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Portada del relato Al filo del Mediterráneo: La última muralla de Benidorm
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Fragmento:


No quedaban zombis divagando por las calles soleadas, al menos no como antes. Los supervivientes los habían cazado uno a uno tras años de arriesgado trabajo, urdiendo escaramuzas y trampas improvisadas. Solo algunos cadáveres, casi momificados, seguían atrapados tras las puertas selladas de las discotecas o bajo las terrazas desplomadas. “Plaga residual”, escuchaban por la radio cuando llegaban noticias de otros asentamientos. Benidorm había sido una de las primeras ciudades en organizarse lo suficiente para purgar su corazón mortal a golpe de fuego y sangre, pero el precio había sido insoportable.

Duración: 12:44

Al filo del Mediterráneo: La última muralla de Benidorm
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Texto de ajuste de pausa.

22 de septiembre de 2027

La brisa del Mediterráneo traía consigo el inconfundible hedor de la podredumbre y el salitre, una mezcla tan arraigada a la memoria colectiva de los supervivientes que ni el estrépito de las olas rompiendo contra la playa de Levante lograba ya distraerlos. Eran años de luz opaca, de verdades crudas y de esperanzas minúsculas, años donde el mundo se recogía sobre sí mismo, como un animal herido, reconstruyendo una paz imposible entre los restos agonizantes de la civilización.

Desde lo alto del hotel Bali, convertido en fortaleza, puesto de guardia y asamblea, Ernesto miraba las líneas de barricadas que serpenteaban a lo largo de la Avinguda del Mediterrani. Cincuenta metros abajo, el asfalto estaba tapizado de huellas viejas, de manchas oscuras y de tablones astillados; cada esquina exhibía los recuerdos de escaramuzas nocturnas y saltos desesperados donde la única ley era la de sobrevivir. Allá, en las primeras décadas del siglo XXI, Benidorm era conocida por su muchedumbre, su bullicio de turistas ingleses y alemanes, sus fiestas interminables; ahora, los rascacielos de vidrio y hormigón eran mausoleos para los caídos, atalayas para centinelas humanos y, bajo sus sótanos, refugios para cientos que temían tanto a los vivos como a los muertos.

No quedaban zombis divagando por las calles soleadas, al menos no como antes. Los supervivientes los habían cazado uno a uno tras años de arriesgado trabajo, urdiendo escaramuzas y trampas improvisadas. Solo algunos cadáveres, casi momificados, seguían atrapados tras las puertas selladas de las discotecas o bajo las terrazas desplomadas. “Plaga residual”, escuchaban por la radio cuando llegaban noticias de otros asentamientos. Benidorm había sido una de las primeras ciudades en organizarse lo suficiente para purgar su corazón mortal a golpe de fuego y sangre, pero el precio había sido insoportable.

Ernesto vigilaba ahora el horizonte por un motivo nuevo. El problema de los zombies había menguado, pero este septiembre era diferente: las rutas comerciales en dirección a Alicante y Valencia se habían visto interrumpidas varias veces en menos de un mes, con noticias de caravanas saqueadas y de grupos nómadas multiplicados al calor del comercio. Desde julio las armas de fuego caseras y cartuchos de escopeta fabricados en talleres rudimentarios circulaban en ferias de intercambio. Era imposible saber qué facción dominaba qué carretera. No era raro encontrar en la puerta de algún rascacielos cuerpos desollados, colgando de carteles rotos que antaño invitaban a “Happy Fridays” y “British Breakfasts”, ahora tristes monumentos al miedo.

La comunidad —Benidorm ya no era ciudad, sino una “plaza fortificada”— había crecido en los dos últimos años. La mayoría se agrupaban en el triángulo comprendido entre la playa de Levante, la Avda. Europa y las inmediaciones del antiguo parque de L'Aigüera. El mercado principal, llamado Mercado de las Mareas, se establecía tres veces por semana en la Plaza Triangular, y estaba custodiado por los hijos de la vieja Benidorm, hombres y mujeres endurecidos por las pérdidas. Aquí se vendían harina, semillas, pescado seco, armas y cartuchos, medicinas hechas por curanderos, así como historias, destinos, susurros de esperanza. Y, con cada luna llena, llegaban caravanas del sur, trayendo sal, limones, noticias y aterradoras leyendas.

En ese contexto creció Clara, una muchacha que había olvidado el rostro de su madre y apenas recordaba los sonidos de un smartphone. “Las cosas antes eran rápidas”, le decía su abuelo, cuya memoria resistía los embates del tiempo. “Aquí, por estas calles, veías a la gente bajando a la playa con neveras portátiles y música alta. Ahora, lo único que baja es el miedo”. La mayoría de los niños de su generación, nacidos entre refugios o en la relativa seguridad de los pequeños hospitales improvisados, conocían historias de zombis solo por las cicatrices y temblores de los adultos.

Esa mañana de finales de septiembre, el Mercado de las Mareas hervía de actividad. Clara, acompañada por su abuelo y flanqueada por dos miembros de la milicia local —armados con lanzas rematadas de piezas de hierro recogidas de los talleres de autos en ruinas—, caminó entre los tenderetes. Se escuchaba el sonido de pequeños martillos, voces agudas negociando precios, el inconfundible chasquido de armas improvisadas y, por encima de todo, la alerta constante de los vigías. Aquí y allá ondeaban banderas hechas de trapos multicolores. En los muros de antiguos mercados, los nuevos carteles prohibían la entrada a “desconocidos sin escolta registrada”.

La prioridad vital era la seguridad: cada entrada al Mercado se custodiaba con sentinelas armados y perros adiestrados. Las historias más repetidas en los últimos meses no eran de ataques zombi, sino de asaltos humanos: un grupo venido de la zona norte de la provincia, los “Cuervos del Algar”, había quemado una aldea cercana solo para robar su molino de viento y secuestrar a los niños mayores de diez años. Benidorm no quería correr la misma suerte.

Tras intercambiar tres puñados de sardinas secas y unos clavos recién forjados por un voto de confianza con el viejo herrero, Clara atravesó el final del mercado junto a su abuelo. El hombre, ya encorvado, miraba con nostalgia los restos de lo que alguna vez fue el Burger King de la Plaza Triangular, ahora reconvertido en almacén comunitario y sala de reuniones. Los niños pequeños jugaban a “la horda y el muro”, una especie de escondite donde dos bandos simulaban la defensa de los portones ante un avance imaginario de zombis, práctica que a algunos adultos les provocaba un escalofrío nervioso.

Ernesto, desde lo alto, divisó a la pequeña caravana de caballos que bajaba por la vieja avenida de Alfonso Puchades rumbo al centro. Los vigías agitaron banderas amarillas, señal de paz y comercio. Aun así, las lanzas se apretaron en las manos de los guardias. Cuando los recién llegados detuvieron su carromato en la entrada del mercado, todo quedó unos instantes en vilo. El líder, un hombre delgado y tostado, sin más armas a la vista que un hacha colgada del cinto, bajó y alzó las manos. Mientras los inspectores de mercado revisaban la carga —fardos de algodón, bidones de aceite, semillas diversas y, envueltos en mantas, lo que resultaron ser dos niños desnutridos—, uno de los niños de la comunidad lo reconoció: “¡Son de Calpe!”.

Eso cambió el aire. Las alianzas regionales, aunque endebles todavía, significaban esperanza. Benidorm y Calpe mantenían una red de intercambio seguro, un canal por la costa que ningún grupo armado se había atrevido aún a controlar del todo. Según el acuerdo, ningún miembro de ambas plazas podía portar armas largas en los mercados ni acercarse a los muros después del anochecer.

Aquella tarde, tras las inspecciones y las preguntas de rigor, los forasteros fueron aceptados. Los niños que traían consigo, huérfanos de un asalto zombi reciente, corrieron al regazo de la anciana comadrona para ser lavados y alimentados. Ernesto bajó del hotel Bali y saludó al líder recién llegado. Compartieron té de hierbas improvisadas sentados sobre lo que una vez fueron mesas de terraza de un antiguo hotel. Hablaron, principalmente, de la estabilidad de las rutas, de la fabricación de pólvora y de la última novedad importante: en una aldea al sur de Alicante alguien había conseguido reactivar una pequeña impresora, con la cual reproducían manuales de supervivencia y cartillas para identificar plantas útiles o venenosas.

—La información es el nuevo oro —dijo Ernesto, mientras encendía un cigarrillo de papel de arroz y tabaco raquítico.

—Más que el plomo, incluso —respondió el líder de Calpe, mientras intercambiaban un pequeño fajo de folletos ilustrados por dos cartuchos y un botiquín de vendas improvisadas.

No había redes sociales, ni noticiarios, ni WhatsApp. Las noticias llegaban vivas o muertas, a pie, a caballo o en hoja ciclostilada. La gente se apiñaba alrededor de la mesa donde los viajeros del mercado contaban, gesticulando, los últimos rumores acerca de la “Confederación del Sur”, un intento de unión de varias plazas fortificadas. Una mujer de pelo gris, líder de un pequeño grupo de agricultores de Finestrat, preguntó si todavía venía gente huyendo del interior. La respuesta fue un silencio largo, después de lo cual una adolescente murmuró:

—Dicen que en Altea se han visto luces extrañas. Algunos piensan que los zombis vuelven en los meses fríos.

Un silencio reverente recorrió los bancos improvisados. Se trataba de un miedo casi religioso, porque aunque la ciencia médica era un lujo inaccesible, casi mítico, los brotes, aunque extraños, seguían siendo una amenaza viva. Si alguien moría recientemente, podía convertirse; por eso las muertes eran siempre motivo de velatorio corto y cremación rápida en la playa del Mal Pas. Solo el mar se llevaba los cadáveres, y el rumor de las hogueras era sinónimo de protección y despedida.

El atardecer cubrió la ciudad con una sombra rojiza. Los supervivientes recogieron sus mercancías. Los caballos salieron en dirección sur, ahora más ligeros. Algunos niños se encaramaban a las barandillas de lo que una vez fue el mirador del Castillo para divisar el perfil de los antiguos hoteles. Los mayores revisaban las barricadas, reparaban las trampas, se aseguraban de que nadie quedara fuera de los muros antes de que cayera la noche. El mundo de las discotecas se transformaba, a esa hora, en una ciudadela medieval. Algunos pescadores saltaban por la arena recogiendo redes y cáscaras, soñando con una gran pesca próxima. Otros, sentados frente a pequeños fuegos, contaban historias del viejo mundo: del Benidorm de las excursiones, del que ahora era solo una leyenda para quienes caminaban por sus ruinas.

En una de las antiguas terrazas del hotel Bali, Clara y su abuelo se sentaron a mirar el mar. Él le contaba, bajito, cómo los fuegos artificiales brillaban cada verano en fiestas que ella nunca vería. Ella, más interesada en el mundo de ahora, le preguntó cuándo volvería la electricidad, si alguna vez podrían iluminar las calles de Benidorm como antes. El viejo dudó. Quizás, algún día, cuando los niños de ahora fueran mayores. O quizás no. Pero el sueño persistía.

Al caer la medianoche, resonó la alarma desde el este. Un centinela había vislumbrado movimiento en la playa. Todos saltaron, armados con lo que tuvieran; algunos con arcos, otros con varas de hierro. No eran zombis. Un grupo de saqueadores intentaba entrar por el mar, usando barcas de remos. La batalla fue breve y brutal: los defensores, bien organizados, repelieron a los invasores. Se escucharon gritos, salpicaduras, disparos secos y el retumbar de un cañón de fabricación casera. Cuando todo terminó, solo quedó el rumor de las olas y unos cuantos cuerpos flotando en la orilla. Los supervivientes, inmunes ya al horror, arrastraron los cuerpos para quemarlos antes de que la infección pudiera propagarse.

Al alba, Benidorm era un poco más fuerte, un poco más vieja, un poco más lista. El mercado reabriría, las barricadas se reforzarían y las leyendas crecerían: sobre los héroes de la playa, los traidores de la bahía, los niños que soñaban con ver las luces volver a encenderse. En la memoria colectiva de la plaza, sobrevivir no era solo resistir a los zombis o a las bandas humanas, sino reconstruir poco a poco una humanidad al borde del mar, una ciudad que no moría ni siquiera cuando el mundo se desplomaba.

Clara, mirando el sol que amanecía sobre una playa desierta, pensó que quizás algún día podría viajar en una de esas caravanas hacia el sur, o incluso ver reactivar una de las viejas fábricas de Benidorm para forjar herramientas y sueños nuevos. Por ahora, su misión era sencilla: aprender a sobrevivir, ayudar a su comunidad, y cada noche, antes de dormir, consolar a los más pequeños con relatos sobre un mundo lleno de luz, música y verano eterno.

Benidorm resistía. Y mientras las Mareas seguían trayendo vida al mercado, y las murallas se mantenían en pie, también lo hacía la esperanza. Porque en este mundo, hasta el eco de la civilización era ya un triunfo.

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