Fragmento:
El chico asiente y le entrega una ficha de madera, pintada con rojo. "A las seis, último registro. Evento del consejo a las ocho, no olviden la señal de alarma", le indica, señalando dos grandes sirenas bajas alojadas en la torre de una iglesia, ahora vacía.
Duración: 09:16
21 de Noviembre de 2028
El sol cae lento sobre la silueta maltrecha de Austin, difuminando los edificios que aún resistieron tanto tiempo de guerra, plaga y abandono. Frente al downtown, la luna comienza a asomar turbia, sobre el hilo de neblina persistente del Colorado. La antigua ciudad universitaria es ahora un mosaico de huellas, sangre vieja y reconstrucción paulatina. En el barrio de South Congress —uno de los primeros bastiones limpiados y ahora cercado por barricadas de madera y placas de metal— empieza, como cada mes, la feria de intercambio protegida.
Josie ajusta su abrigo, tejido de retazos de camisetas viejas y hule recogido en los almacenes abandonados, mientras camina hacia el cruce de Congress con Riverside. Lleva una carretilla pequeña, chirriante, donde lleva envases con sal, varios tarros de pasta de cacahuate y unas botellas de alcohol medicinal conseguido meses atrás, en uno de los saqueos controlados del hospital Seton. Su objetivo: conseguir semillas frescas, una lámina decente de zinc, tal vez algo de café si la suerte acompaña.
Al llegar al control, un joven de uniforme improvisado —pantalones vaqueros, chaleco antibalas loanado y una escopeta recortada— le hace señas para que se detenga. El chico tiene las marcas en el cuello; las cicatrices que todos los que han sobrevivido a peleas con infectados llevan con resignación y algo de orgullo silencioso.
"¿Nombre y clan?", pregunta, mientras revisa sus ojos con una linterna de bolsillo.
"Josie Hardin, del sector La Loma. Tengo permisos de la milicia de Bouldin", responde ella, mostrando una hoja plastificada con un sello burdo, pero oficial.
El chico asiente y le entrega una ficha de madera, pintada con rojo. "A las seis, último registro. Evento del consejo a las ocho, no olviden la señal de alarma", le indica, señalando dos grandes sirenas bajas alojadas en la torre de una iglesia, ahora vacía.
En lo que antes fuera una amplia avenida llena de tiendas, trailers de comida hipster y boutiques, ahora los puestos forman calles estrechas, delimitadas con cuerdas y tablones. Hay focos eléctricos alimentados por pequeños generadores a pedal —cada tanto, se ven voluntarios sudorosos dándole a las palancas para que el área central tenga luz y la música, de unas bocinas destartaladas, no se detenga del todo. El aire huele a madera quemada, a grasa de cerdo recalentada y a agua estancada.
Josie camina despacio, saludando a quienes recuerda de otras ferias o de los días de defensa nocturna; algunos perdieron hijos, otros ganaron poder o enemigos. Cada rostro es un libro de historias; cada transición en sus miradas revela la gravedad de todo lo perdido y la esperanza, si es posible, de mantenerse vivos un mes más.
Su primera parada es donde Gloria, una mujer robusta, reconocida por prodigar remedios y guardar semillas como si fueran reliquias. Tiene el único saco de tomates de semilla viable visible; el precio: un tarro de manteca y dos frascos de alcohol. "Esto, si cuidas bien la tierra y abrigas los tallos, puede salvarte y a tu barrio cuando vuelva marzo", le advierte.
Josie negocia duro, muestra dos botellas, deja ir la manteca. Su mirada se cruza con la de un hombre enfundado en cuero, con el tatuaje del tejón —la marca de la banda que ahora controla Hyde Park, conocidos por asaltar convoys. Ambos se reconocen. Él le hace una seña, un saludo seco; la tensión se mantiene latente.
Consigue finalmente el pequeño paquete envuelto en papel encerado; con diez semillas, y una advertencia: "Gánate una buena defensa para los cultivos, los nómadas están rondando cerca de Bastrop y han llegado noticias de ataques en el sur", le dice Gloria mientras la despacha hacia el otro extremo de la feria.
La segunda tarea le lleva a la carpa de repuestos y metales. Un hombre de pelo blanco y un niño cuyas piernas son solo muñones recogen y apilan chatarra de todo tipo: de allí Josie obtiene finalmente una lámina que aún conserva fuerza. El precio esta vez es alto: una radio a baterías que llevaba para trueque, pero cuyo valor ha subido tras los choques de las últimas semanas entre milicias y bandidos. Mientras entrega el aparato, el niño la observa con ojos brillantes. "Con esto podré volver a escuchar a mi hermano, él vive en Dripping Springs", le dice, agradecido.
Las horas pasan y el mercado va llenándose de historias. Se oyen rumores de avistamientos de hordas errantes viniendo del este, de un puesto incendiado en Del Valle y de una caravana que sobrevivió un ataque de saqueadores, apenas, en la 183. Se comparte el aprecio por la tranquilidad relativa del último mes, pero todos saben que la calma es precaria, frágil.
Cerca de las siete, un rumor recorre la feria. Dos vendedores llegaron con algo que nadie había visto hace años: una caja de tabletas de chocolate suizo, empacadas y, supuestamente, herméticas, rescatadas de un camión frigorífico que quedó sellado a las afueras del aeropuerto. El trueque se convierte en espectáculo. Un grupo de seis hombres armados —los nuevos "reguladores" de la ruta a San Antonio— intervienen para asegurar que la venta sea pacífica.
Josie, tentada, intenta ofertar su última botella de alcohol medicinal y un paquete de semillas viejas, pero se entera de que, al final, la caja fue cambiada por tres fusiles reparados y una batería solar. El chocolate nunca llegará a su mesa, pero por unos minutos el aire se inunda del aroma cuando alguien rasga la envoltura. Muchos lloran con nostalgia; otros ríen de incredulidad.
Al terminar el día, comienza el evento del consejo. Bajo una lona roja, los representantes de cada sector —cinco en total— actualizan a la comunidad. El jefe de la milicia narra la caída de un puesto al norte, pero anuncia la ampliación de una "zona limpia" sobre el campus de la universidad, donde los equipos de limpieza han logrado erradicar zombis y levantar barricadas. Se lee en voz alta un fragmento de una nueva "carta de convivencia", un pseudo-código de leyes redactado esa semana con ideas de varias comunidades. Se reparten copias mal impresas, y Josie lee: "Nadie comerá alone", "Nadie luchará por venganza", "Todo niño tiene derecho a aprender".
Casi al final, un estallido corta la noche: a lo lejos, en el puente sobre el lago Lady Bird, se oye un disparo y, segundos después, alaridos, seguidos del gruñido gutural que todos conocen. La feria se congela; la guardia se moviliza. Josie, como muchos, corre hacia la muralla improvisada, arma un palo con filo de hoz y se sube al capó de una vieja camioneta oxidada. Ve, a lo lejos, la silueta inconfundible de un zombi más grande que los normales —quizás hinchado por el agua del río— junto a tres figuras que avanzan tambaleándose. Alguien grita que cierren los portones; otros lanzan bengalas para alertar al lado norte.
En minutos, la crisis pasa. Los defensores, organizados y con linternas potentes, derriban a los caminantes. Algunos líderes retornan temblorosos, con la piel cortada por mordidas pequeñas. El miedo nunca se va, pero la rutina de la defensa colectiva calma y da sentido a los días.
Regresando a casa, Josie camina entre calles donde aún persiste la música. Un viejo, sentado sobre una guitarra rota, entona un blues apenas audible. Una niña baila cerca, descalza, abrazando una muñeca hecha con cuerdas y trapos de invisible procedencia. Josie se arrodilla junto a la niña y le pregunta: "¿Sabes por qué bailamos?". La niña la mira y, con la naturalidad de quien ha nacido entre ruinas, responde: "Porque eso aún no lo pudieron matar".
La noche desciende, lenta pero menos hostil, sobre un Austin que ya no se parece al de las fiestas interminables ni al de los techos de colores, pero en el que aún retumba algo parecido a esperanza. Entre acordes y mercados, entre trueques y alertas, se fortalece una nueva cultura: la del estar juntos, aguantar y, sobre todo, reconstruir.
Esa noche Josie revisa su paquete de semillas, limpia la lámina de zinc, y observa desde su ventana la línea de luces titilantes que marcan el perímetro de la comunidad. Siente en el aire la mezcla de pólvora reciente y madera fresca. Y, por primera vez desde hace años, decide escribir en su viejo cuaderno: "Hoy truequé semillas de tomate por un poco de futuro. Seguimos resistiendo. Tal vez, incluso, empezamos a vivir".
Bajo ese cielo texano, con el eco de los grillos y los generadores fallando de fondo, la ciudad —herida, cambiante, pero inquebrantable— sigue buscando su lugar en el nuevo mundo. El viejo Austin es ya una leyenda; el nuevo, una promesa de que la humanidad, mientras trueque y cante sus batallas, quizá nunca termine de morir.
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