Fragmento:
Recuerdo aquellos días de caos, cuando Benidorm se vació de ingleses y franceses en 2020, y sólo los más testarudos –o los que no tuvieron tiempo de huir– se quedaron. Se rumoraba que las autoridades intentaron evacuar a los niños del centro, pero las carreteras colapsaron y muchos autobuses nunca regresaron. Todavía hay carritos oxidados en la Plaza Triangular, testigos mudos de una infinidad de intentos fallidos por escapar cuando las noticias ignoraban la verdad.
Duración: 11:18
14 de septiembre de 2027
Bitácora personal de Lucía Torres
Benidorm, Comunidad Valenciana
Hoy he subido a la azotea del antiguo Hotel Bali, como hago cada semana desde que esta ciudad se convirtió en mi único universo visible. La brisa marina sigue oliendo a salitre y a algas podridas, igual que antes. No es el mismo mar, lo sé; sigue azul bajo un sol feroz de septiembre, pero ya no llegan turistas ni grandes cruceros. Las torres siguen en pie, aunque las ruinas han hecho del skyline algo desordenado; algunas ventanas tapiadas, otras abiertas como bocas donde nadie mira, y ninguna luz eléctrica en la noche.
Me llamo Lucía, tengo 36 años y escribo para no olvidar que aún existe el tiempo, aunque los relojes dejaron de importar en Benidorm desde hace ya mucho. Llevo aquí desde que los refuerzos del último invierno lograron despejar esta zona del centro, justo antes de cerrar en círculo los accesos con barricadas y viejos coches de policía. No soy de las fundadoras de esta pequeña ciudad amurallada, pero estoy aquí desde que se inició el reparto de parcelas en los hoteles convertidos en viviendas.
La rutina lo es todo. Me levanto en un cuarto compartido con mi hermana Alba y cuatro más, en la planta 17. Oímos poco desde tan arriba, pero aprendimos a temer el silencio, porque puede significar que hay algo moviéndose abajo. Los zombis, dicen, ahora son más torpes, pero un grupo suficientemente grande puede arrasar las defensas si no hay vigilantes en las entradas de Poniente y Levante.
Esta mañana me tocó patrulla, como siempre desde hace dos meses. La entrada principal del Bali es fría al amanecer, y la humedad hace chirriar los carros del antiguo comedor, ahora reconvertido en almacén comunitario. Me asignaron a Pedro, un andaluz reservado que vino en una caravana de refugiados hace más de un año. Nuestra tarea: vigilar el muro oeste, justo donde antes había un parque acuático abandonado y los mosaicos de delfines aún asoman bajo la maleza.
Pero algo importante sucedió hoy, que quizás sea lo que me ha impulsado a retomar este diario tras meses de silencio: el primer convoy comercial del otoño atravesó el casco urbano, custodiado por ocho milicianos y dos carros tirados por mulas, traían sacos de arroz y latas de sardinas que intercambiamos por garrafas de aceite y jarras de sal que todavía extraemos en los charcos solares improvisados junto a la playa posterior.
Recuerdo aquellos días de caos, cuando Benidorm se vació de ingleses y franceses en 2020, y sólo los más testarudos –o los que no tuvieron tiempo de huir– se quedaron. Se rumoraba que las autoridades intentaron evacuar a los niños del centro, pero las carreteras colapsaron y muchos autobuses nunca regresaron. Todavía hay carritos oxidados en la Plaza Triangular, testigos mudos de una infinidad de intentos fallidos por escapar cuando las noticias ignoraban la verdad.
Cada vez que miro a los niños jugando en la piscina vacía, con tablas de madera a modo de espada y botellas de plástico por casco, pienso en el extraño milagro que supone seguir aquí. La piscina principal, la famosa laguna de Benidorm, es ahora patio de recreo, huerto y, para los más pequeños, campo de entrenamiento. Esos niños nunca fueron al colegio, nunca aprendieron inglés en las academias para turistas. Ellos sólo conocen este presente: supervivencia, trueque y alerta permanente.
He decidido escribir la historia de este día desde la perspectiva de las cinco personas que cruzaron la Puerta Norte hoy, para no olvidar la esencia de este nuevo tiempo.
***
El primero en entrar fue Juanma, antiguo socorrista de la playa del Mal Pas; quedó sordo de un oído tras una explosión en el tercer invierno pandémico. Ahora maneja una carreta tirada por Aurelia, una mula morena y flaca como él, que aprendió a distinguir entre el paso tranquilo de un humano y el arrastrar de pies de los zombis. Juanma fue quien reconoció primero a los que venían: eran comerciantes de Alcoy, de la ruta de las montañas. Han traído su propio dialecto comercial, tan lleno de palabras inventadas y chistes malos que cuesta entenderlos, pero todos reímos porque la risa es rara y valiosa.
El segundo en pasar la puerta fue la pequeña Vega, apenas 12 años, hija de Susi, que ahora lidera el Consejo del Este. Vega tiene la tarea de recolectar semillas y comprobar la calidad de los alimentos que recibimos a cambio. Ella fue quien descubrió, meses atrás, unas viejas cajas de semillas híbridas en lo que quedó del Carrefour de Finestrat. Ahora es la jefa de los huertos verticales en los balcones del Melia Benidorm.
A la tercera le cuesta caminar: es Carmen, la costurera, la única que sabe transformar la tela de viejos parasoles en bolsos y mochilas. Va con su nieta colgada de la mano, y los dos lucen pequeños gorros con un pez bordado. Pez porque aquí el mar sigue siendo nuestra frontera y nuestro sustento, aunque los pescadores temen lanzar redes lejos de la costa, demasiado caro en riesgos y en fuerza humana.
Los otros dos –Miguel y Laura– son los encargados de la muralla sur, y siempre traen noticias, rumores y, hoy especialmente, la especie de esperanza difusa que sólo traen las rutas reabiertas y los mercados llenos. Han visto otra caravana cruzando desde Alicante y aseguran que en Villajoyosa han conseguido hacer funcionar un molino de agua. Para nosotros, eso suena a siglo XIX, pero aquí es una hazaña que nos hace sentir menos frágiles.
***
Comí tarde, como casi siempre. La comida de hoy fue arroz pasado, un puñado de atún seco y un tomate casi rojo; para mí, un festín comparado con la sopa rancia de hace dos inviernos. Mientras almorzábamos, el Consejo se reunió en la planta baja. No es raro oírlos discutir; cada cual teme más a una cosa distinta: que regrese una horda del norte, que las bandas nómadas cruzando la autopista se fijen en nuestro refugio, o que se agoten los medicamentos cuando la siguiente gripe barra el edificio.
Mientras ellos debatían, me escapé una hora al mar. Antes, salir al exterior era letal. Ahora, tras varias expediciones coordinadas, la playa está libre de zombis, al menos en el tramo de Poniente hasta la isla de los Pescadores, donde avistamos a veces sombras bajo el agua cuando la marea baja. Dejo mis botas en la arena y entro en el mar con el pantalón arremangado. Algunos aún temen a los ahogados, pero aún no he visto ninguno atacar desde el agua; sólo restos, extremidades separadas, huesos cubiertos de algas.
En la orilla, Marta –nuestra panadera improvisada– está remendando redes. Hace pan con harinas de garbanzo y centeno. Se sienta bajo un trozo de toldo militar y tararea una canción que no reconozco, una de esas melodías lentas que se pegan en la cabeza y te hacen pensar en tiempos en los que se bailaba en la playa, cuando el verano era de carne bronceada y cócteles en vasos de plástico.
A media tarde, el cielo se cubre de una tormenta pasajera. Benidorm brilla con una luz espectral, cada torre arrojando sombra sobre el mar encrespado. Me detengo frente a la antigua discoteca Penélope; ahora es almacén de herramientas y, a veces, sala de reuniones nocturna. La puerta sigue pintada de rosa, la pintura casi intacta después de tantos años y catástrofes.
Allí me encuentro a José, el bibliotecario. Es el más viejo de la comunidad y corazón de nuestro archivo de supervivencia: libros, manuales, atlas, diccionarios y listas de plantas medicinales. Esta mañana, alguien trajo de una excursión un viejo volumen de historia de la Costa Blanca, y José se ha puesto a leerlo para los más jóvenes. Les cuenta historias de turistas rusos bailando ‘Despacito’ en los chiringuitos, como quien habla de viejas leyendas. Los niños escuchan con los ojos brillantes y preguntas imposibles: “¿De verdad hubo electricidad toda la noche? ¿Y helados, muchos todos los días?”. José se limita a asentir, sin añadir nada más; su nostalgia es como un hierro frío en el costado.
***
A última hora, me cruzo con el grupo de milicianos que patrulla los límites de la zona segura. Saludo a Irene, mi amiga desde el primer brote. Ahora lleva el pelo muy corto y sucio, camiseta de la Cruz Roja y una escopeta oxidada colgada del hombro. Confieso en voz baja mis miedos: que algún día regrese el silencio denso, ese en el que sabes que hay cientos de cuerpos arrastrándose entre las dunas o tras las vallas caídas del parque de atracciones.
Irene sonríe y me pasa un trozo de chocolate, el primero que pruebo en meses. “Lo traje del último trueque –dice–, lo gané apostando en la carrera de carros”. Mordisco el dulce y se me llenan los ojos de lágrimas, pero disimulo. No quiero ser la que rompa el hechizo del coraje provisional.
Al atardecer, la plaza de la Avenida Mediterráneo se llena de voces. Hoy los altavoces solares funcionan y alguien ha rescatado un viejo portátil. Conectan una batería de coche y proyectan una película en la pared de un supermercado saqueado: “E.T.”, versión doblada. Decenas de supervivientes se sientan con los niños en el suelo de hormigón, los bebés en brazos, los mayores apoyados en cajas de agua. Por un rato, Benidorm parece un cine al aire libre, aunque las palomas picoteen bolsas vacías y nadie se atreva a reír demasiado alto.
Vuelvo al Bali antes del toque de queda. Miro a mi hermana dormida, cansada pero viva, y repaso mentalmente la lista de guardias y raciones del día siguiente. Antes de acostarme, dejo esta nota en la caja de madera bajo mi cama:
“14 de septiembre de 2027. El mundo nunca volverá a ser como antes, pero hoy Benidorm ha resistido un día más –y eso es suficiente para seguir adelante”.
***
Epílogo personal, antes de dormir
Cientos de luces, lejanas, titilan sobre el mar. Dicen que en Altea han hecho funcionar una grúa de puerto y en Calpe dos molinos muelen grano por las noches. Los rumores vuelan entre caravanas, y la esperanza crece despacio, como las enredaderas en los balcones abandonados. Nos hemos hecho duros, escépticos y algo salvajes, pero bajo la torre del Bali y los carteles oxidados del Benidorm Palace se defiende una idea simple: resistir, reconstruir, volver a tener miedo sólo de cosas humanas.
Hoy leo mi último apunte y sonrío, con cansancio pero sin desaliento. Mañana, tal vez, traerán noticias desde las montañas. Tal vez, uno de los niños descubrirá otro pozo escondido o alguna tienda enterrada en escombros de la que obtener provisiones para una semana más.
Pase lo que pase, mientras pueda escribir y mirar el mar desde la azotea de este hotel, Benidorm seguirá siendo mi refugio, mi frontera y mi casa. Tal vez no queda mucho del mundo antiguo, pero aquí, entre ruinas y esperanza, los que sobrevivimos contamos los días, confiando en que este presente hostil sea recordado alguna vez como la primera página de algo nuevo.
Fin del día. Cierro la libreta. Afuera, la ciudad sobreviviendo en silencio.
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