trazado un plan. De la ciudad aún quedaban pasos seguros: la red de túneles gubernamentales que unía los edificios federales, rutas que hasta los militares habían preferido evitar después de los primeros ataques, precisamente por temor a los emboscados en espacios sin salida.
La joven eligió el amanecer para la huida. La noche era dominio puro de bestias y bandas armadas. El itinerario: desde la Smithsonian Castle, a través de los pasillos de servicio, hasta el complejo de la Biblioteca del Congreso y de allí rumbo nordeste, lo más lejos posible del caos central de la ciudad. El objetivo: alcanzar alguno de los puestos improvisados, quizás en Fort Totten o, más allá, en Hyattsville, donde la radio sugería que operaban aún unidades de rescate.
Avanzar por el Mall era un acto de extrema exposición, un escenario que en su vida anterior la habría emocionado recorrer al escuchar los relatos de los guías, con los monumentos y los cerezos cubriendo de flores el espejo de agua. Ahora, las estatuas de Lincoln y Washington observaban el apocalipsis silenciosos, mientras Jaqueline huía bajo su mirada impasible. Saltó una barrera improvisada y corrió agachada hasta la entrada trasera de la Smithsonian. La puerta lateral, forzada días antes, colgaba ahora de una sola bisagra. Avanzó por un vestíbulo plagado de folletos pisoteados y material abandonado de la Cruz Roja: camillas plegables, vendas sueltas y bidones de agua vacíos.
En la penumbra, las linternas resultaban peligrosas, pero Jaqueline tenía una luz pequeña adherida al pecho, con un haz angosto y dirigido. Cruzó corriendo por la exposición principal —donde los maniquíes del museo parecían observarla con más lividez que los infectados— y halló la trampilla secreta en el piso, según la nota que alguien había dejado en el tablón de anuncios hace más de tres semanas. La abrió a duras penas y descendió.
El pasadizo era húmedo y olía a moho y metal oxidado. Por fortuna, nadie allí parecía haber pasado en días. Avanzó tropezando entre cajas de documentos empolvados, escuchando por encima de ella los súbitos ecos de la madrugada: estallidos lejanos, gritos breves y después, siempre, un silencio más espeso. Tras casi veinte minutos de recorrer túneles interconectados, salió por una trampilla secundaria a una pequeña explanada junto a la Biblioteca del Congreso.
El sol despuntaba anaranjado sobre la escalinata, cubriendo la fachada blanca con un fulgor siniestro. Frente a la entrada, Jaqueline distinguió movimientos. Se agachó tras un seto —los años de sedentarismo ahora disipados a la fuerza por el instinto de supervivencia—. Dos figuras avanzaban lento: uno vestía el traje raído de policía federal, el otro arrastraba un pie envuelto en una bota de cuero ajada. No hacían el ruido gutural de los otros. Cuando el hombre de la bota habló, Jaqueline se sorprendió tanto que casi grita.
—¡Hey! ¿Sabemos si aquí es seguro? —preguntó, bajando la voz al instante.
Vaciló, y asomó la cabeza.
—Lo era. Anoche vi tres entrando, pero los perdí en los archivos —respondió Jaqueline.
Los dos hombres la miraron, estudiándola. Uno tenía los pómulos hundidos, la piel tiznada de suciedad y los ojos muy abiertos; el policía llevaba una escopeta colgada a la espalda, carente de balas, a juzgar por el modo nervioso con el que hacía girar el cañón.
—Buscamos cruzar hacia el norte —dijo el policía con un gesto de cabeza, mirando con desconfianza la mochila de la joven—. Hay un convoy saliendo de la estación de Union Station en apenas un par de horas. ¿Vienes o tienes otros planes?
Por un instante Jaqueline dudó. Había oído historias de convoyes: algunos caían en emboscadas constantes, otros se perdían por caminos tomados por infectados. Aun así, las probabilidades de sobrevivir sola eran mínimas, y la presencia de otros seres humanos traía un alivio primitivo.
—Voy con ustedes —respondió finalmente.
Se incorporaron los tres y cruzaron la calle juntos. En cada esquina, los ojos atentos de Jaqueline, entrenados ya por meses de paranoia, buscaban el movimiento errático, el brillo de unos ojos dilatados en la sombra, el sonido del arrastrar de pies. La ciudad, en ese breve amanecer, parecía suspendida en una calma irreal. El Capitolio, mutilado por explosiones y saqueado hasta el mármol, se erguía aún sobre la colina, pero sus columnas rotas y su cúpula quemada eran el mejor aviso de lo que aguardaba en el interior.
La marcha era lenta y tensa. Por la Avenida Pennsylvania, divisaron dos manchas de sangre fresca y un par de cuerpos, quietos, sin signos de movimiento. A veces los muertos no se levantaban —o simplemente esperaban el momento de atacar—. El compañero del policía, que caminaba algo rezagado, susurró:
—Me llamo Rafiq. Antes conducía Uber. ¿Y tú?
—Jaqueline —musitó.
No había tiempo para más.
Tomaron un atajo por una calle lateral, escuchando, distantes pero claros, los berridos y chillidos de una horda menor. Siempre estaban presentes: en los túneles, en los mercados improvisados, en la mente. Al doblar una esquina, un coche destrozado bloqueaba tres cuartas partes de la calle, y justo en ese momento, un infectado bajó arrastrándose frenético por una escalera lateral, haciendo rechinar los dientes contra el asfalto.
El policía levantó la escopeta, pero Jaqueline, más hábil, sacó del bolsillo trasero una pequeña hacha de incendios. Se adelantó y lo golpeó de costado, doblando las piernas desde el impulso de la desesperación reciclada mil veces en esos meses. El cráneo del enemigo se partió con un chasquido sordo.
—No queda munición que perder —dijo entre dientes.
Avanzaron más rápido. El tiempo apremiaba y la luz hacía brillar los vidrios rotos de las ventanas. A cada paso, el peligro cesaba solo para resucitar al siguiente giro. El convoy prometía ser su única salida.
A la llegada a Union Station la realidad se mostró peor de lo esperado. Había al menos cuarenta personas agrupadas en el vestíbulo principal, algunas acurrucadas detrás de pilas de maletas, otras con armas improvisadas. Un hombre con uniforme de Amtrak hacía de líder improvisado, moviéndose de grupo en grupo, murmurando instrucciones con voz temblorosa. Varios de los ventanales estaban protegidos con muebles apilados; en la distancia, un par de autobuses escolares reposaban abiertos y preparados para la huida.
—Bienvenidos —dijo alguien desde una barandilla improvisada—. A las nueve el convoy parte. Solo cabemos cuarenta y cinco en los vehículos. El resto, tendrá que quedarse.
Las miradas se cruzaron. Jaqueline notó que, de pronto, ya no era la única intrusa. Había familias enteras, niños dormidos en el regazo de sus padres, ancianos atados a sillas para que no deambularan. Muchos llegarían tarde. Rafiq se acercó:
—¿Conoces a alguien aquí?
—Nadie —admitió Jaqueline—. Los míos quedaron del otro lado del río.
Se arrimaron a la pared, vigilando los accesos. A cada minuto que pasaba, el ambiente se tensaba más. Un disparo ahogado sonó en la distancia. Por los intercomunicadores arreglados con cinta adhesiva llegaban voces: “...avistan movimiento por el sur”, “...venida quinta imposible”, “...grupos atacando el convoy de la Roosevelt”.
El líder subió de nuevo a la baranda:
—¡Preparad las mochilas! Salimos en cinco minutos, ya no podemos esperar más.
Gritos, empujones, una anciana cayó al suelo y comenzó a sollozar. Jaqueline perdió de vista al policía y a Rafiq momentáneamente entre la multitud tensa. Se apretó la mochila, sintió el golpe seco de la hacha en su costado y avanzó entre el bullicio. Unos niños lloraban, una madre los arrastraba de la mano. Al salir al exterior, los motores de los vehículos arrancaron entre rugidos.
En ese momento los gritos rebotaron en las paredes: una horda había irrumpido por la avenida. Jaqueline apenas supo en qué idioma la mente le gritaba correr. Todo fue caos, carreras. Saltó hacia el primer autobús, subió de un empujón y, justo cuando un hombre vestido de ejecutivo forcejeaba por la puerta, se giró a tiempo para ver a Rafiq luchando con un infectado al pie del escalón.
Hizo lo que jamás creyó tener el valor de hacer: saltó sobre los dos, golpeó con la hacha la cabeza del infectado, y vio los ojos de Rafiq, abiertos, aún conscientes, suplicándole que no lo dejara. Pero la avalancha detrás era imparable. Una marea. Tiró de Rafiq con fuerza, ambos subieron de un manotazo y alguien cerró la puerta justo cuando un puñado de cadáveres vivos topaba con el cristal y se quedaba allí, apretando los dientes y los puños, mientras el autobús arrancaba a toda velocidad.
Sobre los asientos improvisados, Jaqueline buscaba, en vano, un consuelo: entre los gritos y el llanto observó que la ciudad, con sus monumentos y su historia, iba quedando atrás. Más allá del río, el futuro también era un interrogante. A sus espaldas, D.C. ardía bajo el cielo gris, y aunque el destino era incierto, supo, al menos por un instante, que había escapado el horror una vez más, incluso si la huida era, en ese mundo, la forma más pura de sobrevivir.
Nadie hablaba en el convoy mientras avanzaban hacia Maryland. La muerte era una presencia inevitable, pegada como una sombra a cada asiento vacío. Los infectados seguían tras las ventanas. Pero, por primera vez en mucho tiempo, la esperanza no era solo una palabra vacía: era un autobús crujiente, una mujer aferrada a su hacha y la certeza de que, pese al miedo, el corazón aún latía con fuerza bajo la piel, aferrándose a la vida, golpe a golpe, al otro lado del Apocalipsis.
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