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Portada del relato Los Últimos Colosos del Mediterráneo
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Fragmento:


—Hoy intentaremos el Primark —dijo José Luis al grupo, señalando el mapa extendido en la mesa. Tenía sueños de encontrar aún algo de ropa de abrigo allí, y quizás frutas secas o chocolatinas olvidadas en algún almacén.

Duración: 12:18

Los Últimos Colosos del Mediterráneo
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Diciembre de 2020

Benidorm, antaño la joya luminosa del Mediterráneo, yacía sumida en la quietud. El invierno, por alguna cruel ironía, había traído una inesperada tregua a los pocos que aún luchaban por su vida entre las torres y el mar. Había pasado casi un año desde el primer colapso: desde que las noticias sobre una pandemia extraña se mezclaban con mock-ups de zombis en Twitter, y los turistas empezaron a desaparecer tan rápido como las reservas en Booking.

En este diciembre de 2020, la Playa de Levante ya no reflejaba ni cuerpos tostados al sol ni sombrillas de colores, sino cadáveres apiñados en las canales de los hoteles yaciendo bajo la neblina matinal. Nadie miraba ya al horizonte para ver el skyline. Nadie, claro, salvo unos pocos.

José Luis respiró hondo junto a la ventana de un apartamento en el piso 22 del edificio Miramar. Atrás quedaban las noches de borrachera, las terrazas atestadas de británicos sonrosados y el bullicio incesante de la Avenida del Mediterráneo. Ahora, solo existía el frío, el miedo y el silencio. La única compañía era un transistor militar que, con suerte, sintonizaba alguna ráfaga de voz desesperada de Valencia o Alicante.

Estaba junto a su hermana, Marta, y dos amigos —Mari Carmen y el irlandés Sean—, los únicos que, a su modo, consideraba familia después de todo lo que había pasado. Marta tenía buena mano para las conservas y un talento para abrir cerraduras que ya le había salvado la vida al grupo más de una vez. Mari Carmen, antigua camarera de uno de los bares del Rincón de Loix, era tan pragmática como dura; y Sean, antes guía turístico, era ahora el explorador incansable de supermercados saqueados, su acento rebotando en las paredes de los pasillos vacíos.

La neblina sobre las torres ocultaba los movimientos, tanto de vivos como de muertos. El grupo había aprendido a moverse a gran altura usando cuerdas entre edificios, evitando calles infestadas de cuerpos ambulantes y huidizos saqueadores. Benidorm, con sus monstruosos edificios de apartamentos y hoteles, se había convertido a la fuerza en una ciudad vertical, y solo quien supiera navegar por terrazas y azoteas podía esperar sobrevivir.

Aquel día, sin embargo, el tiempo apremiaba. La comida era cada vez más escasa. Las despensas saqueadas ya no guardaban ni una mísera lata de fabada y hacía semanas que no encontraban carne más allá de alguna paloma, dura y correosa, cazada en las barandillas.

—Hoy intentaremos el Primark —dijo José Luis al grupo, señalando el mapa extendido en la mesa. Tenía sueños de encontrar aún algo de ropa de abrigo allí, y quizás frutas secas o chocolatinas olvidadas en algún almacén.

—Ese centro comercial está demasiado al sur —protestó Marta, mordisqueando una pajita, viejo hábito para calmar los nervios.

—Precisamente por eso. Nadie ha sido tan loco de ir tan allá en semanas —insistió Mari Carmen, a favor del plan con una mirada ceñuda y oscura—. Habrá zombis, pero menos competencia.

Sean asintió con su aire decidido.

A la hora del alba, descendieron por el hueco del ascensor, uno de esos toboganes de servicio que los supervivientes habían despejado durante el otoño. Cruzaron el vestíbulo en silencio. Las risas que antes rebotaban por columna y mosaico se habían extinguido hacía meses; solo quedaban los ecos de los propios pasos, la mirada de alguien convertido y la sangre seca que alfombraba los pasillos.

Afuera, el aire era húmedo y cortante. Benidorm, vacía, tenía algo de catedral profanada. El tiempo que había soportado tanto turismo y excesos, ahora estaba suspendido en una calma espectral. Allí, donde solo el crujir de las ruedas del carro de la compra —convertido en trineo para provisiones— hacía temblar la incertidumbre.

Atravesaron la Avenida Ametlla del Mar gateando entre coches carbonizados y parapetos improvisados. Las hordas vivían más cerca de la playa, persiguiendo cualquier rastro de movimiento o ruido. Sin comida fresca ni nuevo alimento, la mayoría merodeaba en manadas dispersas, algunos aún con el uniforme de camareros o pulseras de ‘todo incluido’ colgando de las muñecas descompuestas.

Para llegar al centro comercial necesitaron subir por un andamio abandonado y cruzar desde la azotea de un Burger King, descolgándose después hasta la terraza del club nocturno colindante, ahora tapizado de excrementos de gaviota y cadáveres congelados. Sean tomó vanguardia con un palo de golf modificado —el "machete irlandés", como lo llamaba— abriendo paso ante cualquier amenaza.

La calma pesaba. El sonido de una copa estrellada a lo lejos agitó la tensión; un saqueador, o quizás algún zombi aislado tropezando con el eco de los recuerdos. Marta susurró una maldición y Mari Carmen levantó su vieja pala oxidada, preferida por su facilidad para partir cráneos sin demasiado esfuerzo.

Al llegar al Primark, la entrada estaba atrancada, pero intacta. Las hordas parecían haberse desplazado hacia el casco antiguo, atraídas por los fogonazos y disparos que a veces retumbaban por la noche. Tras forzar la verja, rastrearon la oscuridad de los pasillos y cajas registradoras. No había electricidad, solo la poca luz natural filtrada por las destrozadas claraboyas.

Para su sorpresa, y alivio, aún quedaba un anaquel de sudaderas y algo de ropa interior en la sección infantil. Tomaron todo lo utilizable llenando dos mochilas ajadas. En el almacén, descubrieron otras dos sorpresas: una caja de barritas energéticas florecida de moho y, bajo una caja, un par de radios bidireccionales de juguete aún envasadas. Puede que infantiles, pero cualquier posible medio de comunicación valía oro en esos días.

En la salida, los alcanzó el sonido de pasos. No gruñidos inhumanos, sino voces: dos chicas y un anciano, con el temblor propio del miedo y la desesperación grabados en el rostro. Se miraron todos, titubeando entre la huida y el ataque. Finalmente, en una fracción de humanidad rara, José Luis levantó las manos y murmuró “paz, solo sobrevivimos”. Acordaron intercambiar media docena de barritas por medio botiquín. En esos días, la palabra tregua aún tenía fuerza, aunque ninguna de las dos partes confiaba demasiado.

A la vuelta, cargados con el botín, un sudor frío marcó su avance: en la Calle Gerona les esperaba una pequeña horda, arrastrando los pies entre taxis y farolas. Solo eran seis, pero el invierno y el hambre los hacían menos reactivos, casi carroña de sí mismos. Mari Carmen y Sean acabaron con ellos a golpes, cubriéndose de sangre negruzca. Marta temblaba, pero José Luis la tranquilizó.

—Ya falta menos, ya falta menos —susurró—. Volveremos a casa.

El sol caía sobre la Línea Verde del tranvía inmóvil, cubriendo de sombras el asfalto desierto. Al llegar por fin al edificio, en lo alto del Miramar, el grupo repartió las barritas y se cambió la ropa mojada por las nuevas sudaderas. Sólo entonces notaron el temblor, la fatiga. Diciembre apretaba, y la humedad se sentía hasta los huesos. El mundo afuera era hostil, pero allí, entre paredes de cemento y cristal, la esperanza brillaba a pesar de todo, diminuta pero capaz de desafiar el frío reinante.

Había pasado casi un año desde el gran colapso. Nadie en Benidorm podía dar ya la bienvenida al nuevo año entre fuegos artificiales, risas y copas burbujeantes; solo la cuenta regresiva hacia el próximo día, hacia la próxima salida en busca de víveres.

Muchos vecinos habían decidido refugiarse en los hoteles, confiando en la seguridad de los pasillos interminables y los comedores fortificados. Otros, como la familia de Julia —vecina de la planta baja, ahora desaparecida— intentaron escapar por carretera hacia el interior, solo para enfrentar controles militares y más hordas. Otros murieron aplastados por la desesperación de los primeros meses, una estampida que llenó la playa de cadáveres en menos de una semana.

La radio de José Luis traqueteó al anochecer. Una voz clara, en valenciano, anunció un convoy que saldría de Altea hacia Villajoyosa al día siguiente. Por unos instantes, la idea de marcharse surgió como una tentación. Pero ¿a dónde? El mar estaba prohibido, los barcos hundidos o abarrotados de cadáveres. El interior, lleno de pueblos vacíos y caminos cortados. El futuro, una incógnita.

Decidieron quedarse. Benidorm seguía siendo su hogar, aunque solo quedaran sombras y ruinas. Marta, sentada en la terraza, contempló la ciudad como quien observa una vieja fotografía de familia: los rascacielos convertidos en tumbas, los parques vacíos, el eco de una civilización que, en algún momento, simplemente dejó de existir.

Al día siguiente, mientras el sol apenas despuntaba sobre la costa, José Luis bajó solo a buscar agua en un antiguo bar de la Plaza Triangular. Al meterse por la barra, aún podía oler el ron y la cerveza derramada. Encontró una garrafa apenas llena, suficiente para dos días. Al salir, tropezó con un niño. Tenía la ropa sucia y una cicatriz reciente en la mejilla. No era un zombi, no aún. Sus ojos reflejaban la misma desesperanza que el mar en invierno.

—¿Tienes familia? —preguntó.

El niño negó con la cabeza. José Luis, dudando, lo condujo de vuelta al Miramar. No hacía falta preguntar nada más; la familia, en esos días, era una decisión, no una cuestión de sangre.

Así avanzaba el grupo, día tras día, mes tras mes. Benidorm, antes símbolo de exceso y de vida, se convirtió poco a poco en un símbolo de obstinada resistencia. Las noches eran largas, y los gritos de algún desafortunado atrapado bajo la horda resonaban aún entre las torres de hormigón y las ventanas rotas. Pero entre el miedo y el frío, la vida persistía. A veces bastaba una risa, una barrita de chocolate escondida, o la lluvia salada golpeando los ventanales, para recordarles que aún pertenecían a este mundo.

Con el paso de las semanas, y aprovechando el letargo de los zombis por el invierno, organizaron pequeñas expediciones hacia almacenes a las afueras. Aprendieron a secar pescado sobre sábanas en la terraza, a destilar agua usando botellas y vidrio, a leer las estrellas para no perderse. Sean enseñó a Marta las bases del inglés, por si aún quedaban extranjeros vivos; Mari Carmen les enseñó a pelar una naranja en completo silencio; José Luis, a distinguir los pasos de los muertos de los pasos de los vivos.

El calendario seguía su curso inexorable. Navidad llegó sin campanas ni luces, solo con una vela encendida y el recuerdo de los años pasados como historia antigua. Los rascacielos, esos colosos dormidos, protegían y oprimían a partes iguales. Benidorm era ahora un faro apagado entre la desolación, pero cada noche que sobrevivían escribía, en su modo pequeño y anónimo, un acto de rebelión.

El invierno seguiría, y quizá después vendrían nuevas amenazas, saqueadores o hambrunas más duras aún. Pero dentro del edificio Miramar, en la Costa Blanca helada y silenciosa, el pequeño grupo de sobrevivientes compartía algo que los zombis jamás pudieron entender: la obstinación de no ceder, de resistir incluso cuando el mundo ya no parecía quererlos.

A veces, después de apagar la radio y cerrar bien las ventanas, José Luis pensaba en la vida anterior: el bullicio incesante, el olor a salitre y crema solar, el ruido de la discoteca colándose en la madrugada. Todo eso había muerto junto con el primer infectado que se levantó de entre las sábanas blancas de un hotel de lujo.

Y sin embargo, cada vez que miraba esa ciudad silenciosa, no sentía nostalgia ni miedo. Sentía, en lo más profundo del pecho, el orgullo de seguir acá, en el último invierno de Benidorm. Vivir, aunque solo fuera un poco, ya era suficiente victoria.

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