Fragmento:
Volviendo la esquina, Pablo vislumbró la playa de Levante. El mar devolvía ecos fantasmales; la arena, antes rebosante de hamacas y sombrillas, estaba ahora salpicada de huellas y esqueletos oxidados de tumbonas convertidas en barricadas. Al pie del antiguo hotel Bali, se levantaba la muralla principal: un retablo de chatarra, sacos de arena y tablas arrancadas de los techos de los chiringuitos. Un par de vigilantes, Mario y Samira, saludaron a Pablo con un ademán cansado. Más allá, en la penumbra, se oían los pasos lerdos de los zombis rezagados, antiguos veraneantes españoles o británicos que desgraciadamente nunca volvieron a casa.
Duración: 12:06
23 de noviembre de 2026
El antiguo skyline de Benidorm, recortado contra el cielo naranja del atardecer de noviembre, ya no era símbolo de la España turística. Los rascacielos se alzaban, sí, pero sus ventanas habían perdido el brillo. El mar, como una sábana oscura en calma, era la frontera de un mundo nuevo, donde la promesa de la civilización se había evaporado hacía tiempo, engullida por la plaga y la barbarie. Unos pocos supervivientes, cada vez más determinados y curtidos, habitaban ahora la ciudad, convertida en refugio y fortaleza. Bajo las luces mortecinas de generadores con combustible racionado, los nuevos moradores planeaban lo necesario para subsistir ante la doble amenaza de los zombis y, quizás más peligrosa aún, de los saqueadores humanos.
El aire era fresco y acariciaba la piel de Pablo mientras patrullaba la calle Gerona, entre las ruinas de bares y tiendas que décadas atrás habían servido cócteles y recuerdos desenfadados a turistas ingleses. Ahora, cada sonido despertaba los sentidos como un relámpago: una persiana golpeando, el eco lejano de pasos—tal vez humanos, tal vez no. A la espalda, colgada precariamente, llevaba una escopeta reparada por el herrero del grupo; en la cintura, un cuchillo de cocina bien afilado. La rutina era conocida: inspeccionar el perímetro mientras la tarde se apagaba y luego regresar a la barricada.
La comunidad se había instalado meses antes en un bloque de apartamentos junto al parque de L’Aigüera, elegido por su fácil defensa y cercanía a un pozo de agua semioculto entre palmeras y rosales. En el recibidor, una plancha de acero soldada a la puerta principal impedía el paso indiscriminado, complementada por trampas rudimentarias tejidas con alambre de espino y botellas colgantes —un sistema de alerta improvisado que los había salvado en más de una ocasión. Al caer la noche, cada superviviente ocupaba un puesto, rifle o ballesta en mano, y la vigilancia se hacía implacable.
Volviendo la esquina, Pablo vislumbró la playa de Levante. El mar devolvía ecos fantasmales; la arena, antes rebosante de hamacas y sombrillas, estaba ahora salpicada de huellas y esqueletos oxidados de tumbonas convertidas en barricadas. Al pie del antiguo hotel Bali, se levantaba la muralla principal: un retablo de chatarra, sacos de arena y tablas arrancadas de los techos de los chiringuitos. Un par de vigilantes, Mario y Samira, saludaron a Pablo con un ademán cansado. Más allá, en la penumbra, se oían los pasos lerdos de los zombis rezagados, antiguos veraneantes españoles o británicos que desgraciadamente nunca volvieron a casa.
El grupo de Pablo sumaba cuarenta personas, divididas en pequeños equipos: los recolectores, los defensores y los artesanos. Cada miembro contaba. Desde que la comunidad de Benidorm había firmado una alianza con los grupos hermanos de La Vila Joiosa y Altea, las caravanas apenas podían circular sin escolta. En las últimas semanas, dos grupos de nómadas descompuestos por el hambre intentaron cruzar la ciudad. Una tercera horda se avistó al norte, siguiendo la autopista, pero la desviaron con señales improvisadas: la quema de torres y el lanzamiento de petardos desde drones —reciclados de juguetes y equipados con mecha y gasolina. La creatividad, en aquellos días, era un recurso más valioso que la pólvora.
Al anochecer, la comunidad se reunía en el antiguo comedor del bloque, transformado ahora en sala de mando y comedor comunal. Las paredes estaban llenas de mapas dibujados a mano, señales cambiantes de rutas y de nombres: "Carlos A., desaparecido", "Ruta 17: peligrosa", "Caravana Yesca: llegada probable - 3 días". Las ventanas estaban tapiadas, dejando rendijas apenas suficientes para observar el exterior y mantener el sigilo.
Mateo, de barba encanecida y ojos agudos, era el líder informal. Se levantó con dificultad y habló: “Mañana toca la expedición al supermercado del Rincón. Son apenas dos kilómetros, pero ya han visto movimiento. Quedaos atentos, no sólo por los zombis. El grupo del Garbí se está moviendo hacia aquí, ‘tomando recursos’ como dicen ellos.”
Esther, encargada de la enfermería, resopló. “No podemos volver a tener heridos como la otra vez, Mateo. Apenas cuento con vendas, y de antibióticos ya ni hablamos.”
“Lo sé", contestó Mateo. “Pero necesitamos sal, herramientas, velas. Y, sobre todo, si encontramos semillas. Sesenta horas de pan sobreviven solo si la cosecha aguanta.”
Pablo asintió. Sabía que el suelo arenoso de Benidorm apenas era generoso; cultivar entre escombros y macetas recicladas era una hazaña diaria. Los jardines verticales, construidos con botellas y palés en las terrazas altas, apenas daban lechugas, rábanos y tomates pequeños. El trueque con las otras comunidades era vital, pero los caminos eran cada vez más arriesgados.
Después de la cena, a base de arroz, judías y pescado seco, muchos de los presentes se dividieron pequeñas tareas. Mario y Samuel afilaron viejas herramientas. Samira y Carla inventariaron lo poco que quedaban en el almacén: harina, pan duro, pulpa de tomate en conserva, algo de aceite. “Al menos tenemos agua limpia. Es un milagro," murmuró Carla.
Algunos niños jugaban en una esquina, con tapones y latas convertidas en coches y peonzas. Una generación que crecía sin escuela, pero no sin aprendizaje: ya sabían distinguir el peligro en los sonidos nocturnos, sabían cuándo callar y cuándo correr. En el pequeño improvisado taller de costura, una anciana cosía sacos reutilizados para confeccionar abrigos. El invierno, aunque benigno junto al Mediterráneo, seguía dejando noches frías.
Cuando el reloj de cuerda marcó las 23, cada grupo se fue desplazando a su rincón. Los más jóvenes se turnaban en los puestos de vigilancia. Pablo, como jefe de patrulla, ocupó su lugar junto a la ventana principal, mirando hacia la avenida del Mediterráneo. Escuchaba las conversaciones en voz baja, los susurros esperanzados alrededor de la hoguera improvisada en el patio interior.
El silencio de la madrugada sólo era interrumpido ocasionalmente por el chasquido de los zombis al otro lado de las barreras. Algunos, engañados por ruidos o el débil resplandor, tropezaban y caían, quedando atascados entre los coches alineados en fila como un muro de otros tiempos.
En los días siguientes, la expedición al supermercado trajo más riesgos que beneficios. A las afuera del local, entre las sombras proyectadas por los postes caídos de la luz, encontraron varios cuerpos recientes. Munición gastada. Saqueadores habían pasado antes. Sin embargo, Pablo y su grupo lograron recoger algunas cajas de legumbres, botes de sal y aceite rancio. No había ni rastro de semillas. Un pequeño motín de zombis se acercó, y la huida fue precipitada entre disparos y gritos contenidos.
De vuelta, los ánimos estaban bajos. Media comunidad los recibió con alivio, la otra media con silenciosa decepción: los rumores sobre la baja de alimentos crecían semana tras semana. Pero entonces fue cuando, de madrugada, llegaron los vigías de Altea, trayendo no consuelo, sino advertencia: “El grupo del Garbí se ha dividido. Algunos vienen a negociar; otros, armados, avanzan hacia el Puente de Poniente.”
Bajo instrucciones de Mateo, reforzaron las barricadas y se organizaron turnos dobles en las entradas principales. Esther y los suyos prepararon material de primeros auxilios; mientras tanto, Samira se dedicó a sellar las ventanas y añadir cristales rotos sobre los muros de protección. La defensa era, en realidad, una cuestión de moral: nadie quería abandonar Benidorm, un refugio trabajado a pulso, convertido en un símbolo de tenacidad entre el caos.
Al amanecer del tercer día después del aviso, llegaron por fin los avanzados del grupo enemigo. Una docena de hombres y mujeres armados con palos, machetes, y alguna escopeta vieja improvisaron una parlay frente a la muralla. Mateo descendió, acompañado de Pablo y una mujer de confianza, Paloma.
“Queremos compartir este sitio", dijo el cabecilla, un hombre robusto y nervioso. "Sabemos que tenéis agua y comida. Traemos medicinas y herramientas. No queremos peleas. Dejadnos quedarnos y todos sobrevivimos el invierno.”
El consejo fue tenso. Pablo observaba las miradas de los recién llegados: hambre, miedo y, por debajo, la violenta determinación del desesperado. “¿Cuánto tiempo podríamos sobrevivir si dejamos entrar a todos?", susurró Samira.
“Quizá un mes. Después, volveríamos a estar igual que ellos”, dijo Pablo.
Finalmente, negociaron. Los del Garbí se instalarían en un edificio vecino, lejos de los pozos de agua. Se crearía un pequeño mercado protegido y patrullas compartidas. Ese mismo día, impusieron normas estrictas: ninguna arma en el mercado, los conflictos serían resueltos por un concilio mixto, y el comercio de medicina sería supervisado por Esther y la curandera Adela, de los recién llegados. Si alguna de las partes incumplía, la alianza se rompería, sin contemplaciones.
Las primeras jornadas fueron titubeantes. Un par de peleas por raciones, una crisis por la distribución del agua y el temor constante de que llegara una horda atraída por cualquier ruido. Pero, poco a poco, otras comunidades cercanas enviaron emisarios. El pequeño mercado entre barricadas de coches y toldos de lona se convirtió en el primer espacio común no hostil en años.
Pero el peligro nunca desapareció.
A mediados de noviembre, una tormenta repentina azotó la ciudad. El viento arrancó tejas y deshizo parte de las viejas barreras en las calles menores. Esa noche, una horda, atraída por el estruendo, llegó desde el antiguo paseo marítimo. Los vigilantes dispararon cohetes para desviar a los caminantes mientras las familias se refugiaban en las plantas altas. Dos horas de caos absoluto: zombis bloqueando los accesos, disparos que rebotaban entre las fachadas, niños llorando bajo mantas y adultos arrojando botellas incendiarias desde las azoteas.
La defensa fue brutal, pero efectiva. Para la madrugada, los supervivientes de ambos bandos levantaron una última línea sobre los restos de coches calcinados. Al amanecer, el mar olía a cenizas y carne quemada. Aquella batalla, la primera gran defensa común en la nueva Benidorm, selló una alianza de sangre y cansancio. Durante días, los sentinelas recogían restos y quemaban cadáveres —para evitar riesgos de infección y para recordar, de paso, la fragilidad de la nueva paz.
Cuando Pablo se asomó esa mañana al balcón del otrora lujoso apartamento, contempló la playa devastada, llena de barricadas, chiringuitos quemados y las primeras flores silvestres que brotaban entre los adoquines. En el horizonte, resaltaba el perfil del hotel Bali, sus ventanas opacas observando un mundo distinto.
Un niño se le acercó con una pregunta inesperada: “¿Es verdad que esto era como en las historias, con gente bailando y música en la calle?”
Pablo sonrió, cansado. “Sí, hijo. Y algún día, quizá, volverán la música y el bullicio. Pero de momento, tenemos las fogatas, y tenemos las ferias. No es poco en tiempos de oscuridad.”
Benidorm resistía. No era la ciudad que fue, ni la ciudad que querían. Pero era, finalmente, su ciudad—a la vez refugio y promesa, moldeada por el acero, la ceniza y la esperanza testaruda de los que no se resignan a morir.
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