Fragmento:
El turno nocturno era el más peligroso. El frío había hecho retroceder a los zombis de las zonas abiertas, pero en los parkings subterráneos —lijados de vegetación, trufados de ruidos y ecos— se convertían en trampas mortales. Aun así, era allí donde quedaban algunos de los últimos vehículos con combustible y escondites útiles.
Duración: 13:21
16 de diciembre de 2020
El viento soplaba frío por las avenidas vacías de Benidorm, y cada bocanada de aire arrastraba consigo una mezcla ácida de salitre, humedad invernal y el fétido aroma que desprendían los cuerpos amontonados en los callejones. Ana se apretó la manta alrededor de los brazos mientras miraba el mar, ahora gris, casi negro, desde el balcón del hotel Bali. No quedaban luces en el horizonte, ni en las alturas de los rascacielos ni a lo lejos sobre el agua. Solo la luna, redonda y mortecina, se atrevía a asomarse en aquel mundo desgarrado.
Abajo, junto a las puertas del hotel, Lucas y Marta discutían en voz baja, intercambiando noticias y alertas captadas en las frecuencias militares. La radio, pequeña y temblorosa, lanzaba pitidos entrecortados en medio de la estática. Desde el fallo de Internet en agosto, esa radio era su único cable con la esperanza —o la desesperación— más allá de las ruinas de la Costa Blanca.
"Dicen que en Alicante ya no queda nadie", susurró Marta, con las manos hundidas en los bolsillos de un viejo abrigo de plumas. "Y que Valencia está peor. Los zombis han cruzado el cauce del Turia y se mueven en hordas... pero aquí, entre los edificios, parecen dispersarse. No consiguen organizarse en grandes grupos".
Lucas no respondió al instante. Solo asintió con amargura. Había pasado la noche patrullando entre la playa de Poniente y los apartamentos que, meses atrás, rebosaban de turistas británicos en busca de sol. Ya no quedaba ni rastro de aquel bullicio. Solo ventanas rotas, toallas ajadas ondeando en los barandales, y por las noches, el tambor sordamente horrendo de los muertos arrastrando los pies en la arena.
Arriba, Ana dejó atrás el frío del balcón y se reunía con los demás en el improvisado comedor, donde los niños dormían apiñados entre colchones rescatados de las suites de lujo. El Big Benidorm, símbolo de desenfreno y ocio, se había convertido en su fortaleza. Los primeros días de la catástrofe, el grupo se había refugiado en el hall, tras fortificar las puertas con muebles del restaurante junto a todo el personal que no logró huir a tiempo. Desde entonces, todo era resistencia: bloquear accesos, controlar los suministros, silenciar cualquier grito.
El invierno había frenado a los zombis. Ana lo notaba en sus movimientos por las calles —muchos de los infectados, congelados o vencidos por la inanición, quedaban postrados sobre las baldosas, con una lentitud creciente en los miembros. Sin embargo, eso no impedía que, al más mínimo ruido, se reanimaran con renovada furia. El hambre los impulsaba, y su número seguía siendo terrorífico a pesar de las bajas por frío y por las escaramuzas diarias.
El verdadero enemigo era el hambre. La comida escaseaba desde hacía semanas. Las reservas del hotel —una vez más que suficientes para alimentar a 200 huéspedes hambrientos de buffet libre— se habían agotado tras los primeros meses. Los saqueos a superficies y supermercados se cobraban un alto precio: los zombis merodeaban por todos los accesos principales, y los encuentros con otros grupos de supervivientes no siempre terminaban en diálogos civilizados.
La rutina era el único anclaje ante el horror. A las seis de la mañana, David, el fornido cocinero que nunca perdió los nervios, hacía un recuento de lo poco que quedaba: algunas bolsas de arroz, latas de habas, un puñado de tomates secos y, como orgullo del día, una botella intacta de aceite rescatada de un restaurante italiano vacío en la avenida del Mediterráneo. Ana improvisaba raciones mínimas entre murmullos y gestos de disculpa hacia los niños, demasiado inteligentes para no entender la gravedad.
El turno nocturno era el más peligroso. El frío había hecho retroceder a los zombis de las zonas abiertas, pero en los parkings subterráneos —lijados de vegetación, trufados de ruidos y ecos— se convertían en trampas mortales. Aun así, era allí donde quedaban algunos de los últimos vehículos con combustible y escondites útiles.
"La playa está limpia, casi no se mueven", reportó Lucas aquella mañana mientras calentaba las manos en una taza de agua. "Pero en la plaza Triangular hay un grupo nuevo. Parecen... frescos. Llevo dos días observándolos. No sé de dónde han salido".
Ana lo miró durante un largo rato, sopesando. Los brotes recientes implicaban dos cosas: grupos que habían sucumbido en la fuga nocturna o algún refugio próximo que, finalmente, había caído. En cualquier caso, la amenaza nunca desaparecía. Tenían el plan de huida a punto —tres furgonetas aparcadas en la rotonda, preparadas con reservas mínimas, colchones y bidones de gasolina robados—, pero nadie quería intentarlo a menos que fuera absolutamente necesario. Los túneles de salida podían estar igual de infestados que las calles pequeñas, y perder uno solo más era demasiado doloroso.
A media mañana, el sonido distante de una detonación rompió la rutina. Ana se asomó con el telescopio improvisado —un catalejo de la terraza de un antiguo club náutico— y divisó humo sobre el Rincón de Loix. Demasiado lejos para ser útil, suficiente para preocuparla.
Marta subió corriendo, sin aliento. "¡Han intentado prender fuego a la farmacia en la avenida Mediterráneo!", exclamó. "Lo vi desde el pasillo del quinto piso. Debe ser algún otro grupo... Pero creo que han fallado. Vi movimiento y después humo negro, mucho humo".
Esa noticia trajo una ráfaga de temor. Las farmacias y sus pocos medicamentos se habían convertido en objetivos demasiado valiosos. Cada intento de saqueo, cada chispa de disputa, podía incendiar media manzana. La normativa dentro del hotel era clara: nadie salía en grupo menor de tres y, bajo ningún concepto, se encendía fuego al aire libre. Un reflejo bastaba para atraer decenas de infectados.
La tensión se palpaba. David, tras contemplar la escena durante unos minutos, tomó una decisión. "Ana, esta noche hay que ir. Si hay otro grupo cerca, estarán tan desesperados como nosotros, pero puede que tengan información o medicinas. No podemos permitir que sean una amenaza en nuestra puerta trasera".
Ana asintió, con el miedo haciendo nidos en su estómago. Decidieron partir al anochecer. Acordaron un plan: David iría armado con el machete, Lucas llevaba el bate de aluminio reforzado, y Marta la escopeta que milagrosamente habían logrado rescatar de una casa de campo desierta. A Ana le correspondía vigilar desde el hotel, al mando de la radio y listando cada minuto el avance, lista para ordenar una retirada si las cosas se complicaban. El resto del grupo se atrincheraría en las plantas superiores, apagando luces y guardando silencio.
La partida se deslizó entre los portales, deslizándose pegados a los setos, bajo la sombra alargada de los hoteles Grand y Los Dálmatas, ahora saqueados y deshabitados, hasta llegar a la farmacia. El aire cortaba como un cuchillo, lleno de un olor penetrante a plástico quemado y carne. El escaparate estaba casi fundido y la puerta, destrozada a golpes. No quedaba nadie a la vista, pero al fondo, entre los mostradores, escucharon un gemido. David levantó el machete y avanzó.
Un hombre yacía en el suelo, herido en una pierna, sin sangre en la cara y con el delantal de farmacéutico caído de un lado. Temblaba. "No me hagan daño", balbuceó en un hilo. "Intenté defenderme. Había tres, querían todo... me dispararon en la pierna, lo juro. Me quedé atrás cuando huyeron".
Lucas revisó la herida. Era fea, carne desgarrada y sangre congelada al tacto, pero aún no había mordeduras. Marta cubrió la espalda mientras David y el farmacéutico reunían lo que podían encontrar en la penumbra: tres cajas de antibióticos, un paquete de gasas, un tubo de benzodiacepinas y cuatro frascos pequeños de jarabe para la tos.
Decidieron ayudarlo. "Te llevamos al hotel, pero tienes que cooperar. Si tienes información, más vale que la compartas", advirtió Marta.
La vuelta fue más lenta. El farmacéutico —que dijo llamarse Sergio— apenas podía caminar. Avanzaron entre sombras, evitando las calles principales, y esquivando a un par de infectados que deambulaban, helados de frío, por el descampado del Parque de l’Aigüera.
Al llegar, el grupo recibió al hombre con mezcla de esperanza y recelo. Nuestros recursos no daban para alimentar a otra boca, pero Sergio, aún con el susto en la mirada, relató algo vital: "Escuché por la radio durante la noche. Al sur, más allá de Villajoyosa, un grupo mantiene contacto con barcos pesqueros. Han conseguido pescar y sobrevivir en el mar, siempre que no se alejen mucho de la costa. Hablan de intercambios con comunidades de La Vila, aunque apenas pueden salir sin ser vistos".
Aquella información sirvió de chispa. Si aún era posible pescar, incluso en esas aguas oscuras y peligrosas, podrían lograr comida fresca. Se debatió durante horas. Muchos temían los riesgos, pero otros —hombres y mujeres del grupo, marcados por la desesperación— se ofrecieron voluntarios para arriesgarse en busca de los barcos. David, de marineros en su familia, lideraría una pequeña expedición al puerto al amanecer.
El resto de la noche fue una vigilia tensa. Ana no durmió; solo escuchaba el crujir del edificio, el jadeo lejano de algún muerto en las avenidas, y el quejido apagado del viento. Aferraba la radio a su pecho, esperando la señal convenida de la patrulla: dos pitidos largos, uno corto, repitiéndose cada media hora.
Al alba, la expedición descendió por la avenida Armada Española, cortando camino hasta el puerto. Las calles, cubiertas de escarcha, brillaban bajo un sol tímido. Silencio absoluto. Solo una gaviota nueva, reacia y desconfiada, planeaba en círculos sobre los bloques. La tensión era densa mientras sorteaban coches volcados, esqueletos vacíos de tiendas de souvenirs, y el omnipresente hedor de la muerte.
El muelle —al igual que casi todo Benidorm— era una amalgama de destrozos. Pero una barcaza blanca, con letreros de "Paseos Turísticos Mediterráneo" medio borrados, flotaba unida a los amarres por milagro. David inspeccionó la cubierta: lonas rasgadas, huellas recientes, restos de comida y cajas de remos improvisados. Seguramente algún grupo había partido en la noche, pero allí quedaban pruebas de pesca reciente: redes húmedas y algunas sardinas retorcidas de frío en cubos de plástico.
De pronto, un grito. La patrulla restante, que vigilaba la entrada del puerto, fue embestida por un grupo disperso de zombis que habían permanecido ocultos en una cafetería abandonada. El combate fue breve pero brutal. Lucas recibió un rasguño y uno de los adolescentes del grupo —Paolo, 17 años, rescatado de un camping semanas atrás— resultó herido en la cabeza. Aun así, lograron exterminar a los muertos, y con la adrenalina del peligro sorteado, volvieron al hotel con una carga de pescado, redes, y la esperanza reluciendo donde antes no había más que resignación.
Los días siguientes se dedicaron a curar heridas, limpiar pescado, y a ventilar rumores. Sergio, el farmacéutico, demostró ser útil: orientó a Ana en tratamientos improvisados, organizó las medicinas, e incluso arregló la radio para captar mejor las frecuencias. El breve suministro de alimento fresco revitalizó al grupo, al menos por unos días, y entre risas nerviosas celebraron su pequeña victoria sobre el hambre y el terror.
Sin embargo, en la memoria de todos estaba el invierno. El frío seguía siendo enemigo —pero, a la vez, aliado. Los zombis, cada vez más lentos, caían en las trampas improvisadas por el grupo en la playa o quedaban atrapados en las arenas húmedas bajo la superficie helada. Por primera vez en meses, Ana miró el mar con un atisbo de optimismo; no por lo inmenso y aterrador que era, sino porque, quizá, ofrecía una frágil vía de supervivencia.
Las semanas pasaron y la vida se reorganizó entre tareas y rondas. Los niños —siempre los niños— volvieron a reír tímidamente, construyendo maquetas con restos de juguetes, y los adultos comenzaron a soñar con más salidas de pesca, mejores trampas y la idea disparatada de buscar semillas para un huerto en el techo del hotel.
En la verja del hotel, pintaron con sangre seca y pintura negra una advertencia: "VIVOS ADENTRO. ARMADOS. SOLO PAZ." Y cada noche lo repetían, como un rezo, antes de dormir. Porque tal vez, en aquel invierno de 2020, cuando todo parecía perdido y la humanidad se escondía de la oscuridad y la muerte, lo único que importaba era resistir. Y en su rincón helado de Benidorm, bajo las sombras de rascacielos vacíos, ellos seguían vivos.
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