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Portada del relato Eco de las cenizas: reconstrucción en el corazón de Texas
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Fragmento:


Hoy, sin embargo, el silencio tenía algo distinto. Nadie quería admitirlo, pero todos sabían que era la noche del primer comercio grande del año. Desde San Marcos venía una caravana—tres carros tirados por caballos flacos y cuatro camiones antiguos reconvertidos con piezas de otros. Traían sal, semillas de chile y pilas. Desde Austin, se pensaba negociar café amargo, tamales secos, piezas de acero y, si había suerte, algún medicamento. Era la vida lo que estaba en juego.

Duración: 10:21

Eco de las cenizas: reconstrucción en el corazón de Texas
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Texto de ajuste de pausa.

15 de marzo de 2029.

La ciudad que alguna vez bailó al ritmo de la música, que vivió bajo el eslogan “Keep Austin Weird”, ahora solo retumbaba con el eco de mil pasos en la tierra apisonada y el crujir nervioso de las maderas que reforzaban los muros. Quedaban pocas casas originales en pie, y aún menos tejados sin parches. Bajo el calor seco y un cielo que nunca parecía despejado del todo –las nubes siempre densas, como si también buscaran refugio–, las nuevas campanas talladas de metal vibraban a la menor señal de alarma.

Habían pasado nueve años y medio desde la plaga. Al principio, Austin había sido un caos de tráfico, bloqueos y rumores. Luego, el lugar de las grandes huídas hacia el Lago Travis, los colapsos en la I-35 y la lenta transformación de sus avenidas en túneles de miedo. Ahora, más que una ciudad, Austin era un recinto. Un reducto amurallado que abarcaba apenas el casco antiguo, desde el Capitolio hasta la ribera aún estancada de Lady Bird Lake. Toda la vida de sus habitantes sucedía dentro de ese cinturón de madera, piedra y chatarra, interrumpido solo por las puertas de las caravanas de comercio y los equipos de limpieza.

Leonor no recordaba con claridad el color original del césped de Zilker Park, solo el de los parches de huerta que ahora alimentaban a casi todos. Tenía dieciséis años y no conocía el mundo anterior, salvo por relatos distorsionados y un par de fotos borrosas resguardadas en una caja que su abuela mantenía bajo llave. Ella era parte de la “segunda generación”—los niños que habían llegado después, cuando empezó la reconstrucción lenta y dolorosa.

Esa madrugada, Leonor subió a la antigua azotea de un edificio entre la Sexta y Congress. El punto era estratégico: desde allí se veía la muralla más nueva, hecha de troncos gruesos, placas de metal soldado y vallas de obra. Detrás, sobresalían las lámparas improvisadas alimentadas por generadores. Detrás de eso, la vieja Austin dormía, ahora convertida en un laberinto de refugios apretados.

A esa hora, los celadores terminaban un cambio. Un grupo, hombres y mujeres armados con bates, lanzas de tubería y un par de escopetas, pasaba junto a la puerta que daba a las marchitas aguas del río. Más allá del límite interno, en esa zona gris que había sido South Congress, se extendía la tierra de nadie: casas ruinosas, autos oxidándose hacía una década y cercas donde crecían zarzamoras salvajes.

“¿Ya bajó el conteo?”, preguntó Rosa, una de las jefas de patrulla, mientras bebía despacio un vaso de agua. Ella sí recordaba la universidad, los festivales de música, los atascos infinitos. Sus canas, sin embargo, la hacían parecer mucho más anciana de lo que realmente era.

“Esta noche solo vieron dos zombis por la 4th”, respondió uno de los centinelas. “Más viejos que mi abuelo. Se han movido lento; casi no parecía real. Ya no tienen fuerza, ni piel.”

Rosa asintió con un gesto cansado. Durante muchos meses, la mayor amenaza ya no era la plaga de los muertos, sino las bandas nómadas de saqueadores, extraños que recorrían Texas en busca de recursos fáciles o venganza. Las sirenas improvisadas que alguna vez se levantaban por los ataques de zombis, ahora se usaban sobre todo para dar alarma de humanos.

Leonor escuchaba estas conversaciones, tomando nota mental para relatarlas después en la escuela. Una vez a la semana, los niños y adolescentes se reunían en lo que quedaba del Teatro Paramount, donde intentaban reconstruir las historias del “Antes”. Ahí, los ancianos contaban leyendas sobre SXSW, batallas deportivas y las primeras festividades del Día de los Muertos en el East Side; otras veces, compartían planes para el futuro: cómo fabricar generadores solares, cómo mejorar los sistemas de filtración de agua.

Hoy, sin embargo, el silencio tenía algo distinto. Nadie quería admitirlo, pero todos sabían que era la noche del primer comercio grande del año. Desde San Marcos venía una caravana—tres carros tirados por caballos flacos y cuatro camiones antiguos reconvertidos con piezas de otros. Traían sal, semillas de chile y pilas. Desde Austin, se pensaba negociar café amargo, tamales secos, piezas de acero y, si había suerte, algún medicamento. Era la vida lo que estaba en juego.

A las cinco de la mañana, con el primer resplandor, la entrada norte de la ciudad se preparaba. Los organizadores –gente que antes fueron comerciantes, ahora negociadores experimentados– revisaban los papeles de trueque: todo debía cambiar de manos, nada podía desperdiciarse. El acceso era vigilado desde lo alto de la vieja biblioteca central, por vigías con binoculares y rifles remendados.

“¿Tú nunca has salido más allá del muro?”, preguntó Leonor a Tomás, su amigo de la escuela, mientras ayudaban a montar la mesa de intercambio bajo el toldo rescatado de un antiguo supermercado.

“Nunca, pero dicen que las carreteras a Bastrop están peores, llenas de carros quemados y huesos. Mi tía estuvo en una expedición hace dos años y dice que, en Elgin, los zombis todavía se amontonan en las estaciones de gasolina y en las farmacias.”

Leonor se estremeció, pero no por el miedo a los muertos, sino al vacío de lo desconocido. Era difícil de explicar: dentro de los muros, todo funcionaba con la lógica de la costumbre y el miedo sostenido. Fuera de ellos, según los adultos, la realidad era distinta, cada movimiento podía ser el último, cada ruido traía una historia.

El sol ascendió rápido ese día, levantando el polvo y haciendo brillar los parches de metal de la muralla. Alrededor de la mesa de trueque, decenas de vecinos se agolpaban esperando. Llegó primero el jefe de la caravana: un hombre ancho, con cicatrices y una risa seca, cubierto bajo un sombrero que alguna vez fue de piel fina. Venía escoltado por cuatro jóvenes armados con lanzas, machetes y un revólver brillante.

“¡Austin! ¡Traemos lo que prometimos—y más si hay justicia en el cambio!”, gritó el jefe. Rosa salió a su encuentro, con la seriedad de quien se juega el honor y la estabilidad de toda una ciudad.

Hubo saludos, gestos controlados, y la exhibición de los bienes: sacos de sal, bidones con pilas, semillas envueltas en periódicos que hablaban de un mundo imposible –elecciones, resultados deportivos, ofertas de Black Friday. Austin ofrecía conservas y piezas pequeñas de metal, gasolina filtrada y la promesa de sumar una docena de voluntarios para reparar la presa, clave para mantener la electricidad.

El trueque transcurrió lento, entre bromas, risas y miradas recelosas. Ambas partes sabían que cualquier ofensa podía degenerar en un tiroteo o algo peor: ruptura de confianza, aislamiento, hambre. A media mañana se ofrecieron tortillas magras, se compartió café y hasta un poco de tabaco seco, como señal de tregua.

Entre los adultos, los niños y adolescentes se mantenían al margen, pero observaban con intensidad. Para Leonor y Tomás, aquello era un teatro—un aprendizaje oculto de cómo funcionaba su nuevo mundo. Podría parecer áspero, pero esas transacciones eran la diferencia entre la vida y la muerte, entre el florecer de una cosecha y el sufrir de una plaga.

El jefe de la caravana, al ver a los jóvenes, se acercó y les preguntó:

“¿Ustedes saben leer y escribir?”

“Eso intentamos”, dijo Tomás, orgulloso.

“¿Y saben de mapas, de rutas?”

“Algunas. Mi maestra nos hace dibujar cómo creemos que es Texas ahora. Siempre discutimos si Houston sigue en pie”, respondió Leonor.

El jefe rió, pero en sus ojos hubo un destello de tristeza. “Quizá para cuando lleguen a mi edad, habrá una ruta segura hasta allá. O quizá se vuelva solo un mito.”

Ese día, tras el intercambio, la caravana decidió pasar la noche en la ciudad fortificada. Era una ocasión extraordinaria. Por la tarde, las autoridades improvisadas permitieron una pequeña fiesta, con guitarras y tambores armados con bucales de lavadoras. Al calor de la música, los viejos recordaron y los jóvenes improvisaron bailes que solo tenían sentido en ese presente reconstruido.

Leonor subió junto con Tomás al techo de un antiguo restaurante y desde ahí miró los fuegos titilar sobre la muralla. Más allá, la sombra de las colinas protegía los campos de cultivo, los pastizales donde ya pastaban algunas reses, traídas de refugios más al norte. El sonido de la fiesta llegaba sordo, pero persistente, como un eco de lo que alguna vez fue la ciudad viva.

“¿Crees que, algún día, todo esto vuelva a ser como antes?”

La pregunta, lanzada en el aire, flotó entre ellos. Tomás apretó los hombros, pensativo.

“No lo sé. ¿Y si solo cambiamos lo suficiente para ser mejores y no repetir lo que nos llevó a esto?”

Leonor asintió. En su interior, el miedo y la esperanza luchaban como las dos corrientes del río bajo el puente. Se preguntó cómo sería crecer en ese mundo cada vez más suyo, sin historias del ayer, pero forjando las que estaban por venir: la reconstrucción de Austin como ciudad, la vida tras el apocalipsis, la posibilidad de dejar de temer a los muertos para aprender a convivir con lo que aún quedaba de humanidad.

Al amanecer, cuando la caravana partía con lo obtenido y Austin se preparaba para un nuevo día, alguien hizo sonar las campanas de vigía. No como alarma, sino como celebración. Por unas horas, la vida, el comercio y la cultura se parecieron a eso que, decían, era la civilización. Leonor, con un cuaderno viejo y un carboncillo, anotó la fecha y escribió: “Hoy Austin negoció, bailó, y sobrevivió otro ciclo”.

No sabía si sería suficiente para el futuro, pero, ese día, el miedo había dejado espacio al eco persistente de la esperanza. Y bajo el nuevo sol de Texas, en la ciudad amurallada, nada era imposible por unos instantes más.

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