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Fragmento:


"La gasolina se acabó", dijo Howie, bajando por la escalerilla con una caja rescatada de la enfermería. "La última vez que la oí por el este fui yo, y no planeo volver por ahí."

Duración: 10:55

Ecos de la Última Luz
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Texto de ajuste de pausa.

13 de Noviembre de 2020

El frío de noviembre sobre Austin era ajeno a los viejos recuerdos de calor inmisericorde, ajeno al zumbido lejano de aires acondicionados desbordando electricidad, al olor del asfalto abrazado por el sol. Ahora, la ciudad respiraba la noche como un animal herido, plagada de sombras y ecos, y quien encontró refugio tras los muros rotos de la escuela abandonada aprendía que la oscuridad podía ser un abrigo mejor que la luz.

Hacía más de seis meses que lo cotidiano sucumbió al colapso, y las horas doradas de la tarde, antes prometedoras, ahora marcaban el inicio del miedo. Cada atardecer era una frontera, una advertencia. Porque la noche pertenecía a los que ya no vivían, y a los humanos lo bastante desesperados como para arrastrarse entre los escombros. Había hambre y frío, cansancio acumulado y la mordaza secreta de la soledad. Pero sobre todo, había el anhelo intangible de sobrevivir a otro anochecer.

En el segundo piso de la James Bowie High School, el humo de una fogata improvisada zigzagueaba entre los ladrillos partidos. Lucas revisaba las tablas clavadas sobre las amplias ventanas, escuchando el balanceo de la brisa sobre los álamos secos del patio, mientras contenía la respiración con cada crujido. Afuera, la penumbra era un organismo propio, y las formas en movimiento podían ser cualquier cosa: el regreso furtivo de una rata, el editorial lento de un zombi atrapado en el ciénago del olvido, o peor, otro superviviente capaz de cualquier cosa por una bolsa de arroz.

"Tenemos que apagarla antes de que oscurezca del todo", dijo Brooke, su voz apenas más fuerte que el chisporroteo. Ella sostenía la linterna de manivela en la mano derecha y se movía entre los niños acurrucados bajo mantas de emergencia, tan ligeras que parecían no arropar nada salvo desconfianza y fatiga. Lucas asintió con un gesto breve y apagó la llama con uno de los sacos húmedos que empleaban como cortina improvisada.

"¿Cuánto queda de comida?", preguntó él, observando las miradas esquivas de los pequeños: dos hermanos mexicanos, una adolescente morena cuyo nombre olvidaban siempre, y un niño que no hablaba desde hacía semanas.

"Dos latas de garbanzos", contestó Brooke en un susurro. "Y la barra de proteína."

Lucas apretó los labios. Ya no discutían sobre si deberían salir otra vez a la ciudad. Desde hace dos noches, después de que escucharon disparos cerca de la estación de policía abandonada, sabían que algo había cambiado de sentido entre las ruinas de Austin. Los caminantes ya no eran la única amenaza; ahora los pocos que quedaban vivos se desplazaban en grupos, algunos armados, otros rabiosos y malnutridos. Vivir era jugar a no ser notado.

Las horas de luz, tan escasas en invierno, las empleaban en fortificar puertas, buscar madera en las aulas desiertas y subir, cada media hora, a la azotea para otear la I-35, el antiguo pulso de la ciudad ahora varado bajo coches oxidados y sombras. Brooke insistía en que era mejor quedarse. Lucas, cuyas manos temblaban por falta de alimento, no estaba tan seguro.

"La gasolina se acabó", dijo Howie, bajando por la escalerilla con una caja rescatada de la enfermería. "La última vez que la oí por el este fui yo, y no planeo volver por ahí."

Brooke hizo un gesto de exasperación. "Entonces, lo decidido sigue en pie. Aquí hasta que pase la tormenta."

Todos sabían que la 'tormenta' era simplemente otro nombre para lo desconocido: lo que podía venir, lo imprevisto, la próxima horda, el próximo humano desquiciado por el hambre o la fiebre. Pero una especie de rutina se formaba sobre las ruinas: el conteo de comida, la guardia en pareja al anochecer, el escondite cuando las sirenas militares sonaban a lo lejos... Nunca pensaron que la civilización terminaría así: goteando en turnos de centinela y cucharadas contadas.

Al caer la noche, el silencio empezó a apoderarse de todo. En pleno centro de Austin, los rascacielos parecían huesos sin carne, testigos inmóviles de la nueva era. Nadie entendía bien cómo había empezado, sólo que una tarde los hospitales estallaron en violencia, que las pantallas brillaron con videos de muertos mordiendo a los vivos, y que la ley, después, era sólo polvo y cenizas. El primer mes las noticias competían por explicarlo: una mutación o una venganza de la naturaleza, una conspiración o una casualidad. Lucas no seguía ninguna teoría; para él, sólo importaba el siguiente amanecer y no perder a nadie mientras tanto.

A las once, una ráfaga helada estremeció el edificio, y la niña más pequeña, Camila, quedó petrificada al oír pasos en el pasillo. Brooke enmudeció a todos con un solo gesto y apagó la linterna. Lucas inhaló, buscando en la oscuridad la figura que sus sentidos insistían en presentir. Los pasos se detuvieron junto a la puerta principal, donde una silla atrancaba el acceso. Un golpeteo suave, como si alguien tanteara la madera.

En la penumbra, la respiración del grupo era un hilo tenso entre la vida y el desastre. El olor agrio de miedo llenó el aire, y hasta el eco del tráfico desapareció, devorado por el rumor del viento. Lucas se armó de valor y arrastró el hacha de incendios, la única arma decente que tenían, a su lado.

El golpeteo siguió, más insistente. Luego una voz débil, masculina, desgarrada:

"Por favor... no puedo... ayúdenme..."

Nadie se movió. El susurro de la voz retorcía algo en su interior: compasión, desconfianza, horror y una obsesiva necesidad de sobrevivir a expensas de la piedad. Había aprendido —a la fuerza— que a veces la gente moría porque quería ser buena demasiado tiempo.

Los niños lo miraron, buscando en sus ojos la confirmación de que harían lo correcto. Lucas recordaba la última vez que confió: el padre de Camila los traicionó por un trozo de carne y ahora yacía, convertido en monstruo, en algún fragmento anónimo del sur de Austin.

Brooke se acercó, sacudiendo la cabeza en negativo. "No —le dijo al oído—. Deja que pase. Si esa puerta se abre, no lo contamos."

La presión en el pecho de Lucas lo asfixiaba, pero sólo asintió. El hombre al otro lado de la puerta suplicó un poco más, apenas un susurro ya, y luego se fue alejando, pasos arrastrados quemando la madera, hasta que el silencio volvió a sellarlo todo.

El grupo no habló. Nadie dormía.

Horas después, el reloj de cuerda marcó las tres. Lucas tomó su turno de guardia y subió a la azotea. Austin se desplegaba bajo la luna recortada, extrañamente bella en el desamparo. Bajo las estrellas, podía divisar puntos en movimiento, linternas remotas (humanos) o resplandores inconstantes (los ojos huecos de los que no eran humanos). El chillido de un coyote partió la noche, un recordatorio de que la ciudad, lo poco que quedaba de ella, pertenecía de nuevo a los animales y a las presencias que no tenían miedo de la oscuridad.

Dio un rodeo por los límites del techo, contemplando los campos deportivos donde tiempo atrás los estudiantes jugaban fútbol. Ahora, esas mismas porterías amparaban cadáveres podridos, y la maleza cubría todo lo que alguna vez fue alegre. El aire olía a viento frío y a lo que quedaba de las fogatas apagadas.

La nostalgia trepó a su garganta. Lucas pensó en su madre, que había muerto antes de la epidemia, y en su hermana, que quizá sobrevivía en algún otro refugio. Pensó en lo absurdo que era seguir adelante con apenas un sueño raído de esperanza. Sólo quedaba esto: aguantar hasta el amanecer, aferrarse a cada noche.

Un movimiento llamó su atención: en la entrada del estacionamiento, junto a un viejo Honda Civic, una figura caminaba encorvada. Llevaba una linterna de queroseno, y aunque marchaba con paso irregular, no mostraba signos del colapso espástico de los zombis. Otro superviviente. ¿El hombre suplicante?

Lucas apretó las mandíbulas y vaciló entre bajar a avisar a Brooke o quedarse. Sabía que un paso en falso podía significar la muerte de todos. La figura inspeccionó el coche, sacó algo de una bolsa, y se acurrucó junto a la llanta trasera. Esperó, y entonces, Lucas entendió: había venido a dormir, a descartarse, a morir al margen del edificio sin arriesgar a los que estaban adentro.

El sonido de unos disparos, lejanos pero claros, estalló por el este. Cruzó la ciudad, levemente amortiguado. Algún otro grupo peleando por un lugar seguro, por una caja de conservas. La vida se reducía a eso: comida, refugio, un techo. Nada más.

Cuando el amanecer finalmente tiñó de un rosado sombrío los edificios, Lucas despertó a todos. Una decisión debía tomarse. La comida se terminaba, y si no encontraban algo más, morirían de hambre antes de lo que los zombis pudieran olerlos.

Brooke clavó la mirada en él. "Hoy tenemos que buscar", dictaminó con la autoridad rota de quien ya no puede cuidar a nadie más. "No podemos quedarnos. O salimos y peleamos, o morimos sin luchar."

El grupo preparó su exiguo arsenal: dos hachas melladas, tubos de metal, un cuchillo y las manos con las que aún eran capaces de aferrarse a la vida. Formaron una fila silenciosa, los niños en el centro, los adultos a los extremos, y bajaron las escaleras—cada peldaño, una promesa no cumplida.

Antes de salir, Lucas se permitió una última mirada a la sala donde habían vivido los peores meses de sus vidas. Descubrió, en el borde de una pizarra, una frase escrita por alguien antes del desastre: “No apagues la luz; mañana es otro día”. Una burla o una promesa.

Cruzaron el umbral de la escuela al filo del amanecer. No sabían a dónde ir, sólo que el siguiente paso era necesario. En las calles desiertas de Austin, anochecía todavía, aún cuando el sol se asomase; la noche no era sólo ausencia de luz, sino todo aquello que la humanidad recién luchaba por recordar.

Mientras avanzaban entre sombras y fachadas saqueadas, Lucas sintió que era de noche por dentro y fuera. Pero en la compañía de los suyos, en el peso compartido de su miedo, nació una obstinada chispa: no de optimismo, sino de desafío. El anochecer podía tragarlo todo, pero mientras hubieran quienes se negaran a rendirse, el mundo seguiría cambiando con cada noche superada.

Y así, en la ciudad tomada por la oscuridad, caminando bajo la última luz, seguían siendo humanos, apenas. Porque luchar en la noche no era perder la esperanza; era aprender a reconocerla, diminuta y tenaz, en el rumor de sus propios pasos.

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