Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato El último festival
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Fragmento:


—Ibuprofeno, algo de paracetamol, un par de cajas de antibióticos caducos.

Duración: 11:22

El último festival
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Texto de ajuste de pausa.

14 de noviembre de 2024

La mañana comienza con el eco distante de un disparo seco y solitario. Nadie en el puesto de guardia flincha. En la Austin de 2024, el sonido de los disparos es tan común como el zumbido de los generadores o el crujido de botas sobre el asfalto cuarteado. Es un jueves frío y húmedo, las primeras lluvias del otoño han caído durante la madrugada dejando charcos en lo que antes fuera South Congress Avenue, ahora convertido en un foso improvisado y barreras de metal oxidado y concreto.

Amelia despierta con rigidez en las piernas. El catre en la sala común de la antigua biblioteca pública ya no proporciona comodidad, pero tampoco se puede quejar. Hay cientos de personas que duermen en el piso, en bancos, incluso de pie. Hace meses que el bloque norte, desde el Capitolio hasta el río, se transformó en un bastión amurallado. Muchos refieren la zona como Austin, otros simplemente como Ciudad Muro. Amelia, a sus veintiocho años, ya ha sobrevivido cuatro inviernos desde el colapso, y casi no recuerda cómo era la ciudad antes. Frente a la biblioteca, el mural de la mujer armada y la bandera texana, cubierto a medias por pegotes de barro y tapices, se ha convertido en símbolo de esperanza para los nuevos llegados.

Los líderes militares improvisados organizan turnos de guardia, trabajos de limpieza y reparto de raciones. Amelia pertenece al equipo de exploración y canje: sale de los muros en grupos de seis, escoltados, cruzando puentes y calles semidesiertas para buscar recursos y, si tienen suerte, semillas o medicinas. Su tarea de hoy es menos peligrosa, pero igual de vital: debe reunirse con un grupo de forasteros que llegó anoche junto a una de las caravanas más largas vistas en meses. Vienen desde San Marcos, dicen, y traen mulas, harina y noticias frescas.

El intercambio se llevará a cabo en el muelle improvisado junto al puente de Ann Richards. Allí, varias docenas de guardianes —armados con rifles de cerrojo, lanzas y hasta machetes forjados a partir del metal de coches abandonados— vigilan tanto a los forasteros como a sus propios ciudadanos. En la era de las mini-ciudades amuralladas, la confianza es lujo, y la traición, moneda de cambio.

Bajo la luz pálida de una luna que apenas se deja ver entre nubes, los grillos y chotacabras acompañan el vaivén de las linternas y el perfume acre del agua contaminada. Amelia camina con paso largo, su pequeña radio atada a la cintura, escasamente útil pero aún capaz de recibir alguna que otra transmisión de los puestos de Bastrop y Dripping Springs en las mañanas de buen clima.

Por el radio escucha el chisporroteo de una breve conversación codificada. Austin-Delta reporta: dos bultos sospechosos en los márgenes del perímetro sur. No es raro. Los grupos nómadas aún atacan de madrugada, buscando robar alimentos, armas, incluso niños. Al llegar cerca del puesto de control, el teniente Samuel le hace una seña para que detenga su avance:

—Un hombre de San Marcos quiere hablar contigo, Mel. Dice ser el jefe.

Ella asiente. Han cambiado muchas cosas en estos años, pero el intercambio de líderes antes de una negociación sigue siendo ley tácita. El hombre la espera bajo la luz amarilla de una lámpara, parpadeante. Lleva el rostro curtido, barba entrecana, y la clásica mirada de desconfianza de quien ha cruzado demasiadas carreteras infestadas.

—Dices que tienes harina y gasolina, —comienza ella, sin preámbulo.

—Y tú dices que tienes medicinas.

—Ibuprofeno, algo de paracetamol, un par de cajas de antibióticos caducos.

—¿Caduco?

—No te matarán —responde con una media sonrisa— pero no esperes milagros.

El hombre asiente. Junto a él, tres jóvenes fornidos vigilan los costales y barriles que han traído. El canje comienza de forma ritual: ambos lados inspeccionan las mercancías, uno a uno, bajo los ojos atentos de testigos armados de cada bando. Amelia revisa la calidad de la harina, deslizando la mano dentro del saco para asegurarse de que no está húmeda ni infestada de insectos. El hombre olfatea los frascos y deja caer unas gotas de antibiótico en su propia lengua.

—¿Alguna noticia del este? —pregunta ella sin ocultar ansias. Desde Bastrop, las noticias han sido sombrías; hay rumores de una horda que merodea cerca, empujada hacia Austin por un grupo armado que bloqueó el paso al este de Houston.

—Las carreteras están malas. Seguimos usando el río cuando podemos, pero bastó una emboscada para perder a dos hombres cerca de Elgin.

El trueque termina en media hora. El hombre de San Marcos le estrecha la mano con fuerza. Cuando se separa, Amelia siente la presión de varios ojos en su espalda, tanto de los suyos como de los forasteros. Sin embargo, la tensión no desemboca en violencia. El grupo de San Marcos se retira con una carretilla de fármacos y una conversación apenas susurrada sobre semillas de calabaza y posibles rutas libres de zombis para la cosecha de invierno.

Amelia aprovecha para cruzar el puente y vigilar el río. El agua oscura lleva consigo restos de basura, maderas podridas y, ocasionalmente, cuerpos sin nombre. Desde la última gran horda vista en el verano, los centinelas han reportado movimientos mínimos al oeste del río. Se dice que el frío del otoño ralentiza a los zombis, a veces los deja inactivos durante horas, resignados en el fango. El problema real, piensa, no son ya los muertos, sino los vivos. Los bandidos, las bandas errantes de forajidos que circulan y saquean, los grupos fanatizados que predican el regreso divino. Un año atrás, un grupo de saqueadores logró burlar las defensas, matando a media docena de residentes antes de ser acribillados. Esa noche, la rabia y el miedo se mezclaron en el aire húmedo igual que hoy. Desde entonces, la disciplina y la paranoia incrementaron.

Al regreso, Amelia pasa junto a la antigua sala de conciertos Paramount, ahora convertida en almacén y espacio común para oradores y líderes. Un niño la intercepta, de no más de seis años, sucio y con un abrigo remendado.

—¿Trajiste dulces? —pregunta, tímido; incluso en la era de las armas y el hambre, la esperanza de un caramelo sobrevive.

Amelia sonríe y le ofrece una pastilla de menta: el trueque del trueque, ya que recibe estos tesoros a cambio de historias o pequeños favores dentro de la ciudad. El niño corre satisfecho hacia su grupo.

Dentro de la biblioteca, el bullicio habitual es mayor hoy: un grupo de ingenieros improvisados ha instalado una pequeña dinamo y han logrado cargar dos radios. La noticia recorre el vecindario fortificado como un relámpago. Samuel la alcanza antes de entrar:

—Tenemos rumores de una caravana, Mel. Esta vez desde Waco. Tal vez traigan algo más que maíz. Con suerte herramientas, o una mula más.

La economía en Austin gira, como en casi todas las mini-ciudades fortificadas, en torno al canje. Hay algo de moneda, si se quiere: balas, medicinas, piezas de maquinaria. Los alimentos secos valen más que el oro de otros tiempos. Cada vez que alguien logra destilar combustible o encontrar una batería que funciona, hay fiesta. El abuelo Wesley, uno de los pocos sobrevivientes mayores de setenta años, recita que Austin fue una vez ciudad de música y luz, de festivales y días soleados. Ahora, la ciudad es la fortaleza de la esperanza.

“Porque aquí, todavía se canta,” repite Wesley cada anochecer en la sala común, tocando acordes en una guitarra vieja y desafinada.

Hoy, Amelia debe trabajar con el grupo de agricultura. Desde las viejas canchas universitarias han creado espacios de cultivo de frijol, lechuga y repollo. Los jardines verticales, hechos de tubos de PVC y plásticos rescatados, cuelgan en patios y azoteas de los edificios restaurados. Ella imparte una breve charla: cómo rotar las plantas, cómo ahorrar agua, cómo detectar alguna plaga antes de que se propague y acabe con el esfuerzo de semanas.

Desde una ventana, observa la ciudad: las calles del centro, algunas limpias y otras aún llenas de autos calcinados y barricadas, el horizonte borroso donde una vez brillaba la estructura del estadio, hoy oculto por niebla y humo. “Un buen día para estar vivos,” murmura, recordando la frase que su madre pronunciaba antes de que todo cambiara.

Hacia el mediodía, una alarma corta el silencio. Una columna de humo asciende en la zona sur: señales de advertencia. Las patrullas corren al alerta, los centinelas se alinean, las mujeres y niños se recogen en el nivel más bajo de la biblioteca. Amelia, junto con los otros de su equipo, toma su rifle y corre hacia el muro más cercano.

Al llegar, ve cómo una pequeña banda de hombres armados —de aspecto harapiento, con lienzos negros amarrados al brazo— ha sido detenida por los guardias. Han intentado colarse cruzando al amparo de la confusión de la caravana extranjera de San Marcos. Uno de los atacantes está herido y sangra profusamente.

—¿Qué buscan? —pregunta Samuel con voz seca.

El atacante levanta la mirada, desafiante:

—Buscamos comida, igual que ustedes.

—Aquí no hay saqueo. Si querrán quedarse, trabajarán.

—No queremos quedarse. Queremos sobrevivir.

La tensión se corta como cuerdas de guitarra. Los líderes sopesan qué hacer; no pueden arriesgar la seguridad, tampoco pueden matar sin más. Tras breve discusión, los bandoleros son esposados y enviados a una celda improvisada, con una pequeña porción de pan duro y un jarro de agua. Decidirán su suerte por la tarde, cuando el consejo de la ciudad delibere.

La tarde se consume entre rumores y planificaciones, reparaciones de la muralla y losas, recuento de suministros, y la llegada de pequeñas patrullas de niños y viejos que recogen leña fuera de la muralla bajo vigilancia armada. Amelia, exhausta, se recuesta en su catre. Afuera llueve de nuevo. El golpeteo constante sobre la chapa la arrulla.

Al anochecer, la ciudad se recoge en silencio apenas interrumpido por las historias del abuelo Wesley y el murmullo de los generadores. Las luces, escasas y tenues, titilan como luciérnagas. Samuel llega con noticias de la reunión del consejo:

—Dejaremos ir a los forasteros, pero les daremos solo un día de alimento y una cantimplora. Demasiado fríos para la caridad, pero no tanto para la crueldad —comenta.

—¿Qué piensas tú, Mel?

—Pienso que si queremos sobrevivir el invierno, habrá que ser inteligentes, y un poco afortunados también.

Esta noche, antes de dormir, Amelia se sienta junto a la ventana y mira hacia el río. Allá, al otro lado, algunos afirman que un día reconstruirán el puente, limpiarán de muertos los viejos vecindarios y, con suerte, volverán nuevas generaciones a reír y bailar bajo las luces de la ciudad.

Por ahora, lo único seguro es el rumor constante de la lluvia, la certeza del mañana incierto y el consuelo de estar viva, en Austin, en la era de los muros y las sombras.

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