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Fragmento:


—¿Nada? —preguntó Carlos, encogiendo los hombros bajo un abrigo demasiado grande.

Duración: 11:05

Refugio entre rascacielos
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Texto de ajuste de pausa.

12 de diciembre de 2020

Había llegado el invierno a Benidorm, pero no era un invierno habitual. El viento húmedo del Mediterráneo se colaba entre los esqueléticos rascacielos, arrastrando consigo olor a mar mezclado con el hedor dulzón de la descomposición. Nadie paseaba ya por la playa de Levante, ni siquiera los jubilados británicos que alguna vez llenaron los bares con su bullicio alegre y sus canciones desafinadas. Solo quedaban las gaviotas peleando entre basura, y el murmullo de las olas amortiguado por coches volcados y cuerpos amontonados, algunos hace semanas, otros más recientes, todos testigos mudos de la caída vertiginosa de la ciudad.

En la antigua recepción de un hotel de cuatro estrellas, cerca de la avenida del Mediterráneo, una docena de supervivientes escuchaba atentamente el chillido metálico de una radio militar. Solo quedaban señales de emergencia, breves, por lo general incomprensibles, pero para Lucía cada palabra era un ancla a la realidad. Llevaba tres noches sin dormir bien, turnándose en la guardia del vestíbulo, la escopeta siempre a mano y los ojos irritados de tanto frotárselos para mantenerse despierta. Era maestra antes de todo esto, pero ahora lideraba un pequeño grupo porque parecía la menos dispuesta a rendirse.

La transmisión se interrumpió de golpe; apenas un click de estática. Lucía apagó la radio. Tras la ventana, la niebla lo envolvía todo, difuminando las palmeras y las luces olvidadas de hoteles gemelos y centros comerciales. Todavía se alzaban como monumentos huecos de una era de turistas, pero sus reflejos sobre el asfalto eran opacos, rotos.

—¿Nada? —preguntó Carlos, encogiendo los hombros bajo un abrigo demasiado grande.

—Solo la misma alerta, “evitar grandes urbes”. Ya la hemos oído cien veces. Y aquí estamos, en una de ellas —musitó Lucía, acentuando la ironía con una sonrisa cansada.

Había razones por las que Benidorm seguía conteniendo grupos de supervivientes, pese a los riesgos: allí seguía habiendo suministros. Los supermercados grandes, fortificados en los primeros meses de caos, guardaban todavía latas, paquetes de legumbres, agua y algunas medicinas de botiquines. Bajo las calles del “Rincón de Loix” quedaban almacenes repletos de cervezas y desinfectante. Y allí, en la verticalidad de sus edificios, era difícil que las hordas los atraparan mientras supieran usar los ascensores manuales y destruyeran las escaleras de acceso.

—No podemos seguir aquí para siempre —añadió Marta, la más joven, que aún soñaba con poder volver a contactar con su familia en Albacete.

Lucía asintió, ya lo había pensado mil veces. Pero salir de la costa significaba dejar atrás la relativa seguridad, y jugársela en campos abiertos, donde los caminantes podían sorprenderte de noche y las bandas armadas empezaban a proliferar. Ahora el frío era un aliado, al menos con los zombis. Los veían moverse torpemente por las avenidas, arrastrando los pies sobre la madera podrida de los paseos. A mediodía salían a buscar reservas en las cocinas cerradas del sector turístico. La rutina era arriesgada, sí, pero la alternativa —aventurarse hacia el interior, donde incluso el mar se perdía después del crepúsculo— resultaba mortal.

Esa misma mañana, Lucía había viajado con Antonio y Raquel hasta la Plaza Triangular para revisar las tiendas de regalos y algún supermercado. Sabían que alrededor de la Avenida Europa los infectados tendían a agruparse. Quizá por eso nadie se atrevía a acercarse demasiado: no era raro observar montículos de cuerpos en mitad de la calle, viejos y nuevos, a veces entrelazados, fusionados por meses de abandono y lluvia. Los hubs de turismo, aquellos icónicos monolitos de hormigón, les ofrecían refugio temporal, pero las sombras alargadas por el sol débil del invierno ocultaban peligros peores: cazadores, saqueadores, a veces incluso niños que se habían organizado en tribus.

Al regresar, la niebla se alzó aún más. El consuelo era que los muertos apenas podían moverse con aquel frío, y el viento dificultaba su orientación. Una vez, desde el piso 18 del hotel, Lucía había contemplado la marea gris de zombis apiñados en la rotonda del antiguo Burger King, chocando entre sí como autómatas desorientados. Cuando la lluvia helada caía sobre ellos, sus movimientos se hacían aún más lentos, casi ridículos de tan dóciles.

—Esta noche debemos decidir si marchamos hacia el norte, o rezamos para aguantar aquí hasta que el frío haga el trabajo sucio —dijo Lucía, mirando a sus compañeros. Nadie respondía nunca a la primera. Era una discusión recurrente: la nota apremiante de sus palabras había perdido fuerza desde hacía semanas, pero el miedo no.

Se repartieron un almuerzo sencillo: galletas de supermercado, trozos de queso añejo y café hecho con agua filtrada. Lucía pensaba en Laura, su hija, a la que había enviado con su padre apenas dos semanas antes del colapso total. Cuánto habría dado por saber si alguno de los mensajes en la radio provenía de ellos.

El resto del día transcurrió entre tareas organizadas: Marta y Carlos subiendo provisiones desde el sótano para no acudir todos los días al supermercado —habían aprendido a racionar la comida con disciplina militar—; Antonio revisando las trampas en la entrada del hotel, Raquel y Daniel buscando formas de aislar mejor el salón principal. A última hora de la tarde, una de las alarmas improvisadas —un hilo de latas atado a una silla— repiqueteó con fuerza. Todos se armaron automáticamente, cada uno con el arma que le había tocado: machetes, cuchillos oxidados, la vieja escopeta o simplemente palos de golf.

Al asomarse, vieron la silueta encorvada de una chica de unos 14 años. Era delgada, de aspecto casi irreal, cubierta por una manta sucia. Sus ojos grandes y su respirar irregular hicieron que Lucía reconociera, con una mezcla de pánico y compasión, la humanidad aún viva en ella.

—No estoy infectada —susurró la niña—. Solo… tengo frío y hambre. No he visto a nadie más desde hace días.

Tras un tenso silencio, la dejaron pasar. Le ofrecieron agua y un trozo de pan duro. Se llamaba Inés, y había estado escondida en uno de los bungalows cerca del parque de Elche; había visto cómo una familia que se refugiaba en el Balmoral fue devorada tras bajar a buscar pilas. Su historia era la misma que tantas otras: soledad, terror, pérdida. Pero en su voz vibraba algo más: el eco de la esperanza.

Durante la noche, mientras el grupo se turnaba para montar guardia, Lucía no podía dejar de pensar en esa chispa. Quizá era verdad lo que decían desde la radio: quedaba poca humanidad, pero bastaba con una chispa para encender la resistencia.

Afuera, el viento azotaba las fachadas. En el Paseo Marítimo, el agua devoraba los últimos restos de las sombrillas rotas. En la distancia, se escuchaban dos tipos de gemidos: los ululantes —bajos, persistentes— de los zombis, y otros, a veces, humanos, mezcla de ruego y locura.

El alba llegó, temblorosa, envuelta en niebla. El frío era más intenso, pero también la calma. Desde el ventanal del comedor, podían ver la isla de Benidorm perfilada contra el horizonte, y un débil halo solar se filtraba entre las nubes. Era suficiente para levantar el ánimo, apenas.

—Tenemos que salir antes de que llegue el deshielo —apuntó Raquel, sirviendo café en tazas desiguales—. Cuando suba la temperatura volverán a ser rápidos.

Esa era la cuestión más inquietante: el invierno sólo les regalaba una tregua efímera. La escasez empezaba a apretar de verdad; terminarían peleando por latas caducadas o buscando raíces en el parque de Aigüera si no encontraban otra vía de salvación.

Aquella mañana, Marta y la recién llegada Inés subieron a la azotea a observar la ciudad con unos prismáticos viejos. Vieron cómo dos zombis tropezaban contra una farola y seguían su camino por la calle Gerona, ignorantes de su insignificancia. Más allá, una columna de humo negro ascendía, muy lejos, quizá por la zona de El Albir —alguien más resistía, o tal vez otra señal de que la humanidad prendía fuegos para defenderse del frío y de la oscuridad.

Lucía mandó un equipo a la farmacia del Rincón de Loix para buscar antibióticos —Carlos había empezado a toser sangre, el ambiente viciado y helado no ayudaba. Volvieron hacia el mediodía con menos de lo esperado: los estantes saqueados, y un susto cuando tuvieron que arrastrarse bajo cortinas metálicas para evitar a una cuadrilla de saqueadores, hombres armados que gritaban en eslavo. En la nueva realidad de la Costa Blanca, nadie era de fiar.

Ese día, Raquel propuso una locura: intentar llegar al parque natural de Sierra Helada. Supuestamente, grupos de alemanes habían establecido un refugio seguro en alguna de las cuevas, lejos de las aglomeraciones de la ciudad. La idea era seductora —aire limpio, comida de monte, menos posibilidades de toparse con zombis o bandas organizadas—, pero implicaba cruzar zonas de alto riesgo y abandonar un refugio que les había salvado la vida hasta entonces.

Por la tarde decidieron votar. Había diez adultos y dos niños. Raquel abogó apasionadamente por salir; Daniel opinaba que cerrar la defensa del hotel era la mejor opción; Marta, quizá inspirada por Inés, quería buscar otros supervivientes.

Mientras deliberaban, Lucía salió a la terraza, donde podía ver la ciudad extendida a sus pies. El sol ya caía, y todo parecía un decorado fantasmagórico: las torres abandonadas, las piscinas vacías y los coches apilados. A veces el silencio era tan absoluto, que hasta el crujido de su abrigo le sonaba atronador.

Se sentó junto a Inés, la joven nueva, que miraba el horizonte con un ansia tranquila. Lucía intentó no pensar en los años que pesaban sobre sus hombros, en los alumnos que alguna vez tuvo y que ahora probablemente estarían perdidos en algún invierno parecido.

—¿Por qué quieres quedarte en la ciudad? —le preguntó.

—Me siento segura en la altura —respondió Inés—. Los zombis no suben más allá del séptimo piso. Pero el frío… el frío también me asusta.

Lucía pensó en su hija, en los abrazos que no daría, en la esperanza diminuta que aún anidaba en su pecho. Al volver con el resto, comunicó su voto: quedarse… pero solo hasta la próxima ola de frío. Luego, intentarían lo de la sierra.

La noche cayó como un telón. Encendieron velas, repartieron mantas. Afuera, la ciudad helada suspiraba. El grupo, reunido en un círculo tenso pero unido, escuchó una vez más la radio: fragmentos de voces en francés, alguien pidiendo ayuda, un grito lejano.

Y por un instante, antes de dormir, Lucía fantaseó con otra primavera, con la posibilidad de que, algún día, la risa volviera a inundar la playa de Levante. Porque mientras mantuvieran viva la humanidad, aunque fuera solo en aquel refugio improvisado entre rascacielos, el invierno de Benidorm nunca sería eterno.

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