Fragmento:
Carla era la encargada de la guardia. No porque quisiera, sino porque desde la muerte de Mateo —su esposo— hacía dos inviernos, dormir se había convertido en casi una derrota. Su mundo era la vigilia y la sospecha, su consuelo las siluetas de los árboles muertos y la rutina de contemplar el horizonte. En la quietud del anochecer, los aullidos de coyotes y los ecos distantes de disparos recordaban que, a pesar del alivio aparente, la amenaza persistía.
Duración: 13:00
14 de diciembre de 2026
La helada tejana caía sobre Austin como una mortaja en el último mes de aquel año interminable. Pese a todo, el sol seguía quemando, aunque de un modo atenuado, extraño, como si la realidad misma estuviera agotada. Desde el tejado reforzado de la estación de bomberos convertida en torreón, Carla observaba la línea grisácea del Colorado, cortada por ramas negras y dispersos montículos de cadáveres congelados, apenas diferenciables en la distancia de los escombros y arbustos secos.
Austin ya no era la ciudad musical ni la cuna de la modernidad progresista que había sido al principio de la década. Las hordas de zombis, como los llamaban, languidecían en los restos de South Congress, atorados entre coches calcinados y las ruinas de lo que alguna vez fue una bulliciosa galería de tiendas y bares. Las avenidas estaban surcadas de zanjas y alambradas, el resultado de años de fortificaciones, emboscadas y desesperados cierres. Ahora, tras seis inviernos apocalípticos, los muertos eran menos que los vivos, pero los pocos que quedaban, marchitos y lentos, seguían dejando su impronta de terror sobre la memoria colectiva.
La Torre era el corazón de la pequeña comunidad, una amalgama de antiguos bomberos, familias refugiadas de suburbios lejanos, tres estudiantes universitarios que nunca volvieron a casa y algunos forasteros que habían traído noticias —y cicatrices— de tan lejos como Dallas o San Antonio. Se contaban setenta y tres personas en total; setenta y dos, recordó Carla de pronto, al pensar en la abuela Rois, fallecida apenas la noche anterior tras pelear semanas contra la fiebre y la humedad de los improvisados dormitorios.
Las noticias llegaban a través del viejo Kenwood que repararon a golpes y milagros en la primavera. El último mensaje recibido decía que en Waco estaban organizando una feria de trueque. La electricidad era escasa. Algunos generadores funcionaban apenas lo suficiente para mantener encendida una hilera de luces cada noche —un lujo y un riesgo, porque atraían a saqueadores o peores. Las baterías recicladas alimentaban la radio y un rudimentario sistema de alarma en la empalizada norte.
Carla era la encargada de la guardia. No porque quisiera, sino porque desde la muerte de Mateo —su esposo— hacía dos inviernos, dormir se había convertido en casi una derrota. Su mundo era la vigilia y la sospecha, su consuelo las siluetas de los árboles muertos y la rutina de contemplar el horizonte. En la quietud del anochecer, los aullidos de coyotes y los ecos distantes de disparos recordaban que, a pesar del alivio aparente, la amenaza persistía.
Aquel anochecer, mientras revisaba el periscopio hecho con espejos rescatados de un supermercado, algo la inquietó. Cerca del puente de Congress, entre los restos de un camión cisterna y un montón de coches aparcados, una columna fina de humo se elevaba, apenas visible gracias a la luz roja del atardecer. Nadie quemaba madera a esa hora si quería sobrevivir.
—¡Vince, sube! —llamó—. El chico de las miras, ¿dónde está?
Vince, canoso y musculoso, exmilitar de Fort Hood, apareció a su lado en segundos. Le entregó los prismáticos restaurados.
—Allí —señaló Carla—. Sobre el segundo carril, justo donde la rampa se vino abajo.
Vince adaptó la vista, atento.
—Al menos dos… no, tres personas. Con caballos. Y un carro pequeño. No parecen zombis, se mueven con normalidad.
—¿Saqueadores?
—O comerciantes —sugirió Vince—. No llevan armas pesadas a la vista. Pero… es raro.
Carla descendió a prisa las escaleras improvisadas, hollando los peldaños chirriantes con la seguridad apresurada de quien conoce cada rincón del refugio. “¿Nos arriesgamos o esperamos a que se acerquen?”, pensó. En otras épocas, cuando las caravanas comerciales comenzaron a circular al sur de Texas, se las recibía con una mezcla de esperanza y paranoia. La última vez, sin embargo, sólo había traído dolor: un trato fallido, una pistola oculta bajo una manta, dos chicos muertos y una fuga sangrienta por el descampado.
La respuesta era siempre la misma: hablar primero, observar sin acercarse más de lo necesario. Así que salió al patio, cerca de la barricada principal, y encendió la luz de alerta: tres destellos largos, una pausa, dos rápidos. El lenguaje de señales que, con el paso de las semanas, los asentamientos había consolidado transmitía intención de paz, oferta de intercambio, tolerancia al trueque bajo vigilancia.
Quince minutos después, tres figuras —un hombre fornido, una mujer de piel tostada y un adolescente delgado— se aproximaron con una bandera blanca atada a una rama de robinia. Sus animales, recios ejemplares de raza mixta, rebufaban hastiados del polvo y los cadáveres congelados. El carro venía cubierto de mantas grises, abultado por mercancía oculta.
En la empalizada aguardaban otros seis defensores, armas viejas pero bien mantenidas en ristre. La mujer, de unos cuarenta años pero marcada por arrugas prematuras, alzó la mano.
—¿Hay alguien al mando? —gritó—. Venimos de Taylor. Traemos sal, semillas y medicinas. ¿Ofrecen algo?
Carla salió algunos pasos, la escopeta cruzada en la espalda. No levantó la voz más de lo necesario.
—Podemos intercambiar. Tenemos grano, carbón y algunos repuestos. Y refugio, si son de fiar.
El protocolo era rígido: cuatro preguntas rápidas para descartar infectados, otras tres sobre el origen y la intención, y finalmente, una inspección vigilada del carro. El trato duró menos de quince minutos, bajo observación estricta.
En la sala común, con el frío colándose por las rendijas, el adolescente —llamado Micah— relató que en Taylor la situación era aún peor: la peste había diezmado a los animales domésticos y una banda había atacado su convoy una semana antes, robando armas y parte de la comida. La mujer se hacía llamar Nora. Había sido enfermera en Manor. El hombre, Jared, supo que Carla no confiaba en ellos, así que fue el primero en ofrecer una muestra de penicilina.
Uno de los niños del refugio, Tomás (huérfano desde hacía más de un año), miraba boquiabierto mientras los forasteros desplegaban las bolsas de sal y los saquitos de semillas, como si aquel intercambio fuera un acto de magia imposible.
El trueque fue rápido: algo de grano por sal y cuatro bombas para bicicleta; la penicilina y vendas recién tejidas por carbón y jabón; un viejo machete afilado por un espejo pequeño, tesoro doblemente útil para la vigilancia y la señalización. Para la mayoría dentro de la estación, ver a otros seres humanos que no deseaban disparar primero era un soplo de esperanza.
Antes de cenar, Vince reunió al “consejo”: seis adultos responsables, entre ellos Carla y la anciana Darlene, que apenas oía pero aún conservaba la sabiduría para detectar mentiras. Se analizó el caso de los forasteros: ¿eran sólo comerciantes, o tramaban algo más largo plazo? En el nuevo mundo, la desconfianza es la moneda básica, la traición una expectativa casi natural. Pero, por encima de todo, la comunidad necesitaba lo que aquella caravana ofrecía: información, noticias, quizá la posibilidad de establecer una ruta segura hacia el este, donde, decían, se estaba formando una feria de intercambio protegida por guerreros de cuatro aldeas aliadas.
—No podemos vivir en el aislamiento para siempre —dijo finalmente Carla, consciente de que la paranoia, aunque justificable, era una trampa mortal a largo plazo—. Si Taylor resiste y tienen lo que prometen, podríamos hasta organizar una caravana conjunta hacia Bastrop antes del deshielo. No hablo de confianza ciega… sólo de colaborar, de tomarnos un respiro de noches en vela.
—Las noches en vela nos mantienen vivos —gruñó Vince—. Pero acepto que la soledad nos está matando más despacio que los zombis.
Cuando terminaron de discutir, Carla acudió a la sala común. Micah estaba sentado junto a la fogata artificial, manos extendidas hacia las llamas; en su mirada había ese brillo de personas marcadas a fuego por la pérdida y la supervivencia obstinada.
—¿Tienes miedo? —le preguntó, tomando asiento a su lado.
El muchacho negó.
—No tanto de los zombis. Son lentos, están perdiendo fuerza. Lo que da miedo son las personas… las que ya olvidaron cómo hablar, cómo compartir. En Taylor, no puedes dormir sin que vigilen tus zapatos.
—Aquí es igual —dijo Carla con una sonrisa amarga—. Pero nadie toca tus zapatos si cumple las reglas.
Micah asintió, y durante unos segundos ambos se sumieron en un silencio reverente. Afuera, el viento sacudía los tablones sueltos de la barricada, y el crujido era la única música posible.
En la ronda nocturna, Carla recorrió los techos y los puestos de vigilancia. La luna, redonda y fría, destacaba en el cielo sin contaminación lumínica, una rareza antes del colapso. Los tejados estaban cubiertos por improvisadas placas solares, algunas aún funcionales tras años de recauchutado y recableado. Las chimeneas soltaban humo blanco, señal de que la leña ardía aún pese al invierno cruel que los meteorólogos de la radio auguraban como el peor en treinta años.
En el límite oriental, donde los árboles altos creaban una sombra aún más profunda, divisó dos figuras encapuchadas. Al principio, la sospecha. Pero reconoció a Jacob y Lucía, los “exploradores” adolescentes que, aunque imprudentes, se ofrecían como voluntarios para rastrear cadáveres congelados y limpiar caminos. Ni un solo movimiento extraño. Aún así, Carla bajó el pulgar según el protocolo: todo bajo control.
La mañana siguiente trajo consigo una sorpresa. Jared, el forastero, pidió audiencia ante el consejo. Presentó una carta doblada varias veces, manchada de grasa y semenjante a las antiguas proclamas escolares. Era, según explicó, una invitación firmada por varios asentamientos de la región —Taylor, Manor, Elgin— para trazar una ruta común de patrullaje y comercio. Un intento de tender puentes, un experimento frágil en confianza y poder.
—Tenemos armas, pero poca comida. Ustedes producen grano y carbón, controlan un río limpio y este cruce estratégico —dijo con serenidad—. Si cooperamos, sobrevivimos. Si seguimos solos, uno a uno caeremos.
A Carla y Vince la oferta les pareció peligrosa, pero tentadoramente necesaria. El invierno anterior, habían perdido a tres por gripe; el anterior, a dos más por la peste hemorrágica que arrasó Austin durante la primavera de aquel año. Nadie podía sobrevivir en completo aislamiento; la historia lo había enseñado incluso antes de la plaga.
El debate fue largo, aunque en la cripta donde el consejo se reunía, apenas unos metros bajo tierra entre sacos de arena, la argumentación se interrumpía de vez en cuando con el estruendo lejano de armas automáticas, sonidos de lucha por otros caminos abandonados. Finalmente, se aceptó un acuerdo tentativo: intercambiarían patrullas una vez por semana, compartirían información sobre posibles movimientos de hordas, y permitirían el paso seguro de comerciantes identificados mediante marcas en los colores de las banderas.
En la segunda noche, la despedida. El convoy de Taylor se marchó dejando tras de sí una promesa: regresarían con más medicinas y, si la temporada era buena, con semillas de calabaza.
Carla sintió, por primera vez en meses, algo más cálido que la alarma y el miedo permanentes: una gota fina de esperanza; no era la certeza de que sobrevivirían el año siguiente, pero sí la posibilidad de vivir menos como bestias y más como humanos, forjando alianzas, arriesgando la vulnerabilidad a cambio de futuro.
Esa noche, desde el tejado, observó a lo lejos una nueva columna de humo en el sur. Quizás otra caravana. Quizás una nueva amenaza. O una nueva oportunidad.
Era diciembre en Texas, y aunque el frío mataba tanto como los muertos, en la estación de bomberos, un grupo de sobrevivientes se preparaba para enfrentar la siguiente estación, juntos, quizás menos atemorizados y un poco más fuertes. Aferrados a las pequeñas victorias —la sal, los puentes restaurados, los patrullajes conjuntos—, se juraron resistir. Porque al final, sobrevivir no era sólo cuestión de pelear contra los zombis, sino de aprender a confiar, a reconstruir puentes bajo la sombra eterna del invierno y los escombros del mundo perdido.
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