Fragmento:
La jornada se alargó más de la cuenta: en el puesto de control, un forastero quería pasar una carreta con dos caballos flacos y un arcón de piel curtida lleno de frascos. Era miel, asegura, y traía de papel un salvoconducto sellado desde una comunidad al oeste, cerca de Bee Cave. Se le permitió la entrada a regañadientes, tras registrarle hasta los dientes. No perdió el sombrero nunca: aquí nadie se quita el sombrero por cortesía, sino porque cuesta demasiado conseguir uno nuevo.
Duración: 10:36
15 de noviembre de 2028
Amanecí con el sonido de los cuervos congregados entre los restos retorcidos del viejo centro de convenciones. A veces pienso que son ellos los verdaderos amos de estas calles rotas, guardianes de un secreto de muerte que los humanos evitamos enfrentar. Austin, mi ciudad, ha mudado tanto de piel desde el fin del mundo civilizado que me cuesta recordarla como era: sus festivales de música, los campus vibrantes, los food trucks, la alegría extrañamente liberal en el corazón de Texas. Ahora por la mañana, solo huele a madera quemada, estiércol de caballo y el rumor constante de centinelas armados tras nuestras murallas improvisadas.
Hoy fue día de intercambio en lo que solíamos llamar “el parque del capitolio” — ahora, un mar de carpas y puestos de trueque. Desde hace un par de años, la feria es el alma de nuestro pequeño enclave amurallado. He intercambiado tres frascos de antibióticos (guardados de mis tiempos como paramédico) por harina de sorgo y unas herramientas de herrería. Me preguntaron si quería cambiar mis botas por algo de tabaco recién curado, pero estas suelas me han llevado por más infiernos de los que puedo enumerar. Me niego a entregarlas. Emma, mi vecina, logró truequear un pequeño transistor alimentado por manivelas: dicen que hay noticias de caravanas que vienen desde San Antonio y que quizá haya supervivientes organizando otro nudo comercial en lo que fue Temple, al norte.
No puedo evitar recordar la primera vez que el sonido de un disparo hizo eco donde antes solo se oía música. Todos sabemos disparar aquí, y todos llevamos armas a la vista. Los niños han crecido con las balas y el olor a pólvora como parte el aire. Michael, el hijo de Emma, ha cumplido nueve años la semana pasada: sabe desarmar y limpiar un revólver más rápido que yo a su edad podía cambiar una llanta de bicicleta. Vi a unos chicos de su edad jugar con un balón raído cerca de la estatua semidestruida de Stevie Ray Vaughan. La alegría también sobrevive, me digo, pero es de una raza mucho más hosca y desconfiada.
Hoy he patrullado el sector sur con el grupo de las “linternas verdes”, como nos autodenominamos medio en broma. Portamos linternas con filtros de vidrio verde que supuestamente no atraen tanto la atención de los zombis nocturnos. Es casi folclore, pero aquí las supersticiones se convierten en tácticas porque, en el fondo, aún tememos el horror de aquellas primeras hordas, aunque hoy sean menos peligrosas y más lentas. Los realmente viejos son casi estatuas: deambulan mendigando un cadáver fresco que cada vez escasea más. Pero nadie se confía; basta un descuido, un cadáver nuevo, una mordida, para reiniciar la pesadilla.
Cruzamos el puente de South Congress al atardecer. El viejo río Colorado está más bajo que nunca, salpicado de balsas-cabaña improvisadas y campos de cultivo estrechísimos pegados a la orilla. Al otro lado, una de las puertas menores de la muralla nueva: planchas de metal soldadas con vigas, rematadas con alambres de púas y vidrios rotos. Al fondo, la silueta ennegrecida del antiguo edificio Frost Bank aún resiste como una lápida sobre downtown. Me fijo, mientras atravieso la barricada, en las banderas hechas con sábanas blancas pintadas a mano: el triángulo azul y la estrella solitaria. Supongo que todos necesitamos símbolos.
Descruzamos palabras con los centinelas, dos mujeres que tiritan a pesar de la bufanda y las chaquetas de tapiz grueso. Uno de los jóvenes se burla de los viejos zombis: dice que deberíamos usar sus cráneos como macetas, pero nadie ríe fuerte. Nadie podrá olvidar cuando, hace años, las hordas asolaban el campus de la UT, siguiendo interminables columnas de humo al caer la tarde. Yo mismo, a veces, cierro los ojos y juro que aún escucho el clamor —esos lamentos animales, clarísimos en la penumbra, anunciando que la noche sería otro infierno.
La jornada se alargó más de la cuenta: en el puesto de control, un forastero quería pasar una carreta con dos caballos flacos y un arcón de piel curtida lleno de frascos. Era miel, asegura, y traía de papel un salvoconducto sellado desde una comunidad al oeste, cerca de Bee Cave. Se le permitió la entrada a regañadientes, tras registrarle hasta los dientes. No perdió el sombrero nunca: aquí nadie se quita el sombrero por cortesía, sino porque cuesta demasiado conseguir uno nuevo.
En la plaza frente al ayuntamiento, algunos muchachos han levantado una hoguera mientras los viejos charlan en voz baja. El trueque ha sido bueno este mes. Han llegado semillas de remolacha y paquetes de clavos casi nuevos. Los fabricantes de pólvora —los químicos improvisados que recuperaron uno de los talleres de la antigua UT— ofrecen dósis escuetas a precio de oro. Los centinelas del sur traen noticias de enfrentamientos con saqueadores, que han atacado una aldea al otro extremo de la I-35. Afortunadamente, la mayoría de los forajidos prefieren atracar mercancías antes que enfrentarse a nuestras defensas, pero algunos se han vuelto más audaces.
A la hora de la cena, la señora Robbins ofreció sopa de frijoles negros con tortillas gruesas. Los niños fueron los primeros en servirse; todos los adultos comemos juntos, con la mirada a medias baja entre el humo y la gratitud. Durante la comida, se oyen opiniones: que si los comerciantes de Taylor traerán estufas de hierro, que si la milicia de San Marcos ha reclutado gente a la fuerza, que si la pólvora del último lote realmente sirve o es solo serrín húmedo.
En la esquina, donde antes existía el club Mohawk, alguien toca una guitarra remendada. Se aproxima la luna, enorme y pálida sobre las ruinas, y algunos empiezan a cantar. Son canciones casi todas viejas, que hablan de libertad, de rabia, o de los dulces dolores del pasado. Me angustia ver el rostro inquieto de mi propio hijo, Tom, que sigue las letras de memoria aunque nunca ha oído un disco, nunca ha visto un festival de música, nunca ha sentido la alegría de perderse entre una multitud inocente. Para él, la música es una nostalgia heredada, una promesa de cosas que ni siquiera sabe que ha perdido.
Subo al punto más alto de nuestro precario muro, donde colocaron algunas piezas de concreto recuperadas. Desde allí se distingue el reflejo borroso de la ciudad fantasma del otro lado del río. Hay humo en dirección de la antigua estación de ferrocarril: quizá otra pira funeraria, quizá otro incendio accidental en un refugio abandonado. Los viejos zombis no suelen acercarse de día, pero cerca del ocaso algunos aparecen, tambaleándose a la orilla del bosque de Zilker. No sé si siguen recordando el instinto de buscar vida, o si el frío y la decrepitud los mantienen cerca del agua por algún motivo que escapa a la lógica humana.
Pienso en los años que pasaron desde la caída. En cómo Austin, la ciudad de la música y la tecnología, tuvo que regresar a la Edad Media de la mano de la muerte. Sobrevivimos, primero ocultándonos, luego resistiendo a fuego y hierro, aprendiendo a cultivar y volver a construir. Las casas de los suburbios han sido desmontadas para fortificar edificios antiguos. Los viejos hoteles son almacenes y dormitorios comunes. Los casquillos vacíos de balas adornan algunas puertas como amuletos.
Mañana saldrá una caravana. Mi nombre figura entre los escoltas; llevaremos sal, herramientas, prendas de cuero y algo de miel para intercambiar en una feria más al norte, en una de las aldeas renacidas bajo los gigantescos molinos eólicos cerca de Pflugerville. Las caravanas son la espina dorsal de la nueva civilización: grupos armados, caballos y burros, carretas cubiertas y dos avanzadillas. Atravesar la I-35 es siempre un riesgo. Los saqueadores, emboscados en moteles o tejados de gasolineras, son una amenaza constante. Pero las hordas gigantescas de zombies hace rato que ya no circulan salvo en las ruinas de Dallas o Houston. Lo que queda aquí son los rezagados, los que han resistido años de pudrición y calor texano.
El jefe de la milicia organizó una reunión breve antes del anochecer. Se repasaron rutas de escape, códigos de señales (banderas y fogatas en determinados puntos), y la secuencia de silbatos en caso de peligro. Los más antiguos aún recuerdan las conversaciones por radio, pero la energía es demasiado preciosa para gastar baterías en cada viaje. La última vez escuchamos un mensaje, fue hace tres semanas, desde algún lugar remoto hacia Waco: apenas interferencias, palabras entrecortadas, pero alcanzó para dar esperanza.
Me voy a dormir temprano, junto a Tom, en una habitación que antes fue parte de una biblioteca universitaria. Las paredes están repletas de libros rescatados. A veces leo en voz alta —me niego a que mis hijos crezcan sin historias y sin nombres. Esta noche elegimos un libro de Jack London. Tom bosteza mientras escucha descripciones de tormentas heladas y lobos. Le intriga la idea de la nieve: aquí no hemos visto nieve desde hace tres inviernos. Le hablo del frío, de la neblina sobre el río antes de la Gran Plaga, de cómo la ciudad temblaba de emoción durante los festivales navideños. He prometido que, si alguna vez el mundo se calma y las rutas se estabilizan, lo llevaré a ver nieve, aunque tenga que cargarlo en mis hombros hasta Colorado.
Antes de cerrar los ojos, escribo estas líneas pensando en quienes puedan leerlas después de mí. Ojalá encuentren un Austin menos roto, menos asustado, menos ávido de venganza y dolor. Ojalá seamos capaces de construir algo más que barricadas y reglas de hierro. Hoy, por primera vez en mucho tiempo, me permito una esperanza tímida: los niños jugaron a la pelota, los adultos compartieron historias, la música volvió a sonar —aunque solo fuera un murmullo bajo la luna. Tal vez, después de todo, la vida siga siendo posible entre las ruinas.
Me despido de esta página sabiendo que, mientras pueda escribir, podré recordar. Mientras quede alguien que lea, habrá futuro. Y aunque solo sea bajo la luna texana, aunque solo seamos unos pocos detrás de estas murallas, la humanidad aún resiste.
Quizá mañana regresemos todos con vida.
Quizá mañana, la ciudad deje de ser una tumba para volver a ser un hogar.
Fin del diario, hoy: 15 de noviembre de 2028.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.