Fragmento:
En Benidorm, casi ocho mil sobrevivientes se apiñaban en bloques reformados, hoteles convertidos en casas comunales y chiringuitos reconvertidos en panaderías, todo defendido por una muralla que, a fuerza de sangre y ingenio, nunca había cedido. El Levante y el Rincón de Loix, intransitables, eran territorio zombi: hordas inactivas durante el día entre hoteles devorados por la hiedra y el salitre. Cualquier excursión a por recursos allí acababa siendo una misión de alto riesgo, sólo para los desesperados o los condenados a muerte.
Duración: 11:55
31 de julio de 2024
Andrés escuchó el rumor de la caravana antes de verla. El retumbar de los cascos de caballos, el chillido de una portilla oxidada abriéndose a la fuerza, el leve crujido de ruedas improvisadas sobre asfalto caliente. Las caravanas de paso ya no eran tan raras en Benidorm; de hecho, en los últimos meses se habían vuelto la columna vertebral de todo lo que surtía a la ciudad amurallada. Pero cada llegada era una mezcla de esperanza, suspense y peligro. Nadie sabía qué podía traer el Levante ese día: noticias de otras comunidades, especias, munición, problemas o, simplemente, otra caravana que sería pasto de los caminantes y los saqueadores antes de que les abrieran la puerta.
El sol caía vertical y despiadado sobre la muralla improvisada que defendía el Poniente y el casco antiguo, cercando el corazón aún latente de la ciudad turística más famosa del Mediterráneo español. El skyline de Benidorm, antaño arrogante, se había convertido en una fortaleza de concreto, acero, paneles de chapa y vigas que cortaban las entradas a la Playa de Poniente, aquélla que tan bien conocía Andrés de sus veranos de infancia, cuando el mundo era apenas sol, sal y helados de cucurucho. Ahora caminaba armado, con el fusil de cañón recortado colgado al pecho y una mirada dura, entrenada por demasiados turnos pestilentes en la muralla y demasiados amigos muertos.
La alarma de la torre sonó tres veces: "amigo, amigo, amigo". Primera buena noticia del día. Atrás quedaban las sirenas agonizantes de hace años y el caos absoluto de los primeros meses. Ahora cada toque significaba algo distinto. En lo alto del Intempo, convertido en vigía y puesto central de señales, los vigías agitaban banderas y uno disparaba un tiro al aire; la caravana era grande, tal vez una de las nuevas rutas que conectaban hacia el noroeste, por Cuenca o, aún más raro, venían del sur por la vieja autovía de Murcia. Con suerte, pensó Andrés, traían gasolina, penicilina y semillas nuevas.
La ciudad bullía como un avispero: niños saltaban de alegría, vendedores de agua fresca improvisaban tenderetes en los soportales y los líderes de las milicias, perfectamente uniformados en los colores ocres y verdes sobrevivientes de tantas campañas, descendían de los altos para recibir a los viajeros. El mercado improvisado junto a la antigua Plaza Triangular era un temblor de voces, manos y ojos desconfiados.
En Benidorm, casi ocho mil sobrevivientes se apiñaban en bloques reformados, hoteles convertidos en casas comunales y chiringuitos reconvertidos en panaderías, todo defendido por una muralla que, a fuerza de sangre y ingenio, nunca había cedido. El Levante y el Rincón de Loix, intransitables, eran territorio zombi: hordas inactivas durante el día entre hoteles devorados por la hiedra y el salitre. Cualquier excursión a por recursos allí acababa siendo una misión de alto riesgo, sólo para los desesperados o los condenados a muerte.
En julio de 2024, la movilidad había cambiado en el mundo; las caravanas se consideraban arterias vitales y eran defendidas como en el medievo, por guardias y exploradores. La caravana que llegaba ese día era especial: tres coches reparados, cubiertos de paneles soldaduras y caña, tirados por caballos mestizos, y a la cabeza un banderín blanco con mancha roja, señal de trato amistoso pero urgente. Andrés se adelantó, junto a otros tres miembros de la Milicia Playasol, para recibirlos.
La caravana frenó entre nubes de polvo y sudor. De la cabina del primer vehículo saltó una mujer de unos cincuenta años, con la tez agrietada y una mirada decidida, que no se anduvo con rodeos. "Tenemos mercancía para intercambiar: penicilina, telas, gasolina, información… y noticias del sur."
Entraron en la ciudad por la rampa hacia el Paseo de Poniente, con la multitud apartándose para ver el espectáculo y la inmensa puerta de chapa cerrándose a su espalda. La transacción fue rápida, fría, como corresponde a dos comunidades que se necesitan pero no se fían la una de la otra. Cada grano de arroz, cada bala, cada litro de gasolina era contado dos veces.
Cuando ya se retiraban, en la calma tensa de los negocios cumplidos, la mujer de la caravana se soltó: “Escuchad, al sur, por Almería, dicen que el ejército sigue reclutando gente. Pero lo más importante: la plaga no avanza, los zombis de hace años apenas se mueven, y sí, han surgido laboratorios secretos donde aún investigan una posible cura. Hecho humo para ir allí, pero hay patrullas armadas y caminos minados por clanes hostiles. Vuestros ingenieros, los que arreglaron la desalinizadora, los buscan. Dicen que Benidorm puede convertirse en una pieza clave.”
A Andrés se le heló la sangre. Una pieza clave. Era un término peligroso. En Benidorm sabían que la autosuficiencia era un milagro precario, y todo lo que llamara la atención de fuera podía atraer tantos peligros como oportunidades. Los rumores sobre laboratorios secretos eran constantes en todas las rutas, pero no había pruebas. Sin embargo, la parte que mencionaba ingenieros de Benidorm sí era nueva, y era inquietante.
Lejos de las risotadas del mercado, la noticia corrió como pólvora. Los líderes del Consejo de Defensa se reunieron esa noche en la azotea del antiguo Gran Hotel Bali, donde la brisa aún era fresca, y las luces eléctricas, alimentadas por pequeños molinos y baterías, producían un resplandor soñoliento. Se contaron las reservas: comida para tres meses, penicilina para pocas semanas, varias decenas de armas en estado aceptable (el resto era material reparado con piezas de diferentes eras y de dudosa utilidad). La ingeniera mayor, Mercedes Guerrero, resonó entre todos con sus palabras: “Si el sur busca técnicos y nosotros tenemos algo que les interesa, podemos negociar más que armas. Podemos negociar futuro.”
Las voces se dividieron. Había temores fundados: los bandoleros del interior, los saqueadores de Alicante, los grupos violentos de la huerta al norte. Pero también esperanza. El problema son los zombis, sí, pero en 2024 el problema mayor era la violencia humana y la escasez. Podrían unirse a caravanas de otras ciudades, transmitir saberes, acceder a laboratorios, recibir medicamentos a cambio de ingenieros. O simplemente atraer la destrucción sobre el único refugio seguro en cientos de kilómetros.
Por la mañana, tras una noche sin apenas sueño, Andrés se dirigió al mar. El agua, resplandeciente como siempre, olía a sal y a milagro. Se descalzó y cruzó la playa aún cerrada al público; sólo era visitada por patrullas, porque los zombis supuestamente no entraban a mar abierto, pero igual se arriesgaban pocos. Se sentó frente a la línea de olas y miró hacia lo que un día fue la isla de Benidorm, fabulosa y cercana, enmarcada ahora por el recuerdo de fuegos y presencias danzando en la niebla.
Detrás de él, la vida resurgía en formas inesperadas. En la Plaza Triangular, entre los restos de una tienda de souvenirs, los niños inventaban juegos con cáscaras de latas, los panaderos amasaban pan negro usando molinos eólicos y la vieja desalinizadora medio rota era ahora el epicentro de la vida, con técnicos dedicando días enteros a mantener el milagro líquido corriendo en las cisternas. Agricultores cuidaban tomates y pimientos en huertos verticales improvisados en los balcones, y cada nacimiento nuevo, cada niño que aprendía a decir su nombre era celebrado con fiestas de pólvora casera y música reciclada.
Pese al miedo, el Levante resistía. Un mundo de ruinas y de renacimiento, donde cualquier cosa podía decidirse en un trueque, una balacera o una promesa de ayuda. Andrés sabía que, en cualquier momento, una mala decisión podía destruirlo todo; pero igual, también estaba convencido de que, mientras la comunidad permaneciera unida, podían sobrevivir un año más. Con suerte, quizás construir algo mejor.
Esa noche, los trenes de señales entre las azoteas hablaron: el consejo había decidido enviar una delegación al sur. Se seleccionaron tres ingenieros, cinco milicianos y un par de diplomáticos que, según decían, aún sabían negociar sin tener que mostrar los dientes. Andrés se inscribió como voluntario. Sabía moverse, conocía aldeas del interior y hablaba lo suficiente de dialectos manchegos como para servir de intermediario. Y, sobre todo, sentía que era su deber—por su hija recién nacida, por la memoria de quienes habían muerto en la caída del Rincón de Loix, por los veranos perdidos—dar la cara por ese último trozo de civilización levantina.
Pasaron varias jornadas de preparativos. El taller de maquinaria del antiguo parque de atracciones Terra Mítica fue el centro de reunión. Allá, entre estructuras oxidadas y figuras de mármol caídas, un mecánico apodado Nano consiguió poner a punto una vieja furgoneta todoterreno reforzada con paneles de lavadoras y trozos de chapa. Se cargó con bidones de agua, munición, salazones y, quizás más importante que todo, una radio de largo alcance y recambios de piezas para la desalinizadora. Era el pasaporte para negociar vida, literalmente.
El día de la partida, la ciudad organizó un pequeño desfile. Nada de banderas, nada de himnos, sólo niños lanzando restos de flores y ancianas rezando en voz baja. Salieron por la Avda. de Europa, directos al oeste, por la vieja carretera hacia Finestrat, entre campos de naranjos medio salvajes y ramas secas.
Fuera de la muralla la desolación era total, sólo vestigios de vida: publicidad arrancada por el viento, cortijos vacíos, coches oxidados y algunos cuerpos desgastados que, por la hora, apenas se movían en la calima. Aquí el peligro no era ya tanto la plaga, excepto en las noches de niebla, sino los humanos. Dos días después, ya en tierras de la antigua Murcia, un grupo armado intentó emboscarlos. Hubo disparos, una carrera frenética a campo abierto, dos heridos. La radio zumbaba sin parar, mensajes codificados en clave entre aliados que podrían ser enemigos mañana. Era la ley de la tierra.
Entretanto, en Benidorm, la vida debía continuar. La caravana era su cordón umbilical, pero la ciudad se defendía y soñaba a la vez. Las escuelas improvisadas en la sala de banquetes del hotel Melia enseñaban a leer con manuales de supervivencia de hojas recicladas. Los más jóvenes aprendían a purificar agua, a recargar baterías, a cosechar tomates y, en secreto, algunos estudiaban cómo fabricar munición o destilar combustibles.
Andrés, en el tercer día de viaje, escribió una carta a su hija, que apenas comenzaba a dar sus primeros pasos en un mundo que no entendía. "Quizá todo lo que te diga aquí no lo recuerdes nunca", escribió, "pero si alguna vez alguien te lee estas palabras, querré que sepas que luchamos cada día por darte un futuro. La plaga terminará, la violencia irá menguando. Se lo prometo al mar, al sol de Benidorm y a todas las noches en que lo único que teníamos era la esperanza."
El viaje siguió, y el relato de Benidorm, como tantas otras ciudades sobrevivientes, permaneció en suspenso. Resistiendo, negociando, peleando. Cada caravana, cada trueque, cada sueño de un futuro reconstruido era parte del último verano interminable junto a la playa fantasma.
Detrás de la muralla, la ciudad seguía respirando. Y con cada llegada de una caravana, con cada rumor de salvación o peligro, los supervivientes ensayaban poco a poco el arte más antiguo del mundo: sobrevivir juntos. Y, quién sabe, quizás alguna vez construir de nuevo.
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