Fragmento:
Esa mañana, el frío se había colado bajo mi abrigo remendado. Amanecía con esa pátina gris que la humedad de octubre le da ahora a la luz. Me encontraba haciendo la ronda cerca de Riverside, cuando me topé con Ronnie, un forastero con reputación de traer noticias frescas del exterior. Lo vi inclinado sobre un mapa garabateado, apoyado en las ruinas de un antiguo food truck convertido en puesto de control.
Duración: 11:25
17 de noviembre de 2028
La luna llena despuntaba sobre el perfil desigual del nuevo Austin, derramando su luz fría sobre las aguas mansas del río Colorado, donde cientos de faroles improvisados, encajados en botellas de vidrio, pespunteaban la corriente como luciérnagas de esperanza. Más allá de la línea de fortificaciones y torres de vigilancia, los aullidos de coyotes y, más lejos aún, los ecos irreconocibles de un mundo antiguo, se confundían con el ruido precario de la vida humana que renacía sobre cenizas y metal oxidado.
Habíamos logrado sobrevivir hasta aquí. No lo podíamos creer cuando lo pensábamos despacio, las noches en que el rugido del generador llenaba el comando central y las ventanas habían sido tapadas con paneles de camiones. Eramos hijos e hijas de una ciudad que había sido leyenda musical y tecnológica, y que ahora solo figuraba en mapas improvisados: Nueva Ciudad de Austin, lo llamábamos, y a veces, en broma amarga, El Survivor Dome.
Yo me llamo Mariana Espinoza, y cuando cierro los ojos aún escucho el azul del viejo Austin: las guitarras en la Red River, las ruedas de patines crujientes en el paseo junto al lago; pero ya no hay lugar para la nostalgia, solo para el pacto silencioso de cada amanecer. Trabajo como supervisora en la central de trueque del Puente Sur, donde convergen caravanas de intercambio: maíz de las inmediaciones de Dripping Springs, balas y sal de Bastrop, nuevos cuchillos de forja en lo que fue Buda, y, rara vez, esos frascos de medicina que aún huelen a civilización.
Esa mañana, el frío se había colado bajo mi abrigo remendado. Amanecía con esa pátina gris que la humedad de octubre le da ahora a la luz. Me encontraba haciendo la ronda cerca de Riverside, cuando me topé con Ronnie, un forastero con reputación de traer noticias frescas del exterior. Lo vi inclinado sobre un mapa garabateado, apoyado en las ruinas de un antiguo food truck convertido en puesto de control.
—¿Novedades desde Manor? —le pregunté. Noté que en la manga de su chaqueta tenía bordada una serpiente enroscada, el símbolo del antiguo club de radioaficionados que ahora patrullaban nuestras fronteras.
—Poca cosa. El camino es seguro por ahora —contestó sin apartar los ojos de su mapa—. Pero hay palabras sobre movimiento extraño en Pflugerville; un par de bandas nómadas cruzando hacia el sur, y los de Hays ya reportaron la salida de una horda menuda, nada dramático, pero mejor estar atentos.
A pesar de los años, la amenaza de los zombis ya no era la misma, pero cualquier noticia sobre un enjambre podía helar todavía la sangre de cualquiera, sobre todo de los nuevos, esos que solo conocen el mundo tras la caída.
Llegaron entonces dos niños, Luis y Sofía, con sendas mochilas raidonas. Se notaba que era día de escuela en el refugio de Zilker: llevaban las manos aún manchadas de tiza y ese brillo audaz en los ojos. Unos meses atrás, los asentamientos habían logrado restaurar unas imprentas; ahora, los niños aprendían a leer con manuales y cuentos, algunos recreados de la memoria de los viejos profesores.
—¡Miss Mariana! —chilló Sofía—. ¿Es cierto que encontraron otro banco de semillas en la vieja biblioteca central?
Reí suavemente, recordando cuando la respuesta a esas preguntas era un simple “búsquenlo en Google”.
—Eso dicen los agrónomos de la colina, Sofía. Y si es así, quizá pronto tengamos tomates reales en vez de conservas—. Sus sonrisas florecieron por un instante, antes de correr a sus clases en una vieja caseta adaptada.
El trueque empezaba despacio frente al Puente Sur, donde los carromatos aguardaban la señal para descargar. Aquella mañana, nos tocaba recibir a una caravana llegada desde Fredericksburg, escoltada por una docena de guardias y un puñado de granjeros con sombreros anchos, orgullo tejano intacto. Se palpaba el clima de optimismo tenso: eran conocidos por llevar herramientas de forja en trueque, y ese día, además, habían anunciado la llegada de un pequeño cargamento de pólvora y seis polluelos vivos.
Mientras ayudaba a descargar las mercancías y a catalogar el lote, me crucé con el jefe del consejo local, un exprofesor universitario apellidado Biersch, hombre de barbilla cuadrada y voz siempre ronca, que alternaba la diplomacia con la dureza cuando era necesario.
—Mariana, después del recuento necesito que vengas a la sala de juntas. Hay algo importante —dijo bajando la voz.
Les indiqué a los aprendices que continuaran con el regateo de maíz y agua mientras subía las escaleras del antiguo depósito ferroviario reconvertido en puesto de mando. El piso de tablones crujía bajo mis botas, y afuera ya comenzaba el bullicio del mercado improvisado. Cuando entré, lo reconocí casi por instinto: los ojos fijos de todos los allí reunidos, la ansiedad callada de las emergencias reales. Al fondo estaba Estelle, la jefa de defensa, con el ceño fruncido.
Biersch no se hizo esperar.
—Ha llegado mensaje codificado de la Colonia Norte. Anoche, cerca de Georgetown, vieron la luz de fogatas a destiempo y oyeron disparos cerca de la autopista vieja. Uno de nuestros exploradores encontró huellas frescas; pero no son zombis —dijo pausado—. Son humanos… al menos veinte, bien armados.
Un murmullo inquieto recorrió la sala. Sabíamos lo que eso podía significar. Desde que grupos de saqueadores y bandas armadas se esparcían por los bordes del nuevo estado tejano, cada caravana podía ser una emboscada, cada frontera vulnerable a una invasión.
Estelle intervino, rascando nerviosamente la empuñadura de su machete.
—¿Qué piden?
—Todavía nada —contesté, repasando en mi cabeza los protocolos—. Pero el patrón coincide con el de los saqueadores de Kyle del año pasado. Puede que estén tanteando nuestras defensas.
El consejo deliberó: aumentar las patrullas, reforzar los puestos de vigilancia, preparar una alerta para los asentamientos aliados de San Marcos y Cedar Creek. Sabíamos que Austin, con su reputación de abundancia, era siempre objetivo; pero, como apuntó Biersch, también era el centro de la resistencia: la mini-ciudad más grande al sur del viejo río Rojo.
Salí de la reunión con una mezcla de inquietud y resignación. Me detuve en la barandilla del puente que daba al río, mirando a los guardianes de turno, esos adolescentes y jóvenes apurados que no conocían, ni en sus sueños, el bullicio del South by Southwest, ni la maratón de food trucks que alguna vez domó la orilla del agua; niños que solo habían jugado en el asfalto rasgado, entre barricadas.
El atardecer llegó demasiado rápido: los tonos lilas y naranja amontonándose sobre el Skylane reconstituido, ahora cubierto de placas solares y colectores de agua. Justo cuando el sol se despistó, oí el rumor de los trabajadores preparando el cierre nocturno. Aquella era la señal para que todos se recogieran a sus sectores asignados. Las nuevas reglas eran estrictas: nadie llegaba tarde si quería dormir a salvo.
Me uní a la ronda de vigilancia que cruzaba la zona del antiguo distrito universitario, ahora un hervidero de huertas y casas improvisadas de láminas y madera. Al pasar por la vieja Biblioteca Central, sonreí viendo la fila de niños aguardando a que un adulto les leyera “El Principito”. Era un lujo casi arrogante antes del apocalipsis, y ahora, un tesoro.
Entre las sombras tras la biblioteca, detecté algo fuera de lugar: un parpadeo en la linterna de un joven guardia, el movimiento tenso de alguien que busca esconderse más que proteger. Me acerqué con cuidado, la mano cerca de la empuñadura de mi revólver.
—¿Todo bien ahí? —susurré.
La figura giró sobresaltada, mostrando el rostro crispado de un adolescente, uno de los nuevos refugiados llegados del este, de entre la niebla del Bastrop quemado. Ladeó la cabeza, nervioso.
—Vi algo raro. Allá —señaló hacia los restos del estacionamiento cubierto—. Una sombra grande. No sabría decir si…
No necesitaba decirlo. Juntos, avanzamos en silencio, los faroles bailando sobre charcos y matojos. Encontramos huellas: muchas, humanas, frescas. Sabían esquivar las brújulas electrónicas, moverse entre las sombras, igual que aprendieron los depredadores en esta era. Con un gesto, le indiqué que guardara el silencio más absoluto; apreté el comunicador manual. Al otro lado respondieron con tres parpadeos: alerta recibida.
De vuelta al centro de mando, la alarma se transformó en movimiento: los puestos avanzados se pusieron en posición, listos para repeler una incursión. Los preparativos seguían los mismos patrones que habíamos desarrollado en los últimos años, aunque cada vez nos parecíamos más a las fortificaciones medievales estudiadas en los viejos manuales de historia.
Al caer la medianoche, una ráfaga de balas rompió el rumor constante de la noche. El ataque se limitó a una incursión en la zona del este, junto a las viejas canchas de fútbol, donde los saqueadores intentaron incendiar una de las huertas principales. Nuestras milicias, entrenadas y respaldadas por la nueva generación de rifles artesanales de Smithville, lograron repelerlos con solo dos bajas leves. No era lo habitual en los días oscuros de las primeras hordas, pero el peligro seguía recordándonos que el mundo no perdonaba el descuido.
La zona fue asegurada, aunque la calma era tensa y relativa. Los niños fueron evacuados al refugio central, y los adultos se turnaron para asegurar los perímetros. La noche siguiente, el consejo se reunió de emergencia para debatir cómo reforzar el tejido de acuerdos con comunidades cercanas, cómo mejorar las señales de código entre torres, y cómo rotar los defensores para evitar el agotamiento.
Antes de retirarme a dormir, pasé por el mirador improvisado de la ciudadela. Desde ahí, el reflejo de los faroles sobre el agua parecía devolvernos algo del espíritu antiguo. Abajo, en la plaza, las mujeres habían logrado organizar una pequeña feria: niños con rebanadas de pan y queso, algún anciano tocando una armónica, unos soldados contando cuentos de horror más viejos que los propios zombis.
Quizá era eso, pensé, lo que hacía a Austin un refugio: la decisión, no la casualidad, de encontrar belleza en el desastre. La gente preguntaba por radios clandestinas: “¿Hasta cuándo?”, “¿No será mejor dejar las defensas e ir más al sur, a la humedad del golfo?”. Pero nadie abandonaba, porque sabíamos que cada mañana con humo azul, cada tarde con raquetas remendadas y cada menú de lentejas calientes era una victoria contra lo invivible.
En estos días, cuando al fin puedo sentarme a escribir, sé que la Mayoría de los forasteros miraría nuestra vida con horror, con lástima. Pero al recapitular el episodio que hoy tejí para ustedes, sé que hay algo parecido a la esperanza en el simple gesto de seguir aquí, de compartir historias, de encender velas y de bailar, aunque sea solo por un minuto cada noche. Nueva Austin es lo que pudimos rescatar de las ruinas, una urdimbre armada de astucia, obstinación y ese extraño amor por la vida que sobrevive a todo: a las ruinas y a los monstruos, a la guerra y al olvido.
Así terminamos esa jornada —con alertas aún parpadeando, pero también con mercados abiertos y tortillas humeantes en los fogones—, y cuando el sol asomó de nuevo en el horizonte, la ciudad reconstruida silbó, un día más, la melodía obstinada de su resistencia.
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