Fragmento:
El Comité del Amanecer — algo así como el consejo de ancianos, ingenieros, soldados y agricultores rebeldes — convocó a todos los voluntarios y a los pocos niños con fuerza para ayudar en el día del trasplante. Han sembrado antes, pero nunca con semillas nuevas. Hoy los técnicos vuelven de la Bóveda con algo revolucionario: semillas de maíz y frijol que resistieron el paso del tiempo. Las últimas provisiones de grano hace meses que se acabaron. El granero del casco de la vieja escuela Magnet, convertido ahora en fortín, apenas sostiene las reservas de arroz viejo y algunas latas, inhallables en los saqueos.
Duración: 11:29
28 de mayo de 2027
Cuando el sol aparece por el horizonte, teñido de un naranja pálido que se filtra entre las torres derruidas y las ramas revueltas de los robles de Hyde Park, Jonata cierra los ojos un instante, arrugando los párpados aún somnolientos tras otra guardia nocturna. Huele a tierra húmeda, a hierba machacada y a humo de leña, y si se esfuerza puede distinguir los restos de lodo mezclados con sudor en sus botas. Es un día inusualmente fresco para finales de mayo. La brisa del sur trae un dejo de lluvia que le refresca la frente, y, aunque la ciudad que conoció ha muerto, Austin, en su nuevo nombre, Late Town, sigue viva— a su manera, a la manera de quienes aprendieron a esquivar tanto a la muerte como a los muertos.
Jonata se acuclilla junto al muro levantado con cemento, ladrillos viejos y una maraña de madera, forraje y láminas oxidadas, y observa la puerta sur del asentamiento, que da hacia lo que fue la antigua South Congress Avenue. Allí están reunidos media docena de hombres y mujeres, todos armados con rifles caseros, ballestas, machetes o bates reforzados. Acaban de llegar de la última expedición al banco genético improvisado que los técnicos de la comunidad llamaron "la Bóveda", una cámara refrigerada en el sótano del University of Texas que sobrevivió el primer invierno sin electricidad gracias a la milagrosa combinación de un generador diésel y la fe inquebrantable de ciertos científicos locos.
Hoy es el día del descubrimiento. Un día que los viejos — los que recuerdan el viejo calendario — llaman “de cosecha de esperanza”. Jonata tiene 29 años, nació en el viejo mundo, pero apenas recuerda fragmentos: el rugido de una multitud en ACL Fest, el vuelo vibrante de los murciélagos bajo el puente del Congreso, el sabor dulce de una snowcone de mango que alguien compró para ella cuando era cría. Ahora, su mundo es Late Town, donde la rutina consiste en sobrevivir lo suficiente como para que los niños aprendan a leer y los adultos sueñen con una cosecha abundante.
El Comité del Amanecer — algo así como el consejo de ancianos, ingenieros, soldados y agricultores rebeldes — convocó a todos los voluntarios y a los pocos niños con fuerza para ayudar en el día del trasplante. Han sembrado antes, pero nunca con semillas nuevas. Hoy los técnicos vuelven de la Bóveda con algo revolucionario: semillas de maíz y frijol que resistieron el paso del tiempo. Las últimas provisiones de grano hace meses que se acabaron. El granero del casco de la vieja escuela Magnet, convertido ahora en fortín, apenas sostiene las reservas de arroz viejo y algunas latas, inhallables en los saqueos.
La radio de onda corta crepita de fondo. El MuyQuerido, una voz femenina que transmite desde las viejas instalaciones de KUT, relata el hallazgo de semillas y avisa: las lluvias vendrán en la tarde, urge plantar. La voz del MuyQuerido es la que, a falta de noticias verdaderas, moldea la esperanza cada semana. A veces Jonata cree que las noticias están aderezadas de fantasía, para mantener alta la moral, pero esta vez, entre las manos curtidas de los expedicionarios, se ve la evidencia: las pequeñas bolsas selladas, identificadas con una caligrafía transparente "maíz azul — Austin 2018", "frijol negro — Tarahumara", "semillas mixtas — resistencia".
Jonata ayuda a coordinar el despliegue de los niños, que ríen nerviosos mientras cavan hileras junto al antiguo lotecito del Central Market. El aroma a vida brota de la tierra, una mezcla de humedad y promesa. El suelo de la vieja ciudad ha cambiado por la sangre, la ceniza y los incendios, pero Jonata tiene fe en que nada puede con la terquedad del maíz.
A unos metros, sentado en una silla de ruedas improvisada, el doctor Emmett — uno de los fundadores del asentamiento — observa la escena. En los primeros días solía dar órdenes con voz dura, pero en los últimos inviernos prefiere, simplemente, dejarse impregnar por la vitalidad de los niños y el tesón de los agricultores. Cuando Jonata pasa junto a él, Emmett asiente, con una sonrisa opaca de cansancio, y le ofrece a la joven un comentario: “Esto era una ciudad de música y festivales, sí… pero siempre fue una tierra de comida. Es lo que nos salva”, murmura. Jonata acompaña las palabras con un gesto de aprobación. Ya nadie malgasta fuerzas en debates filosóficos sobre el colapso: su batalla es diaria, y su heroísmo, simplemente cultivar.
El porche de la vieja biblioteca de la Universidad alberga ahora la estación de cría de plántulas. Niños y ancianos reparten bandejas repletas de tierra y semillas. El gambito del día es inyectar esperanza con cada semilla. En un tiempo, Jonata habría escrito mensajes en redes sociales para celebrar el “Día internacional de la biodiversidad”; ahora, todos los días importan si logran mantenerse vivos.
En la ciudad, se escucha el rumor de nuevos asentamientos al sur: en Buda, en San Marcos, donde pequeñas alianzas de supervivientes han creado ferias de intercambio. Pero Austin sigue siendo “la fortaleza”; la llaman incluso la Nueva Bastión del Colorado. Es la ciudad que, a pesar del desastre, nunca fue totalmente abandonada y resistió con obstinación. Su locura siempre fue una marca de resistencia, dice Emmett, y Jonata piensa en los murales pintados con crayones desvaídos sobre los muros, donde un grafitti nuevo reza: “La vida no se rinde si encuentra buen suelo”.
A media mañana, una alarma corta el silencio de la siembra. Las campanas improvisadas, hechas con tapas de acero y latas, suenan desde la azotea del viejo hospital Seton. Al oeste, justo más allá de la I-35, algunos vigías han divisado movimiento extraño. Los zombis son ya una caricatura de la pesadilla que fueron, la mayoría apenas pueden avanzar arrastrando los pies descalzos y llenos de lodo, pero en la ciudad cada aparición desata protocolos férreos de alerta. Los voluntarios más jóvenes se movilizan con bates y ondas, mientras algunos mayores ondean banderas rojas: “No crucen la reja hasta nueva orden”. La disciplina del horror sigue presente, aunque ya no habiten los muertos los peores de los miedos.
Jonata empuña una ballesta vieja, el arma de su madre, y se une a uno de los grupos de vigilancia. Tres zombis, carcomidos y casi inmóviles, avanzan entre los restos de un viejo camión de tacos. Uno de los hombres jóvenes, Marcus, camina hacia ellos y los apaga con un par de lanzas improvisadas, con precisión silenciosa; los cuerpos quedan inertes en el frío asfalto y, minutos después, Jonata y otros voluntarios los arrastran fuera de los límites de Late Town, hasta la fosa de residuos. El hedor permanece, pero la peste ya no es el centro del trauma: el miedo más grande es ahora a los hombres, no a los muertos.
La amenaza disipada, el trabajo continúa. Los niños cantan una canción inventada (“Que duerma el hambre, que crezca el sol, que nunca se muera el maíz y el frijol”), aprendida de los viejos músicos que una vez tocaron en congresos fantasmas de la SXSW y que ahora afinan violines y guitarras improvisadas al atardecer al pie del muro. Jonata sonríe, se siente parte de una tribu nueva, mitad niños salvajes, mitad viejos soñadores.
En el pequeño mercado improvisado, bajo un cobertizo forrado de lonas y tablones recogidos del Home Depot saqueado, se reúnen comerciantes con sacos de hierbas medicinales, huevos de gallinas errantes, montones de carbón y pocas piezas de metal. El trueque es el corazón de la economía; la munición y las semillas, la sangre del intercambio. Nadie recuerda ya los dólares.
El Comité del Amanecer vuelve a sesionar bajo la sombra de un mezquite, deliberando si enviar una caravana de emisarios hacia las comunidades del sur. Los problemas cambiaron; los zombis están agonizando, pero los bandidos que surgen en las rutas viejas son cada vez más osados. Hace unas noches, una patrulla reportó luces cerca de Oak Hill, y las rutas hacia el este están infestadas de saqueadores que buscan medicinas o, peor, esclavos. Los jefes locales, como los de la Bastión MoPac, se proclaman señores del tránsito y exigen tributos de semillas o munición por cruzar sus territorios. Jonata ha visto la violencia de los nuevos “reyes” de rutas: caras sucias, armas artesanales y ley solo de la fuerza. Austin resiste por el equilibrio logrado entre el hambre, la amenaza y la unidad forzada por el peligro.
Cuando el sol alcanza el punto más alto, Jonata regresa a la escuela-fortín donde duermen los niños y reposan los heridos. Allí, en un rincón oscurecido por carteles viejos, una mujer joven — Rage, graduada en botánica antes del colapso — le muestra los pequeños brotes que germinan: “Mira esto”, le dice, “esta semilla tiene más energía que cien balas. Si logramos una cosecha, seremos ricos, libres y dueños del futuro.” Jonata no responde, pero siente un latido nuevo en el pecho.
La tarde avanza. Nubes pesadas empiezan a lamer los bordes del horizonte, y una llovizna bendice a ratos la siembra. Los abuelos cuentan historias a los niños: de cuando el mundo era un tapiz de música, coches eléctricos, pantallas brillantes, y avenidas llenas de tamales y vendedores ambulantes. Nadie les cree del todo. La generación nacida después de la caída sólo entiende el aquí y ahora; sus sueños tienen la forma de las murallas del asentamiento y la promesa de dormir una noche más sin gritos ni disparos.
Al caer el día, los niños son enviados a sus literas de madera bajo persianas reforzadas. Los adultos, con linternas y luces hechas de botellas y reactores solares mínimos, reparten turnos de guardia. Jonata toma uno de los últimos turnos, con la ballesta cargada y los ojos atentos a cualquier sombra en el borde de la I-35. Medita, mientras observa las sombras que el fuego de las hogueras lanza al cielo, sobre el azar y la fortuna; la ciudad que fue sinónimo de rebeldía ahora es fortaleza y semilla de futuro.
En la mañana siguiente, las primeras lluvias dejan charcos que reflejan el azul del cielo. Las semillas han quedado hundidas en el lodo fértil de una ciudad que se niega a desaparecer. Jonata, junto a Emmett y Rage, contempla el campo improvisado. El futuro es incierto, pero por vez primera en años, la esperanza no es sólo resistencia: es germinación, brote y raíz.
A lo lejos, alguien grita: “¡Mirad esto!” y señala un tallo verde emergente. Los niños corren a ver. Por encima del muro, una golondrina se asoma y desaparece en el aire nuevo. Austin, la vieja y la nueva, respira, sueña. El tiempo de las fieras parece querer ceder, aunque sea apenas, ante la terquedad vegetal de la vida y la soledad fragorosa de los hombres que decidieron no rendirse.
Semillas, sangre y sueños al sur del río Colorado; así se reinventa una ciudad que, aunque asediada y rota, convoca bajo la tierra fértil la promesa invencible de quienes aún insisten en vivir.
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