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Fragmento:


Día 843 desde el cambio, supongo. He dejado de contar los días exactos como lo hacía al principio, aunque tal vez debería recordar cuántas veces el sol ha atravesado nuestro cielo arrasado. El papel es más preciado que nunca, y escribir estas líneas surge de la necesidad de aferrarme a lo que éramos: humanos, narradores, constructores de pequeños fuegos en medio de la oscuridad interminable.

Duración: 11:40

Ecos del Horizonte Roto
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Texto de ajuste de pausa.

15 de julio de 2022

Bitácora de Nathan Ortega

Día 843 desde el cambio, supongo. He dejado de contar los días exactos como lo hacía al principio, aunque tal vez debería recordar cuántas veces el sol ha atravesado nuestro cielo arrasado. El papel es más preciado que nunca, y escribir estas líneas surge de la necesidad de aferrarme a lo que éramos: humanos, narradores, constructores de pequeños fuegos en medio de la oscuridad interminable.

Hace calor en Austin. Cuesta imaginar que hace dos años el mismo aire que ahora huele a humo, sudor y descomposición era brisa veraniega tibia, perfumada de jazmines y carbón de las parrilladas del vecindario. Ahora, sólo ocasionalmente, el viento trae aromas así; generalmente, son recuerdos, y los recuerdos a veces duelen más que las heridas.

La ciudad que conocí es un mosaico roto. Anda uno en bicicleta por avenidas vacías —cuando uno puede arriesgarse— y se topa con fantasmas: viejas vallas donde ya no importan las campañas electorales, esquinas donde antes los músicos tocaban por unas monedas, ahora repletas de basura, barricadas viejas y cuerpos secos. Austin era música, tacos, festivales, flores. Hoy es silencio, miedo y tiros lejanos por la noche.

Mi barrio, Zilker, no ha sido completamente evacuado. Logramos desalojar a los muertos hace meses, y buena parte de los infectados han seguido a las grandes hordas hacia el centro, donde la carnicería fue peor. Aquí estamos quizás 180, en casas cercadas, conectadas por túneles y marcas que pintamos con pintura en spray recuperada de una ferretería.

Han pasado casi dos semanas desde la última vez que una de las bandas errantes intentó entrar al perímetro. Fue de madrugada, lanzaron botellas al interior, vacías, como señal de advertencia. Ricky y Sara, que patrullaban esa noche, hicieron sonar la alarma con dos toques distantes de la campana (la sacamos de la vieja Iglesia de Cristo, abandonada pero útil). Caesar y Yanel armados con rifles y perros (dos verdaderos milagros, rescates desesperados de refugios en ruinas) salieron a enfrentar a quienes ya no temen ni a los muertos. Tuvimos suerte: solo querían comida, no sangre. Un par de latas y se fueron. Es un acuerdo tácito entre humanos: si puedes evitar el enfrentamiento, hazlo. Los zombis hacen el trabajo sucio suficiente.

Nuestra vida gira en torno al Muro. No es ni de lejos la muralla perfecta: maderas apiladas, coches volcados, metal oxidado y cortinas de alambre que conseguimos en los parques industriales al suroeste. No es hermoso; es desesperado y funcional. Durante el día, hay quienes cultivan zanahorias y maíz en los patios delanteros, otros reparan techos; algunos con mejor suerte se dedican a enseñar a los niños (hay 9 niños en Zilker ahora, sobrevivientes todos). Y después de cenar, nos toca turnos: vigilancia, patrulla, y el mantenimiento del generador que cada vez cuesta más recargar.

Hoy el día comenzó mal; con la llegada de una nueva caravana. Vimos el polvo al amanecer. A esa hora, el calor ya se empieza a sentir en la piel pero el aire está quieto, como conteniendo la respiración. Eran seis caballos y tres carros —parecían venidos del Este, probablemente del viejo Bastrop, reconocible por los uniformes desparejados y los cartuchos atados a la cintura en sogas. Ellie, la jefa del consejo, ordenó máxima precaución. La última vez que una caravana llegó demasiado cerca, de nuestra radio sólo quedó un montón de piezas chamuscadas por una granada que explotó mal y mató a dos chicos. Tampoco olvidamos al viejo Martez, que salió de curioso a negociar… y nunca volvió.

Pero esta vez, estaban interesados en cambiar medicinas por herramientas. Julia (antes era enfermera en el St. David’s), salió a valerse de su experiencia —el botiquín es cada vez más raquítico— y después de mucho mirarles a los ojos, aceptaron cambiar dos paquetes viejos de amoxicilina por una caja con bujías y alambre. Me maravilló, por un instante, esa pequeña dosis de civilización: trueque, negociación, reconocimiento mutuo de que la miseria es menos dura si puede compartirse. Pero al irse me fijé en los rostros de los visitantes: sus ojos parecían más vacíos que los de muchos zombis que he visto repitiendo la rutina de golpear muros por las noches.

A media mañana nos dedicamos a reparar el canalón de la vieja casa de los Turner. El agua es un tesoro; todas las lluvias de primavera las recogimos en barriles tapados, pero el sol evaporó más de la mitad. Ahora dependemos de los pozos improvisados del parque Zilker, y a veces de la suerte. No hay lugar para el desperdicio: el agua que usamos para lavar ropa es la misma con la que limpiamos herramientas y, después, la que riega los cultivos.

Lo peor del verano es el hedor. Por mucho que intentamos despejar las calles, quedan restos: cuerpos imposibles de mover, esqueletos que nadie osa tocar. Austin fue de las primeras ciudades grandes en colapsar parcialmente —el centro cayó poco después de Houston y San Antonio—. Los universitarios desaparecieron rápido. UN ragazzi de nombre Danilo, italiano, era buen amigo. Quería ser chef. Lo último que supe de él fue que intentó alcanzar el aeropuerto Bergstrom con tres compañeros… apenas encontraron asfalto calcinado y una horda de muertos alrededor de los hangares vacíos. Su nombre ahora está pintado, junto con el de otros, en una pared detrás de una vieja pizzería. Como un epitafio improvisado.

El clima ha hecho que en la periferia de la ciudad aparezcan zonas verdes pujantes. Donde hubo moteles y parques vacíos, ahora la naturaleza gana terreno, cubriendo los recuerdos de lo que éramos. El Cedar Park es ahora un punto ciego; lo poblamos de trampas y nik’s (hombres con experiencia militar, no aptos para nada más). Una vez, hace ya dos meses, una horda cruzó nuestra frontera sur: llenaron de sangre los muros, dejaron marcas que aún hoy manchan el concreto. Nadie habla mucho de esa noche.

Hoy recorrimos el perímetro este. Me acompañó Agnes, antes abogada; ahora, guardaespaldas, jardinera y líder improvisada. Caminamos despacio, esquivando las sombras densas de los robles y encinos, atentos a todo. Hay silencios en el mundo ahora que pueden matarte: un trueno, un disparo, el crujido de ramas. Pero también hay criaturas vivas. Vimos un venado joven, pequeño milagro. Lo miramos sin atrevernos a cazarlo. Un lujo permitido de vez en cuando, mirar belleza incluso en la desolación.

Al volver, los niños jugaban entre sacos de arena y tablones. Inventan juegos con los pocos utensilios que les permitimos usar —palos y ruedas viejas, piedras pintadas como tesoros. Los adultos nos sentamos bajo la sombra de lo que queda de un gran roble caído, bebemos té hecho con hierbas silvestres que Julia cultiva. Hablamos poco del pasado, pero a veces, por la noche, alguien recuerda cómo era ir por un taco de brisket a las dos de la mañana. O cómo se escuchaba el estadio vibrar los viernes, o el olor de los bares en Sixth Street.

Lo que más me impresiona es cómo la luz cambia todo. De día, la ciudad parece casi post-apocalíptica en sentido de cómic: viva, sí, pero contenida, con los destellos de esperanza en los cultivos, las ventanas abiertas, las risas de los niños. De noche, el horror regresa: alaridos lejanos, disparos en el este, rumores de que alguien ha desaparecido. Dormimos con un ojo abierto, con la escopeta a mano (para los vivos y para los muertos si hiciera falta).

La tarde la pasamos midiendo la cantidad de gasolina que nos queda en el tanque común. Hannah hizo cuentas; si seguimos así, solo podremos usarlo para el generador otras dos semanas. Ya hemos preparado el plan para montar bicicletas generadoras, un invento de Aaron, quien fue mecánico de bicis antes del fin. La idea es que cada adulto pedalee media hora al día y aporte energía —increíble pensar en todo lo que uno puede lograr con piernas y algo de ingenio—. Así será, hasta que consigan recargar las baterías para la radio y la única linterna que nos queda.

Esta noche, toca vigilia. Subo con Agnes y Ricky al techo de la vieja biblioteca de Barton Springs. Es el sitio más alto aún apto para vigilancia. Desde aquí se ven las ruinas del downtown brillar tímidas con los últimos rayos del sol. Donde antes la silueta de los grandes edificios era símbolo de crecimiento; ahora es solo una advertencia sombría. Allá abajo, en las calles cercanas al río Colorado, aún se ven sombras arrastrarse algunas noches. Nadie se acerca demasiado.

Compartimos historias a media voz. Ricky habla de su hermana, a quien perdió en los primeros meses, cuando aún intentaban evacuar por la I-35. Agnes habla de su padre, que nunca logró salir de un asilo en el norte de la ciudad, y cómo suponía que el alma se le quedó ahí, esperando ver la ciudad renacer. Y yo cuento mi pequeño secreto: colecciono libros. Escondidos bajo el suelo de mi casa hay cuatro cajas —novelas, manuales de supervivencia, textos de botánica y un par de libros de poesía—. Cuando el miedo pesa más de lo que tolero, leo en voz baja, como si conjurar versos pudiera mantener a raya a los muertos y a los vivos furiosos.

El hambre siempre acecha. Hace una semana, Julia y yo salimos en busca de alimentos hacia lo que quedaba del HEB en South Congress. Tuvimos suerte: una nevera oxidada aún albergaba latas intactas de frijoles y algo de arroz en bolsas selladas. En el camino de vuelta, vimos una de esas cosas que te marca: una mujer, sola, caminaba tambaleante, con el vestido rasgado y la piel entre gris y azulada. Al principio, pensamos en una de las nuestras, perdida y asustada. Nos acercamos apenas… y entonces vimos en sus ojos el brillo antinatural de la ira ciega. Era uno de ellos, pero aún así nos dolió huir. Me pregunto cuántas veces más veremos caras conocidas en cuerpos extraños.

La comunidad es todo. Aquí nadie sobrevive solo. Hay turnos rotativos para cocinar, para limpiar, para vigilar e incluso para contar cuentos a los niños en la “sala común” que antes fue un garaje. Somos familia no por sangre, sino por necesidad, por lealtad forjada en la lucha diaria contra la miseria y el peligro. Y sin embargo, cada día duele más perder a alguien: a los muertos no se les puede llorar mucho, a los vivos hay que cuidarlos como oro.

A las 22:00, apago la linterna. El silencio es abrumador, casi sagrado. Sólo mis pensamientos y la respiración pesada de mis compañeros de vigilia. Cierro los ojos y trato de recuperar imágenes del viejo Austin: un atardecer sobre Lady Bird Lake, la música de una guitarra sonando lejos, la promesa de un futuro posible. Pero cada vez es más difícil, y me preocupa más no poder recordar más que el terror y la miseria.

Afuera, el futuro es incierto. Pero aquí dentro, contra todo pronóstico, aún somos seres humanos. Escribo esto por si algún día alguien lee estas palabras y sepa que aquí, bajo el asedio y la sombra del horror, aún quedan historias por contar. Ojalá el mundo las escuche algún día.

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