Fragmento:
Era martes, y para el asentamiento de Travis, eso significaba día de señales. Desde el tejado del antiguo Ayuntamiento, dos vigías encendían fogatas que parpadeaban en patrones específicos, humo y luz componiendo mensajes que el viento llevaba a los otros enclaves a lo largo del río Colorado. A veces, eran advertencias: avistamientos de hordas, movimientos de rebeldes humanos o rumores de bandas nómadas acercándose desde las llanuras entre Round Rock y la autopista 290. Pero esa mañana la señal era otra: dos llamaradas, pausa, una más—mercancía en ruta. El primer comercio seguro en semanas.
Duración: 12:12
17 de noviembre de 2026
La neblina del otoño colgaba densa sobre lo que una vez fue el vibrante corazón de Texas. Austin, reducida a un puñado de barrios fortificados, lucía cicatrices de años de luchas, pérdidas y milagros cotidianos. El esqueleto del Frost Bank Tower se alzaba todavía como un faro oxidado visible a kilómetros, recordando a todos que allí, bajo puentes y tras muros improvisados, la humanidad había plantado sus raíces nuevamente.
Era martes, y para el asentamiento de Travis, eso significaba día de señales. Desde el tejado del antiguo Ayuntamiento, dos vigías encendían fogatas que parpadeaban en patrones específicos, humo y luz componiendo mensajes que el viento llevaba a los otros enclaves a lo largo del río Colorado. A veces, eran advertencias: avistamientos de hordas, movimientos de rebeldes humanos o rumores de bandas nómadas acercándose desde las llanuras entre Round Rock y la autopista 290. Pero esa mañana la señal era otra: dos llamaradas, pausa, una más—mercancía en ruta. El primer comercio seguro en semanas.
Franklin Lowell era el responsable de la seguridad de Travis. Su barba canosa y sus manos curtidas contaban los años y las historias de la resistencia. A sus 54 años, le dolían cada uno de los inviernos en los huesos, pero su mirada, afilada como un cuchillo, transmitía todavía la inquieta urgencia de aquel programador que, en otro tiempo, brunchaba bajo el mural de “I love you so much” en South Congress y soñaba con algoritmos en vez de barreras de metal.
Hoy, como cada día, recorría la muralla más reciente. Una amalgama de contenedores viejos, vallas publicitarias arrancadas de la I-35, y una maraña de coches quemados soldada a mano defendían Travis del mundo exterior. En la cima, tres de los jóvenes de la comunidad, armados con ballestas y fusiles restaurados, vigilaban la carretera. La última incursión de saqueadores apenas días antes se sentía fresca; sombras aún se arrastraban por las mentes de quienes sobrevivieron los disparos y gritos de la medianoche.
Franklin saludó con un gesto rápido a Maribel, la vigía de la tarde, antes de bajar por las escaleras crujientes hacia la plaza central. Allí, bajo una lona azul, habían instalado el último rudimento de civilización: el mercado. Cuatro puestos, todos abiertos a la vista para evitar robos y traiciones, ofrecían lo que quedaba de la economía: cebollas moradas, polvos de huevo, latas abolladas de frijoles, pequeñas bolsas de tabaco local, y armas de fuego de fabricación casera. Las sonrisas eran escasas y los precios, variables, fluctuaban según los rumores de amenazas y la cosecha de ese año. El trueque era la regla, y escaseaban las monedas—un puñado de balas era tan buena “divisa” como cualquier otra cosa.
A las nueve, la caravana llegó desde el sur. Un sonido inusual precedió su arribo: relinchos de caballos y el rechinar de un viejo remolque Chevrolet remodelado como galera de carga. Los recién llegados agitaban pañuelos blanquecinos y llevaban máscaras de cuero, por el polvo y el miedo. Franklin siempre se adelantaba en esos encuentros con la corazonada de que el futuro se jugaba en esas primeras palabras, en la tensión de los dedos en el gatillo.
Éramos seis en total, recuerda. Dos de ellos, hijos de los primeros granjeros que migraron desde Buda cuando la epidemia se había ensañado con los suburbios. Los otros, refugiados de lo que alguna vez fue Bastrop; traían consigo cebada seca y una jaula con tres gallinas vivas, oro blanco para cualquier asentamiento en ese invierno.
Los recibió Celia Márquez, delegada y farmaceuta, que había aprendido más de plantas remedio en estos seis años que en sus cuatro en UT Austin. El apretón de manos fue breve, la inspección de las jaulas y sacos, minuciosa. La transacción se realizó como siempre: delante de todos, con testigos.
—El trueque debe ser justo —dijo Franklin, resueltamente—, o seremos pasto para otros.
La frase no era una amenaza. Era, simplemente, ley de supervivencia. Por poco tensan sus cuerpos los recién llegados, pero no hubo problemas; ni los habría esa vez.
El negocio terminado, el mercado se abrió y, con él, algo más difícil de conseguir que comida o seguridad: confianza. Un grupo de niños—o lo que el hambre y el miedo habían dejado aún capaz de jugar—corrió por la plaza con una pelota de trapo; sus gritos cruzaban el aire frío, chocando con los ladridos de Kansas, el único perro del asentamiento.
No todo era bucólico ni tampoco seguro. Más allá del campus de la universidad, al este, quedaban zonas grises, salvajes, donde ni los zombis ni los seres humanos “civilizados” mandaban. A veces, los exploradores avistaban pequeños grupos de infectados, entorpecidos en su deterioro, atrapados en las ruinas de centros comerciales o estacionamientos anegados por las lluvias. Pero seguían siendo mortales; hacía apenas un mes, una manada había diezmado un asentamiento entero en lo que una vez fue el barrio de Mueller.
Al caer la tarde, Franklin subió al tejado para revisar las señales. El humo del mercado aún flotaba sobre la ciudad, mezclándose con la niebla. El cielo era de plomo, y la luna parecía asomarse a medias, tímida ante la devastación. Desde ahí, distinguió el silbido conocido: Celia, enviando la señal de “todo en calma” hacia el noreste, rumbo a la comuna de Pflugerville. Era una rutina cuidadosamente diseñada para evitar que alguna horda o banda interceptara sus comunicaciones visuales.
La comunidad de Travis era de las mejor organizadas. No había un solo líder absoluto, sino un consejo, asambleas cada cuatro semanas, votaciones abiertas, y el juramento de priorizar la vida infantil. Cosas que otros grupos, endurecidos por años de guerra, habían dejado de lado en nombre de la eficiencia o el miedo.
A la medianoche, cuando las fogatas menguaban y la plaza se vaciaba, Franklin recorría los muros una última vez. Respiraba hondo; el aroma del humo, la tierra húmeda y el leve hedor de la descomposición fantasmagórica allá afuera componían una canción triste—pero era todavía una canción, lo que significaba que los corazones latían y las esperanzas se tejían como la tela raída de las tiendas.
Esa noche, sin embargo, el silencio se rompió.
Primero, un disparo en la distancia, después, el redoble de uno de los tambores de emergencia. Los centinelas, alerta, activaron las alarmas: una cuerda de campanas que recorría la muralla. Franklin corrió al sector norte, su rifle improvisado al hombro, agradecido de haberlo limpiado justo esa tarde. En la penumbra, vislumbró las figuras torcidas, tambaleantes, que subían desde el cauce bajo del río.
No eran muchos; a esas alturas, los infectados estaban a menudo solos o en grupos pequeños, como animales moribundos. Aun así, bastaba uno para convertir la noche en tragedia. El primero en alcanzarlos fue un joven, apenas distinguible ya de un cadáver andante, el rostro deformado y los brazos colgando. Franklin no dudó; disparó, el eco se perdió entre los escombros, y el cuerpo cayó sobre la malla de alambre que bordeaba el muro.
Los vigías dispararon a los otros dos que venían detrás y, pronto, la amenaza se disipó. Pero cada ataque era un recordatorio brutal: la plaga persistía, la vigilancia no podía relajarse.
Terminada la alarma, las familias bajaron de las torres y refugios, los más pequeños recibiendo palabras tranquilizadoras, los adultos intercambiando miradas de agotamiento y preocupación. Kansas, el perro, olisqueó los cadáveres, guiando a los encargados de la quema. El rito era simple: rociar con querosén, luego encender y vigilar las cenizas para que nada quedara. Nadie quería ver un brote por descuido.
Al día siguiente, Franklin y Celia caminaron los límites internos, evaluando daños menores y preguntándose en voz baja si no era tiempo de apostar por mayor expansión.
—Podemos reclamar hasta el antiguo centro técnico de Google —sugirió Celia, acotando con el dedo el mapa de tela maltraído—. Si tenemos otro buen invierno, duplicamos las tierras de cultivo.
No era la primera vez que lo discutían. El problema ya no era tanto los muertos sino los vivos: bandas de nómadas, grupos esclavistas, señores de la guerra con sus propias reglas y sin piedad. Perseveraban rumores de que una cuadrilla de saqueadores había sido vista merodeando la zona de Barton Creek. Franklin sabía que toda expansión traía riesgos: mayor frontera, más territorio que vigilar, más posibilidades de invasión.
—Lo debatiremos en el consejo —resolvió, sabiendo que el debate sería áspero.
En la vieja escuela primaria reconvertida en sala comunal, las asambleas eran ocasión de catarsis y unidad. Allí, en bancos improvisados, adultos y jóvenes compartían decisiones y temores. Se escuchaban voces de todos los matices: prudentes, temerarias, esperanzadas, recelosas. Un antiguo maestro, el señor Gutiérrez, proponía constantemente organizar expediciones al campus universitario, confiando en recuperar libros y semillas perdidas. Nadie lo había seguido aún, aunque Franklin siempre escuchaba con respeto.
Del lado norte, un pequeño grupo de jóvenes liderados por Desirée, aprendiz de herrera, reclamaba más autonomía y la oportunidad de patrullar el extrarradio. Su entusiasmo era peligroso y valioso a la vez; la oscilación constante entre proteger y arriesgar era el truco más difícil, el equilibrio entre el futuro y la prudencia.
Los niños, por su parte, ya no preguntaban por el mundo de antes. Lo miraban como un mito, un cuento de fogata. Sus risas, aunque dispersas y a veces forzadas, eran señales de que la vida seguía floreciendo en esta isla de humanidad sitiada. Los adultos les enseñaban a leer, a sembrar, a distinguir plantas medicinales y a diferenciar el zumbido de una libélula del roce de un muerto entre la maleza.
Durante los días claros, Travis bullía de actividad. El molino hidráulico instalado en el brazo del río por ingenieros improvisados les daba una pizca de electricidad por horas. Radios de corto alcance, protegidas con recelo, conectaban a media docena de comunidades a lo largo del Colorado, permitiendo alianzas, alertas y hasta un atisbo de cultura compartida. Era la cuerda floja sobre la que bailaba el porvenir: el comercio organizado, los códigos de señales, la fragilidad de la esperanza.
A menudo, Franklin pensaba en cómo narrarían su historia quienes vinieran luego. ¿Recordarían los horrores o verían, sobre todo, la terquedad de los que, pese a todo, persistieron? ¿Sería Austin un mito, una vieja capital saqueada y renacida, o solo una nota al pie en la crónica dolorosa de la humanidad acorralada por la muerte?
Cuando el domingo llegó y las lluvias se abrieron de nuevo, Franklin, exhausto, permaneció largo rato sobre el puente de Congress. Miró el agua marrón, los restos de botes atrapados en la corriente, y pensó en todo lo que había perdido. Pero escuchó también el berreo de los niños, los ladridos de Kansas, el roce del trigo en el campo recién expandido. En ese murmullo, entre la vida que resistía al desastre, encontró fuerza para seguir creyendo: a veces, construir muros es la única manera de recordar cómo abrir puertas después.
Y así, mientras el sol nacía sobre los restos de una ciudad rota, los habitantes de Travis se prepararon para otro día. La esperanza era un acto cotidiano, una elección frente a la tiniebla. En el mundo de 2026, ese era el verdadero milagro.
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