Incubación
Septiembre zombie
Brote
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato Ecos de pólvora en el Colorado
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


El Colorado, que seguía serpenteando lento entre escombros y juncos, era testigo mudo de la reinvención doliente, de las piras funerarias, y del orden frágil que los supervivientes erigían sobre capas de muerte y relojes rotos. Los zombis, ahora tan escasos que algunos niños pensaban que eran solo cuentos crueles, acechaban las ruinas quemadas de los barrios del este, atrapados y casi quietos, a la espera de que carne fresca osara cruzar por error sus dominios olvidados. Pero esa noche, la amenaza no era un caminante hambriento.

Duración: 11:01

Ecos de pólvora en el Colorado
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

17 de noviembre de 2028

La bóveda celeste sobre Austin, todavía rota por cicatrices del pasado, se incendiaba en tonos naranja y violeta mientras el sol se marchaba detrás del perfil de lo que alguna vez fue la ciudad vibrante, capital de la música, el “weird” y las foodtrucks. Los cascos de los caballos y las ruedas de carro que avanzaban sobre lo que quedaba de South Congress resonaban en el silencio aquietado por años de pestilencia y miedo, interrumpidos solo por el siseo lejano de generadores y el rumor de una feria de intercambio fortificada.

El Colorado, que seguía serpenteando lento entre escombros y juncos, era testigo mudo de la reinvención doliente, de las piras funerarias, y del orden frágil que los supervivientes erigían sobre capas de muerte y relojes rotos. Los zombis, ahora tan escasos que algunos niños pensaban que eran solo cuentos crueles, acechaban las ruinas quemadas de los barrios del este, atrapados y casi quietos, a la espera de que carne fresca osara cruzar por error sus dominios olvidados. Pero esa noche, la amenaza no era un caminante hambriento.

El campamento de los Vaught ocupaba el vértice sur del puente sobre el río, armando tiendas de lona entre árboles viejos y uno que otro cartel de “Keep Austin Weird”, raído por el clima y la guerra. Al caer la tarde, la feria chisporroteaba débilmente en torno a tambores viejos convertidos en fogatas, donde milicianos, desertores y comerciantes —en su mayoría mestizos, latinos, afroamericanos, texanos, migrantes perdidos— cambiaban tarros de pólvora casera, flechas o tiras de carne seca por pastillas de yodo, semillas o clavos herrumbrosos, mientras las patrullas de la Confederación del Colorado caminaban con cara de pocos amigos y rifles reciclados al hombro.

Manuela repisaba la mecha de la dinamita con dedos rápidos sobre un banco bajo la lona. Tenía el pelo metido en una pañoleta roja, el mentón recio de los inmigrantes guatemaltecos que treparon muros antes de que estos mutaran a barricadas de chapa y cadáveres. La rodeaban frascos de vidrio con etiquetas de medicina rotas, algunos llenos de nitrato y otros de pólvora negra tan fina que parecía sorbos de sombra embolsada.

La tensión eléctrica de la noche flotaba sobre el cañón del Colorado: habían llegado rumores —menos rumores que certezas esta vez— de que los saqueadores del norte, la banda de Silo, pretendían asaltar la feria, forzar las puertas de metal corrugado en la entrada y barrer con pólvora y machetes, igual que días atrás en Bastrop. El acuerdo era claro: cuando la alarma sonara, nadie debía quedarse en su puesto. Las explosiones serían la marca cuchilla de la resistencia.

El jefe de los Vaught, Samuel, cruzó la lona apretando un rifle Winchester reensamblado. Su silueta impasible contrastaba con la sombra titilante del fuego, y la cicatriz de un machetazo le bordeaba la frente hasta el pómulo, vieja huella de la toma del ayuntamiento tres años atrás. Se sentó sin saludar.

“¿Cuántos cilindros tienes listos, Mano?” preguntó, la voz baja pero envenenada de ansiedad.

La muchacha alzó tres dedos —los menos quemados— y murmuró: “Dos mechas de diez y una corta. Solo pólvora negra. Si los cabrones llegan por el sur, la de diez.” Pausa y media sonrisa rota: “Pero en el puente, la corta. No quiero que crucen ni los pies.”

Samuel asintió. “La Confederación prestó un par de mecheros para los portones, pero el resto depende de nosotros.” Apretó la mandíbula mientras miraba a través de la tela, hacia las luminiscencias y relámpagos lejanos que temblaban sobre el downtown, ahora una ciudadela de concreto y muerte inerte. “Si los de Silo llegan a la feria, nos arrasan. Cae todo: trueque, semillas, la escuela, hasta la radio del Reverendo.”

Manuela sonrió amarga. “No dejaré que me quiten lo que queda de Austin.” Dejó una mano sobre el cartucho de dinamita, como si acariciara a un hijo enfermo.

Porque esos explosivos, en el mundo anterior, eran solo fantasmas de películas, herramientas de obreros o advertencias de noticieros. Ahora, la pólvora y la dinamita eran lo más parecido a magia antigua: el poder de decidir dónde termina el mundo de los muertos y empieza el de los vivos.

***

En la entrada sur, los centinelas practicaban la rutina: dos en la azotea de un viejo autobús escolar pintado de verde menta, otros tres tras las barricadas revertidas hechas con refrigeradores y vigas, y uno siempre en lo alto de una torre improvisada hecha de bidones y madera. Todos sabían que de noche, la lluvia y el viento podían ocultar el rumor de los pasos o el resplandor de una linterna enemiga.

Isaac, adolescente que había dejado de crecer tras dos años de hambre, se apretaba contra el fusil desgastado y observaba la línea oscura de carretera que se perdía hacia el sur, el asfalto cuarteado iluminado solo por el brillo de Austin a lo lejos. Su hermano pequeño, Raúl, entretenía a los demás narrando la caída de los zombis legendarios en el Downtown, y cómo la dinamita había sido más útil que cualquier santo.

“Si los Silo cruzan el puente, la feria desaparece,” musitó Isaac a la radio rota, apretando el botón como si pudiera enviar oraciones en vez de mensajes cifrados.

Desde la torre, la señal: una linterna parpadeante. Movimiento. El eco de motores. No podía ser amigo; nadie viajaba en la noche texana si no era asesino o idiota.

Samuel llegó al muro, en silencio, repartiendo órdenes rápidas. Las antorchas se apagaron. Se activaron las mechas cortas.

***

Al otro lado del río, Silo —brutal, inmenso, hijo de abuelos petroleros— repasaba el plan tras una vieja furgoneta cargada de cascos renegridos y machetes de hoja ancha. El mapa, borroneado y manchado de grasa, indicaba rutas de escape y puntos ciegos en la barricada sur del puente. La idea era sencilla: explotar una carga improvisada cerca del muro, entrar antes que el humo se despejara y barrer con ráfagas y cuchillos. Luego incendiarlo todo: “Austin debe arder —decía Silo—. Lo que no podamos controlar, lo destruimos”.

Tenían un par de latas de gasolina y media docena de explosivos hechizos —botellas de vidrio, trapos empapados, pólvora de granero. Para Silo, era toda la razón de vivir: su tribu solo era capaz de sentir el calor de las cosas cuando estas explotaban.

***

El primer estallido fue una sacudida brutal, como si un dios moribundo hubiera decidido destrozar la noche con sus puños. Las barricadas sur vibraron como gelatina, y un fragmento de refrigerador voló hasta estrellarse contra el asfalto junto a Isaac, quien solo alcanzó a lanzar su cuerpo atrás de los restos de un Chevy abandonado.

Manuela activó la mecha larga de la segunda dinamita desde el refugio bajo el arco de un restaurante abandonado. La cuerda chisporroteó, escupió chispas naranjas, y en el silencio repentino todos los presentes —milicianos, saqueadores, vagabundos, niños hambrientos— sintieron el súbito y largo aliento de la pólvora. El aire se llenó de olor a tierra quemada y miedo puro.

Silo gritó órdenes. Sus saqueadores avanzaron, botellas en mano, encendiendo una hilera de fuego líquido sobre la grava. El puente, de pronto, era un infierno de llamas, humo y chispazos de metal.

El segundo estallido levantó una lluvia de concreto pulverizado, zafó placas de asfalto y arrojó picos de calor donde minutos antes solo había polvo y maleza. Los saqueadores rodaron al suelo, cubriéndose, pero ya era tarde: la mecha corta de Manuela tenía la voz de la tormenta.

Cuando el último explosivo estalló, la feria quedó envuelta en una nube amarga y densa. Niños lloraban, caballos relinchaban, y las ambulancias que ya no existían en la Tierra no llegaban nunca más.

Samuel gritó “¡Replegar!” y la gente comenzó a empujar carros y animales hacia el costado norte, mientras Raúl recogía cartuchos rotos y un puñado de semillas que se habían esparcido junto al fuego.

Los cuerpos de tres saqueadores habían volado sobre el parapeto, aplastados contra el autobús escolar. Silo, ileso pero aturdido, se desangraba de rabia en la orilla sur, incapaz de aceptar que el “nuevo orden” todavía respondía a los viejos dioses: el fuego, el hierro, el trueno.

Durante horas, la feria fue asedio y locura, hasta que las armas callaron y el humo dibujó auroras negras sobre el río que separaba a los vivos de los condenados.

***

Esa madrugada, Manuela recorrió el perímetro quemado del puente entre ruinas y cascos vacíos. Tenía restos de pólvora en la piel y una mecha apagada entre los dientes, como un cigarro que jamas se consumiría.

Se detuvo sobre el hormigón destrozado, donde la sangre, la dinamita y el sudor componían mosaicos grotescos. A sus pies, doblado sobre sí mismo, un saco con semillas intactas y una bolsa de clavos. Ese era el botín de guerra.

A su lado, Samuel observaba el horizonte, los primeros rayos de sol lamiendo el perfil de la ciudad asolada. Nadie hablaba del número de muertos —porque en la nueva Austin, los silencios eran la moneda más amarga y frecuente—, pero todos sabían lo que se había salvado.

“Esta vez resistimos,” murmuró Samuel, entre dientes.

“Esta vez fue la pólvora,” respondió Manuela, escupiendo la mecha y limpiando la sangre de los nudillos. “La próxima… tal vez necesitemos algo más grande.”

Sabían que los zombis apenas eran una molestia después de tanto tiempo. Sabían que la amenaza real era la guerra eterna por la comida, la pólvora y la memoria.

En el aire flotaba un eco de dinamita y esperanza, y mientras el humo se desvanecía sobre Austin, el Colorado seguía su curso. Silencioso, indemne, testigo de un mundo donde solo sobrevivía quien sabía cuándo prender la mecha y cuándo apartar la mano.

En los días que siguieron, los Vaught restablecieron la feria. Dos familias volvieron a cruzar el puente. Una radio de onda corta zumbó con voces nuevas, y en algún lugar del este, los niños aprendieron a cantar que el trueno siempre antecede a la luz.

Así, cuando cae la noche sobre lo que queda de Austin, no hay rezos sino promesas secas: nunca dejarán que arda el último refugio mientras quede pólvora bajo la mesa y alguien capaz de encender la chispa.

En el fin del mundo, esa noche, la dinamita no solo salvó una feria; marcó la esperanza de que la reconstrucción podía ser más feroz que la destrucción. Y Manuela, con pólvora bajo las uñas, lo sabía mejor que nadie.

Incubación
Septiembre zombie
Brote
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.