Fragmento:
Atravesando la Plaza del Lince, reconoció el aroma del pan fresco. Cloe, una de las nuevas panaderas, había logrado cultivar suficiente trigo en las terrazas azotadas por sequías y sembraba esperanza con cada bollo cocido en hornos de barril. La fila ya serpenteaba hasta la esquina, donde la carpa amarilla del hospital de campaña se levantaba entre dos casas de ladrillo, y los médicos —de uniforme remendado y mascarillas improvisadas— repasaban la lista de hierbas medicinales para el trueque.
Duración: 10:40
18 de Julio de 2028
El sol caía a plomo sobre las murallas improvisadas de Austin, que en otro tiempo fueran simples cercas de construcción y ahora formaban un verdadero perímetro fortificado. La ciudad, o lo que quedaba de ella, se había replegado a veinticuatro manzanas al sureste del Capitolio, abarcando el viejo campus de la Universidad de Texas y extendiéndose hasta la orilla del Colorado, ahora rebautizado como “la Defensa”. Desde el altozano del nuevo mirador, el río, más encajonado que nunca tras un invierno de lluvias, reflejaba los tejados de chapa y las lonas de los mercadillos que alimentaban la esperanza de casi tres mil almas.
Todo esto, pensaba Justine Myers, era más de lo que había esperado encontrar cuando escapó de Houston con quince personas y una vieja Ford en el infierno de marzo del 2021. Ahora, años después, Austin era un faro irregular de humanidad en medio de un cielo inmenso, teñido aún con las cicatrices de incendios lejanos. Los zombis –rezagos de un cataclismo que parecía propio de una vieja película de culto– eran ya una amenaza marginal; el peligro, sin embargo, nunca dormía.
La alarma de las 6 a.m., una campana improvisada traída de una iglesia de San Marcos, retumbó desde la torre de control. Justine, ahora miembro del Consejo de Barrio Norte, levantó su cabeza del catre y empujó la cortina para asegurarse de que Alex y June, sus hijos adolescentes, aún dormían. El fresco matinal traía un silencio espeso, pero las calles ya bullían. Sábanas tendidas entre las casas fabricadas con retazos de madera y ladrillo ondeaban, mientras niños descalzos perseguían a un perro lanudo entre huertas protegidas por altos muros de hierro viejo.
Hoy se celebraba la Feria del Río, una de las pocas oportunidades en el año en que las comunidades cercanas —Dripping Springs, Bastrop, e incluso una delegación valiente desde San Antonio— podían llegar con sus caravanas, escoltadas por milicianos y exploradores, intercambiando bienes vitales. La pólvora era casi moneda, y las semillas, museos ambulantes de ADN rescatado de bancos genéticos. Los caballos, cuidados como tesoros familiares, daban vida a la jornada.
Justine tiró de una camiseta azul que aún conservaba el logo borroso del viejo HEB y calzó las botas que, remendadas por tercera vez, eran el último vestigio de la tienda del South Congress Avenue. Bajó por la escalera de la casa que compartía con otras dos familias. Caleb, el herrero, reparaba un cerrojo en la puerta. Le sonrió sin palabras: hoy todos tenían prisa.
Atravesando la Plaza del Lince, reconoció el aroma del pan fresco. Cloe, una de las nuevas panaderas, había logrado cultivar suficiente trigo en las terrazas azotadas por sequías y sembraba esperanza con cada bollo cocido en hornos de barril. La fila ya serpenteaba hasta la esquina, donde la carpa amarilla del hospital de campaña se levantaba entre dos casas de ladrillo, y los médicos —de uniforme remendado y mascarillas improvisadas— repasaban la lista de hierbas medicinales para el trueque.
El aire llevaba rumores desde la llegada de las primeras caravanas: los delegados de Bastrop traían no sólo maíz y nueces, sino también un mensaje de la confederación del este. Querían alianzas comerciales, quizá hasta acuerdos de defensa compartida. El recuerdo amargo de la última banda de saqueadores, los Cuervos de Travis, aún flotaba como ceniza en la memoria colectiva. La última vez, la comunidad debió movilizar a todos sus defensores y aún así pagaron con vidas el repeler el ataque. Desde entonces, los acuerdos armados y las ferias con protocolos estrictos eran esenciales para sobrevivir.
Justine se dirigió directo al consejo instalado en el aula magna de la vieja Facultad de Derecho. Allí, la mesa de madera, recuperada de antiguos despachos, lucía decenas de notas y mapas dibujados a mano. El capitán Ruiz, que había servido después del apocalipsis en una milicia ad hoc, esperaba con otros cuatro líderes comunales. Sobre la mesa, un plano rudimentario de Austin marcaba los cuarteles, silos, rutas de patrullaje y los secretos túneles que seguían siendo la última vía de escape en caso de caos.
—¿Todo listo para la feria? —preguntó Justine, sentándose frente a la ventana, desde donde se divisaba el antiguo estadio Darrell K Royal—.
—Hasta ahora sí. Han llegado los de Lockhart, y dicen que viene una caravana de Bastrop con armas y medicinas —respondió Ruiz—. Pero hay más: alguien vio un grupo grande de gente al sur, por Onion Creek. Quizá sean los de Buda, pero podrían ser nómadas.
El sudor le perlaba la frente; la tensión seguía siendo la sombra fiel de cada día.
El consejo despachó rápidamente la asignación de guardias. Justine se quedó unos minutos mientras los líderes discutían las líneas de trueque: maíz, pilas solares, una caja de inyecciones de antibióticos que era oro puro... La crisis por el agua potable seguía, pese a los nuevos sistemas de purificación construidos con filtros de carbón y arena. Las lluvias de ese año habían favorecido a los campos, pero la ciudad entera aún dependía de acuerdos con granjas periféricas.
Al salir, la feria comenzaba a tomar forma en el parque central, antiguo campus universitario hoy convertido en corazón y estómago de la nueva Austin. Todo olía a humo y hierbas: puestos de madera con lonas estampadas, mujeres escudriñando semillas en frascos etiquetados, niños recogiendo clavos de los talleres de carpintería, ancianos negociando el intercambio de pollos por hortalizas.
La llegada de la caravana de Bastrop fue anunciada por un clarín de cobre. Justine subió al muro más cercano y vio, un instante, la extraña belleza del convoy: seis caballos, tres mulas, un par de carretas con cajas cubiertas, y al frente, dos mujeres con el cabello recogido y rifles antiguos cruzados en la espalda. Saludos nerviosos, pero ni un disparo. Los exploradores de Austin abrieron el portón de acero, y el intercambio comenzó en medio de una vigilancia férrea.
Justine reconoció entre los recién llegados a Marcus, un viejo profesor de química de la UT, refugiado en Bastrop desde los peores días del desastre. Cruzó la feria entre gritos y risas amortiguadas por la niebla de vigilias pasadas. Lo abrazó con la fuerza de los tiempos duros.
—¿Qué traes hoy, Marcus? —preguntó, haciendo sitio entre la multitud.
—Semillas nuevas. Y fórmulas para nuevos fertilizantes —respondió con voz baja—. Hay rumores de un grupo con acceso a los laboratorios de la base de Fort Hood. Dicen que están intentando sintetizar medicamentos… pero nadie sabe si es verdad o mito.
El trueque fue rápido. Frascos de semillas por bultos de trigo. Una bolsa de nueces por tres bisturís. Un juego de herramientas de dentista por doce jeringas. Las transacciones, anotadas en papel triturado y papel, eran solemnizadas por escribas que, como antiguos notarios, garantizaban la palabra empeñada.
En un rincón, Alex y June, adolescentes bronceados y vigilantes, se encargaban de recoger la harina donada y llevarla al silo común. June, la menor, llevaba una bandolera con sobres de cartas escritas a mano: la lenta red postal que mantenía a las familias de la región menos aisladas. En Austin, el correo era custodiado por los jóvenes, que arriesgaban sus vidas cabalgando hasta Maxwell o Lastrup con bolsas repletas de esperanza.
La jornada avanzó entre monedas de harina, botellas de licor destilado —usado más como medicina que como bebida— y animales vivos, marcados cuidadosamente por sus dueños. El ambiente era tenso pero festivo; la memoria del apocalipsis era aún palpable en la mirada de los ancianos, pero la nueva generación, nacida en la sombra, empezaba a hablar de su mundo con el orgullo de quien ha renovado la historia.
Justine fue llamada a la barricada este poco antes del atardecer. Un par de batedores informaron de un pequeño grupo moviéndose a pie por el bosque del este. En tiempos pasados hubiera significado alarma. Ahora bastaba una exploración rápida para descubrir a una familia perdida: un hombre herido, dos niños, una mujer embarazada. Habían escapado de una redada de saqueadores cerca de Taylor y traían noticias de que una banda, Los Corredores del Llano, saqueaba comunidades, pero evitaban Austin por los pactos armados de las últimas ferias.
Los médicos improvisaron una camilla y la comunidad rodeó a los nuevos con una mezcla de recelo y compasión. Justine recordó la primera noche que ella misma llegó a la ciudad. El miedo en la piel, el hambre como sombra. Ahora, podía ofrecer seguridad a los recién llegados, un gesto diminuto pero fundamental para un mundo forjado tras la ruina.
La noche llegaba con el sonido de música lejana, algún acorde de guitarra recuperada resonando en la plaza. Los turnos de guardia se alternaban y las murallas, iluminadas con antorchas de grasa para ahorrar leña, recibían la frescura del viento del Colorado. Alex, cubierto con una manta hilada en algún telar rescatado de una mansión en ruinas, se sentó junto a ella en el mirador.
—¿Crees que algún día volveremos a tener una ciudad como antes, mamá? —preguntó, con esa mezcla de escepticismo adolescente y nostalgia aprendida.
Justine lo miró, sus ojos reflejando el fuego lejano y la determinación de todos los que sobrevivieron.
—No volverá a ser como antes —dijo, la voz serena—. Pero será nuestro. Podemos reconstruir cosas nuevas. Diferentes. Quizá mejores.
Abajo, en la feria, los puestos comenzaban a cerrar. Los últimos intercambios eran de palabras, historias, sueños. Unas mujeres recitaban una oración en voz baja, agradeciendo por los bienes compartidos, el peligro evitado por un día más.
En el bastión fortificado de Austin, la esperanza no era una declaración solemne, sino algo hecho de pequeños actos: el pan del desayuno, la bolsa de semillas, el silencio asegurado de la noche. Sobre la muralla, Justine observó el horizonte, la silueta del Capitolio tejano recortada contra las últimas brasas del ocaso.
El eco de la vida continuaba. Contra todo pronóstico, entre ruinas y paredes remendadas, Austin resistía —y bajo el texano sol abrasador, la humanidad encontraba formas de renacer.
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