Fragmento:
En otro tiempo, Austin habría estado envuelta en el ir y venir de camiones de mudanza, jóvenes de bicicleta, ejecutivos de Sillicon Hills maquillando el paisaje de rascacielos junto al Capitolio. Ahora, el Capitolio era una sombra sin bandera, sellada desde el colapso de los últimos batallones de la Guardia Nacional en septiembre. Las casas de Clarksville, inviolables durante años, parecían heridas frescas cubiertas de tablas. Los famosos murales de la calle 6th, algunos ya borrosos tras el calvario de lluvia y sol, estaban ahora tachonados por mensajes de desesperación: "¿Alguien más resistiendo?" "No es COVID". "AYUDA".
Duración: 12:21
14 de Diciembre de 2020
Austin solía ser una ciudad con ritmo propio, reconocible por sus murales coloridos y su gente peculiar, por el rumor inacabable de guitarras en cada esquina y los food trucks alineando South Congress. Ahora, bajo el cielo gris del último mes de 2020, Austin parecía más una inmensa tumba colectiva, acunando los ecos fantasmales de una civilización que apenas seis meses antes había estado celebrando el fin de una era: la graduación de primavera, el SXSW cancelado por una pandemia que, hasta hace poco, se pensaba la mayor amenaza imaginable.
Para entonces hacía meses que el concepto de “tiempo igualado” entre días y noches había perdido sentido. Solo importaba el frío, fila tras fila de cuerpos arrinconados en los viejos edificios administrativos de la Universidad de Texas y la omnipresente nube de podredumbre que se cernía sobre el río Colorado. Austin se había fragmentado en pequeños bastiones de supervivientes que, rodeados por cercas improvisadas y vehículos volcados, enfrentaban el invierno con miedo, hambre y, por encima de todo, una sensación de incredulidad aplastante.
Sarah Anderson apretó más la bufanda en torno al cuello mientras se deslizaba entre las criptas de coches abandonados en 38th Street. El sol apenas era un resplandor empañado, pero el frío le había agrietado la piel y ennegrecido las uñas. En los meses previos había aprendido a moverse con sigilo, a cazar ardillas con lanzas afiladas a partir de tubos de cortina y a buscar leña en las viviendas vacías cerca de Hyde Park; pero ese día, mientras arrastraba una bolsa de arroz saqueada de la despensa de un restaurante vegano, todo parecía groseramente igual: la ausencia de voces, el horror viscoso de los ruidos más allá del campus, la sombra de la reja de alambre que delimitaba el barrio fortificado de Shoal Creek.
El invierno, que en Texas era normalmente liviano, parecía este año empapado de muerte. Los supervivientes se acurrucaban en los sótanos, temiendo no solo al hambre y a los saqueadores, sino a los sonidos lentos, descoyuntados, de los muertos congelados pegados a la escarcha, a veces tan quietos que parecían tan solo maniquíes apilados en las aceras.
Al oeste del río, en Zilker, quedaban apenas cuarenta almas, organizadas de manera improvisada en la vieja sede del Barton Springs Pool. En la universidad, Sarah y su grupo sumaban treinta y dos; la mayoría estudiantes, profesores y asistentes del campus de ciencias biológicas, personas que por costumbre o suerte no habían huido durante los primeros días del caos. Entre ellos estaba Mark, ex-guardia de seguridad, ahora ascendido a jefe de patrullas, y Luz, una anciana bibliotecaria de origen mexicano a quien todos respetaban no solo por su sentido práctico y su mirada inquebrantable, sino porque, en las noches más gélidas, era la única capaz de contar historias sin llorar.
Esa mañana, Sarah había salido a buscar algo diferente: carbón, pilas, cualquier cosa que pudiera aumentar el calor en aquel refugio hecho con paneles de tablones. Pero el hallazgo de la bolsa de arroz la llevó al cruce de Speedway y 34th justo cuando oyó el leve ping de una lata rodando a la distancia. No era el modo chirriante en que a veces se movían los muertos, sino pasos secos y medidos. Sarah retrocedió hasta el contenedor de periódicos rotos y se lanzó al suelo, donde esperó tensa e inmóvil mientras dos figuras cruzaban la intersección: un hombre rubio fornido, con una escopeta encintada, y una adolescente de rostro sucio y ojos demasiado claros.
Los vigiló, lista para desaparecer si sospechaban de su posición. Hablaban bajo, discutiendo algo sobre comida y mapas. Sarah se preguntó, con una mezcla de pánico y curiosidad, cuántos nómadas quedaban ya en las calles, cuántos eran saqueadores y cuántos, simplemente gente perdida. Cuando estuvieron lejos, se deslizó de nuevo al asfalto, con el estómago retorcido por el miedo y el hambre.
En otro tiempo, Austin habría estado envuelta en el ir y venir de camiones de mudanza, jóvenes de bicicleta, ejecutivos de Sillicon Hills maquillando el paisaje de rascacielos junto al Capitolio. Ahora, el Capitolio era una sombra sin bandera, sellada desde el colapso de los últimos batallones de la Guardia Nacional en septiembre. Las casas de Clarksville, inviolables durante años, parecían heridas frescas cubiertas de tablas. Los famosos murales de la calle 6th, algunos ya borrosos tras el calvario de lluvia y sol, estaban ahora tachonados por mensajes de desesperación: "¿Alguien más resistiendo?" "No es COVID". "AYUDA".
El regreso a la universidad fue aún más ominoso. La puerta lateral, custodiada por Mark y otro de los chicos —un ex-bolsista de informática, ahora ataviado con una cazadora de los Longhorns y armado con un bate de béisbol— se abrió con un crujido apenas audible. Las primeras palabras de Mark fueron cortas y calculadas:
—¿Problemas?
Sarah negó con la cabeza, pero sus ojos brillaban de advertencia.
—Nómadas en 34th. Llevan armas, no parecen de aquí.
—¿Te vieron?
—No…
—Bien. Asegúrate de que nadie los siga hasta aquí. Hoy cenamos arroz con frijoles.
Eso era todo lo que podían esperar estos días. El grupo había improvisado una especie de cocina en lo que había sido la sala de descanso de los posgrados en ciencias naturales. Allí, con una única lámpara alimentada por una batería de coche, trozos de madera húmeda y latas reutilizadas una y otra vez, cocinaban lo que podían salvar del saqueo. La escasez ya empezaba a cebarse en los cuerpos de todos. Algunos, como la propia Sarah, habían perdido demasiado peso. Los niños apenas jugaban, y el único entretenimiento posible eran las partidas de cartas o los relatos de Luz.
La anciana, esa tarde, recogió a todos bajo un par de mantas rotas y relató, con su tono cadencioso de profesora jubilada, cómo una vez Austin había resistido no solo huracanes y sequías, sino la temida invasión estadounidense de 1842.
—No importa cuán dura parezca la noche —dijo Luz—, las ciudades tienen memoria y quienes las habitan, aún más. La historia se está haciendo aquí y ahora, en cada uno de ustedes. No lo olviden.
Sarah escuchaba, pero su mente deambulaba inevitablemente hacia Mason, su hermano menor, quien había desaparecido en julio durante el asalto zombi al HEB de South Lamar. Nadie volvió a verlo, ni siquiera entre los caminantes reconocidos después, y Sarah sobrevivía extendiendo el agónico autoengaño: “quizá esté en otro refugio, quizá…” Todos allí guardaban heridas semejantes, y la mayoría no hablaba de ellas; se limitaban a sobrevivir.
Esa noche el frío caló hasta los huesos. El viento hacía vibrar las cubiertas y aullaba por las ventanas rotas. De vez en cuando, el eco de algún disparo reverberaba a lo lejos, reflejo de otro enfrentamiento, nunca se sabía si entre humanos o con el enemigo muerto.
Pero la vida seguía aferrándose a los gestos más cotidianos: Sarah encendiendo una vela casi diminuta para leer un libro de biología rescatado; Mark reparando una linterna; Luz acolchando trozos de tela para improvisar ropa más abrigada. En la mañana, Sarah salió con un grupo a revisar la trampa de ardillas junto al Waller Creek. Encontraron dos ratones congelados y una liebre milagrosamente viva. Volvieron entre el silencio, contentos. De haberse celebrado una cosecha así en los viejos tiempos, nadie se habría molestado en mencionarlo.
Sin embargo, no todos los peligros eran tan previsibles. A media tarde, uno de los vigías alertó corriendo desde la torre del reloj: dos figuras se acercaban desde el norte, bordeando la avenida Guadalupe. No se movían como zombis: uno era cojeante, el otro más pequeño y ágil.
Cuando Mark ordenó levantar las barricadas improvisadas, todos contuvieron la respiración. Los intrusos se detuvieron a unos cien metros, levantando las manos. Eran los mismos nómadas que Sarah había visto antes.
El hombre pidió ayuda en inglés y luego, temblando, recurrió al español. La niña apenas hablaba. Después de una tensa discusión y un chequeo escrupuloso en busca de mordeduras o síntomas sospechosos, el grupo los dejó pasar, con estrictas advertencias y bajo la vigilancia de tres linternas y dos armas.
Se llamaban Cody y Riley, venían de Round Rock y viajaban hacia San Antonio antes de perderse en los suburbios infestados. Su historia era común: escape, hambre, pérdida. Pero Cody traía consigo un viejo walkie-talkie y un par de pilas AA frescas. Eso, en plena escasez, era como ofrecer oro puro.
En las horas siguientes, la comunidad debatió: dejarles quedarse a cambio de su equipo, pedirles que se fueran, o proseguir con la inhumana desconfianza que tantos meses de horror habían instalado en el corazón de todos. Fue Luz, como siempre, quien puso fin a la disputa:
—Si les cerramos la puerta, no somos mejores que los zombis.
Al día siguiente, el grupo, ahora un poco más numeroso, encendió el walkie. Al principio, solo oyeron estática; luego, después de horas, una voz con un acento extraño habló desde el sur:
—Aquí el refugio de San Marcos. Nuestra frecuencia es la noventa y tres. Suministros escasos. Por favor, responder.
Las lágrimas brotaron en algunos ojos, no solo por la esperanza tangible de no estar completamente aislados, sino por la simple confirmación de que quedaban otros asentamientos, otros humanos. Marcó un punto de inflexión: aunque el frío y el hambre seguían siendo igual de mortales, aunque las calles de Austin seguían alfombradas de muertos congelados, la red de comunicación rudimentaria les devolvió la capacidad de planificar.
Las siguientes semanas estuvieron marcadas por pequeñas victorias y temores renovados. Mark y Sarah organizaban salidas a los laboratorios de química en busca de más pilas; Luz enseñó a la niña Riley a leer con libros rescatados. Empezaron a intercambiar mensajes de socorro con San Marcos y, una vez, con un misterioso grupo en Bastrop, aunque la señal nunca se mantuvo estable.
La escasez, sin embargo, empeoró. Los cadáveres apilados a la intemperie en el centro de Austin comenzaban a pudrirse con la llegada de los días menos fríos y el aire, saturado de podredumbre, traía noticias de hambrunas y enfermedades. Para sobrevivir, algunos del grupo, a regañadientes, empezaron a considerar el traslado a las afueras, hacia zonas boscosas y menos saturadas de muerte, aunque la logística —transportar niños, ancianos, heridos— parecía insalvable.
En una última noche antes del solsticio, Luz propuso algo impensable: una celebración. No tenía más que una vela y una anacrónica armónica que alguien halló en un aula de música. Le pidió a Mark que compartiese recuerdos navideños. A Sarah, que leyera un poema. Cody entonó una canción country, y Riley, como tantos otros niños, miró la llama con la mirada extraviada de quien ha visto más muerte que vida.
Esa noche, por un instante, la ciudad volvió a ser humana; el frío, la proximidad de la muerte, los gritos ocasionales de los zombis al otro lado del campus, todo quedó afuera. En ese breve paréntesis, Sarah sintió el zumbido del futuro: no sería fácil. El invierno solo haría que el miedo se espesara, que muchos más murieran antes de que los días se hicieran más largos. Pero, si sobrevivían, si conseguían resistir unas semanas más, quizá Austin tendría algún día otro ritmo, otra melodía.
De lo que sí estaba segura es de que, al menos esa noche, las ruinas de la ciudad vibraban con algo muy diferente al terror. Y mientras la vela se consumía lenta, y la armónica gemía su lamento de tiempos perdidos, Sarah se prometió resistir. No solo por ella, sino por la memoria de quienes hicieron de Austin un lugar donde, incluso en el fin del mundo, la música podía salvar el alma humana.
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