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Portada del relato Fortaleza al Sol: Benidorm Tras la Caída
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Fragmento:


Benidorm había sido uno de los primeros refugios amurallados en la Costa Blanca. El mar les daba protección en dos costados, y las montañas al norte cerraban casi cualquier acceso por tierra. El invierno pasado habían logrado limpiar de caminantes la mitad del casco urbano, aunque todavía nadie se atrevía a adentrarse a fondo en la Playa de Poniente. Los caminantes languidecían bajo el sol, desgastándose, pero seguían siendo mortales en manada.

Duración: 13:53

Fortaleza al Sol: Benidorm Tras la Caída
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Texto de ajuste de pausa.

15 de septiembre de 2027

El mar seguía ondeando en la bahía, un azul profundo que apenas reconocía el concreto y el acero oxidado de los rascacielos desmoronados y los hoteles abandonados. Desde lo alto del Intempo, único coloso todavía en pie, Sofía divisaba las líneas irregulares de la nueva muralla: una amalgama de coches volcados, barriles rellenos de escombros, puertas arrancadas de apartamentos y hasta vallas publicitarias de los tiempos en que Benidorm era sinónimo de playa y fiesta. Ahora, bajo el cielo aún tibio de septiembre, no quedaba ni rastro de aquel bullicio, solo el susurro constante del viento salado y los ecos de una ciudad que aprendía a sobrevivir.

Sofía tenía veintitrés años. La pandemia zombie le había quitado la niñez, los padres, la rutina, pero le había dejado esto: un instinto feroz por sobrevivir y un pequeño grupo de compañeros con los que compartía mucho más que hambre y miedo. Esa mañana, había dejado su puesto en lo alto, recibiendo un cambio de guardia de una adolescente de rostro quemado por el sol, para recorrer la ciudadela improvisada.

Benidorm había sido uno de los primeros refugios amurallados en la Costa Blanca. El mar les daba protección en dos costados, y las montañas al norte cerraban casi cualquier acceso por tierra. El invierno pasado habían logrado limpiar de caminantes la mitad del casco urbano, aunque todavía nadie se atrevía a adentrarse a fondo en la Playa de Poniente. Los caminantes languidecían bajo el sol, desgastándose, pero seguían siendo mortales en manada.

Ahora, a las afueras del perímetro seguro, entre los bloques de pisos que aún no habían sido asegurados, aguardaba un problema distinto. Sofía lo supo apenas vio la columna de humo en el horizonte, una pluma negra ascendiendo más allá de la Avenida de Europa. La noticia viajó rápida por los corredores y pasillos fortificados: otra banda de saqueadores, esta vez bien armados y más numerosos que en ocasiones anteriores.

Había otros peligros, por supuesto. El agua potable debía ser filtrada con filtros improvisados; el combustible se racionaba hasta la última gota; la munición, producida entre parches de talleres mecánicos y laboratorios caseros, era contada con la precisión de un farmacéutico loco. Pero los asaltantes humanos eran un azote casi peor que los zombis, porque habían aprendido a cazar, a emboscar y a negociar con crueldad.

El núcleo de Benidorm protegido era apenas una sombra de lo que fue. Desde el Rincón de Loix hasta la parte alta del Parque de L’Aigüera, algunos pocos miles de supervivientes —la mayoría locales, otros venidos de pueblos tierra adentro— trataban de revivir una apariencia de comunidad. Las viejas plazas ahora eran huertos, donde hileras de máscares y calabacines asomaban entre girasoles que servían como alarma natural, ya que reaccionaban al paso de caminantes con un temblor sutil.

La voz de Hasna, la coordinadora del consejo, sonó grave cuando reunió al grupo en la plaza mayor, justo donde antes se montaba el escenario de las fiestas de San Juan.

—Los vemos rondando desde hace dos días —informó, apoyada en la culata de una vieja escopeta de caza—. Llevan perros, y uno de ellos dispara desde lejos. Fijaros bien: no les interesa la ciudad, quieren la comida. Y nos han espiado el mercado de intercambio. Necesito voluntarios para reforzar la muralla y vigilar los accesos de la Avenida Alfonso Puchades. El consejo quiere negociar, pero yo no me fío.

Sofía levantó la mano sin dudar. Prefería acción a horas de ansiedad, y conocía bien la zona industrial, ahora convertida en zona de exclusión. Se armó con su arco compuesto —fabricado a partir de tubos de estanterías y restos de persianas metálicas—, una vieja linterna y media docena de flechas recicladas.

Mientras salían en patrulla, acompañados de dos miembros de la milicia local —Carlos y Marta, curtidos ya en tres enfrentamientos con forasteros—, Sofía repasó la situación. No era la primera vez que las bandas del interior intentaban asaltar Benidorm. Algunas solo buscaban comida o medicinas, otras traían esclavos o mercancía para negociar. Pero cada enfrentamiento debilitaba la moral del pueblo, erosionaba los recursos y costaba sangre.

Las calles, entre las sombras alargadas de la tarde, estaban llenas de rastros de épocas mejores: bicicletas abolladas, sombrillas de colores desvaídos, carteles de discotecas descolgados por el viento. En algunos balcones aún colgaban sábanas ajadas, como si la vida en que la gente disfrutaba del sol y la playa solo se hubiese detenido un momento, a la espera de que toda esta pesadilla pasara.

El grupo cruzó la rotonda de la Avenida Europa por un túnel excavado bajo un paso de coches bloqueados. El silencio era raro, tenso, una oportunidad para que cualquier sonido se percibiera nítido. Los coches oxidados y las fachadas salpicadas de impactos y grafitis, ahora eran improvisadas atalayas o trampas.

—Por ahí —susurró Marta, señalando la humareda—. Están cocinando algo o quemando restos para despistar.

Carlos, que portaba el único fusil de asalto del grupo, asintió.—Si nos ven, tenemos que dejar claro que no somos una presa fácil.

Llegaron a un punto de observación oculto tras un hotel medio derruido. Desde allí, divisaron al grupo enemigo: seis hombres, tres mujeres, harapientos pero armados. Un par de perros husmeaban entre contenedores, mientras dos saqueadores apilaban cajas y bidones bajo la mirada de un hombre de barba encanecida.

—¿Qué hacemos? —susurró Sofía.

Hasna, que había llegado por otro acceso, se sumó poco después, gesticulando con signos aprendidos durante los años de asedios y emboscadas. Su propuesta: enviar primero a alguien para parlamentar, pero preparados para una retirada rápida, y con una serie de señales pre-acordadas.

Sofía se ofreció de nuevo. La reconocían ya como interlocutora: no era mayor, pero sí diestra en el arte de escuchar y de negociar. Se acercó despacio, la cuerda del arco suelta, las manos abiertas a la vista.

—¿Qué buscáis? —preguntó en voz firme.

El hombre de barba la miró de arriba a abajo, con dureza.—Agua y grano. Llevamos semanas tirando de lo poco que queda. Queremos trueque, no pelea.

—Benidorm no regala nada —replicó Sofía—. Aquí cultivamos y defendemos lo nuestro. Fijaos en las murallas: ¿veis a muchos zombis dentro? Vosotros traéis problemas.

—Tenemos algo que ofrecer —dijo una de las mujeres, mostrando una caja metálica—. Medicinas. Analgésicos y antibióticos. De un hospital de La Vila. Os los cambio por harina y semillas.

Sofía miró a Hasna, quien asintió mínimamente. En los últimos meses, la escasez de antibióticos había causado estragos cada vez que alguna infección simple se complicaba en los barrios más alejados. Era un trueque arriesgado, pero necesario.

Mientras pactaban la cantidad —nunca toda, siempre solo una parte, por si la promesa era engaño—, los otros miembros vigilaban los posibles accesos por donde podía aparecer una horda. El mar podía proteger, pero también devolvía cuerpos. El muelle viejo, ahora llamado el Espigón del Silencio, servía de punto de observación para anticipar cualquier movimiento anómalo.

El intercambio se realizó rápido, en tensión, en una zona neutral entre dos filas de contenedores vacíos. Cada bando mostró parte de su mercancía; el aire olía a miedo y desconfianza. Sofía recordó entonces palabras de su abuelo: “El verdadero problema no es el miedo a los muertos, sino lo que hace a los vivos.”

Al regresar al recinto, con una pequeña cantidad de medicinas y la tranquilidad aparente de haber evitado el conflicto—al menos por ahora—, Sofía se detuvo en la antigua Avenida del Mediterráneo. Unos niños jugaban al fútbol bajo la sombra de una palmera caída, usando una pelota de trapos y ligas. Los adultos los vigilaban desde las terrazas, rejas y macetas convertidas en trampas improvisadas.

Había vida en Benidorm, eso estaba claro. Durante el verano, los supervivientes organizaban ferias de trueque tres veces por semana en la plaza del Ayuntamiento. Bajo lonas y parasoles, la gente exponía botellas de aceite reciclado, herramientas, jabón hecho a mano, y a veces hasta libros conservados de las antiguas bibliotecas. Allí se encontraban los nuevos ricos—los que dominaban pozos de agua, talleres de munición, estufas de leña—y los nuevos pobres, que solo ofrecían fuerza de trabajo o esperanzas.

El consejo de Benidorm, elegido por aclamación y revisable cada temporada de cosecha, se enfrentaba constantemente a dilemas morales y estratégicos. ¿Abrir la ciudad a más familias desesperadas, arriesgándose a perder el control? ¿Negociar con bandas nómadas, aceptando su presencia a cambio de información o recursos? ¿Dedicarse a buscar sobrevivientes en los hoteles diseminados en la sierra, o priorizar la protección y el crecimiento de los cultivos?

Sofía, aunque no era consejera, había participado en la vigilancia de ferias y en la organización de expediciones. Le gustaba ese trabajo, porque ofrecía la posibilidad de encontrar objetos útiles entre las ruinas. Radios viejas, baterías, incluso piezas que, unidas con inventiva, podían dar forma a nuevas herramientas. A veces encontraba diarios, cartas, pequeños vestigios del mundo perdido: invitaciones a bodas de 2019, facturas de restaurantes, mapas turísticos cubiertos de polvo y sangre seca.

La comunidad estaba aprendiendo a convivir con la presencia residual de los zombis. Las patrullas salían cada amanecer con palancas, lanzas y redes para limpiar los edificios recién recuperados. La norma era no arriesgarse en callejones estrechos, nunca patrullar solo y, ante todo grito, responder en clave con silbatos especiales.

Había también una nueva economía que aprovechaba el entorno. Algunos cultivaban tomate y cebollas sobre el cemento de las terrazas. Otros criaban conejos en jaulas hechas de somieres y electrodomésticos rotos. El mar no era una opción confiable debido a la escasez de redes y aparejos, pero ocasionalmente un grupo se organizaba para pescar desde barcas rescatadas o improvisadas con bidones.

En la parte alta de la ciudad, la vieja estación de tranvía servía de refugio-taller para Juan, el herrero y devoto de las máquinas. Había logrado reparar dos bicicletas eléctricas y un pequeño generador que mantenía en funcionamiento la emisora local. La radio servía tanto para difundir noticias, música pre-pandémica y mensajes codificados de alerta. Así los asentamientos vecinos, en Finestrat y Altea, podían mantenerse en contacto y advertir sobre movimientos de hordas o bandas hostiles.

Ese mismo día, por la tarde, la calma se vio interrumpida por una señal especial: dos pitidos largos, uno corto. Alerta de horda. Desde el Espigón del Silencio avisaban del avistamiento de una docena de zombis desorientados flotando cerca de la playa de Levante, arrastrados por la corriente. El consejo, ya prevenido, puso en marcha el protocolo: toque de alarma, cierre de puertas, equipos preparados para limpiar la zona apenas los cuerpos tocaran la arena.

Sofía acudió al punto de reunión, junto a veteranos y novatos. Sabía que el peligro, aunque menor al de años pasados, seguía siendo letal para los imprudentes. Vio cómo organizaban en filas a los aprendices: los mayores enseñando a los adolescentes a golpear con precisión, a no derrochar fuerzas, a formar grupas para limpiar de manera metódica.

El sol caía mientras los primeros cadáveres tocaban la costa. El trabajo era repulsivo, peligroso, pero el equipo de limpieza respondía con eficacia. Cada cuerpo abatido era retirado y quemado en una de las fosas comunes abiertas al norte.

La jornada terminó con la ciudad reunida en torno a un pequeño fuego, donde se repartían historias, sucedáneos de vino y, sobre todo, esperanza. Sofía se sentó junto a su hermano, único familiar vivo. Miró la silueta de los hoteles en la penumbra, la espuma blanca bajo la luna creciente y las murallas improvisadas, resplandeciendo bajo la luz de antorchas y linternas.

Pensó en el viejo Benidorm: sus veranos ruidosos, los británicos tostándose en la arena, los vendedores de helado, las discotecas temblando al ritmo de música electrónica. Todo desaparecido, enterrado por la ola brutal de la nueva era. Pero también supo, mientras sentía el calor del fuego y las risas forzadas, que algo sobrevivía. La humanidad resistía. Y Benidorm, desde sus ruinas y playas resguardadas, se erguía como uno de los nuevos corazones palpitantes del mundo que estaba por nacer.

Al día siguiente, grupos partieron en busca de recursos a los hoteles que aún quedaban por explorar. Sofía se sumó, arco a la espalda, mente despejada. Ya no pensaba en lo que se había perdido, sino en lo que había que construir, hora a hora, vigilando el horizonte. Porque, aunque las historias hablaban ahora de zombis cada vez más resignados, el verdadero reto era otro: reconstruir la confianza, mantener la paz y sembrar—en todos los sentidos—las semillas del futuro.

Así, bajo el sol implacable de septiembre, Benidorm se mantenía, no como la ciudad de antes, sino como un faro de esperanza, fortaleza y supervivencia, donde cada ser humano contaba, y donde cada día merecía ser recordado.

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