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Portada del relato Bajo la Sombra de los Puentes
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Fragmento:


En la plaza improvisada frente a lo que antes era un Starbucks, alguien tocaba una guitarra sin cuerdas con la intención de vender la madera para leña; otros intercambiaban anillos por alimentos enlatados y parches de bicicleta. Camila se dirigió al puesto de Lu, la comerciante china que decían tenía contactos con todas las facciones; su puesto era una mesa de camping cubierta de medicamentos, vendas, y jeringas selladas.

Duración: 11:33

Bajo la Sombra de los Puentes
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Enero de 2024

El aire en Austin amaneció inusualmente quieto ese día, como si las últimas ráfagas frías del invierno se hubieran resignado a ceder espacio a un sol vacilante. Era enero de 2024, y para quienes vivían en la ciudad, la frontera entre la supervivencia y la extinción se había convertido en una delgada línea invisible, tensa por la amenaza constante de los infectados y la violencia de los propios humanos.

Camila ajustó la correa de su mochila frente a la muralla improvisada al sur del campus de la Universidad de Texas, ahora rebautizada como “La Fortaleza”. A esa hora, el movimiento en la entrada era un ballet tenso de guardias fuertemente armados, carretillas chirriando por pisos de concreto, y un flujo de voces que intentaban negociar el acceso al improvisado mercado semanal del asentamiento. Ella respiró hondo. Sabía que el día llevaba consigo la posibilidad de conseguir medicinas para su grupo, pero también la certeza de que cada paso más allá de la muralla la acercaba al peligro.

Desde un improvisado balcón de hormigón, un vigía oteaba la ciudad con binoculares. Las ruinas de la capital texana se extendían en todas direcciones, cicatrizadas por incendios viejos y recientes; en el este, las torres del downtown permanecían apenas en pie, envueltas en nubes de cuervos y polvo. Las hordas de caminantes se concentraban en las zonas comerciales y los viejos barrios residenciales—fantasmas encadenados a costumbres pasadas, atraídos por los ecos de lo que alguna vez fue la vida urbana.

Al cruzar el portón, el mercado la recibió con una mezcla de olores: cuero, humo de leña, sudor y un dejo inconfundible a pólvora y sangre seca. Los puestos se alineaban bajo lonas desteñidas, mostrando de todo: desde medicinas recolectadas en hospitales saqueados hasta semillas rescatadas a riesgo de vida en los laboratorios agrícolas. El trueque era ley; la munición era moneda de curso más estable que cualquier otra cosa, aunque los precios fluctuaban según los rumores de ataques, de convoys desaparecidos o de la aparición de nuevas hordas en la periferia.

Camila avanzó, discreta, con la mirada baja. Su cabello corto y sus ropas de mezclilla la volvían poco llamativa, a propósito. No quería atraer la atención de los custodios del “Mercado Rojo”—nombre que evocaba tanto el color de la tierra tejana como las drogas y la sangre que a veces manchaban el lugar. El peligro más grande ya no eran los muertos errantes, sino los vivos: bandas organizadas, saqueadores, mercenarios al servicio de los líderes locales, forasteros que buscaban un sitio desde donde reconstruir su propio poder.

Un niño la abordó, descalzo y con los ojos desmesuradamente abiertos. “¿Busca agua purificada? ¿Antibióticos?” Le mostró una caja de pastillas medio vacía. Camila negó con la cabeza, pero le extendió una tira de carne seca. El niño la tomó y desapareció, no sin antes lanzarle una mirada recelosa, mezcla de gratitud y miedo.

La única ventaja de Austin, pensó Camila, era su infraestructura previa: rutas amplias, una red de túneles subterráneos, y sobre todo el río Colorado, que separaba a la ciudad en dos mitades desiguales. En los primeros meses de la plaga, cuando el caos se apoderó de la ciudad, las masas trataron de huir por los puentes: South Congress, Lamar, el 360. La mayoría murieron allí—atrapados entre hordas famélicas y el colapso de los rescatistas. Desde entonces, los puentes eran lugares tabú, ocupados solo por las columnas de caminantes que iban y venían sin rumbo, o por bandidos especializados en asaltar a quienes intentaban cruzar.

En la plaza improvisada frente a lo que antes era un Starbucks, alguien tocaba una guitarra sin cuerdas con la intención de vender la madera para leña; otros intercambiaban anillos por alimentos enlatados y parches de bicicleta. Camila se dirigió al puesto de Lu, la comerciante china que decían tenía contactos con todas las facciones; su puesto era una mesa de camping cubierta de medicamentos, vendas, y jeringas selladas.

“Camila, ¿qué necesitas?”, preguntó Lu en voz baja, apenas ocultando el cansancio tras unas gafas gruesas. Detrás de ella, dos hombres observaban cada movimiento, armados con escopetas recortadas.

“Morfina, si tienes. Y amoxicilina”, susurró Camila, mirando con atención el rostro de la mujer, por si había algún signo de traición.

Lu negó con la cabeza. “No hay morfina. Solo tramadol, pero te saldrá caro. Antibióticos tengo estos”, dijo, levantando una botella pequeña y unos blisters envejecidos. “La gente de Oak Hill se llevó casi todo lo que traje este mes.”

Camila extrajo de su mochila dos cajas de balas calibre .22 y una navaja de filo ancho. “Te puedo dar esto.”

Lu puso los ojos en blanco. “.22 solo sirve para cazar ardillas y asustar niños. Mi gente necesita 9 milímetros o escopeta. La navaja puede interesarme.” Pensó un momento y evaluó la situación: a su alrededor, las miradas de los guardias se tornaban más ansiosas a medida que la negociación se alargaba.

Por un instante, el mundo se redujo a ese pequeño triángulo de silencio en el bullicio del mercado.

“Un blíster de amoxicilina y cinco pastillas de tramadol por la navaja y la munición. Es lo máximo que puedo darte. O te vas a buscar suerte con los de Plaza Saltillo, pero allí los precios están peores.”

Camila asintió. Sabía que los rumores eran ciertos: desde el inicio del año, la demanda de analgésicos y antibióticos se había disparado. Los brotes de fiebre y heridas infectadas mataban tan rápido como los zombis. La transacción fue rápida; ambos se dieron la mano—un gesto casi olvidado—y Camila guardó su botín en el fondo de la mochila. Antes de irse, Lu susurró: “Cuidado con la carretera a Bastrop. Oí que los Buitres atacaron una caravana. Se llevan a la gente… viva.”

Camila tragó saliva y se alejó, mezclándose con la multitud. Su destino era el “Refugio Llano”, una de las escuelas primarias tomadas por grupos de vecinos desde hacía casi un año y medio, ubicada en el corredor norte, cerca de Hyde Park. De allí había venido en la madrugada, cargando con la esperanza de regresar con algo útil para Carla, su compañera de grupo, herida por una emboscada hacía tres días.

El camino hacia el norte la obligó a recorrer arterias secundarias, evitar a los saqueadores y evitar cualquier atención innecesaria. La mayor parte de las casas estaban selladas, ventanas cubiertas con tablones, puertas reforzadas con aparatos eléctricos inutilizados y letreros de advertencia: “NO QUEDA COMIDA”, “INFECTADOS ADENTRO”, “ARMADOS”. Pero en los callejones, los verdaderos peligros acechaban: facciones que se habían apoderado de bloques completos, exigiendo peaje por dejar cruzar, o simples vagabundos desesperados.

Al llegar cerca de Duval Street, a la altura del antiguo parque It’s Italian, Camila se detuvo. Un coche volcaba en llamas se convertía en un recordatorio del destino de quienes intentaban moverse de noche. El humo se elevaba recto en la calma invernal, señal abierta de peligro próximo. Poco después, escuchó el llanto de un hombre joven pidiendo ayuda desde atrás de unos contenedores.

Casi siempre estos llantos eran trampas—nadie sobrevivía en la ciudad sin perder la inocencia—pero el sonido era real, desesperado, casi animal.

Se acercó cautelosa, asiendo la pequeña pistola que guardaba en la pretina. Descubrió a un joven cubierto de sangre y con la pierna atrapada bajo una viga oxidada. Sus ropas eran demasiado limpias para quien vivía en la calle desde hacía meses. Camila apuntó, manteniendo la distancia.

“¿Quién eres? ¿Tienes armas? ¡Respóndeme!” exigió, la voz temblando.

El hombre levantó las manos trabajosamente. “Mi nombre es Isaac, venía de Dripping Springs con un convoy. Nos atacaron al cruzar el Loop. Todos están muertos. Por favor, ayúdame, no puedo moverme.”

Camila vaciló. Ayudarlo era un riesgo, pero dejarlo morir la emparentaría demasiado con los mismos monstruos que temía. Recordó la advertencia de Lu: los Buitres rondaban cerca. Tomó una decisión.

“Voy a sacarte”, dijo, y empuñó la navaja. En cuanto lo liberó, Isaac gritó de dolor. El gemido reverberó por la avenida vacía, probablemente atrayendo a zombies desde las sombras. Camila lo calló presionando su brazo sobre la boca del joven.

“Si quieres vivir, tienes que moverte. Hay una escuela a una milla al norte. No pares. Nos debemos ayudar”, susurró, empujando a Isaac, quien apenas podía caminar.

El trayecto al Refugio Llano fue una carrera entre coágulos de miedo y la certeza de que la compasión podía ser mortal. Pasaron junto a los restos de una barricada destrozada, bicicletas oxidadas y tiendas saqueadas. El sol agonizante dibujaba largas sombras, y el único sonido era el arrastrar del pie herido de Isaac y el latido desbocado del corazón de Camila.

Al fin, divisaron la bandera azul—hecha de cortinas viejas—que ondeaba sobre la entrada de la escuela. Era la señal de seguridad para su grupo. Tres figuras armadas los recibieron desde la azotea, lanzándoles cuerdas para trepar el muro perimetral reforzado con sacos de arena y cadenas viejas.

Al cruzar, se sintieron momentáneamente a salvo. Dentro, el ambiente era tenso, casi monástico: hombres y mujeres conversando en voz baja, niños jugando con cubos improvisados, un perro acostado bajo la mesa del comedor comunitario. Carla, pálida y sudorosa, estaba acostada sobre una colchoneta en una esquina.

Camila corrió a arrodillarse junto a ella, entregando el ansiado blíster de amoxicilina. Carla le apretó la mano, con una débil sonrisa. Nadie decía nada sobre la fiebre, ni sobre las probabilidades de sobrevivir. Pero cada pequeña victoria era suficiente para vivir un día más.

Esa noche, cuando los hornillos de leña chisporrotearon y por un instante la comunidad se permitió una cena caliente—sopa de garbanzos y trozos de carne—Camila observó a las figuras reunidas bajo la única lámpara de querosén. Cada uno de los presentes llevaba en el rostro las huellas del miedo, la pérdida y la esperanza obstinada. Isaac, ahora vendado y tembloroso, agradecía con la mirada a quienes lo acogían, y uno de los viejos de la comunidad entonaba una canción antigua, mitad oración, mitad promesa.

Al fondo, una radio de onda corta crepitaba entre mensajes distorsionados. Una voz ajena, perdida en el espectro, decía: “Resistimos en San Marcos… Buscamos alianza… No somos muchos… Se reciben mensajes con clave ‘Alamo’…”

La comunicación era frágil, pero volvía a encender la llama de la organización. Camila escribió en un cuaderno raído el mensaje para la noche siguiente. Quizás, pensó, si lograban sobrevivir otro invierno, otro ataque, otro brote, Austin volvería a ser algo más que una ciudad arrasada, algo más que la suma del miedo y la resistencia. Tal vez, después de años de horror, empezarían a recordar el mundo previo como un sueño, y a construir uno nuevo sobre las ruinas.

En ese enero invernal de 2024, dentro de la fortaleza improvisada, mientras afuera las hordas vagaban por la ciudad irreconocible, Camila encontró en los pequeños actos de solidaridad una razón para resistir. Más allá de los puentes y de la amenaza constante, bajo la sombra del antiguo esplendor de Austin, la esperanza se mantenía viva, terca, invencible.

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