Operación ocaso
Septiembre zombie
Brote
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Portada del relato La ciudad de los hoteles vacíos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Carlos apuntó y disparó. El sonido del arma retumbó y los pájaros salieron en estampida desde las palmeras. La cabeza del primer zombie estalló en una nube oscura. El segundo aceleró la marcha y Carlos retrocedió, saltando la barra del chiringuito para poner distancia, atrayendo al resto del pequeño grupo que emergía lentamente de entre los hoteles de la Avenida del Mediterráneo.

Duración: 11:48

La ciudad de los hoteles vacíos
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2020

La luna, pálida y suspendida sobre el mar oscuro, iluminaba la línea de rascacielos de Benidorm como una procesión de gigantes dormidos. El panorama, antaño vibrante y festivo, se había transformado por completo; los hoteles de treinta plantas, ahora con ventanas rotas y marquesinas descolgadas, emergían como monumentos de una civilización extinguida. Una brisa salina recorría el paseo marítimo arrastrando papeles, máscaras quirúrgicas y restos de carteles turísticos desteñidos.

Carlos, con una mochila ligera a la espalda y un fusil improvisado a partir de una escopeta de caza, avanzaba a media carrera entre los setos desperdigados del parque de Elche. Unas cuantas palomas, ahora tan osadas como los gatos callejeros, revoloteaban entre bancos y papeleras volcadas, desentendiéndose de la presencia humana. Las huellas sobre la arena evidenciaban el paso reciente de otros: botas, zapatillas, incluso una rueda de carretilla. Alguien más había pasado antes que él por esa ruta, quizá apenas un par de horas atrás.

El reloj marcaba las seis y treinta de la mañana. El cielo comenzaba a clarear con tonos lavanda, y Carlos vigilaba cada esquina con esmero. Sabía por experiencia propia que el ataque podía llegar cuando menos lo esperabas: de la nada brotaban aquellos cuerpos tiritantes, de ojos vidriosos, hambrientos y ajenos al mundo. No les atraía el mar, curiosamente. Nunca los había visto cruzar la playa, preferían la seguridad relativa de los edificios, pasillos, soportales y sótanos. El rumor de que el agua los desorientaba, corría cada mañana en boca de los supervivientes en busca de una ventaja, por pequeña que fuera.

Carlos se detuvo junto a un chiringuito medio calcinado. Las botellas olvidadas en la barra, cubiertas de polvo y hongos, servían como recordatorio brutal de cuán rápido se había marchado la gente, cómo todos habían huido en estampida, llenando los túneles del TRAM, los autobuses de largo recorrido y la nacional dirección Alicante. Pero, ¿adónde habían ido realmente? Rara vez encontraba más que huesos y ruidos vagos en los edificios a medio construir, a excepción de algún grupo de saqueadores dejando tras de sí el hedor rancio de la violencia.

Sacó una barrita energética de la mochila y le dio un mordisco seco. Sentía náuseas; la realidad había deformado su sentido del hambre. Entonces, oyó un crujido. Musitó una blasfemia y se pegó contra la madera del chiringuito, encajando su rifle entre las manos. Esperó. El silencio fue cortado por el gemido gutural tan característico, un chillido contenido, mezcla de tos y sed. No necesitaba verlos para saber lo que acechaba.

El primer zombie que emergió de detrás de un coche destrozado apenas podía llamarse así. Vestía restos de un uniforme de hotel: camisa blanca hecha jirones, la piel negra de hematomas y las mejillas hundidas. Caminaba rígido, marcado por la putrefacción lenta que había sumido a toda la ciudad en una niebla de podredumbre. Un segundo, más ágil, le seguía; una mujer, joven, con pulsera fluorescente de resort aún en la muñeca, los pies descalzos y los ojos llenos de una violencia inhumana.

Carlos apuntó y disparó. El sonido del arma retumbó y los pájaros salieron en estampida desde las palmeras. La cabeza del primer zombie estalló en una nube oscura. El segundo aceleró la marcha y Carlos retrocedió, saltando la barra del chiringuito para poner distancia, atrayendo al resto del pequeño grupo que emergía lentamente de entre los hoteles de la Avenida del Mediterráneo.

Sabía que no podía quedarse mucho tiempo. Benidorm había cambiado de reglas en noviembre. Las noches eran más largas y frías, y los muertos se movían despacio, pero los vivos, ansiosos por comida y medicinas, eran tan imprevisibles como peligrosos. No había espacio para los heroísmos, solo para la astucia y la cautela.

Carlos fue rodeando el parque, manteniéndose pegado a las fachadas. Se preguntó si valía la pena volver al refugio con las manos vacías, pero negarse a salir podía costar la vida al grupo. Llevaban tres noches sobreviviendo con conservas y un bidón de agua recogido de las duchas públicas. Se refugiaban en una escuela primaria cerca del Rincón de Loix, un edificio sin apenas ventanas en las plantas bajas y con la verja perimetral todavía intacta gracias a las tablas y alambres improvisados.

Los días se pasaban reparando barricadas, cocinando lo poco que encontraban y escuchando las noticias cada noche, si lograban captar alguna frecuencia en la radio militar. Aquella noche no hubo señales: solo estática y una voz lejana, quizá transmitiendo desde Valencia o Castellón, advirtiendo de nuevas hordas bajando por la N-332. Nadie los iba a rescatar.

Pero la escuela tenía lo más valioso: diez personas, cinco adultos y cinco niños, y aún quedaban medicinas en la vieja enfermería del edificio. Contaba con ventanas altas, difícil acceso y, sobre todo, comunidad. Había aprendido que lo único más tenaz que los muertos era la desesperación de los vivos ante la posibilidad de salvar lo que quedaba de sus familias.

Mientras bordeaba las ruinas del antiguo casino, Carlos pensó en el rumor constante del pasado. Solía trabajar de camarero en un bar cerca del hotel Bali; llevaba bandejas de cócteles, servía tapas a turistas noruegos y bailaba en las fiestas de fin de año. La ciudad, que nunca dormía, ardía de música hasta el amanecer. Ahora, esa misma música solo sonaba en los recuerdos, en las carcajadas de los que ya no estaban, en imágenes desvaídas que volvían cuando las noches eran demasiado silenciosas.

El centro comercial cercano a la Plaza Triangular estaba en ruinas. Las tiendas habían sido saqueadas desde la primera caída de la electricidad. Atravesó una de las entradas laterales, los escaparates destrozados por pedradas y saqueos, el aire impregnado de amoníaco y orina. Sabía que allí, en la tienda de deportes, todavía podían quedar baterías portátiles y quizá, si tenía suerte, alguna linterna de recarga manual. Los supermercados ya no guardaban más que latas abolladas, y era demasiado arriesgado explorar los sótanos donde solían esconderse los infectados durante el día.

Se arrastró por el suelo, cubriéndose con estanterías derribadas, hasta alcanzar la sección de acampada. Encontró un saco de dormir relativamente limpio y una manta térmica, lo que equivalía a un tesoro con la llegada del invierno. También localizó varias botellas de agua mineral ocultas detrás de una caja de mancuernas, probablemente el escondite de algún otro saqueador ocasional. Dudó solo un momento: el código no escrito era dejar parte del botín, quizás a cambio de no cruzarse en el peor momento. Dejó una de sus barritas energéticas en el mismo lugar, por si el próximo era menos afortunado.

El sol empezaba a asomar sobre el mar, tiñendo de oro las olas y proyectando sombras largas sobre la Avenida de Europa. Los primeros rayos revelaban columnas de humo disperso que se elevaban en la distancia: restos de fuegos nocturnos, alguna barricada reciente, tal vez la señal de otro grupo que luchaba por sobrevivir.

Carlos siguió hacia el Rincón de Loix. Pasó frente al hotel Levante Club, de fachada ennegrecida por un viejo incendio. Un movimiento fugaz en un ventanal lo puso en guardia. Se pegó contra la pared, observando en silencio. De la balconada surgió una figura vestida de negro, con mascarilla, portando algo semejante a un palo de golf afilado. La miró, hubo un intercambio de miradas que duró apenas un par de segundos. Un gesto sutil, la mano levantada mostrando la palma en signo de paz. Ambos recogieron sus pasos, cada uno respetando la presencia del otro. Así era el nuevo código entre los supervivientes: la desconfianza era ley, pero la violencia innecesaria acarreaba consecuencias.

El acceso a la escuela estaba camuflado bajo una lona rota y dos contenedores volcados. Carlos dio dos golpecitos breves sobre la verja: la señal acordada. La respuesta llegó en forma de un leve chillido metálico, y una mujer de mirada cansada, Marta, apartó el tablón para dejarle pasar. Se abrazaron rápido, sin palabras, con esa urgencia de quien ha resistido juntos muchas noches insomnes.

“¿Algo útil?”, preguntó Marta, repasando con la mirada las provisiones que cargaba.

“Agua y mantas, nada de comida decente”, respondió él, encogiéndose de hombros. “Pero se está poniendo peligroso. Necesitamos trazar otra ruta para buscar. Hay grupos nuevos; alguien encendió una hoguera en el centro de la ciudad.”

En el interior, los niños jugaban sentados en un círculo improvisado con piezas de lego rescatadas de las aulas arrasadas. Sus voces, en susurros, eran como el eco de una vida imposible hasta hacía unos meses. Vicente, un hombre robusto de barba descuidada y camisa a cuadros, estaba revisando el cierre de una ventana con un martillo oxidado. Tras un breve asentimiento, Carlos le entregó uno de los botines: una linterna de dinamo.

La comida escaseaba. Las últimas semanas, los cultivos improvisados en el patio trasero apenas habían dado un par de acelgas y alguna tomatera famélica. Planean el siguiente rastreo repasando sobre un plano manoseado dónde sobreviven todavía las farmacias sin saquear o si habría modo de llegar al mercado central, aunque el riesgo era enorme.

Al anochecer, las temperaturas descendieron en picado. Encendieron una pequeña estufa de gas y compartieron entre todos un guiso improvisado de arroz y latas de fabada. Por turnos, vigilaban la verja. Los niños recitaban cuentos y balbuceaban canciones, aunque ya ninguno recordaba del todo la letra. El grupo necesitaba algo parecido a la esperanza, aunque fuera en dosis mínimas.

La tensión entre los adultos era palpable. Sabían que había saqueadores rondando, y que los infectados comenzaban a amontonarse en las zonas donde el olor era más intenso. Había que prever cada movimiento: cerrar los postigos, sellar los accesos al sótano, esconder al grupo si llegaban intrusos. Cada día, el debate sobre si seguir en Benidorm o marchar a la sierra volvía a surgir. Carlos defendía resistir; otros preferían una huida precipitada, pero sin garantías. Marta era la encargada de limpiar heridas y administrar los medicamentos que aun quedaban; Vicente dormía con un ojo abierto, siempre vigilando.

Antes de dormirse, Carlos subió al tejado. Desde arriba, Benidorm parecía una ciudad sumida en un letargo interminable: la playa blanca y vacía, las avenidas en silencio y el rumor del mar, imperturbable ante la devastación humana. Pensó en todo lo perdido: amigos devorados, familiares lejos, probablemente convertidos ya en bestias como las que acechaban bajo la luz de la luna. Pero también pensó en lo que quedaba: la calidez de una mano en la penumbra, el consuelo de una palabra gentil, el instinto de cuidar de los niños, de inventar mañana con retazos del ayer.

A lo lejos pudo ver una fogata en lo alto de un antiguo apartamento de lujo, como una señal para los que aún resistían. “No estamos solos”, se dijo, antes de bajar, acurrucarse junto a Marta y consolarse por una noche más en la ciudad de los hoteles vacíos, aferrándose a un hilo de esperanza.

Benidorm, noviembre de 2020.

Sobrevivir ya no era solo resistir a los zombis: era también sostener la memoria de lo que alguna vez los hizo humanos.

Operación ocaso
Septiembre zombie
Brote
Incubación
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.