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Portada del relato La Noche del Asalto en el Mall
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Fragmento:


Dentro, la humedad y el polvo se sumaban al olor dulzón y antiguo de los muertos. Había, según los rumores, algunos zombis aún atrapados entre las grandes salas y sótanos, quizá solo restos de guardias caídos.

Duración: 11:28

La Noche del Asalto en el Mall
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Texto de ajuste de pausa.

17 de noviembre de 2022

El viento azotaba las calles desiertas de Washington D.C., empujando hojas secas y papeles amarillentos que nunca nadie recogería. Las farolas de la Pennsylvania Avenue estaban mudas, inútiles, oxidadas y sin luz. De vez en cuando, un lamento inhumano reverberaba en la distancia, apenas audible entre el siseo insistente del frío y la incesante ansiedad que impregnaba la ciudad muerta.

Washington llevaba más de dos años siendo poco más que un laberinto de ruinas infestadas: la urbe herida por dientes y balas, donde los muertos, ya algo menos numerosos pero igual de peligrosos en las sombras, compartían territorio con los vivos, que a veces resultaban incluso peores.

Para el pequeño grupo apostado en lo que quedaba de una tienda Target cerca de Union Station, esa noche el miedo era un traje ajustado que debían aprender a usar con elegancia. Eran cinco: Roach, el líder de rostro chupado y bigote sucio; Casey, la habilidosa con cerraduras; Morty, el vigía y francotirador; Gina, veloz y escurridiza; y el más joven, Kellan, casi un niño, pero con los ojos vacíos de quien vio demasiado. Su objetivo era simple en apariencia, monumental en los hechos: colarse en el antiguo National Gallery of Art y llevarse un alijo de medicinas escondidas tras la falsa documentación de una pasada exposición. Un botín que, según un ex-doctor desesperado, había sido almacenado frenéticamente por empleados sobrevivientes el año anterior y dejado allí cuando la marea de muertos partió la ciudad.

El encargo provenía de un nuevo cacique: “El Pastor”, el líder de un asentamiento fortificado a las afueras de D.C., que había prometido comida, protección y un cuarto propio a quien regresara con los codiciados antibióticos, analgésicos y sueño en pastillas. El mundo había cambiado los términos de la riqueza. Y cualquier asalto —ya no a bancos, sino a viejos templos del saber— era un acto de puro egoísmo disfrazado de heroísmo.

El silencio era tan denso camino al Mall que cada pisada sobre el asfalto helado resonaba como un grito. Roach, cuchillo en mano y sigilo cultivado en cientos de robos y huidas, lideraba el avance encorvado. Sabían leer la oscuridad y sus matices. En los balcones de hoteles otrora lujosos colgaban cortinas harapientas, y algún ocasional cuerpo seco colgaba, mudo recordatorio de castigos pasados o desesperanzas extremas.

—Zona despejada —susurró Casey después de encajarse pegada a una esquina, mirilla en mano, atenta a toda silueta móvil—. Solo dos podridos rondan por la 4ª.

—Perfecto —gruñó Roach—. El truco es no hacer ruido. Todo lo que necesitamos está del lado oeste.

Gina, menuda y rápida como un ratón, se adelantó. Llevaba una mochila compacta y cinta eléctrica rodeando el antebrazo. Era la encargada de cerrar cualquier acceso luego, para ralentizar a posibles perseguidores humanos o muertos. Morty cubría la retaguardia en un antiguo puesto de información turística. Su mira telescópica seguía cada ventana.

Pasaron por delante del Capitolio silente, tras su domo salpicado de hollín ya no se reunían políticos ni modelos de democracia. Ahora, solo las ratas, aves y muertos encontraban allí refugio. En el crepúsculo, el obelisco del Monumento a Washington parecía menos un símbolo y más una lápida gigante sobre la ciudad.

La entrada lateral del National Gallery estaba bloqueada a medias con escombros, lo cual para Casey era una invitación. Sacó su vieja ganzúa —una horquilla de titanio y un destornillador plegable— y se puso a trabajar, mientras Roach y Gina cubrían las esquinas y Morty oteaba la calle. Kellan respiraba rápido, con la capucha echada hasta los ojos, temblando de frío y de miedo.

—Vamos, jefa —susurró Roach—, rápido.

Casey masculló entre dientes, y entonces un rápido clic sonoro anunció la irresistible victoria de la herramienta sobre la cerradura.

—¡Listo!

Dentro, la humedad y el polvo se sumaban al olor dulzón y antiguo de los muertos. Había, según los rumores, algunos zombis aún atrapados entre las grandes salas y sótanos, quizá solo restos de guardias caídos.

Entraron a la galería principal, rodeados de lienzos tapados con sábanas grises y esculturas envueltas en cortinas de plástico. El eco de sus pasos retumbaba en los techos abovedados.

—El almacén está en el subnivel —dijo Gina, consultando un plano raído que había recuperado de una oficina años atrás—. Habrá que bajar por el ala este.

Pasaron por delante de un mural cubierto casi completamente de moho, a excepción de una cara serena en un retrato renacentista. Kellan se detuvo involuntariamente a mirar.

—Antes podía entrar cualquiera aquí y mirar esto. Nadie chillaba.

Roach lo empujó con el codo.—Ahora solo entras si no quieres que tus tripas sirvan de manguera para los muertos. Camina, chico.

Las escaleras al subnivel crujieron bajo el peso del grupo. Sacaron linternas de dinamo; no había corriente. Cada escalón era un abismo. El piso inferior estaba inundado de sombras. Un zombi arrastrándose les bloqueó el paso junto al baño de empleados. No emitía gemidos, sólo rascaba la loseta con un ungulato huesudo. Morty se agachó con su machete y acabó rápido el sonido, pero un hilo de sangre gritó en la piedra.

—Vámonos, rápido —susurró Casey—. Si hay más, esto los llamará.

Llegaron finalmente a la zona de oficinas, ahora convertida en mausoleo. La caja fuerte que protegía “el tesoro” estaba detrás de un falso cuadro medieval situado al fondo de la estancia administrativa. Roach deslizó la tela pintada hacia un lado y descubrió una caja fuerte portátil, amarilla y oxidada.

—Aquí es donde la cosa se pone interesante… Casey, te toca.

Ella se arrodilló, giró la perilla y escuchó. Por el pasillo, Kellan hacía guardia, pero sus manos ya no temblaban. Había aprendido lo que era el verdadero miedo meses atrás, cuando la banda intentó robar a unos paramilitares en Maryland y solo él salió vivo con ambos brazos. Tenía cicatrices aún frescas bajo el abrigo.

Mientras el metal cedía, Roach no pudo evitar lanzarle una mirada de orgullo.

—Dices que el doctor Macarthy no miente, ¿verdad?

—No miente —replicó Gina, tiritando.

Un chasquido, y la caja se abrió: docenas de cajas de antibióticos, paquetes de vendas estériles, seis botellas pequeñas de morfina, analgésicos para la fiebre y varios frascos de pastillas.

Casey tragó saliva.

—Vale mucho más que oro.

Roach sonrió con avidez y fue repartiendo objetos en las mochilas.

Y entonces, el crujir de algo pesado arriba. Morty se tensó con el arma al hombro.

—¡Alguien más está aquí!

El corazón del grupo palpitó en un mismo sobresalto. Los ladrones sólo temían a otras bandas: lo humano era peor que lo muerto cuando tu vida dependía del sigilo.

Kellan ralentizó su respiración, Gina pegó la espalda a la pared, pistola oxidada en mano. Roach hizo un gesto para que Casey escondiera la caja vacía y él mismo desenfundó la navaja larga que llevaba atada al muslo. El grupo escuchó atentos. Un par de risotadas y pasos, no los lentos del zombi, sino rápidos, cautos, demasiado organizados.

—Pará… no son podridos —murmuró Morty—, son otros como nosotros.

Roach maldijo.

—Se acabó el paseo, muchachos. ¡Silencio total!

Los forasteros tardaron apenas unos minutos en entrar al subnivel. Solo dos hombres, armados con rifles civiles y chalecos improvisados por encima de abrigos deportivos.

—¡Eh! ¡Sabemos que están ahí! —gritó el más robusto, voz de quien ha negociado antes bajo presión—. Mostrad las manos. Queremos lo que habéis encontrado.

Roach, acostumbrado a las negociaciones a cuchillo, dio un paso adelante saliendo de su semicírculo defensivo.

—¿Así que quieren jugar a ladrones con ladrones?

El gringo de ojos azules, el jefe de los dos, mostró una sonrisa hueca.

—No queremos juegos. Sólo lo que vinimos a buscar. Las medicinas.

—Las encontramos nosotros primero.

El intruso avanzó un paso, arma arriba.—Tengo cinco hombres más afuera—mintió con descaro—. Nadie quiere balas aquí.

En aquellos años, los disparos sólo servían para atraer una oleada de muertos o de vivos. Nadie ganaba. Casey apretó la mandíbula, Gina se mantuvo agazapada. Kellan dio un paso atrás, empuñando una linterna envuelta en trapos para convertirla en una posible porra improvisada.

Roach alzó las manos, pero solo un palmo.—¿Por qué no lo repartimos? Hay suficiente mierda para todos.

El otro negó.—La ley del primero que dispara. Esto es nuestro ahora.

Sin previo aviso, Gina encendió la linterna y lanzó un fogonazo a los ojos de los recién llegados. En el segundo de ceguera, Morty rodó por el suelo y disparó su vieja Beretta. El disparo atravesó el muslo del ladrón enemigo y la bala rugió sobremanera en la bóveda. El lesionado lanzó un chillido inhumano y en la ciudad dormida, cientos de ecos zombis crecieron como una tormenta.

El combate se resolvió en segundos. El compañero del herido trató de arrastrarlo, disparando a ciegas y haciendo saltar esquirlas de mármol. Gina y Casey aprovecharon el caos para huir con las mochilas cargadas siguiendo la ruta planeada. Roach y Morty, disparando de vez en cuando, retrocedieron hacia otra salida secundaria.

El grupo se dividió: iban a reunirse en la verja de Constitution Gardens, donde los muertos solían enredarse y eran fáciles de esquivar.

Corrieron. Afuera, la ciudad ya no dormía. El disparo había lanzado la alarma muda que cualquier depredador o carroñero entendía. Varios zombis, atraídos por el estruendo, surgieron titubeantes de los callejones, moviéndose con torpeza. La ventaja era el frío: los muertos se hacían lentos bajo el viento cortante de noviembre. Pero los vivos… los vivos no frenaban su hambre.

Tras perderse entre los monumentos, Gina y Casey llegaron primero al punto acordado. Morty apareció minutos después, cubierto de polvo, pero ileso. Roach llegó jadeando, con sangre en la camisa —no suya— y la mochila bien apretada.

—¡Malditos bastardos! —gruñó—. Se nos han pegado veinte podridos. Hay que movernos en silencio.

La banda se escurrió entre árboles pelados, alcanzando una vieja caseta de guardabosques. Allí, en penumbra, revisaron el botín. Todo lo que habían soñado en insomnios prolongados: fármacos, botellas llenas de sueños ligeros, vendas limpias y jeringas aún envueltas en plástico.

Kellan se permitió un débil esbozo de sonrisa:

—El Pastor nos va a chupar hasta los huesos por esto…

Roach se encogió de hombros.—Que lo intente. Quien tiene las medicinas controla el invierno.

Detrás de las paredes derruidas del National Mall, la batalla por la supervivencia era una cuestión de astucia y alevosía, y los robos se convertían en leyendas. Esa noche, bajo un cielo cubierto de niebla, la banda no era ni heroica ni villana. Solo vivos en un mundo de muertos, luchando por robar otra noche al destino.

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