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Portada del relato La larga noche texana
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Fragmento:


—Rachel, tienes que ver esto —susurró, jadeante.

Duración: 12:18

La larga noche texana
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2026

Fue un invierno tardío y cruel el de 2026, pero en Austin, lo más duro de la estación no era el frío, sino la sensación de que las viejas canciones del blues tejano nunca volverían a sonar como antes. El hielo resquebrajaba las paredes de las casas improvisadas y las puertas de las colectas convertidas en hogares, pero lo que más dolía era la memoria, la nostalgia casi insoportable de una ciudad que, según los ancianos, vibraba por las noches bajo el fulgor inacabable de las luces de neón y los acordes de guitarra eléctrica. Ahora, bajo un cielo gris que nunca terminaba de aclarar del todo, Austin sobrevivía tras murallas, enclaustrada y desconfiada, y cada habitante era testigo y protagonista involuntario de la reconstrucción hostil de su propio mundo.

La ciudad nunca fue tan pequeña y tan silenciosa como en estos días. El Colorado, antaño columna vertebral de una metrópolis viva, ahora era frontera natural que delimitaba la seguridad de los que resistían de la amenaza de los que deambulaban tras la muerte. Los ingenieros —no más de veinte, a estas alturas— habían rehabilitado compuertas y diques para asegurar un flujo constante de agua. De las torres del downtown quedaban esqueletos, huecos verticales acechando entre el polvo y el olvido, y nadie se acercaba allí de noche, ni siquiera los grupos de limpieza nocturna que patrullaban los sectores despejados de infectados.

En la entrada sur de la ciudad murallada, cerca de lo que antes fue la Congress Avenue, Rachel inspeccionaba a los recién llegados. Desde hacía meses, ella se había convertido en una especie de guardiana y líder, pese a su juventud y su aspecto menudito. Sus ojos grises, inquietos, vigilaban desde la altura de uno de los torreones levantados con remanentes de ferralla y cemento recuperado. El grupo que aguardaba bajo su escrutinio tenía aspecto cansado pero determinado; la mayoría eran agricultores y ganaderos dispersos de las afueras de Bastrop, con la esperanza de encontrar trueque y protección tras los muros.

—¿Documentos o cartas de algún asentamiento? —preguntó, el rifle siempre en la mano pero con una cortesía que no ocultaba la desconfianza.

Un hombre de barba canosa, con cicatrices que parecían más viejas que la plaga misma, le tendió una ficha de cuero con el sello de Cedar Creek. Rachel la sostuvo a contraluz; el símbolo del carnero aún era visible pese al desgaste.

—Venimos sólo a comerciar. No traemos nuevos infectados ni problemas —dijo el hombre.

Rachel asintió y levantó la mano para que sus vigías aflojaran el arco de sus armas caseras. Hacía meses que el tráfico de alimentos secos, herramientas y municiones era habitual en la ciudad, pero todavía desconfiaban de los desconocidos. Había aprendido a identificar la desesperación y la mentira con un vistazo.

—Requisaremos armas, pero se les devolverá a la salida. Les asignaré un guía. Nada de vagar solos por los barrios —dictó.

Mientras los recién llegados eran registrados por los auxiliares, el suelo de la muralla tembló bajo el trote desbocado de un caballo. Era María, la jefa de exploradores, que retornaba antes de lo previsto.

—Rachel, tienes que ver esto —susurró, jadeante.

Bajaron a la casa de mando, una vieja estación de bomberos reconvertida en corazón logístico. María desenrolló un pergamino precario: un mapa dibujado a mano. Había marcas en los límites del antiguo campus universitario y líneas punteadas hacia el noroeste.

—Hemos encontrado rastros de saqueadores. Han cruzado el Walnut Creek. Esta vez no buscan comida ni recursos: llevan prisioneros —explicó.

El consejo de seguridad se reunió de inmediato en la sala de calderas. Se sentaron en círculo, sobre toneles vacíos, envueltos en mantas, con las botas embarradas por la nieve sucia de las últimas heladas. Austin ya no era la ciudad que tomaba decisiones lentamente por consenso democrático; la urgencia y el peligro habían instalado la costumbre de que muchos asuntos se definían con rapidez y pragmatismo.

—Las bandas de saqueadores siempre han preferido evitar nuestras murallas. ¿Por qué arriesgarse ahora? —preguntó uno de los consejeros, un exprofesor universitario llamado Dr. Moore.

—Quizá necesitamos recordarnos que, aunque los zombis sean una amenaza decreciente, el verdadero peligro sigue siendo humano —murmuró Rachel.

El miedo era tangible, pero también lo era la fatiga. Las patrullas, cansadas tras semanas de limpiar sectores y mantener posiciones, temían salir de noche a territorio hostil. Sin embargo, la noticia de que los saqueadores habían secuestrado a civiles, muchos de ellos niños, extendió sobre la sala un frío peor que el invernal.

—No podemos permitir que tomen gente de nuestro entorno. Si no actuamos, en primavera volverán más armados —advirtió María.

—¿Con cuántos contamos? —preguntó Rachel.

—Apenas dos escuadras operativas, pero los arqueros están listos. Nadie quiere perder más niños —contestó María.

El plan se decidió rápido: formarían una partida de rescate, usando los túneles subterráneos aún transitables y la cobertura del río congelado para acercarse sin ser vistos. Rachel, María y tres vigilantes voluntarios partirían antes de la medianoche.

***

En la negrura helada, Austin era otra ciudad. Sin luces apenas, excepto el resplandor lejano y tembloroso de algunas hogueras tras los muros. Las calles antiguas, con sus grafitis casi extintos, crujían bajo la escarcha. Rachel sentía el peso de cada movimiento; en esas sombras, el silencio era más elocuente que nunca. Bajo la tierra, en el antiguo sistema de alcantarillado, avanzaban con linternas amordazadas con tela azul, apenas una tímida línea de claridad. El olor de podredumbre nunca se había ido del todo; la memoria de los primeros meses de la plaga volvía con cada paso, con cada bóveda húmeda que se abría a sus pies.

Al alcanzar una rejilla oxidada, María se adelantó y tanteó con cuidado. Sobre ellos, el campus de la Universidad de Texas, ahora pasto de maleza y escombros, era la guarida improvisada de la banda enemiga. Los saqueadores habían encendido una hoguera y custodiaban a los prisioneros —una docena de figuras encogidas, famélicas y atadas con cuerdas a postes de hierro.

—Cuenta seis vigías, más tres en ronda —susurró María—. Dos francotiradores improvisados en los andamiajes. Hay un niño, lo veo, parece de las caravanas de Cedar Creek.

Rachel asintió. La adrenalina en la sangre la obligaba a moverse rápido o desfallecería. No podía pensar en nada más que en el pequeño Henry, a quien había visto crecer en el mercado de trueque y que ahora estaba allí, tirado junto al fuego, temblando sin abrigo.

—A la señal, los arqueros disparan a los andamios —ordenó—. Entramos rápido, sin tiros si es posible. No podemos atraer a los errantes del sector sur.

El asalto, más taciturno que violento, se desencadenó con una ráfaga de flechas silbando en la noche. Dos bandidos cayeron sin ruido, pero el tercero empezó a gritar. Rachel y María rompieron filas y arremetieron cuerpo a cuerpo; los cuchillos relucieron solo para caer sobre el enemigo. No fue una batalla, sino una carnicería breve y brutal.

Cuando los últimos atacantes trataron de huir hacia la maleza, un disparo retumbó. Uno de los arqueros, creyendo que la huida era una maniobra para atraerlos hacia una trampa de zombis, disparó sin pensarlo. El eco retumbó entre las ruinas y la maleza.

Los prisioneros, mojados, cubiertos de mugre, apenas podían mantenerse en pie. Rachel desató a Henry con manos torpes, abrazando al niño con una ternura que desmentía la frialdad de su rostro habitual. María y dos más escoltaron al grupo hasta la boca del túnel.

—Rápido, antes de que lleguen los errantes —apremió María.

Retirarse fue tan difícil como atacar; los sobrevivientes, famélicos, apenas podían caminar. Al salir por el alcantarillado, el primer destello del alba se abrió paso sobre las murallas de Austin, iluminando la figura de Rachel, aún tensa, arrastrando a los cansados y los heridos. Los gritos lejanos de los zombies errantes empezaron a escucharse cuando ya estaban a salvo, y sólo entonces, cuando las puertas improvisadas se cerraron tras ellos, se permitió desplomarse junto a sus compañeros, el cuerpo temblándole y los ojos secos.

***

El regreso fue celebrado sin júbilo, pero sí con respeto silencioso. En el comedor principal—aquel que alguna vez fue un gimnasio escolar—, los hombres y mujeres de Austin se reunieron para recibir a quienes habían vuelto tras las líneas enemigas. Una anciana, antigua dueña de una librería en South Congress, preparó sopa caliente para los pequeños. Los agricultores de Cedar Creek, agradecidos, ofrecieron parte de sus granos y semillas como tributo.

El consejo de la ciudad se reunió esa noche. El Dr. Moore, cansado, arrugó las manos sobre el fuego de una lámpara de aceite.

—Los ataques humanos ya igualan, o incluso superan el peligro que representan los infectados —reflexionó en voz alta—. Necesitamos mantener la vigilancia, pero también pensar cómo reconstruir Austin para evitar que el miedo nos divida por dentro. Si los niños siguen creciendo bajo la sombra del temor, quizá habremos sobrevivido pero habremos perdido el alma de la ciudad.

Rachel escuchó desde el fondo de la sala. Recordó la angustia de Henry, y la rabia fría que había sentido al ver esa pequeña figura temblando. Pensó en sus propios recuerdos: los tacos de madrugada, la música en Sixth Street, las noches interminables junto al río, el bullicio desaparecido de la vida anterior. No pudo evitar preguntarse si algún día Austin volvería a sentir esa alegría tranquila de comunidad, o si los muros, las armas y la desconfianza serían su única herencia para las generaciones nuevas.

Pero cuando, al pasar junto a Henry ya dormido, lo cubrió con una manta gruesa, supo que los pequeños gestos de cuidado, las pequeñas resistencias, eran el principio de todo. Afuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo de blanco las cicatrices del asfalto y el concreto, apagando el mundo con un silencio sereno. Era el último invierno azul de los viejos días del apocalipsis, pero quizá también el primero de una esperanza diferente.

***

En los días que siguieron, la vida en Austin volvió a su rutina forzada. Los granjeros pulían sus arados fabricados con chatarra y los niños aprendían sus primeras letras en pizarras improvidas a la sombra de una iglesia sin techo. Las patrullas reforzaron los límites y el trueque fue una vez más motivo de largas discusiones. Los miedos persistían, pero también la obstinación: contra el frío, el hambre, la amenaza interna, la comunidad seguía construyendo no sólo muros, sino una tímida red de confianza.

Nada era perfecto, pero en los rincones del comedor, junto a las fogatas encendidas en la intemperie, comenzaban a surgir historias nuevas. Los ancianos se atrevieron a contar a los más pequeños cómo era el mundo antes de las murallas, y aunque los niños escuchaban como si se tratara de fábulas, había una promesa en esas palabras: que el mundo podía recomenzar, pieza a pieza, risa a risa, aunque fuera distinto y más frágil.

Quizá, pensó Rachel una noche, sentada sobre la muralla viendo danzar la aurora boreal—aquella rareza del clima tras la plaga—, Austin haría germinar una nueva cultura, un nuevo modo de ser humano. Uno finalmente nacido de la generosidad y del coraje de quienes siguieron luchando mucho después de la derrota.

El futuro seguía incierto; la amenaza nunca desaparecería del todo. Pero mientras existieran noches como aquella, noches llenas de esperanza y silencioso trabajo, Austin —y el mundo— podrían intentar reconstruir no solo casas y defensas, sino, sobre todo, el derecho sencillo y antiguo a la alegría.

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