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Fragmento:


Julia toma su palo de golf (no queda ni un solo bate de béisbol en el colegio, y las armas improvisadas salvan más vidas que cualquier otra cosa) y baja al comedor. Allí, María, la enfermera portuguesa, observa a Hugo mientras él juega a encajar piezas en un puzzle raído, único vestigio del antiguo aula de educación infantil. El niño, tembloroso y con la cara enrojecida, intenta formar la figura de un delfín azul sobre fondo amarillo, pero las piezas han perdido color y mordisqueado esquinas.

Duración: 12:13

Los Últimos Reflejos sobre el Mar
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Texto de ajuste de pausa.

22 de diciembre de 2020

Algunos atardeceres en Benidorm duelen como recuerdos de un mundo que ya no existe. Las torres que en otro tiempo rugían de vida se alzan grises, con ventanas vacías como cuencas oculares acechantes. La brisa del mar llevaba el aroma salado, pero ahora se mezcla con un olor rancio y a metal, dulzón y podrido. Julia lo nota cada mañana al despertar, cubierta de mantas y con las manos congeladas, los brazos demasiado delgados tras meses de hambre. Debajo, en la calle, las sombras se arrastran bajo la indiferencia de un cielo invernal y plomizo.

La ciudad turística más brillante de la Costa Blanca se había convertido en un mausoleo de cristal. Incluso los zombis, ahora lentos por el frío, parecen atrapados en la eternidad de los hoteles cerrados y las piscinas secas. Pero son demasiados: los hay tirados en la arena, atrapados entre hamacas rotas, o trenzados en extraños montones al pie de la Torre Intempo, cuya silueta dorada sobresale como una risa cruel. Julia y los que quedan ocupan la escuela Lope de Vega, fortificada con pupitres y mesas, en un Benidorm donde el lujo prometido es solo un recuerdo.

Hace apenas unos meses, cuando corrían los primeros rumores, nadie imaginaba este encierro. Recordaban el bullicio de turistas ingleses, los bares con happy hour, el sonido inconfundible de las chanclas golpeando el pavimento e interminables risas de familias bajo el sol. Ahora, el único “bullicio” es el repiqueteo metálico de los candados en los portones y el silbido frío del viento cargado de arena y polvo.

Esa noche, como cada noche, Julia camina entre los refugios improvisados levantados en lo que fue el gimnasio del colegio. El suelo está delimitado con trozos de cinta de colores reutilizada de viejas decoraciones, las cortinas arrancadas de las aulas cubren lagunas de privacidad, y encima de cada colchón, las pertenencias de los supervivientes: linternas escasas, alimentos enlatados, recuerdos raídos, alguna fotografía. Los otros seis habitantes casi ni hablan. Al fondo, llora un niño—Hugo, que perdió a su abuela hace apenas una semana cuando uno de esos “cadáveres lentos” logró infiltrar el edificio por una ventana mal asegurada.

Julio, el ex-militar español, vuelve de la azotea con los binoculares meticulosamente envueltos. Nadie le pregunta si ha visto movimiento: basta con observar la forma en la que camina, sus botas arrastrando la grava, su cara convertida en una máscara sin edad por el miedo y el cansancio. Lleva noticias en la mirada, y todos lo saben.

—¿Suenan las emisoras? —pregunta Julia, aunque la respuesta la sabe de antemano.

—Silencio. Desde la madrugada, ni una señal, ni siquiera la de los vascos que solía oír a las tres de la mañana —suelta él, y por un momento parece un anciano aunque no debe tener más de 45 años—. Solo sigo escuchando a los muertos... y a los que aún creen que aquí queda algo que salvar.

Fuera, la noche ha caído. Benidorm se convierte en territorio de negrura: una oscuridad casi líquida, atravesada de cuando en cuando por el gemido lastimero de algún cadáver errante atrapado entre coches volcados. El frío es desesperante, pero lo que realmente hiela la sangre es el sonido húmedo, intermitente, como un bostezo prolongado: los cadáveres nunca duermen, aunque su desplazamiento sea más torpe en invierno.

Julia toma su palo de golf (no queda ni un solo bate de béisbol en el colegio, y las armas improvisadas salvan más vidas que cualquier otra cosa) y baja al comedor. Allí, María, la enfermera portuguesa, observa a Hugo mientras él juega a encajar piezas en un puzzle raído, único vestigio del antiguo aula de educación infantil. El niño, tembloroso y con la cara enrojecida, intenta formar la figura de un delfín azul sobre fondo amarillo, pero las piezas han perdido color y mordisqueado esquinas.

—Hoy he oído a una mujer, ¿sabes? —dice Hugo, sin mirarla, la voz baja con ese tono resignado que ya tienen los niños. Julia se agacha junto a él.

—¿Dónde?

—En la calle Lepanto. Lloraba... pero sonaba raro.

María aparta la vista, tiembla.

—A veces les queda la voz de antes —dice en portugués, pensando quizá que el niño no entienda—. Como si el eco de su muerte se les quedara pegado a la lengua...

Julia asiente, pero piensa: los cadáveres de Benidorm lloran, sí. Allí donde el sonido del turismo era continuo y ruidoso antes, ahora solo se escucha esos lamentos trenzados de dolor y recuerdo. No saben si llaman a los que amaron o si, simplemente, repiten lo último que sintieron.

En el piso de arriba, Samuel y Mara intentan hacer inventario de los víveres. Saben que la despensa durará poco más de dos semanas, incluso racionando. Lo que encuentran fuera es peligroso de recolectar; los supermercados, una trampa repleta de cadáveres encajados entre estanterías derrumbadas. En la Playa de Levante han visto cuerpos hinchados romperse al sol, y otros congelados con posturas absurdas, como si en el último instante intentaran abrazar el Mediterráneo.

Recuerdan la “noche blanca” de noviembre, cuando una horda llegó desde Alicante; nadie sabe si guiados por algún resto de instinto o por puro azar. Fue como una riada silenciosa que llenó la avenida Europa y las ramblas. Desde entonces, Benidorm se siente más asediada, cada calle más peligrosa: los cadáveres a veces se acumulan en los soportales de los hoteles, atrapados por el frío entre toldos con publicidad descolorida y los cubos de basura volcados. El olor es irrespirable cuando el viento cambia.

Aquella noche, Samuel baja hasta el hall, donde antes los alumnos se arremolinaban para ir a excursión o celebrar fin de curso. Ahora las mochilas cuelgan vacías y raídas de los percheros, algunas llevan nombres escritos con rotulador o pegatinas, huellas de una infancia anterior. Samuel, con el estómago rugiendo como todos, sale hasta la puerta fortificada y echa un vistazo por la mirilla: en el jardín de infancia un cadáver pequeño, de unos cinco o seis años, tiembla en la penumbra, sus ojos lechosos persisten en el vaivén de la madrugada. Es el hermano de Mara, lo encontraron hace solo una semana. Nadie tuvo valor de rematarlo; simplemente lo empujaron fuera y aseguraron el cerrojo―es un recordatorio cruel de lo que siempre ronda al acecho, hasta en las familias.

La comunidad se reúne en torno a un círculo de linternas frías. Julio saca unas galletas enlatadas, cosas que los ingleses solían traer como souvenirs baratos, y reparte a cada uno un pedazo. La regla es simple: hoy por ti, mañana por mí. Nadie come mucho, pero compartir es lo único que les queda.

—Tenemos que hacer algo —dice Mara, la voz tiritando más por el temor que por el frío—. No podemos resistir esto otro invierno.

—Volver a la playa no es opción —responde María, mirando hacia la ventana tapada con cartones—. Hay demasiados cadáveres… y todavía no sé cuántos están ‘frescos’.

Julia recuerda los primeros días, en marzo, cuando aún pensaban que el brote sería temporal: todavía bromeaban con los memes de COVID, con los bailes improvisados en TikTok, convencidos de que el mundo quedaría fuera solo unas semanas. Cuando llegó el primer ataque en el hospital de Villajoyosa, tildaron de locura los rumores: “muertos caminando, qué bobada”. Pero tras la caída del primer supermercado y la estampida del Mirador del Castillo, ya nadie volvió a reírse.

Afuera, la noche baja más densa. El rumor del mar apenas se distingue bajo la letanía de crujidos, resoplidos y gritos lejanos. Benidorm es ahora un desierto urbano cuya única ley es resistir. Cada edificio, ahora cementerio vertical.

Julia aparta la linterna y sus pensamientos: necesita recordar por qué sigue aquí. No hay mensajes de ayuda, ni helicópteros, ni siquiera humo en las montañas. Sus recuerdos son de otros días: paseaba con su abuela entre los tramos de la plaza Triangular, comían helado a la sombra de los rascacielos, se reían del brillo hortera de los paraguas amarillos y rojos en la playa.

Quizá allí, bajo las mantas, en medio de los susurros tristes de los niños y los murmullos de los adultos, Julia comprende que sobrevivir es ahora una forma de memoria. Cada noche, como un ritual, se aferra a esos recuerdos para no convertirse en uno de “ellos”, los cadáveres que no terminan de irse, que siguen llorando o murmurando nombres invisibles.

Al día siguiente, se despierta antes que el alba. Julia camina hasta el patio del colegio y apoya la oreja en la verja oxidada, escuchando. De lejos, llega un lamento largo, una voz de mujer que repite algo incomprensible. Quizás, si Julia se acerca, recordaría aquel aroma a bronceador y palmeras aún fresco, pero ahora el único perfume que flota es el del fin de todo lo conocido.

Una sombra flaca tropieza junto al muro. El movimiento llama su atención: un cadáver, desnudo en parte, con piel ceniza y unos pantalones cortos estampados. Julia reconoce la prenda; era de uno de los turistas del hotel Ambassador. El cadáver no la ve—o quizá la ve desde esa ceguera arrastrada propia de los de su clase: busca, olfatea, pero no distingue ni el miedo ni la esperanza.

En ese momento, Samuel llega por detrás.

—Tendremos que reunir más leña, o buscaremos congelarnos aquí —dice, pero su voz arrastra algo más: la sombra de un pensamiento, la grieta de una duda—. Vi una balsa en el puerto… ¿crees que podríamos intentarlo?

Un silencio gélido se suma a la brisa. La idea de dejar Benidorm flota, inasible, como una bruma. Nadie quiere partir; ningún lugar es seguro, nada lo fue desde que comenzó la plaga. Benidorm es su mausoleo, sí, pero también su santuario: sus muertos son conocidos y cada esquina un recuerdo, por terrible que sea.

Por la tarde, Samuel y Julio exploran el perímetro. Cada cadáver que encuentran lo rematan con sigilo, una rutina casi piadosa, asegurándose de que no lleven señales recientes de infección—otros humanos suelen disfrazar mordeduras, no porque quieran morir sino porque temen el destierro del grupo. El procedimiento es meticuloso: inspeccionan los dientes, las uñas, las heridas. Nadie se atreve a confiar.

Cayendo la noche, Samuel relata a Mara sus hallazgos:

—En el casino, encontré un cuerpo colgado junto al letrero de neón. Alguien lo crucificó. No era un infectado.

Ella asiente y mira al vacío, comprendiendo que los vivos también se dañan entre sí, que las marcas de la civilización pueden volverse más crueles que las de la muerte.

En algún sitio, en la torre de la Iglesia de San Jaime, el reloj marca sólo la hora exacta dos veces al día, antes de detenerse otra vez. Julia imagina a los dos viejos del barrio inglés, que cada tarde, antes del virus, debatían a gritos sobre fútbol y carreras de caballos—seguro que uno de ellos aún está, deambula entre las terrazas cerradas del paseo, preguntándose por qué ya nadie responde.

No hay promesa de mañana, ni certeza de rescate, solo la consigna aprendida por generaciones en tiempos de ruina: aguantar, resistir, hacer del instante un testigo. Julia abraza a Hugo mientras él llora por su abuela, mientras Mara canta una nana en voz baja y Julio afila cuchillos con una piedra de esmeril.

Fuera, la noche es una llanura de acero, surcada de ecos: un mar congelado, una ciudad sin futuro inmediato, un rumor persistente de los cadáveres que nunca terminan de marcharse. Aquí, donde el Mediterráneo golpea la costa y la muerte pasea cada madrugón, sobreviven los que recuerdan que también la tristeza es un modo de estar vivos.

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