Fragmento:
Eso hice. Mis ojos escrutaron manchas y movimientos hasta que la claridad del mediodía lo reveló: una caravana procedente de las viejas residencias se acercaba, encabezada por una pick-up modificada. En el capó, una bandera blanca improvisada. Aquellos que negocian, pensé, saben que el primer contacto exige prudencia: no basta con no ser un enemigo, tienes que demostrar que puedes ser útil.
Duración: 11:12
17 de mayo de 2029
Había aprendido a escuchar el silencio, o más bien sus variaciones, mientras subía los escalones de la torre norte. Desde que los zombis pasaron a ser cosa del pasado —una “plaga residual”, decían los viejos—, aquel silencio matizaba el pulso de la nueva Austin. Por la barandilla, barajada con astillas y soldaduras improvisadas, asomaba la línea sinuosa de la muralla: madera y vigas, bloques y verjas de camiones, toda una frontera irregular que encerraba a más de siete mil personas y desterraba a los horrores de antaño. Tras la niebla mañanera, el verde inesperado de los campos cultivados engañaba la memoria, porque jamás habría imaginado un vergel aquí, en las afueras de la vieja ciudad universitaria, donde antes sólo había concreto y humo.
La vida era más dura, pero tenía un ritmo definido. Desde las alturas, las tiendas del mercado central parecían paraguas de circo, y entre sus toldos se entrecruzaban las caravanas recién llegadas. Algunas venían de San Marcos y Waco, escoltadas por ciclistas armados, otras de más lejos, con mulas hirsutas arrastrando carros sobre ruedas de camión. El trueque era la savia de la ciudad. A esa hora, desde mi puesto de centinela, veía desfilar telas mexicanas, cajas de pólvora negra, barriles de grano y jaulas con gallinas sorprendidas. A veces, un violinista del mercado improvisaba una melodía de jazz, y hasta las abuelas con rifles de cerrojo se permitían sonreír.
Mi turno acababa a las siete, pero aquel día nadie me relevó, así que ajusté mejor la gorra, revisé la culata de madera de mi “Winchester” reconstruida y me dediqué a observar los movimientos al este, donde la vieja autopista I-35 se había convertido en un corredor vital. La neblina la ocultaba en tramos, pero ya vislumbraba los bultos coloridos de los vendedores y a un grupo de niños armando trampas para ratas cerca de los contenedores. El aire olía a fuego de leña y harina recién horneada, cortado sólo por el aroma temible de la destilería, donde hacían alcohol de todo lo fermentable.
Me llamo Sofía Mendoza, tengo veintiséis años y nací cuando todavía existía el mundo de antes. Más que recuerdos, tengo flashes fosforescentes: luces artificiales consumiéndose durante interminables cuarentenas, el estruendo de alarmas y las horas eternas bajo un colchón, esperando el “todo claro”. Mi “yo” adulto se forjó entre barrotes y sacos de dormir, primero con mi madre, luego sola, escondida en un taller de autos, donde aprendí a sobrevivir. Aquí, en la “Nueva Austin”, me dicen “la centinela del puente”, porque en mis primeras noches repelí a tres saqueadores que querían adueñarse de una barcaza de maíz. Todos tenemos historias así, historias manchadas de miedo, rabia y, a veces, esperanza.
Mientras escaneaba la distancia, una ráfaga de viento trajo consigo ecos de disparos, tenues, lejanos, hacia lo que había sido el campus de la universidad. No era nada nuevo: desde la recuperación parcial de los sectores universitarios, la competencia por laboratorios y aulas limpias de infección era feroz. Las bandas de saqueadores se abatían sobre cualquier sitio con agua, gasolina o herramientas útiles; sólo aguantaban las bandas bien atrincheradas, las aliadas a la Confederación de Ciudades del Sur —esa extraña alianza de aldeas y miniciudades que compartían información y defensa mutua. Lo que me inquietó esa mañana no fueron los disparos aislados, sino un brillo particular junto a la antigua biblioteca: humo negro en volutas, señal de incendio premeditado.
La radio militar zumbaba en mi cinturón. Encendí el canal 3, reservado para patrullas de emergencia:
—Aquí torre norte. Se visualiza humo negro cerca de la biblioteca central. ¿Patrullas disponibles para reconocimiento?
Un silencio tenso ocupó la frecuencia antes de que una voz ronca respondiera:
—Aquí Zafiro Uno. Grupos dos y cinco saliendo ahora. Mantenga posición, Sofía.
Eso hice. Mis ojos escrutaron manchas y movimientos hasta que la claridad del mediodía lo reveló: una caravana procedente de las viejas residencias se acercaba, encabezada por una pick-up modificada. En el capó, una bandera blanca improvisada. Aquellos que negocian, pensé, saben que el primer contacto exige prudencia: no basta con no ser un enemigo, tienes que demostrar que puedes ser útil.
Casi sin darme cuenta, caí en la rutina del catálogo mental: ¿Qué traerían? ¿Munición? ¿Semillas? ¿Quizá repuestos para molinos? En la Austin de 2029, todo valía. Al bajar finalmente de la torre, comprobé el estado de las puertas, el mecanismo de la alarma —una serie de latas y campanas—, luego avancé por el camino de tablas apretadas. Entre los toldos, la vida se derramaba: sonidos de negociación, el rumor de los aprendices de herrero luchando con una hoja de acero, el grito impaciente del carnicero, y el golpeteo ajeno de la imprenta restaurada, que escupía copias de los manuales de supervivencia. Todo un pueblo empecinado en resistir, en reconstruir.
—¿Sofía?
El viejo Omar Fitzpatrick apareció entre los sacos de arroz, arrastrando el pie izquierdo.
—La comisión llegó, y quieren hablar con la gente del muro —me dijo, señalando la caravana detenida frente a la entrada este—. No parecen agresivos, pero traen armas.
Caminé junto a él. Desde la distancia, los recién llegados aguardaban, un grupo heterogéneo: dos mujeres con ponchos grises y rifles antiguos, un niño de ojos enormes que no dejaba de mirar el suelo, el conductor de la pick-up cubierto de cicatrices en el antebrazo. Todo en ellos gritaba cautela, hambre antigua y voluntad de sobrevivir.
La responsable del mercado, Lucinda García, cruzó el umbral, portada por su bastón de aluminio. Era la clase de líder forjada en la fatalidad: voz de trueno, sonrisa rota. Le bastó un gesto para convocar a la asamblea improvisada bajo el refugio de un toldo blanco. Allí, en círculo, intercambiamos nombres y la primera información básica.
—Venimos de lo que queda del Sur del campus —dijo la mayor de las visitantes, llamándose a sí misma Maribel—. Ocho adultos y tres niños. Tuvimos que abandonar nuestro edificio por una horda infestada hace una semana.
—¿Muchos zombis? —preguntó Omar.
—Una docena, pero lentos… podridos, casi. El verdadero problema fue una banda de humanos; incendiaron los laboratorios para quedarse con el cobre.
Murmullos, cabezas asintiendo: sería el enésimo enfrentamiento del tipo. Me fijé en las manos de Maribel, cubiertas de vendas sucias, prueba de la crudeza de la huida.
—¿Qué ofrecen? —preguntó Lucinda, con la afilada lógica de quien no regala nada.
—Conocemos el sistema de riego —respondió el conductor—. Uno de nosotros fue técnico de mantenimiento del campus. También tenemos semillas, herramientas recuperadas y...—miró al niño— una radio de onda corta.
Acordamos ver la radio antes de prometer nada. En una comunidad como la nuestra, el acceso a nuevas frecuencias era valioso. Desde el 2027, los talleres de la ciudad recuperaron unas pocas emisoras, pero toda expansión abría posibilidades: nuevos aliados, alertas de peligro, incluso noticias de las otras ciudades amuralladas en Texas central.
Me ofrecí como escolta. Cruzamos junto al molino de viento, cuyos engranajes chirriaban bajo la brisa, al laboratorio improvisado donde decenas de jóvenes reconstruían baterías solares de desecho. El niño —Damián, supimos después— cargaba la radio como si fuera oro en polvo. De fondo, los disparos habían cesado y sólo quedaban cisnes de humo gris sobre el horizonte universitario.
En el taller, Ari, la ingeniera eléctrica, se inclinó sobre el aparato.
—Funciona —dijo, tras ajustar una perilla—. Es más, parece captar una señal desde el oeste.
El zumbido del dial saltó y, tras segundos de interferencia, apareció una voz: “Aquí puesto Tejas Oeste. Tenemos grano y pólvora. Intercambio negociar. Caravana confirmada para la próxima luna llena.”
Una oleada de emoción recorrió la sala: una caravana pactada, sin tiros ni emboscadas, una simple transacción al margen de la fatalidad. Era la señal que muchos esperaban, una promesa de que la estabilidad era posible si las alianzas se reforzaban.
Y así, el resto del día transcurrió entre asambleas y preparativos. Los recién llegados fueron alojados en una de las escuelas restauradas. Los niños recibieron una ración doble de pan caliente y una sesión escolar improvisada; el niño Damián se asombró al ver estantes con relatos ilustrados de los “años blancos” —como los más pequeños llamaban al periodo de apagones y nieve sin calefacción—. Los adultos inspeccionaron las murallas y ofrecieron planos de los antiguos drenajes, rutas potenciales para nuevas huertas.
Al caer la tarde, subí de nuevo a la torre. El cielo era un tapiz naranja, el tráfico de carretas al ralentí. Encendí mi pequeña linterna de dínamo y repasé mis notas; el humo se disipaba al suroeste, señal de que, al menos por hoy, no habría masacres cerca. Lucinda se me unió poco después.
—¿Recuerdas cuando teníamos miedo a cada sombra? —me preguntó, sorbiendo mate tibio—. Ahora, lo peor son los humanos hambrientos, no los muertos.
—Lo sé —respondí—. ¿Crees que es posible reconstruir más allá de los muros?
Ella sonrió cansada, pero convencida:
—Tendrá que serlo. Los niños ya no sueñan con los zombis. Sueñan con puentes, con molinos, hasta con trenes.
Observé el horizonte: más allá de la fortaleza, la autopista había cobrado vida propia, salpicada de pequeños campamentos que encendían fogatas en la noche. A veces, pensaba que eran señales secretas, mensajes de quienes aún luchaban por encontrar un hogar.
Bajo la sombra de la muralla, Austin se reinventaba. Éramos menos, y mucho más ruines. Pero éramos, ante todo, obstinadamente humanos —capaces de negociar, de luchar, de confiar, incluso de soñar. Y esa noche, mientras la ciudad repiqueteaba con las canciones de la feria, me sentí menos vigilante y más ciudadana: heredera de un mundo hecho trizas, con el raro privilegio de ayudar a construir otro, palmo a palmo, sobre las cicatrices del horror.
Sabía que faltarían generaciones para que las heridas sanaran. Pero, al mirar los rostros cansados y optimistas de mis vecinos —inmigrantes, antiguos refugiados, hijos del polvo y las tormentas—, comprendí que, por primera vez en años, vivir en Austin no era sólo sobrevivir. Era volver a pertenecer.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.