Fragmento:
En este rincón del mundo reducido, Nora era una figura discreta entre el ir y venir de los comerciantes. Su andar era rápido y su figura menuda, encorvada a fuerza de costumbre, pasaba inadvertida a los ojos de los desconocidos. Había aprendido que ser invisible era el mejor escudo ante los peligros del nuevo orden: humanos y zombis por igual. Llevaba una vieja mochila, una vez azul intenso, ahora desgastada y adornada con los emblemas dibujados de las casas-fortalezas que había ayudado a fundar o defender.
Duración: 10:50
14 de noviembre de 2028
El sol de noviembre calentaba tímidamente las terrazas decrépitas en la línea de rascacielos frente al mar. Las ventanas en las alturas, alguna vez resplandecientes de vida y turistas, eran ahora ojos ciegos, rotos y vigilantes de un litoral casi olvidado. Benidorm, anteriormente reino de jubilados y veraneantes, se había transformado en una fortaleza insólita; sobreviviente de casi una década de horror y renacimiento, flotando entre los recuerdos de un pasado colorido y la dureza brutal del presente.
En el interior de la ciudad amurallada, cientos de supervivientes comenzaban a llenar la Plaza Triangular, rebautizada como “El Corazón”. Allí, bajo la sombra polvorienta de lo que permanecía en pie del Edificio Intempo—el esqueleto metálico más alto de la ciudad—, se celebraba cada quincena la feria de intercambios. No era ya el bullicio de antaño, sino un zumbido bajo y casi reverencial. Aquí y allá, mujeres ataviadas con prendas hechas de retales, niños cubiertos hasta el cuello con mantas zurcidas, y hombres con viejos uniformes recompuestos, se movían entre puestos de trueque: comida deshidratada, aceite reciclado, puñados de balas, herramientas improvisadas y, para algunos privilegiados, botes de cerveza ennegrecida.
En este rincón del mundo reducido, Nora era una figura discreta entre el ir y venir de los comerciantes. Su andar era rápido y su figura menuda, encorvada a fuerza de costumbre, pasaba inadvertida a los ojos de los desconocidos. Había aprendido que ser invisible era el mejor escudo ante los peligros del nuevo orden: humanos y zombis por igual. Llevaba una vieja mochila, una vez azul intenso, ahora desgastada y adornada con los emblemas dibujados de las casas-fortalezas que había ayudado a fundar o defender.
Su vivienda estaba a cinco minutos caminando por la antigua Avenida del Mediterráneo, en uno de los pisos bajos de una torre barriendo la playa de Levante. Lo compartía con dos supervivientes más: Iván, veterano de la resistencia local, y Maribel, la mecánica capaz de poner en marcha desde una vieja bici eléctrica hasta una pequeña radio de corto alcance. Los tres formaban parte de la guardia nocturna y del círculo de mensajeros que mantenía los lazos entre Benidorm y otros núcleos aliados de la comarca.
La rutina en Benidorm no era sencilla, pero había adquirido el ritmo propio de los que han domesticado el miedo: los muros improvisados con contenedores, el sistema de alarmas basado en botellas y cables, las patrullas armadas que recorrían la frontera entre la ciudad limpia y la “zona gris”, al otro lado del barranco de Foietes, donde se sabía que aún quedaban grupos errantes de zombis y algún que otro saqueador desesperado.
Aquel 14 de noviembre, Nora recibió uno de los mensajes que temía y deseaba: la radio del grupo recibió una señal cifrada de la “Guardiana Blanca”, la unidad paramédica con la que mantenían una frágil alianza desde hacía dos años. Uno de sus puestos avanzados en Altea había sido atacado, y se requerían urgentemente medicinas, además de ayuda para reforzar las defensas de la carretera nacional. El jefe del consejo, Toni el Vasco, convocó a los voluntarios en la antigua recepción del Hotel Bali. Las paredes, en las que aún colgaba un desvaído cuadro de la playa repleta de sombrillas, estaban ahora tapizadas con mapas de carreteras, listas de turnos y bocetos de armas.
—No vamos a dejar que caigan. Si Altea cae, nuestra ruta de comercio hacia el norte se pierde. No habrá más intercambio de semillas ni acceso a sus pozos —explicó Toni, señalando el mapa con un machete oxidado.
La expedición hacia Altea preparó su marcha al amanecer, cuando la niebla del mar camuflaba el movimiento. Eran doce hombres y mujeres, equipados con carabinas reparadas y lanzas con puntas de acero. Remplazaron el rugido eléctrico de las motos viejas por el trote de tres mulas, propiedad del “curandero de La Cala”, un hombre que había jurado no volver a ver morir a nadie bajo su protección directa.
La marcha fue silenciosa. Los grupos de zombis apenas deambulaban ya: la mayoría no eran más que escombros de carne, troncos podridos atrapados en sus propios harapos, incapaces de hacer frente a la vida que avanzaba, terca, por la carretera costera. Pero la amenaza humana era la más temida. Varios grupos armados buscaban aún presas fáciles o recursos; en la montaña, el eco de algún disparo avisaba de su presencia invisible.
Atravesaron campos de naranjos que sobrevivían a duras penas, protegidos por pequeños diques de piedra. Entre la vegetación se veían los restos oxidados de antiguos coches de turistas, engullidos por la maleza. Al llegar a un alto desde el que se avistaba Altea, divisaron banderas blancas y azules colgadas en las terrazas desalojadas de los primeros bloques de apartamentos: una señal de los suyos.
El puesto avanzado estaba bajo tensión, pero resistía. Los atacantes habían sido repelidos en la última escaramuza, pero tres sanitarios estaban heridos y el miedo era más letal que cualquier mordedura. Nora entregó el pequeño alijo de vendas y antibióticos que había conseguido intercambiando una vieja pistola para bengalas. Pasó la noche de guardia en la vieja biblioteca, atendiendo a los heridos y vigilando el promontorio en dirección a Calpe, por si regresaban los agresores.
A primera luz, el grupo volvió a Benidorm. Era peligroso demorarse demasiado fuera de los muros. El regreso fue tenso pero breve: la amenaza, por ese día, había sido contenida. Al cruzar por la glorieta de la playa Poniente, se encontraron con dos coches detenidos, siniestrados y cubiertos de moho. Debajo de uno, un niño pequeño los observaba con ojos asustados y una herida fea en la pierna.
Detuvieron a la expedición casi en seco. Nora, sin pensarlo, bajó y se arrastró hasta el pequeño, moviendo las manos en señal de calma. El niño vestía aún la camiseta de un equipo de fútbol infantil. No dijo palabra al principio, pero permitió que le revisaran la pierna. No estaba infectado, sólo herido. “Martí”, dijo cuando por fin se atrevió, señalando al grupo. Su familia, explicó poco después con gestos y palabras rotas, había intentado llegar a Benidorm desde la Vega Baja, uno de los últimos sitios en ser liberados de las hordas.
El niño fue adoptado por una de las mujeres de la expedición. Al llegar a la entrada sur, donde los antiguos carteles de neón se habían reconvertido en advertencias (“Matar o Morir: Prohibido el acceso tras el toque de sirena”), el consejo decidió aceptar al pequeño. Quizá era la esperanza la que hacía tomar riesgos ante el peligro.
En los días sucesivos, Benidorm se preparó para la llegada de las lluvias. Los técnicos supervivientes de la vieja central eléctrica de Guadalest trabajaron durante semanas para hacer llegar algo de energía a los pisos bajos del Intempo y de la Torre Lugano. En muchas viviendas aún se vivía a la luz de velas y candelabros hechos con latas recicladas. Algunos grupos rebuscaban por el interior de los hoteles abandonados en busca de suministros: ropa de cama, alfombras, incluso botellas de licor viejas que servían tanto para desinfectar como para conservar algo del ánimo festivo, al menos en las noches tranquilas.
Pero la otra cara de la vida resurgiente en Benidorm era la disciplina. Cada familia estaba registrada en el consejo. Existía un sistema de señales entre los bloques de edificios, transmitido con banderas de colores, para alertar de intrusiones o movimientos raros. Los niños y jóvenes eran instruidos en la escuela improvisada de la antigua discoteca Penélope, donde la pizarra era una puerta arrancada y el abecedario se mezclaba con lecciones sobre cómo identificar plantas comestibles o fabricar trampas y alarmas.
El acuerdo recién firmado entre Benidorm y Villajoyosa—que selló la paz tras varios meses de disputas por un pozo de agua potable—se celebró modestamente con una pequeña fiesta. Varios músicos rescatados de orquestas locales improvisaron un concierto usando guitarras recompuestas y ollas como tambores. Por una noche, la ciudad volvió a escuchar risas y voces alegres, más fuertes que la amenaza de los saqueadores y los zombis.
Nora contempló el mar desde la terraza de su piso, acompañada ahora por Martí, quien ya había hecho amigos entre los “niños del muro”. Recordó los veranos ruidosos, los atascos en la avenida y los cuerpos aceitados tendidos al sol; ahora, todo eso era apenas un mito lejano, relatado una y otra vez como cuentos antes de dormir. El silencio de la noche, sin motores ni discotecas, era absoluto y, en cierta forma, reconfortante.
Pero bajo la calma, todos sabían que la batalla no había terminado. De vez en cuando, se encontraban nuevos focos de infectados: un sótano colapsado, una vieja bodega, o los túneles del tram cercanos a la estación de Terra Mítica, donde aún se cree que algunos “residuos” de la primera generación de zombis vagaban, ya casi inmóviles. Cuando se detectaban movimientos raros o amenazas, la milicia local se movilizaba, armados con ballestas artesanas y viejas pistolas restauradas.
A pesar de la fatiga, el hambre que nunca desaparecía del todo, y la sensación persistente de orfandad por un mundo desaparecido, los habitantes de Benidorm habían aprendido a reconstruir más que los muros: habían tejido nuevos lazos de confianza, formaron una red de ayuda y solidaridad frente al caos. Sabían que en las Navidades del próximo año, los niños volverían a cantar, aunque fuera junto a una fogata en lugar del alumbrado de la Calle Gambo.
El futuro aún estaba plagado de incertidumbres: los rumores de laboratorios funcionando en la sierra, caravanas desaparecidas en dirección a Valencia, la posibilidad de que alguno de los grandes jefes de la región intentase volver a subyugar la ciudad bajo un régimen de terror. Pero entre los rascacielos y las palmeras renacidas, la vida persistía.
En el otoño de 2028, Benidorm era, por fin, algo más parecido a una ciudad que a un simple refugio. Con sus cicatrices y sus leyendas, sus mercados y sus silencios postapocalípticos, ofrecía a sus habitantes una promesa, no de prosperidad, pero sí de resistencia y dignidad.
Nora, Iván, Maribel, Martí y todos los que habían llegado, luchado y sobrevivido, eran parte de ese nuevo tejido humano que, como el propio mar azul frente al que vivían, avanzaba una y otra vez contra el muro del miedo, erosionándolo hasta que sólo quedara el olvido.
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