Brote
Incubación
Operación ocaso
Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato El último amanecer sobre el río Colorado
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


“Hoy hay feria grande, Gabriel”, le dijo ella de entrada, sin saludos superfluos. “Van a venir los del Lago Travis, y dicen que traen miel y pescado.”

Duración: 11:49

El último amanecer sobre el río Colorado
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

14 de Julio de 2027

El calor húmedo del amanecer se pegaba a la piel, prometiendo otro día pesado sobre las ruinas de Austin. El aire tenía ese olor amargo de hierba quemada y agua estancada que uno llegaba a asociar con los días buenos; porque los días malos olían a sangre, cuero podrido y pólvora quemada. Pero esto era julio, y a pesar de todo era julio de un año en que muchos habían aprendido a pronunciar el verbo “sobrevivir” con los dientes apretados y la mirada encallada en la distancia.

Gabriel se levantó del catre con un suspiro. Había dormido poco, escuchando dentro de la muralla el zumbido lejano del generador del Viejo Mercado y el canto de los grillos, roto ocasionalmente por el chillido agudo de alguna alarma a lo lejos. El catre chirrió cuando se incorporó; la vieja bota de acero que usaba como almohada estaba fría y húmeda. Agarró la chaqueta, la gorra de béisbol sucia con el logo desvaído de los Longhorns y salió al pasillo sin mirar a sus compañeros de cuarto todavía adormilados.

El asentamiento de Austin, el “Bastión Colorado” según rezaban algunos carteles pintados a mano, era una mancha irregular fortificada en el corazón del antiguo downtown. El puente de South Congress, la Biblioteca Central y la Torre de la Universidad formaban una triple línea defensiva. Entre escombros y enormes bloques de hormigón, la gente había recabado metales, puertas de camiones, contenedores, todo lo necesario para convertir el retazo del pasado en murallas con torres improvisadas y almenas hechas de lo que alguna vez fueron bancos de parque.

El río Colorado seguía su curso, perezoso y turbio, cortando la ciudad en dos mitades: un lado completamente tomado por vegetación salvaje y viviendas esqueléticas infestadas, el otro, este refugio humano en permanente estado de alerta. Los puentes eran el límite: cruzarlos era enterrar los pies en territorio de nadie.

Gabriel se ajustó el cinturón, revisando su revólver y la navaja. Sabía que el trabajo de la mañana lo mandaría cerca del mercado, en la feria de intercambio que, desde hacía meses, era el corazón económico y social del Bastión. Olía a tortillas, a carne seca, a dulces de caña y sudor. Bullicio de voces, risas y peleas; el sonido de un nuevo mundo.

En uno de los puestos, la anciana Martha discutía acaloradamente el precio de una bolsa de sal. Al pasar, Gabriel se quitó la gorra y la saludó. Ella le devolvió una mirada astuta: “¡Hoy se paga caro por las cosas importadas, Gabrielito! Ve a decirle a tu madre que la sopa de huesos se la cambio por herramientas; aquí la comida ya no es suficiente”.

Gabriel sonrió, guardando la propuesta en un rincón de la mente, y siguió adelante. La feria estaba vigilada por un puñado de milicianos armados con rifles viejos, sus uniformes eclécticos: una chaqueta universitaria, una camisa militar de camuflaje, un cinturón hecho de sogas y chapa. Cada uno con el brazo marcado con una cinta azul: símbolo de la alianza de asentamientos del centro de Texas. Sólo se podía entrar con salvoconducto y sin armas a la vista.

Al cruzar hacia el lado oeste, llegó a la sección de los herreros. El taller de Lucía era una cueva de metal y carbón donde latía la vida de cientos de herramientas; desde puntas de arado hasta clavos y piezas de pólvora para los viejos revólveres Colt que los nuevos armeros fabricaban en pequeños lotes. Lucía era bajita, testaruda y su martillo marcaba el ritmo de las conversaciones.

“Hoy hay feria grande, Gabriel”, le dijo ella de entrada, sin saludos superfluos. “Van a venir los del Lago Travis, y dicen que traen miel y pescado.”

“¿Tan lejos? ¿Cómo lograron cruzar las rutas?”, preguntó Gabriel, admirado. Los caminos afuera del Bastión estaban plagados de zombis marchitos y aún más de grupos humanos hostiles, nómadas o bandidos.

“A punta de armas y caballos. Dicen que los caminos han sido patrullados por los Chacales—esos bastardos del este—pero hoy hay tregua. No quieren guerra. Por eso habrá reunión de los jefes en la Torre cuando caiga el sol. Va a haber intercambio de pólvora y herraduras.”

Gabriel asintió. Su trabajo era asegurarse de que las rutas interiores estuvieran despejadas, que nadie ocultara armas en la feria ni se colara algún zombi, aunque desde hace meses los no-muertos pasaban más tiempo arrastrando las piernas sin rumbo en las autopistas o agrupados en los suburbios abandonados. El calor, el sol y los años los habían reducido a una amenaza más triste que temible, a menos que te atraparan solo y confiado.

A media mañana Gabriel cruzó hasta el muro del sur, donde el Bastión terminaba abruptamente junto al hospital Brackenridge, hoy convertido en cuartel, y siguió una patrulla. La vista desde el parapeto era abrumadora: el downtown envuelto en niebla rojiza y más allá, el viejo campus de UT, con la torre como un dedo levantado hacia el cielo prisionero de alambres y tablones. Esa torre era la clave, el núcleo de la resistencia del Bastión. Allí vivía Maxine, la abuela de todos, la que había liderado el éxodo cuando la ciudad cayó y que ahora dirigía el consejo.

Gabriel se detuvo junto a uno de los milicianos, un chico llamado Tomás, apenas mayor de edad. Vigilaban la puerta sur.

“¿Viste algo raro esta mañana?”, preguntó Gabriel.

Tomás negó con la cabeza. “Nada. Un ciervo apareció junto a las ruinas del museo. Las aves lo espantaron. Parece limpio.”

A lo lejos, por la vía del tren, se divisaban las columnas de las caravanas del Lago Travis. Caballos cubiertos de arneses remendados, carros de madera y hombres armados acompañando el convoy. Los estandartes improvisados anunciaban su presencia: un lienzo rojo, un escudo azul. Nadie destruyó aquellos símbolos, prueba de algún tipo de esperanza. Gabriel se tensó. Era un día importante.

El intercambio arrancó cuando el sol ya ardía sobre la ciudad. Viejas canciones tejanas, tocadas a la guitarra y entremezcladas con la música folclórica mexicana, llenaban el aire. Alumnos y viejos profesores de la Universidad habían reconstruido unas bocinas para transmitir mensajes y breves noticias; de vez en cuando pasaba alguna historia, leyenda o anuncio de nuevas rutas abiertas. Nadie mencionaba nunca el fin del mundo, porque nadie necesitaba el pasado: la vida se construía en el hoy, en el ahora de la supervivencia y la necesidad.

Entre los visitantes se encontraba un viejo conocido de Gabriel: Esteban, un antiguo animador de radio del este de Austin. Traía con él algunas piezas valiosísimas: carbón activado, agua purificada y, sobre todo, información. Sus pequeñas tiras de papel enrolladas contenían apuntes de rutas, nidos de bandidos, lugares donde se había visto movimiento de zombis o caravanas vecinas… En ese mundo, saber era tan valioso como comer.

“Dicen que al sur, cerca de San Marcos, capturaron a una banda entera de Chacales—veinte hombres y mujeres. Los quemaron vivos, frente a la estatua derruida del presidente Johnson”, susurró Esteban a Gabriel mientras cambiaban municiones por sal.

“Eso significa que alguno va a buscar venganza.” Gabriel miró de reojo las terrazas y los tejados, adivinando posibles francotiradores. Pero sólo veía niños corriendo, perros famélicos y vendedores ambulantes con sus pesadas mochilas de cuero.

“Todos buscan venganza ahora”, suspiró Esteban. “Pero los que sobreviven son los que saben cuándo ceder.”

La mañana avanzó entre intercambios y miradas desconfiadas. En el puesto del carnicero, un chaval moreno regateaba por un kilo de carne seca, mientras su hermana discutía por una camisa. Gabriel siguió de largo hacia el rincón donde una anciana tejía mantas. El sol caía a plomo, y los hombres del Lago Travis, cansados por la travesía y tensos por la fragilidad de la tregua, bebían agua con sal y mascaban raíces secas.

A media tarde, el sonido de un disparo rompió la quietud. Al inicio sólo fue un eco seco, pero pronto la multitud se apretó, parte para correr, parte por el morbo. Los milicianos cercaron el puesto de la vieja Martha. Entraron a la carrera y sacaron a dos bandidos jovenes, cubiertos de polvo y con armas toscas. Habían intentado robar un cargamento de semillas híbridas, ese tesoro por el que muchos estaban dispuestos a matar.

Como era costumbre, se improvisó una especie de juicio sumario junto al pozo antiguo. Dos jueces del consejo, una mujer armada con un hacha y un anciano con cicatrices en la cara, interrogaron a los bandidos. Al final, tras escuchar a testigos y tratarlos como personas (algo poco común algunos años antes), decidieron perdonarles la vida a cambio de trabajo forzado durante un año: reparación de puertas, limpieza y cualquier tarea que alejara a las víctimas de la desesperación.

Gabriel sintió un extraño alivio. No había tenido que disparar. Aplastó un mosquito sobre el cuello y respiró hondo. Desde las torres del Bastión, los vigías seguían oteando el horizonte, atentos por si acaso los disparos atraían a alguna horda lejana de zombis. Pero nada ocurrió esa tarde. El Bastión resistía.

El atardecer llegó con un respiro. El aire por fin se hizo más fresco y el río Colorado reflejó colores imposibles: naranja, violeta, sangre. Gabriel, de pie al borde del agua, se permitió un raro momento de contemplación. Allá, al otro lado del río, la ciudad era un bosque en ruinas, un cementerio de vidrio y acero carcomido. Pero aquí, dentro del Bastión, se escuchaban risas, el deseo de una vida diferente. Niños jugando con una pelota, agricultores distribuyendo semillas de los bancos genéticos recién descubiertos, y un grupo de hombres trabajando en la restauración de una pequeña imprenta mecánica: querían editar manuales de supervivencia, libros para el futuro.

Pensó en la generación de los niños nacidos después del colapso: seres para quienes Walmart o un iPhone eran historias mitológicas, como los dioses aztecas para sus antepasados. No sabían nada de tarifas eléctricas, de fútbol en domingo, de discos duros llenos de recuerdos digitales. Ellos medían la vida en semillas, agua potable y la fortaleza de las paredes. Y quizás eso, pensó Gabriel, era mejor que la nostalgia paralizante del pasado.

El consejo se reunió en la Torre de la Universidad cuando la noche cayó. Analizaron rutas para comerciar con los asentamientos de San Antonio y Temple, discutieron la amenaza de las bandas nómadas y la llegada del invierno. Maxine, siempre en pie, pidió calma y unidad. Anunció que la próxima semana habría una gran feria de intercambio: mercaderes del oeste de Texas acudirían bajo protección armada. Era un breve rayo de esperanza.

Al regresar a su catre, Gabriel se cruzó con su madre. Ella le entregó una taza de sopa y lo abrazó, breve pero intensa, como si aún pudiera perderlo en cualquier amanecer.

—Hoy sobrevivimos, hijo —susurró.

Gabriel miró por la ventana. Las luces parpadeaban en el Bastión, reflejadas en el agua negra del río. Los zombis, allá afuera, eran ahora pocos y lentos, y los hombres, aunque peligrosos también, aprendían de nuevo a pactar treguas, organizar ferias y defender la vida.

Un día más. El último amanecer, quizás, pero también el primero de un futuro que sonaba a martillo sobre yunque, a risas y a la lenta reconstrucción de un mundo posible entre los escombros de la catástrofe.

Brote
Incubación
Operación ocaso
Septiembre zombie
Apocalipsis Z. El principio del fin
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.