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Portada del relato Ecos entre las torres: Diario de un nuevo Benidorm
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Fragmento:


Esta tarde, uno de los chicos, Diego, se pone enfermo. La fiebre sube y baja. Nadie dice nada, pero todos miramos la escopeta escondida en el armario. Ya sucedió en octubre, cuando tuvimos que decidir sobre un viejo del piso veintidós. No quiero escribir lo que sucedió, pero sé que la compasión es un recuerdo de otro tiempo. Les somos leales primero a quienes tenemos cerca, y después, tal vez, a la humanidad.

Duración: 13:13

Ecos entre las torres: Diario de un nuevo Benidorm
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2020

Querido diario,

Anoche soñé con mi infancia en Benidorm, antes de todo esto. Recuerdo la arena abrasadora y el olor a bronceador cuando la playa de Levante rebosaba de turistas y jubilados. Ahora las olas son un telón para cadáveres varados y para el lejano rugido de algo que ya no es humano. Me despierto, sobresaltado, aún envuelto en mantas, temblando. Fuera, el viento helado de diciembre se cuela por las ventanas rotas del piso que he okupado en la Avenida Mediterráneo.

He empezado este diario porque hablar ayuda a recordar quién soy. Hoy escribo sobre cómo Benidorm, mi hogar, cambió desde el colapso mundial hasta esta fecha: el primer invierno tras la caída.

El día amanece gris, como todos últimamente. La niebla lo envuelve todo, hasta los rascacielos más imponentes parecen ruinas fantasmales. Desayuno dos galletas duras y media lata de atún racionada. El hambre me acompaña siempre, como la certeza de que cada día aquí puede ser el último. Por suerte, el frío ralentiza a los zombis; suelen vagar más allá de la avenida pero se mueven torpes y rígidos, apenas capaces de andar rápido. El invierno es una bendición amarga. Mató a decenas de humanos este mes por hambre o frío, pero también ha dado un leve respiro a los que sobrevivimos hacinados en pisos altos.

Por la mañana, me uno a la patrulla de Pedro, nuestro vecino de la planta quince, que coordina a los supervivientes en la Torre Lugano. Somos ocho hoy, armados con bates, cuchillos y una escopeta vieja que solo tiene tres cartuchos. Bajamos por las escaleras oscuras, linternas en mano, esquivando los pisos inferiores, de donde a menudo llegan los gemidos de algún infestado encerrado o caído.

Hace meses sellamos los portales con muebles y planchas de metal arrancadas de tiendas cercanas. Pero siempre estamos atentos: a veces llegan hordas arrastrándose por la calle Alcalde Manuel Catalán, especialmente si hace más calor unos días. La playa es zona prohibida: allí se amontonan cuerpos sin vida, arrastrados por el mar o por su propia torpeza. Un hedor indecible inunda el paseo marítimo. Una vez, intenté cruzarlo buscando latas en los restaurantes atrancados; casi me acorralan si no fuera porque resbalé en unos carámbanos y logré subir a la terraza de un bar.

Hoy salimos en busca de leña, medicamentos –si queda algo– y cualquier resto de comida. No esperamos encontrar mucho, pero dar vueltas vacía la cabeza de miedos. La farmacia de la esquina fue saqueada hace tiempo, aunque Pedro insiste en revisar el sótano. Sorteamos los restos de una barricada quemada; los muebles y colchones chamuscados del antiguo Hotel Don Pancho aún humean levemente. El saqueo convirtió a Benidorm en una ciudad herida, con locales atrancados y vitrinas destrozadas, grafitis desbordando de odio y desesperación.

Dentro de la farmacia, el hedor es insoportable. Una infectada, una mujer joven con bata de dependienta, intenta alcanzarnos desde el mostrador. Ha estado allí semanas, atrapada, y sus ojos aún conservan una chispa de humanidad. Le deseo descanso, pero Pedro se encarga de acabar con ella. Buscamos entre los estantes, encontramos media caja de vendas sucias y un frasco de alcohol, que es como hallar oro.

En la calle, una bandada de gaviotas devora lo que queda de pescado en la terraza de una cafetería. Son más agresivas este año. Han aprendido a evitar a los zombis, picoteándolos cuando están quietos. Un niño pequeño, al fondo, observa tras una reja del edificio Vacanza. Pertenece a la familia coreana que llegó huyendo de Madrid justo antes de que todo se desmoronara. Hacemos intercambio con ellos cuando podemos: un cazo de arroz por una pastilla de jabón. Ahora guardan silencio, temen más a los vivos que a los muertos. El rumor es que en un edificio vecino un grupo armado desalojó a varias familias con violencia: las bandas se han hecho dueñas de algunas zonas altas del Rincón de Loix.

El mediodía nos sorprende de vuelta en la torre. Compartimos el botín: las vendas, media bolsa de arroz caldoso que Pedro rescató de un apartamento y dos tabletas de paracetamol. Hacemos recuento de provisiones. Estamos apretando mucho: cuatro adultos y dos niños gastan más de lo que podemos encontrar, pero no tenemos otro remedio. Por más que intentamos racionar, el estómago siempre duele al caer la tarde.

A veces, durante la siesta, oigo los gritos desde el centro. Alguna vez creí que podía salvar a alguien y fui corriendo hacia el edificio In Tempo, pero solo encontré a un grupo de saqueadores merodeando entre los coches destrozados de la avenida Europa. Llevaban armas y cascos de obreros. Inútil enfrentarse. Sigo vivo porque aprendí a esconderme mejor que nadie.

Esta tarde, uno de los chicos, Diego, se pone enfermo. La fiebre sube y baja. Nadie dice nada, pero todos miramos la escopeta escondida en el armario. Ya sucedió en octubre, cuando tuvimos que decidir sobre un viejo del piso veintidós. No quiero escribir lo que sucedió, pero sé que la compasión es un recuerdo de otro tiempo. Les somos leales primero a quienes tenemos cerca, y después, tal vez, a la humanidad.

Hay un grupo pequeño en las Torres Géminis, organizados como una comuna. Dicen que cultivan algunas papas en la azotea y que atrapan gorriones para comer. Pedro propone enviar a alguien mañana a negociar. Estamos divididos: abrirse a otros puede ser tanto una salvación como una condena. Aquí, una traición puede costar la vida de todos.

Al caer la noche, subo a la azotea. Desde allí, Benidorm parece una ciudad sumergida. Las luces de los hoteles y neones apagados, las piscinas que antes rebosaban turistas ahora ocultas por lonas rotas, el silencio solo roto por el bufido del viento o algún grito lejano. En la playa, la marea arrastra cuerpos. Veo, a la sombra de la torre Bali, una horda moviéndose con lentitud. Me horrorizo al pensar que esas criaturas fueron mis vecinos, o extranjeros que vinieron a buscar sol y reposo. Es imposible no sentir odio y compasión al mismo tiempo.

Cenamos sopa de agua y arroz. Las conversaciones son mínimas. Algunos rezan, otros cuentan historias del pasado. Yo anoto en este cuaderno porque necesito creer que un día leeré estas páginas y recordaré que no todo era muerte. Las palabras resisten mejor que la carne.

21 de diciembre de 2020

Hoy cumplo años. Nadie lo sabe. He dedicado el día a recorrer mentalmente las calles de mi infancia: el Benidorm Festivo, las Fallas de San Jaime, todo lo que ha desaparecido en cuestión de meses. Ahora, al caminar por la Avenida de la Armada Española, solo quedan esqueletos de coches apilados y barricadas. Los hoteles más famosos se han convertido en fortalezas improvisadas o en tumbas colectivas.

Siguen sucediendo cosas que en otro tiempo habrían llenado de horror los periódicos y noticieros. Esta mañana, desde la azotea, vimos una columna de humo saliendo de la zona del casco viejo. Alguien, probablemente un grupo rival, incendió un supermercado para despejarlo de zombis y saquear las reservas. El olor a carne quemada permaneció hasta el mediodía.

Hemos decidido unir fuerzas con los de las Torres Géminis. Se presentó una delegación suya: tres mujeres armadas con cuchillos de cocina y una carabina. Vinieron caminando entre los restos de las antiguas discotecas, con pasos seguros y miradas vigilantes. Hablaron poco: proponen intercambiar vegetales cultivados por medicinas y alojamiento si fuera necesario.

Pedro no se fía, pero yo veo futuro en la cooperación. No podemos sobrevivir aislados, no si el invierno se recrudece. Les dimos una pequeña bolsa de paracetamol a cambio de una caja con patatas, cebollas y dos tomates que saben a gloria. Es la primera vez que como un tomate fresco desde mayo.

Por la tarde, Diego empeoró. El doctor improvisado que sobrevive con nosotros dice que es una neumonía, no una infección zombie. Siento alivio, pero también miedo: la neumonía puede ser letal con este frío, y ya nadie recuerda cómo tratar a enfermos de verdad. Hay quien dice que es mejor dejar morir a los débiles, que gastamos recursos preciosos en quienes están perdidos. Ese pensamiento me aterra. Es el primer paso a la barbarie.

La noche más larga del año la pasaremos despiertos, vigilando. Hay temor de incursiones de bandas: han saqueado un bloque vecino y violado a una muchacha hace tres noches. Rezamos por no ser los siguientes.

22 de diciembre de 2020

Benidorm amanece cubierta de escarcha. Las palmeras del paseo marítimo parecen congeladas, como en una postal infernal. Desde la azotea, distingo a varios zombis atrapados en el hielo. Uno de ellos intenta arrastrarse, pero el frío vuelve su movimiento aún más antinatural. Nos atrevemos a bajar más al sur, hasta el antiguo mercadillo en la Plaza de Toros. Allí encontramos restos de una fiesta improvisada: botellas vacías, velas derretidas, y una nota en francés donde alguien pide a la Virgen la vuelta de su madre.

Recojo algunas velas para alumbrar las noches. En la antigua estación de autobuses, un anciano sobrevive solo, escopeta en regazo, desconfiando de todos. Hablé con él ayer y descubrí que fue chófer en los años dorados del turismo. Habla de los zombis como si fueran plagas bíblicas, asegura que nada volverá a ser igual. Yo no lo discuto. Sólo quedamos para intercambiar historias y promesas de ayuda, aunque sé que la confianza es un lujo.

A veces los zombis me dan menos miedo que los vivos. Un grupo saqueador ronda hoy cerca de la avenida Jaime I. Están armados, parecen desesperados, y han pintado señales rojas en las paredes para marcar edificios vacíos. Eso significa que pronto intentarán tomar algún bloque. Nos turnamos para vigilar los accesos. Hoy siento el miedo palpitar bajo la piel.

He optado por ocultar mis latas de sardinas en la cisterna del baño. Es triste sentir que debes protegerte no solo de monstruos sin alma sino de vecinos humanos.

Por la tarde, compartimos las papas y los tomates con los de la Géminis. Hay algo parecido a la esperanza en sus hijos correteando por el rellano, ajenos por momentos al desastre del mundo. Me invade una tristeza profunda al verlos, pero también una chispa de alegría: la vida se resiste a morir incluso aquí.

Antes de dormir, subo a la azotea. Las estrellas apenas se ven en el cielo velado de nubes, pero escucho el sonido del mar. Es el único vestigio inalterado. Lanzo mi última oración al silencio: que el invierno no acabe con nosotros antes que los zombis, que aún quede un futuro más allá de la oscuridad.

23 de diciembre de 2020

Hoy hubo pelea. Un hombre, gallego que llegó a pie desde Valencia, intentó robar medicinas del almacén común. Lo atrapamos y Pedro quiso echarlo a la calle. Discutimos largo rato. Al final, aceptamos dejarlo en la planta baja toda la noche, vigilado, sin comida caliente. Me pregunto cuánto tardaremos en volvernos monstruos. Nadie aquí es tan inocente como era antes.

En la radio de corto alcance llega la voz distorsionada de alguien desde Villajoyosa. Alguien pregunta si queda sitio para más personas en Benidorm, si aceptamos forasteros, si tenemos armas o comida. Nadie responde. A veces pienso que, si resistimos hasta la primavera, podremos abrirnos, pero ahora somos islas entre rascacielos y oleadas de muerte.

Por la tarde, caminamos hasta la intersección del antiguo parque de la Aigüera. Allí una familia dejó un mensaje escrito en una sábana colgada: “Buscar refugio en Guadalest. No vengan al centro”. Lo anoto en mi mente por si un día debo huir.

Cuando cae la noche, el frío lo invade todo. Las criaturas casi no se mueven, pero los vivos están más inquietos que nunca. Hablamos en voz baja sobre la Navidad: algunos proponen rezar juntos, otros quieren hacer una comida especial con lo poco que queda. No sé si me siento capaz de celebrar nada, pero tampoco quiero que la humanidad se pierda en estos pasillos grises.

Me despido por hoy, con la esperanza de soñar, aunque sea, con luces en la playa y familias reunidas en terrazas iluminadas.

24 de diciembre de 2020

Navidad, dicen. Pero aquí, en este Benidorm helado y roto, la Navidad es solo una palabra lejana, un eco del mundo anterior. Sin embargo, esta noche nos sentaremos juntos, compartiendo las sobras, escuchando una vieja canción de villancicos en el teléfono que aún guarda batería. Cada uno dirá un deseo para el año que viene. El mío es el más sencillo: sobrevivir con un poco de dignidad, no convertirme en un monstruo, no perder la fe en el otro.

Si alguien encuentra este diario, quiero que sepa que aquí también hubo resistencia, amor y, a veces, esperanza, incluso cuando la muerte acechaba en cada esquina.

Benidorm no está muerto del todo. Algunos seguimos soñando, incluso entre zombis y el invierno.

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