Septiembre zombie
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Incubación
Brote
Apocalipsis Z. El principio del fin
Operación ocaso
Portada del relato El Último Balcón de Levante
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Fragmento:


—Cecilia, acabo de ver una columna de humo, cerca del antiguo centro comercial. —Su tono es seco, casi habitual.

Duración: 12:04

El Último Balcón de Levante
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Texto de ajuste de pausa.

17 de septiembre de 2028

Había algo distinto aquel amanecer en Benidorm. Había dormido poco –miro a través de los listones improvisados que cubren mi ventana y con la primera claridad, puedo ver la silueta tambaleante de la última horda de zombis alejándose hacia la playa, dispersándose al ritmo de la marea. Llevo muchos años viendo aquella escena, pero desde hace meses ya no son masivos ni temibles, cada vez más lentos, más hueso que carne, tan distintos de los monstruos ágiles y voraces que lo arrasaron todo ocho años atrás.

Benidorm. Quién iba a decir que un día sus rascacielos serían fortalezas y sus hoteles, jardines colgantes para sobrevivientes. Aquí vivimos los que tuvimos suerte, los que logramos fortificar una franja cerca de la playa de Levante. Frente a mí, el antiguo hotel Bali es una mole herrumbrosa llena de ventanas cegadas y antenas improvisadas. Es el centro del asentamiento. Más allá, la torre Intempo resplandece con placas de metal y plástico que algún genio instaló el año pasado para reflejar la luz e identificar a los forasteros. Todo esto es nuestro mundo: un puñado de torres, algunos edificios bajos, y la línea turquesa del mar que, incluso tras la caída, aún separa al hombre de sus miedos.

Mi nombre es Cecilia, hija de turistas, nacida en 2010. No cumplo los treinta, pero mi infancia es la prehistoria de este mundo. Abrí los ojos al horror desde que tenía diez años. Aprendí a esconderme cuando rondaban las primeras hordas, a correr por las pasarelas de madera que cruzan los parques acuáticos y a disparar una ballesta fabricada en un taller en la avenida Mediterráneo.

La vida aquí sigue en tensa calma; Benidorm no es lo que fue pero tampoco es el infierno de otras ciudades. El clima ayuda —invierno apenas existe, el mar regula el aire, las lluvias traen agua dulce y, desde hace dos años, nuestros cultivos en azoteas y plazas han prosperado. "Los Jardines Colgantes de Aitana", los llaman en las ferias de intercambio, como si esto fuera una Babilonia de ruinas y esperanza.

Esta mañana, mientras bajo los escalones del hotel Selomar para hacer mi ronda, no puedo sacudirme un presentimiento: algo va a cambiar. Demasiada tranquilidad tras un año duro de reconstrucción y tregua. El comercio a larga distancia por fin es un hecho; hace poco una caravana llegada desde Alicante trajo polvo negro –pólvora cruda– a cambio de tomates y cebollas. Las rutas son menos letales, y cada mes visitan Benidorm más viajeros y comerciantes. Pero la historia enseña que cada periodo de prosperidad contiene en sí su propio final.

***

Recorro la planta baja. Las puertas de cristal del vestíbulo están reforzadas con acero; las columnas llevan pintados avisos naranjas para indicar rutas de escape. El portero automático hace años dejó de funcionar, pero tenemos sistemas de señales: toques de corneta o espejos para comunicarnos entre torres. Escucho a Jorge, el encargado del radio, gruñendo detrás de su barricada de baterías y latas de conserva.

—¿Qué hay, Ceci? —pregunta, sin mirarme, pegado a su radio de banda corta.

—Ronda de mañana. ¿Algo en las ondas?

—Ruido, los de Villajoyosa confirman feria dentro de tres días. Pero…

Jorge duda. No suele hacerlo. Me acerco.

—Recibí una transmisión rara desde el norte. No era uno de los nuestros. Pidieron acceso. Dijeron tener noticias grandes, algo de la plaga.

Hace dos años le habría quitado importancia, pero ahora hay más que perder. Los rumores de laboratorios secretos nunca han cesado, pero nadie espera curas milagrosas. Lo que de verdad me preocupa es lo que traerán esas noticias. Al movimiento del caos suele seguirle el de quienes quieren aprovecharlo.

Al salir, el rumor del viento arrastra voces y risas: la escuela improvisada de la plaza Europa ya empieza, y los niños, esos para quienes el apocalipsis es solo paisaje, juegan entre macetas y huertos verticales. Es un espectáculo profundamente esperanzador –y brutalmente efímero.

Me dirijo a la muralla. El muro que separa Benidorm fortificada del resto de la ciudad está hecho de microbuses volcados, coches apilados y paneles de metal. Dos vigías observan el exterior con prismáticos. Uno me saluda.

—Cecilia, acabo de ver una columna de humo, cerca del antiguo centro comercial. —Su tono es seco, casi habitual.

Cojo mis binoculares. Efectivamente: una columna fina, negra, se eleva cerca del parque de L’Aigüera. Quien quiera que sea, ha encendido fuego en zona nadie, donde pocos grupos se atreven a acampar.

—Que la patrulla esté lista —ordeno.

No damos nada por sentado. La mayoría de los tiempos malos en Benidorm empezaron con una simple columna de humo.

***

Los minutos se vuelven horas. Bajo el sol mediterráneo, la ciudad es una de las imágenes del futuro que nadie quiso: torres resquebrajadas, avenidas vacías, barandas dobladas como huesos, grafitis descoloridos en idiomas de un pasado imposible.

Hacia el mediodía, llegan tres figuras a la verja: van armados, llevan mascarillas improvisadas y bandoleras repletas. Uno alza las manos en señal de paz. Miro por el francotirador, una carabina vieja robada a una patrulla de saqueadores hace años.

—¿Quiénes sois? —grito.

—Venimos del norte —una voz grave, cansada—. Buscamos negociar. Traemos información.

No me sorprendería que mintieran, pero en Benidorm hace tiempo aprendimos a reconocer la desesperación. Los dejo acercarse mientras otros dos guardianes se posicionan.

Son tres: un hombre mayor, una chica de unos veinte, y un niño de diez. Piel curtida, ropa remendada, pero andan con disciplina. Intercambiamos palabras de desafío y cautela, pero está claro que buscan refugio, y algo más.

El hombre se presenta como Martín de Gandía, ex ingeniero, ahora buscavidas. Saca de su mochila un pequeño paquete de cuero.

—No traemos enfermedad. Traemos esto —lo abre, es un cuaderno con mapas y fórmulas.

Las fórmulas parecen de manuales viejos, pero hay diagramas que no había visto. Uno es una máquina para destilar agua con energía solar; otro, un rudimentario generador para aprovechar la brisa marina. Las rutas dibujadas muestran pequeños asentamientos a lo largo de la costa, rutas seguras, sitios donde los zombis ya no mandan.

—Esto lo cambiamos por pólvora y semillas —dice la chica, con los ojos fijos en mí.

Reúno a los dirigentes del consejo. El trueque es cada vez más sofisticado aquí; en los últimos años, los talleres han mejorado, las generaciones jóvenes, formadas por propio instinto, comienzan a dominar conocimiento antiguo y nuevas invenciones.

Esa noche, junto a la hoguera del antiguo paseo marítimo, los forasteros relatan por fin su historia.

***

Habían salido de Gandía cuando “la gran peste” de 2024 barrió ciudades enteras del interior. Aprendieron a vivir de lo que otros dejaron, luego a crear, no solo a sobrevivir. El mapa que portaban era un compendio de años de exploraciones, fracasos y éxitos. Pero lo más inquietante fue lo que narró Martín entre susurros:

—En Cullera hay rumores de un laboratorio militar en funcionamiento —comienza—. Han hallado algo raro en los zombis más viejos. Se desintegran, pierden movilidad, pero… algunos cuerpos enterrados reaparecen meses después, frescos, activos. Dicen que la plaga no se extingue, solo espera. Algunos creen que puede mutar otra vez.

Mi estómago se encoje. No es solo el cansancio ni la tensión: es el peligro tangible de que la esperanza, tan trabajosa de conseguir, tenga límites demasiado precisos.

Nos miramos unos a otros. El mundo podría estar a las puertas de un nuevo ciclo: la vieja plaga, a la deriva; la nueva, gestándose. Nadie lo dice en alto, pero lo pensamos todos.

Acordamos el trato. Pólvora, semillas y un pequeño bulto de medicinas de la vieja farmacia de la avenida Alfonso Puchades a cambio de la información, las rutas, y la promesa de un intercambio regular.

A la mañana siguiente, antes de despedirse, el niño me regala una tira de plástico enrollada a modo de pulsera. Es azul, con un logotipo de algún parque acuático, probablemente Mundomar. Un rezago de tiempos sonrientes en que miles de niños alemanes y británicos inundaban las piscinas y los toboganes de esta ciudad ahora fantasma.

***

El consejo se reúne la noche siguiente con un aire de gravedad que no sentí ni siquiera durante la “gran sequía” del 2025. Discutimos si expandir las patrullas, si reforzar intercambios con Alicante y Valencia, si mandar exploradores a Gandía. Nadie se fía; nadie puede permitirse confiar del todo, pero tampoco somos ya los habitantes asustados de hace cinco años. Nuestras decisiones, pienso mientras observo mi reflejo en un ventanal de hotel, forman parte de un futuro que solo existe porque aquí no nos rendimos.

Salgo a la azotea y siento la brisa caliente de septiembre. La ciudad, vista desde arriba, es un mosaico extraño: luces de hogueras, el parpadeo de espejos que avisan entre torres, voces bajando desde un balcón hasta los cultivos del noveno piso. La ferretería de la vieja avenida Mediterráneo, donde fabricamos herramientas y flechas. El pequeño hospital en la torre Don Jorge, donde la enfermera Lucía cuida a los heridos con las vendas recicladas y los antibióticos que llegan de milagro.

Al fondo, en la oscuridad, la horda residual de zombis baila su último vals entre las olas. Parecen estatuas a la luz de la luna.

Pienso en futuro: en los niños que nunca vieron una verbena o una discoteca llena, pero sí saben proteger una cosecha, afilar una lanza, leer al grupo los relatos escritos a mano por los viejos. Pienso en que, cada viernes, en el hotel Bali montamos nuestro mercadillo, intercambiamos historias, semillas, canciones. Pienso en la pulsera azul, en la columna de humo, en la certeza de que quizá la plaga nunca nos deje del todo –que siempre nos acompañará, como el mar mismo.

La radio de Jorge chisporrotea noticias: en Altea, un grupo recuperó el motor de una vieja lancha. En Villajoyosa, han visto caballos por primera vez en años. Los rumores de rutas seguras crecen: una red de ciudades-castillo, como islas de humanidad en un mundo regresado a la barbarie.

Duermo esa noche con la puerta atrancada y el cuchillo cerca. No por los zombis, sino por lo que puede venir de los hombres. El futuro nunca fue tan incierto, nunca tan lleno de promesa y de amenaza.

***

Al quinto día, nuestros nuevos aliados se marchan con comida y promesas de regresar. Les doy la bendición habitual de los tiempos nuevos: “Que las rutas estén limpias y las noches cortas”. Ellos nos dejan a cambio un puñado de bombillas y una receta para hacer jabón.

El viento sopla, huele a sal, vida y restos de muerte, todo junto. Observo el mar un rato, entendiendo que ninguna muralla, por alta o fuerte que sea, puede protegernos para siempre. La vida aquí es una vigilia sin fin, una conquista del día sobre la noche. Pero en Benidorm, sobre los cielos azules y entre jardines de tomates, algunos recordamos y otros ya solo imaginan el tiempo en que el peligro era solo una ola demasiado fuerte debajo de una sombrilla. Ahora, cada amanecer, mi mirada busca el horizonte, sabiendo que la próxima columna de humo traerá otra elección. Y que, mientras Benidorm resista, el futuro seguirá siendo, sobre todo, un misterio abierto.

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