Fragmento:
El consejo de Riverside había sido claro: nada de patrullas solitarias, ninguna incursión sin autorización. Pero la noche anterior, entre los rumores y la mirada furtiva de los guardias, Ana había conseguido que el viejo Derrick, uno de los mecánicos, le permitiese sacar una bicicleta reforzada. Era vieja, abollada y pesada, pero las ruedas resistían aún los baches y escombros, y servía para recorrer el borde ribereño ocultándose bajo los sauces crecidos y la maleza. Guió la bici a través de un hueco en la cerca —un punto ciego vigilado apenas por adolescentes con nervios más blandos que sus armas— y pedaleó rápido, con el silencio como único aliado.
Duración: 11:09
12 de septiembre de 2026
Nadie recordaba la última vez que el río Colorado había fluido limpio. Quizá algún abuelo en los rincones polvorientos de Tarrytown enseñaba a los niños fotos arrugadas, con el agua como un espejo azul bajo el sol texano, o quizás todo eso era ya solo mito, parte de las historias de un mundo imposible según los relatos nocturnos de los campos fortificados del este. Para quienes sobrevivían en Austin en septiembre de 2026, el río era frontera, foso y tumba, no solo para zombis sino también para los que alguna vez se llamaron vecinos.
Las hordas de muertos seguían infestando los antiguos suburbios: los huesos de zombis inamovibles atrapados dentro de garajes derruidos, cadáveres atascados en las rejas oxidadas de casas modernas ahora cubiertas de musgo y zarzas. Sin embargo, para los pocos miles de humanos que lograron establecer el asentamiento de Riverside, el temor primordial ya no era la marea de muertos, sino la marea de vivos. Los saqueadores que bajaban desde el norte, los forasteros con rifles y motosierras a batería recargadas a golpe de sol, los nómadas que instalaban campamentos temporales en lo que antes eran lotes de estacionamiento o terrenos de antiguas franquicias de comida rápida.
La seguridad era tan relativa como las promesas de la primavera. Austin —o lo que quedaba de ella— consistía en una mancha de comunidades amuralladas, unidas por rutas de mensajeros a caballo o en bicicletas reforzadas con parches de neumático sacados de los despojos de academias de ciclismo de un pasado lejano. Riverside, amparada en lo que fuera el distrito universitario, estaba construida alrededor de restos de la Universidad de Texas: su biblioteca principal era ahora almacén y sala de reuniones, las antiguas cafeterías, cocinas comunales donde se cocía frijoles secos, arroz, algo de maíz, y sólo ocasionalmente, huevo o carne de conejo cazado en la maleza que una vez fue parque central.
Aquel 12 de septiembre, Ana se despertó antes de que la primera campana del amanecer sonara desde la torre de la ex facultad de arquitectura, ahora atalaya principal. Apenas cuatro horas de sueño y ya notaba la familiar pesadez en el cuerpo—aunque, en comparación con otras épocas, dormir bajo techo y tras una puerta reforzada con tablones y latas soldados era un lujo. Se arrastró fuera de sus mantas y se asomó por la ventana, apenas una rendija entre la persiana de metal y la pared convertida en fortín.
Los primeros equipos de vigilancia ya patrullaban los accesos al puente Lamar, ese monstruo concreto ahora bloqueado con autobuses volcados y carros apilados como barricada, mientras la orilla contraria se mostraba silenciosa, brumosa bajo una niebla de final de verano. Del otro lado del río, justo al límite de lo visible, Ana alcanzó a distinguir por segundos la figura de un grupo de forasteros. No parecían zombis; su andar era demasiado rápido, demasiado coordinado. Acomodó el rifle sobre el alféizar y entrecerró los ojos. Sí, transportaban algo envuelto en lonas.
La alarma se encendió en el interior de su pecho, una descarga de ansiedad que le recordaba los peores días: los de hambruna, de carreras en las autopistas tapizadas de huesos, de miedo a los infectados que nunca se cansaban. Sin embargo, ahora su miedo portaba otro nombre: saqueadores, los mal llamados caballeros de Pflugerville, una banda nómada feroz y desesperada. Solo dos semanas antes habían asaltado un campamento fuera de Round Rock, dejando apenas cenizas, sangre y huellas de neumáticos. Desde entonces, las milicias internas de Riverside activaron una rotación doble y prohibieron salidas de reconocimiento fuera de radio al menos hasta que pasaran las caravanas de comercio.
Ana, sin embargo, tenía un motivo para ignorar las órdenes. Su hermana menor, Lucía, estaba desaparecida desde el martes. Había insistido en salir con el equipo de trueque hacia la estación de manejo de animales en lo que fuera South Austin, buscando semillas de repollo y esporas de setas para la siguiente siembra interior. No volvió. El resto del equipo apareció apenas veinticuatro horas después, la mochila vacía, las ropas llenas de barro y la mirada vacía. "Fueron los de Pflugerville", dijeron entre dientes. Ana lo había esperado casi todo: mordidas, desapariciones, zombis. No, a Lucía se la habían llevado los vivos.
El consejo de Riverside había sido claro: nada de patrullas solitarias, ninguna incursión sin autorización. Pero la noche anterior, entre los rumores y la mirada furtiva de los guardias, Ana había conseguido que el viejo Derrick, uno de los mecánicos, le permitiese sacar una bicicleta reforzada. Era vieja, abollada y pesada, pero las ruedas resistían aún los baches y escombros, y servía para recorrer el borde ribereño ocultándose bajo los sauces crecidos y la maleza. Guió la bici a través de un hueco en la cerca —un punto ciego vigilado apenas por adolescentes con nervios más blandos que sus armas— y pedaleó rápido, con el silencio como único aliado.
El aire de septiembre era denso, cargado de humedad y el olor dulzón de materia en descomposición. Ana avanzaba entre edificios engullidos por la naturaleza, techos caídos bajo árboles que hace seis años no existían allí, autopistas tapizadas de enredaderas, camiones oxidados convertidos en viviendas de ocasionales peregrinos y, claro, el silbido constante de insectos que anunciaban, curiosos, la presencia de los vivos.
Todo su plan se resumía en un solo instinto: encontrar el campamento de los forasteros antes de que perdieran el interés por Lucía —si seguía viva—, o antes de que la cambiaran por algo peor. A Ana no le quedaban amigos dispuestos a ir con ella, sólo su propio miedo, su rabia, y la terca esperanza que la había impulsado a sobrevivir seis inviernos tras "el Colapso".
Al atravesar el antiguo bulevar Riverside, se detuvo frente a lo que una vez fue un Starbucks. Apenas quedaban paredes. Un graffiti reciente, burdo, decía: "EL SOL PERTENECE A LOS FUERTES". Bajo esa frase, una cruz tosca clavada en la tierra, con algo que parecía ser una carta clavada con cuchillo. Ana la sacó del barro, la leyó en segundos. Decía simplemente: "No nos sigas o volverás a perder."
No era la caligrafía de Lucía, sino de alguien que, sin embargo, la había visto. O que quería que lo creyeran.
Respirando hondo, Ana giró hacia el sur—hacia el antiguo paso de peatones del puente Congress. Allí, el concreto se había desconchado y, entre los restos, a veces merodeaban zombis rezagados. Sabía que ese sería el punto de cruce si los forasteros pretendían internarse hacia el este. Se agachó, moviéndose entre los setos, y vio más señales: colillas recientes, huesos de pollo mordidos hasta el tuétano, y marcas de ruedas de carritos improvisados. Allí, la maleza se apartaba por donde varias personas habían pasado cargando peso. Siguió ese rastro con el corazón golpeando sus costillas.
Avanzó agachada, fiel a los viejos entrenamientos de los guardianes de Riverside. Las voces de sus instructores resonaban en su mente: "No corras si no oyes gruñidos; vigila el viento; cuenta tus balas." No tenía más que seis cartuchos en la recámara del rifle, otros cuatro en un bolsillo cosido a mano en su chaqueta militar de segunda mano. La precaución era su única ventaja.
Finalmente, a unas cinco cuadras del antiguo palacio de justicia, Ana se detuvo en seco. Escuchó el rumor de conversación, risas entrecortadas, y el golpe sordo de una piedra contra metal. Agachada entre los restos de una camioneta pick-up, forzó la vista. Cuatro hombres y dos mujeres, armados hasta los dientes, jugaban a lanzar piedras a una fila de botellas alineadas encima de la barra de un bar derruido. Y entre ellos, atada a una señal de tráfico tumbada, despeinada y pálida, estaba Lucía.
Ana evaluó la situación en segundos. Demasiados enemigos para una acción frontal. Sacó la bandana roja del bolsillo —señal internacional de "truqueo" o cese al fuego temporal— y la agitó apenas visible desde el costado de la camioneta, rezando para que el ritual todavía significara algo entre bandidos. No era garantía de humanidad, sino de que tal vez, solo tal vez, primero preguntarían antes de disparar.
Uno de los hombres la vio, levantó su rifle, pero en vez de disparar caminó con cautela hacia donde Ana estaba medio expuesta.
—¿Quién eres? ¿De Pflugerville? —escupió el tipo, su acento claramente tejano.
—Busco a una niña, mi hermana —respondió Ana, voz quebrada pero firme—. La tomaron el martes. Solo quiero llevarla a casa. Tengo medicinas para intercambiar. Ampollas de penicilina, injertos de aloe, hasta parches solares.
El hombre evaluó la situación, sus compañeros arrugaban el entrecejo.
—Nosotros solo atrapamos lo que corre. ¿La medicinas qué tan buenas son?
Ana vació su cesta de trueque, tirando media docena de frascos y tubos a los pies del líder. Lucía, al otro lado, la miraba con los ojos vidriosos, reconociendo la necedad de su hermana, esa tendencia al riesgo que las había salvado tantas veces pero casi siempre dejado heridas.
El hombre sonrió apenas, hurgó uno de los frascos, lo olió.
—Esto alcanza. Llevadla —dijo a sus compañeros, que soltaron a Lucía con un empujón.
Las dos hermanas corrieron, temiendo un disparo en cualquier momento pero nadie las siguió. Cuando Ana miró atrás, los saqueadores ya peleaban entre ellos sobre cómo repartir las medicinas, y ni uno prestaba atención a las chicas que se alejaban a toda prisa en la bicicleta, Lucía abrazada a su espalda.
No bajaron la guardia hasta alcanzar el perímetro de Riverside, donde los centinelas alzaron las armas al reconocerlas, pero las dejaron pasar entre gritos de “¡Es ella! ¡Es Ana!”. No hubo reprimenda inmediata, solo un breve abrazo y lágrimas secas al caer el sol tras las ruinas del segundo día más largo de la vida de ambas.
Por la noche, Lucía dormía profundamente en un catre compartido, y Ana subió hasta la atalaya. El sonido del río era constante, lejano, como el pulso del mundo. Los zombis aún erraban por los márgenes, aferrándose a la vida tras la muerte. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Ana no sintió terror, ni siquiera cansancio, sino el principio tibio de un futuro menos incierto.
A lo lejos, los fuegos de campamento de forasteros titilaban en la noche, recordando que el peligro nunca terminaba del todo. Pero Austin, tan rota y extraña, había sobrevivido otro día sobre el Colorado. Quién sabe, pensó Ana, tal vez algún día no sería solo un mito la promesa de reconstrucción. Tal vez, contra todo, la vida era tan terca como la suya. Y mucho más.
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