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Portada del relato La última hoguera del Colorado
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Fragmento:


Esa mañana, la noticia llegó de labios secos y voz quebrada, corriendo como pólvora entre las tiendas levantadas con lonas de camiones: una banda de saqueadores, identificada por las señales rojas que adornaban sus ropas, había cruzado la antigua carretera de Houston y se acercaba. Habían atacado dos pequeños poblados en las afueras, robando cosechas, munición y —lo que era peor— personas.

Duración: 11:35

La última hoguera del Colorado
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Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2026

Amanecía en Austin como sólo amanece en los páramos: sin color, con un escepticismo silencioso. El río Colorado, encajonado entre nuevas murallas de piedra, relucía de manera siniestra mientras las primeras brumas se deslizaban por su superficie. El aire estaba tenso, cargado de la promesa —o la amenaza— de un breve instante de tregua. Sobre what había sido la margen este, cerca del maltrecho puente de Congress Avenue, un asentamiento humano emergía entre barricadas de concreto, torres improvisadas y señales de humo. Era uno de los muchos bastiones levantados hacía no mucho en Texas, cuando finalmente las comunidades regionales empezaron a consolidar alianzas con ejércitos propios, según contaban las radios que zumbaban por la noche.

Las últimas lluvias habían convertido el antiguo Zilker Park en un mar de lodo, ahora surcado por profundas huellas de carros tirados por caballos y pies descalzos. Apenas quedaban rastros de césped; la mayor parte se había convertido en huertos de supervivencia, con surcos desnudos y escuetas plantas marchitas por el frío.

Aquí vivía Mara, nacida después del gran invierno de 2020, y ya habituada a un mundo donde las historias de festivales, neones y música eran materia de fantasía. Llevaba una semana sin ver más que fauces de hambre en los rostros del asentamiento, apilados en el que fue un centro comunitario ahora reconvertido en mercado y sala de reuniones. Mara era joven, pero entendía los contornos de la peligrosidad: si en el pasado los zombis eran el terror palpable, desde hace tiempo era igual o más temida la codicia humana.

Esa mañana, la noticia llegó de labios secos y voz quebrada, corriendo como pólvora entre las tiendas levantadas con lonas de camiones: una banda de saqueadores, identificada por las señales rojas que adornaban sus ropas, había cruzado la antigua carretera de Houston y se acercaba. Habían atacado dos pequeños poblados en las afueras, robando cosechas, munición y —lo que era peor— personas.

Siguiendo el impulso del miedo colectivo, Mara se dirigió a la sala de reuniones del Consejo. Allí, unos quince hombres y mujeres, muchos armados con escopetas de construcción casera, se debatían entre la ira y la estrategia. El jefe del consejo, Tyree, era un coloso con la barba trenzada y la voz grave, curtido desde los días en que el orden colapsó por vez primera. Tyree ordenó que las patrullas de la muralla se duplicaran, que mujeres y niños se refugiaran en el auditorio fortificado, y que, bajo ninguna circunstancia, se saliera de noche. El protocolo era claro, y Mara lo conocía de memoria: todos con habilidades —desde la caza hasta la reparación y la vigilancia— debían estar listos para lo que pudiera venir.

Austin, aunque más estable que otras viejas ciudades gracias a los acuerdos con los asentamientos de Bastrop y San Marcos, había padecido demasiado por confiar en extraños. Varios relatos circulaban aún en voz baja sobre una supuesta confederación armada que reclutaba niños para labores de exploración y, en el caso de ser capturados, dejarlos como carnada para las hordas zombie que, aunque diezmadas, aún infectaban las áreas más del sur y del downtown.

Mara, hábil entreverando palabras con vecinos de lugares difíciles, fue asignada esa tarde a la torre este. Acompañada de Jace, un chico un par de años mayor que ella, ambos con rifles de palanca y balas recargadas, se turnaban vigilando la polvorienta antigua I-35. Montaban guardia junto a otros dos: un anciano llamado Randall que dormía a ratos sentado, y una joven callada, Lupe, llegada hacía pocos meses desde lo que quedaba de Katy.

Desde la atalaya, Mara observó el lento movimiento de los puestos de mercado bajo la carpa de lonas: pañuelos ondeando, filas para pan de maíz rancio, y un bullicio cauteloso bajo la vigilancia de dos hombres con fusiles caseros. Un comerciante mostraba herramientas forjadas en talleres improvisados; otros ofrecían tabaco y raíces medicinales. Más allá del perímetro, sólo silencio y animales carroñeros, que encontraban fácil botín en los alrededores.

“No hay señales de ellos por ahora”, dijo Jace, mientras bajaba de la torre con la intención de llevar agua a la pequeña hoguera del campamento. “Pero seguro no tardarán. Es en la tercera jornada después de avistarlos cuando suelen atacar”.

Mara asintió. Sabía lo que significaba la espera: tensión suficiente para hacer que los músculos dolieran al final del día. Lo peor era el no dormir; cualquier crujido, cualquier aullido del viento entre los faroles caídos podía parecer una señal de ataque.

Al caer la tarde, una densa neblina cubrió Austin. Un rumor recorrió Zilker: habían descifrado una señal enviada desde el asentamiento de Del Valle, en clave Morse con linternas y espejos: “Asaltaron el convoy, llevan rehenes”. Tyree ordenó silencio radial y luz mínima. Aquel fue un anochecer helado, con la luna oculta tras nubes densas y las calles exudando un aroma rancio, mezcla de humedad, sudor y miedo.

En todo el campamento, el aire se cargó de viejas historias: los más ancianos hablaban de cuando el primer brote arrasó los hospitales; otros relataban haber abandonado urbes hace años, y temían más a los humanos que a los zombis, cuya podredumbre ya los hacía lentos y poco numerosos, pero igualmente letales a quien bajara la guardia.

Cuando por fin Mara fue relevada en la guardia, se dirigió al antiguo gimnasio de Barton Springs, ahora dormitorio común. Recorrió la sala entre filas de hamacas y camastros en los que roncaban o susurraban dos docenas de personas apiñadas bajo mantas. Se detuvo junto a una pared donde, entre graffiti y dibujos de niños, figuraban mapas de rutas seguras y señales a utilizar en caso de invasión. Recordó entonces la costumbre de su difunta madre: encender una vela cada noche y agradecer, aunque sólo fuera por seguir respirando y no haberse convertido en uno de los “vagantes”, como llamaban a los zombis que, de vez en cuando, lograban acercarse a las cercas antes de caer tras un disparo certero.

A medianoche, el rugido de un motor lejano la despertó. Saltó de la manta, alerta. Varios vigilantes y Tyree mismo corrían hacia la torre más cercana, apuntando con linternas cubiertas de tela roja y armas en alto. Las campanas de alarma —tubos de acero reventados con martillos— sonaron brevemente. Desde las alturas, divisaron las siluetas de cinco o seis vehículos improvisados acercándose por la carretera, faros cubiertos y con luces tenues. Podían distinguir el parpadeo de banderas rojas en los techos: era la banda que esperaban.

“¡A cubrir posiciones!”, gritó Tyree, y un pequeño ejército de hombres y mujeres, apenas un centenar, se desperdigó por las murallas, puertas y barricadas. Sabían que no podrían repeler una ofensiva frontal si era numerosa, así que el plan era sobrevivir y, en caso extremo, evacuar a los niños y ancianos al sótano inundable del antiguo centro de convenciones.

La tensión era insoportable: el chirrido de ruedas, el sonido lejano de motores, el viento sacudiendo ramas de robles viejos. Alrededor del río, sólo el reflejo inquieto de las hogueras.

La banda detuvo los vehículos cerca del cruce de Riverside Drive. Un hombre salió al frente, vestido con una chaqueta de cuero demasiado limpia para los tiempos que corrían. Levantó una escopeta y gritó, su voz rasgando el frío:

“¡Rendíos! ¡Entregad vuestros víveres y armas, o reduciremos vuestro campamento a cenizas!”

Tyree apareció en la muralla principal, iluminado por el tenue resplandor de las antorchas. Respondió, desafiante, como tantas veces había visto Mara que hacía falta:

“Esto es Austin; aquí no os tememos. Tenemos provisiones, pero cualquier ataque será respondido. Si lo que buscáis es intercambiar, acercad uno de los vuestros sin armas. Si lo que buscáis es sangre, os advierto: también tenemos pólvora, hombres y rabia suficiente.”

El silencio posterior fue como un tablón cayendo sobre el pecho de todos los presentes.

La banda deliberó. Después de minutos que parecieron horas, uno de ellos —un chaval apenas adolescente, tembloroso, manos en alto— avanzó hasta la zanja exterior, llevando una bolsa de lona. Tras él, la banda mantuvo sus armas listas, cubriéndolo por si algo iba mal.

Mara, junto a Lupe y Jace, corrió a la apertura de la muralla. El chico fue despojado de cualquier arma y entrada la bolsa. Dentro, traía parte del botín: instrumentos agrícolas, un pequeño generador, y como mensaje, la hoja arrugada de un cuaderno: “Ofrecemos intercambio, pero necesitamos comida. Hay niños enfermos.”

El consejo se reunió a toda prisa. Mientras evaluaban la petición, en las murallas se elevaba una tensión casi virulenta. Nadie quería ceder ni parecer débil. Pero, tras duras discusiones, prevaleció la lógica: si la banda atacaba, todos podrían morir; si lograban proponer un acuerdo, al menos ganaban tiempo y evitaban pérdida de vidas.

Tyree, respaldado por Mara, Jace y la mayoría de los mayores, decidió aceptar el trueque parcial. Entregaron un par de sacos de maíz viejo y algunas medicinas rudimentarias, pero exigieron —como parte del trato— que ningún miembro armado de la banda cruzara el río hacia el asentamiento; la negociación debía ser a cambio de información sobre otros grupos hostiles al norte.

Las horas transcurrieron con lentitud. Finalmente, la banda aceptó retirarse a cambio de alimentos y se comprometió a avisar de cualquier peligro inminente, sabiendo que en el futuro podrían necesitar del comercio y la protección de alianzas mayores. Se levantó un acuerdo provisional, y ambas partes se observaron con la desconfianza propia de un mundo donde la traición podía llegar en cualquier momento.

Después de aquel pulso, Mara acompañó a Tyree hasta la orilla del río. Se quedaron mirando el lento fluir de las aguas, apenas iluminadas por una luna en decreciente. El jefe del consejo encendió una hoguera pequeña; el fuego destellaba en sus ojos cansados.

“Siempre pensé que el primer invierno sería el fin”, confesó Tyree en voz baja. “Pero ya ves, seguimos aquí… y ahora, lo que nos amenaza tiene forma de hombre, no de muerto.”

La ciudad, a sus espaldas, apenas recordaba lo que había sido. Sólo quedaban escombros, música apagada y el roce de una esperanza temblorosa. En el último rincón de la noche, Mara pensó en el día en que pudiera amanecer sin sobresaltos, y volver a llenar las calles de Austin con algo más que pasos vigilantes o ecos de pólvora.

Por ahora, cada hoguera encendida era una victoria: el testimonio encendido de que, sobre cenizas y amenazas constantes, la humanidad persistía, aunque fuera aferrada a un trozo de tierra, un surco recién sembrado, o una canción susurrada junto al río. Mañana tocaba reconstruir, comerciar, vigilar y resistir. Pero esta noche, al menos esta noche, Austin seguía en pie.

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