Fragmento:
En la distancia, sobre la línea del mar, varios barco-cascaras oxidados se mecían al compás del oleaje. Más cerca, en la zona de Levante, se cebaban las gaviotas con los restos de lo que alguna vez fueron turistas británicos. El hedor era permanente, verdadero, imposible de desterrar. Por eso, en la calidez opresiva de agosto, las mascarillas precarias que usaban se habían vuelto tan imprescindibles como las armas.
Duración: 11:26
18 de agosto de 2022
La brisa marina crujía a través de los escombros recogidos en las avenidas de Benidorm. Era apenas mediodía, pero el sol de agosto caía pesado y denso sobre las ruinas salitrosas de la ciudad, donde el mar seguía azul y apacible, indiferente al horror que se había apoderado del mundo desde hacía ya más de dos años.
María se asomaba desde la terraza devastada de la planta quince del antiguo edificio Intempo. Desde allí, la playa de Poniente parecía una herida blanca, atravesada por cicatrices de coches volcados, puestos de chiringuitos abandonados, toldos raídos y cuerpos inertes, unos putrefactos, otros reducidos a esqueletos que se confundían con los rastros de arena sucia. Los hoteles, que alguna vez habían reflejado la luz como espejos, estaban ennegrecidos por incendios y saqueos. Algunos conservaban aún las letras luminosas colgando torcidas, invocando una promesa de vacaciones que nadie volvería a escuchar.
En la distancia, sobre la línea del mar, varios barco-cascaras oxidados se mecían al compás del oleaje. Más cerca, en la zona de Levante, se cebaban las gaviotas con los restos de lo que alguna vez fueron turistas británicos. El hedor era permanente, verdadero, imposible de desterrar. Por eso, en la calidez opresiva de agosto, las mascarillas precarias que usaban se habían vuelto tan imprescindibles como las armas.
María le tendió unos prismáticos a Inma, su hija de dieciséis años, mientras ambas vigilaban la antigua avenida del Mediterráneo, una de las principales rutas de acceso a la ciudad amurallada desde el interior. Lo de "amurallada" era una exageración: una combinación de coches apilados, contenedores, algunas placas de hormigón recuperadas de edificios caídos y barricadas improvisadas con persianas metálicas y vallas de obras.
—Ahí vienen, mamá —susurró Inma tensando los labios.
María centró la mirada. Un pequeño grupo de hombres y mujeres avanzaba por la calle, cubiertos con capas polvorientas, cargando mochilas y algunas armas a la vista. A su lado trotaba un burro escuálido, portando bidones de agua, botellas de gas y un par de sacos atados como alforjas.
Eran los comerciantes de Villajoyosa, que venían dos veces al mes intercambiando pescado seco y sal a cambio de hortalizas, pilas, medicinas o munición. Ahora las caravanas iban protegidas por arqueros y algún mosquete de cañón corto capaz de hacer ruido suficiente para espantar a los muertos y a los vivos hostiles. Los niños de la torre intercambiaron señales de advertencia con los vigías del paseo. No había brote de zombis a la vista. Solo la lenta pero implacable segregación de los hambrientos y los desconfiados.
***
Benidorm no había caído durante los primeros meses del Apocalipsis. Cuando las hordas devastaron Valencia, Madrid y la costa sur, aquí se había resistido a base de altura, disciplina y una violencia feroz que se había consolidado como ley no escrita. Había sido un lugar de llegada para refugiados de toda la provincia: familias, agricultores armados, marinos, viejos guardias civiles, algunos funcionarios que habían conseguido colarse con sus coches blindados y mucho, mucho vecino sustituto.
La clave había sido la altura. Los zombis no escalaban rascacielos. No al menos las primeras semanas. El Hotel Bali, Intempo, el Torre Lúgano y los bloques de apartamentos turísticos se convirtieron en fortalezas verticales desde las que se podía vigilar, parapetarse y, sobre todo, separar a los infectados antes de que lo fueran todos.
Cuando la electricidad terminó por apagarse —primero abril, luego los generadores que los más afortunados pudieron mantener con gasoil “requisado” de barcos pesqueros— el alumbrado nocturno desapareció y el peligro no tardó en consumir las calles inferiores, llenándolas de gritos, disparos, y el horror de cuerpos perseguidos por la noche y por el eco de cristales rotos. Solo el mar recordaba la tranquilidad de otros veranos.
Con el paso del tiempo, la comunidad se fusionó y aprendió a desconfiar incluso de los vivos. La llegada de bandas de saqueadores de Alicante, la brutal “purga” de octubre del 2020, las traiciones dentro de los propios grupos de supervivientes, hicieron que Benidorm se fuera cerrando sobre sí misma como una ostra herida. Solo unos pocos pasos y contraseñas permitían ahora el intercambio con el exterior. A cambio, dentro, se había conseguido cultivar pequeñas terrazas comunitarias sobre las azoteas soleadas, recopilar pozos de agua dulce en garajes subterráneos, y criar conejos famélicos en jaulas de metal. Los grupos eléctricos eran oro, y el trueque básico era vigilado con más control que un banco de diamantes en tiempos antiguos.
***
María acompañó a Inma por la escalera de emergencia, pasando ante los graffiti que contaban, como los estratos de una piedra, la historia del Apocalipsis. "No pasar si respiras hondo", "Mañana sí, lucha", "Todos somos comida", "Benilive o Beni-muere". La memoria colectiva se pegaba en las paredes como salitre.
En la base del Intempo, la caseta de control se mantenía con recursos mínimos. El portón cerraba parcialmente el paso, pero permitía abrir una “ventanilla” desde la que Álex, uno de los pocos adultos aún expertos en armas largas, recibía a la caravana de Villajoyosa con una sonrisa cautelosa.
Había tensión en la espera. Nadie se fiaba del exterior, aunque los rostros eran conocidos. En las últimas semanas, algunos supervivientes de Finestrat habían intentado robar cosechas a punta de cuchillo. De la desconfianza pasaban rápidamente al conflicto.
Los trueques de ese día eran críticos: los comerciantes traían aceite de girasol, garrafones de salmuera, un barril medio lleno de sardinas secas y, sobre todo, seis dosis de amoxicilina encontradas en una farmacia devastada carretera abajo. Benidorm ofrecía pequeñas bolsas de tomate deshidratado, resortes de calidad extraídos de las viejas persianas y piezas de generadores.
A la sombra, un extraño aguardaba. Era un hombre mayor, con traje harapiento, acaso un antiguo turista británico que hablaba un español cortado y casi infantil. Traía noticias: en Altea alguien decía haber visto una barca militar, una lancha rápida, con soldados que buscaban sobrevivientes útiles para “reconstruir la costa”. Nadie le creyó. Cualquier autoridad oficial era un espejismo o, peor aún, un plan encubierto para reclutar a incautos como carne de cañón.
***
En la asamblea improvisada de la tarde, María y una docena de integrantes del consejo se sentaron en lo que había sido el comedor de buffet del Bali, ahora convertido en sala de juntas. Las mesas, restauradas y formadas en círculo, servían para poner en común lo conseguido durante la jornada. Allí se trataba desde el reparto del agua hasta el destino de los heridos, pasando por la resolución de disputas tribales entre lo que quedaba del “sector Levante” y “sector Poniente”, supervivientes que a menudo diferenciaban sus derechos según la planta y el bloque en el que habían resistido los peores inviernos.
—Tenemos recursos para tres semanas —dijo Lidia, la encargada de suministros, una mujer seca y resolutiva, antes educadora social—, pero la sal se acaba y el pescado también. Si nos quedamos sin conservas, dependemos totalmente del trueque y de la pesca desde los espigones, que se está volviendo más arriesgada. Hay rumores de infectados atrapados entre los escombros de la playa, moviéndose de noche.
—¿Podemos organizar una expedición al supermercado de Rincon de Loix? —preguntó Jorge, que había sido electricista y ahora ejercía de uno de los líderes de patrullas. —Parece menos peligroso, la última banda fue expulsada hace dos semanas.
Hubo un murmullo de dudas. Cada expedición era una apuesta brutal: entre el riesgo de zombis ocultos, bandas hostiles, o la posibilidad de no encontrar nada útil tras tanto saqueo, a veces regresar solo con vida era una victoria.
—Hay que empezar a plantar en serio en la azotea nueva —dijo Pablo, uno de los adolescentes encargados del invernadero—. Los tomates sobreviven pero necesitamos semillas mejores. ¿Qué tal los experimentos con las judías?
María tomó la palabra.
—La caravana de Villajoyosa dice que hay semillas en el banco agrícola de La Nucía. Pero tendrán un precio. Quizá podamos partir un grupo, hacer puente entre aquí y allí, siempre que obtengamos información de rutas seguras.
Por un momento, la idea de expansión pareció prender entre los presentes, como una chispa.
Fue Inma la que, convencida, pidió la palabra por primera vez en una reunión así.
—Eso solo servirá si logramos más armas. O mejor defensa. No solo por los zombis. Los humanos son peores. El otro día vimos movimiento en el viejo centro comercial de la Avinguda d’Europa. Los chicos del paseo dicen que parece una banda nueva. Mejor estar preparados.
María sintió un escalofrío. Desde hacía meses, la verdadera amenaza no eran los muertos que aún deambulaban —cada día más lentos, más secos, más ciegos—, sino los vivos sin ley, que acechaban en las sombras buscando presas y botines.
***
A la caída del sol, cuando la luz dorada teñía la costa de rojo, María escoltó a Inma hasta la azotea. Allá arriba, entre cajas de fruta reventada y bidones de plástico cortados, los pequeños brotes de albahaca, tomate y pimientos resistían el calor como podían. La fragancia de la sal, el estiércol y las hojas verdes componía un perfume amargo y real.
Desde aquella altura, la ciudad era una novela de fantasmas. Los viejos rascacielos proyectaban sombras larguísimas sobre bloques donde los refugiados secaban la ropa, vigilaban el horizonte con prismáticos y mantenían fuegos diminutos para hervir agua o reparar radios. De vez en cuando, un disparo seco resonaba en los cañaverales del parque de l'Aigüera. Los vigías respondían izando banderas de colores o encendiendo linternas de bajo voltaje que servían para confirmar que nadie del turno había caído.
El mar, más allá, seguía inmutable. Había quien juraba que algunas noches, desde la isla de Benidorm, una luz titilaba entre las rocas, quizá supervivientes olvidados, quizá un antiguo farero convertido en ermitaño.
—¿Qué pasará cuando termine todo, mamá? —preguntó Inma mirando el horizonte.
—Si termina, me gustaría que volviéramos a bañarnos en la playa —respondió María, apretando la mano de su hija—. Y que tú pudieras ver la feria en el puerto, con las luces encendidas, sin miedo.
Un silencio cómplice las envolvió. Abajo, en la calle, la caravana de Villajoyosa se preparaba para salir, atravesando el portón mientras caía la noche. De lejos, todavía se escuchaba el graznido de las gaviotas y el rumor persistente de las olas. También, muy de vez en cuando, un quejido gutural y amortiguado, recordando a quienes aún resistían que el final de los zombies no era el final del miedo. Pero Benidorm, al menos por otro verano, seguía en pie.
Tal vez al amanecer, cuando los primeros rayos se deslizasen entre las ruinas, la ciudad seguiría reuniéndose cada día para reconstruirse, piedra a piedra, cosecha a cosecha, entre el recuerdo de lo perdido y la terca esperanza de un futuro nuevo. Porque en Benidorm, como en muchas otras islas de supervivientes a lo largo de la costa, la obstinación era la única ley que de verdad perduraba. Y así, bajo el cielo limpio y el sol abrasador de agosto, María supo que mientras tuvieran fuerzas para resistir, Benidorm se negaría a morir del todo.
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