19 de Noviembre de 2026
El viento arrastraba nubes de arena desde la playa de Levante, pero ya nadie paseaba entre las palmeras. El Mediterráneo brillaba bajo un sol pálido, casi invernal, mientras Benidorm mantenía sus cicatrices abiertas frente al mar y a la montaña. Las antiguas avenidas, que alguna vez rebosaron turistas y jubilados ingleses, ahora parecían un esqueleto de cemento blanco bajo los cielos limpios de noviembre. Solo los muros improvisados, las alambradas y los puestos de guardia tallados en metal oxidado recordaban a cualquier recién llegado que la ciudad pervivía, contra todo pronóstico, por obra de los vivos y el miedo.
Desde la terraza del hotel Bali, convertido en fortaleza y centro de mando, Vera Sempere oteaba el horizonte con sus prismáticos. No eran tantos los infectados ya, pero los que quedaban aún merodeaban entre las ruinas de los apartamentos vacacionales o se deslizaban, casi por instinto, en dirección contraria al rumor de la vida humana. Vera buscaba el reflejo saltarín de una linterna: la patrulla del extremo norte del Rincón de Loix debía regresar antes de las seis.
Benidorm había cambiado más que otras ciudades costeras. Los rascacielos —tan caóticos y desproporcionados como insólitamente prácticos— se habían convertido en torres de vigilancia, en graneros aéreos y refugios donde la hendija más pequeña podía ser fortaleza. Pero esta apariencia de colmena, plenamente defensiva, ocultaba otro tipo de desgaste: el de las comunidades que soportaban cada día y noche convencidas de que la amenaza zombie era solo una de las muchas formas del desastre.
Aquella mañana, Vera se había levantado inquieta. Detrás del hotel Bali arrancaban las calles amputadas donde se encontraba la cooperativa. Bajó resuelta por la escalera de servicio: el ascensor nunca se usaba salvo para emergencias, las poleas manuales parecían una invención medieval a ojos de los nuevos niños. A su paso, saludó con breves gestos a los centinelas. Durante los últimos meses, la presión había menguado, y los turnos eran menos tensos, pero aún recordaban las noches de 2024, cuando trescientos infectados rompieron la barricada de la Avenida Mediterráneo y no pudieron contener el avance hasta el parque de L’Aigüera.
El comedor común, antes restaurante-buffet, hoy era una sala de mapas y banderas pintarrajeadas. El enorme ventanal que miraba a poniente estaba cubierto de listones y cartones. Vera encontró a su teniente, Julián, tallando identificadores de madera para los puestos de guardia. Era un hombre enjuto, de cabello blanco azulado, que arrastraba la pierna al caminar. En otra vida, había codirigido un camping cerca de Calpe.
Le lanzó un saludo breve y se acercó al tablero de comunicaciones. Vio, con alivio moderado, que tres de las cinco patrullas habían reportado ya su regreso. Quedaba la de Clara, justo la que esperaba avistar desde la terraza.
—¿Alguna novedad? —preguntó, mientras depositaba la bolsa de víveres sobre una mesa lateral.
—Nada fuera de lo habitual por el sur. Solo algún bulto a la altura de La Cala, probablemente animal.
Julián inspiró profundo y dejó a un lado la navaja.
—Deberíamos revisar los protocolos para la verja del parque acuático. Los chicos casi no duermen en el turno nocturno desde que vieron esa horda replegarse por la N-332.
Vera asintió. La defensa seguía siendo primera prioridad, especialmente después de los rumores —uno de los nuevos trueques de estos meses— sobre el avance de bandas armadas desde Alicante. Nunca sabrían si era verdad hasta que se cruzaran con una patrulla de gente hostil, pero no debían relajarse.
Se asomó de nuevo al balcón y vio, finalmente, la linterna de Clara balancearse cerca del cruce con la Avenida del Doctor Orts Llorca. De fondo, las fachadas silentes de los hoteles convertidos en graneros; ni un asomo de vinilos publicitarios, solo brechas donde colgaron barricadas o carteles con códigos de señales.
Vera bajó al encuentro del grupo. Clara llevaba la cara tiznada por el hollín y la camiseta empapada de sudor. La acompañaban dos jóvenes, ambos con lanzas de tubo reforzado.
—¿Algún problema?
Clara negó, pero su ceño se arrugó.
—Algunos infectados aislados en los bajos del edificio Intempo. La mayoría no se mueve, están en muy mal estado. Pero… hay otra cosa.
Hizo una pausa, tragando saliva.
—Vimos una señal de humo negro hacia la zona de Terra Mítica. Era grande. ¿Querrán atraer la atención?
Vera intercambió una mirada con Julián, que había bajado tras ella. Los incendios deliberados estaban prohibidos en todos los asentamientos del corredor costero desde hacía más de un año. El acuerdo era estricto porque el humo podía atraer tanto zombis rezagados como bandas de saqueadores.
—Reúne al consejo. Debemos decidir si enviar un grupo a investigar al anochecer o esperar refuerzos de Villajoyosa.
Aquella tarde, el consejo se reunió en el antiguo salón de eventos. Representantes de la docena de bloques habitados —uno por cada “colmena”, como llamaban ahora a cada edificio fortificado— acudieron con sus portavoces. El ambiente siempre era tenso: la desconfianza era una costumbre aprendida después de años de aislacionismo forzado. Nadie se fiaba del todo, ni siquiera cuando llevaban meses compartiendo sal. Pero la amenaza común unía lo suficiente para resistir el fraccionamiento total.
Tomó la palabra Agustín Vicente, agricultor de la antigua urbanización Loix, hoy responsable del reparto de huertos verticales.
—No deberíamos arriesgarnos. Si hay humo negro, probablemente es otro grupo humano, y pueden estar mejor armados que nosotros.
—O tal vez son los chicos de La Cala, que no saben cómo controlar un fuego —respondió Luisa, de la torre Halley—. Si no investigamos, podríamos perder la zona. ¿Y si hay almacenes por saquear antes de que lleguen otros?
La lógica del saqueo era universal desde hacía tres años. El primero que llegaba se llevaba los tesoros: latas cerradas, herramientas o semillas.
—No podemos confiar solo en la observación —insistió Vera—. Si alguien más se asienta en esa zona y la fortifica, nos costará mucho desalojarlos después.
Uno de los adolescentes, reclutado como explorador, lanzó su propuesta:
—Podemos enviar a un grupo pequeño, rápido. Solo observamos y volvemos antes del amanecer.
No había más debate posible. Se acordó enviar un grupo de tres, encabezado por Clara, con instrucciones de evitar cualquier enfrentamiento directo. El consenso era frágil pero necesario.
Al anochecer, mientras el viento afilaba la sal sobre los restos del paseo marítimo, Vera entregó a Clara una linterna de manivela y una ración de pan seco.
—Si ves algo raro, no te acerques demasiado. Recuerda las señales con el espejo.
Clara sonrió con la vieja temeridad de quien ya había burlado la muerte varias veces.
—Lo sé, jefa. Volveremos antes del cambio de turno.
Vera aguardó la noche en vela. Desde la terraza, escuchó el eco de las olas filtrarse por entre los rascacielos y vio, a lo lejos, la columna de humo disiparse bajo la luna. Recordó, fugazmente, los inviernos en que Benidorm rebosaba luces y música, las cenas en el casco antiguo, la llegada de los abuelos desde León o Liverpool. Ahora solo importaba resistir: cultivar, vigilar, proteger a los suyos; y, aunque cada luna nueva traía su cuota de incertidumbre, la ciudad seguía respirando en su particular latido.
Cerca del amanecer, el grupo de exploración regresó. Clara estaba tensa, pero ilesa. Traían consigo un informe inquietante:
—No eran de La Cala. Vimos a tres tipos, con ropas de camuflaje, y lo que parecen armas automáticas. Hablaban en francés o algo parecido —explicó la muchacha—. Tenían una furgoneta y estaban quemando documentos y cajas.
Habían preferido no acercarse demasiado. En un momento, vieron salir de entre la maleza a dos figuras titubeantes: zombis lentos, casi deshechos. Los extranjeros no les dispararon, sino que los acuchillaron meticulosamente antes de seguir quemando material.
—Me da mala espina —admitió Clara—. Sabían lo que hacían. Nos han visto, pero no nos han seguido.
La información era oro y alarma a la vez. Si había forasteros armados, el equilibrio de Benidorm pendía de un hilo. El consejo convocó reunión urgente. Sin comunicaciones regulares —la radio de onda corta apenas llegaba a Villajoyosa, la de Alicante nunca—, toda decisión era incierta.
Durante los días siguientes, al tiempo que reforzaban la vigilancia en las avenidas de Poniente, los supervivientes debatían sobre la mejor estrategia. Algunos querían fortificar aún más los accesos, otros abogaban por enviar emisarios para comerciar —quizá los extranjeros tuvieran medicinas, semillas o, lo más preciado, generadores eléctricos—. Vera meditaba en voz baja con Julián:
—Si han quemado documentos, podrían ser restos de un grupo militar. ¿Y si están buscando algo?
—O esconden un secreto más peligroso que los zombis —replicó él.
Algunos niños preguntaban por qué tenían miedo a otros humanos si los monstruos ya estaban casi muertos. Nadie sabía responderles sin usar palabras que los niños aún no entendían: traición, poder, codicia. Porque, aunque los zombis fueran la amenaza original, todo superviviente con memoria larga sabía que el mundo se había descascarado muchas veces por la mano del hombre.
Mientras tanto, los días pasaron con nerviosa normalidad. Nadie osó bajar a la arena, aunque desde las terrazas veían bancos de peces jugar con las olas limpias —el mar parecía más transparente cada año desde que nadie lo ensuciaba—. Se repartieron guardias dobles por la noche. El consejo envió a dos exploradores más allá de Terra Mítica con la excusa de buscar semillas silvestres. No regresaron.
La única respuesta fue un nuevo incendio, más pequeño esta vez, y el eco lejano de disparos. Todas las miradas, incluso los niños, se volvieron más duras tras esa jornada.
A finales de mes, un grupo de forasteros se presentó en la verja del parque acuático. Eran cinco; dos armados, los otros llevaban mochilas con víveres y herramientas para limpiar armas. Dicen que venían de Francia, que buscan a otros científicos, que quizá conocen la causa de la plaga. Vera dudó, porque, aunque la ciencia era casi magia en aquellos días, la verdad era otra moneda peligrosa.
No pasaron esa noche a la ciudad. En su lugar, ambas partes intercambiaron palabras y algunas semillas de cacao a cambio de pescado seco y sal. Hablaron de rutas seguras, de las corrientes del Turia y de los viejos camiones detenidos en las autovías. Volverán, dijeron, para comerciar. Quizá para más.
Por la noche, mientras la ciudad dormía, Vera subió otra vez a la terraza para mirar el mar. El Mediterráneo seguía ahí, indolente. Los muertos eran ya casi historia, la amenaza humana tan viva como siempre. Un niño acurrucado en una colchoneta soñaba con cosechas, y, en alguna azotea, alguien encendía una linterna breve, como si quisiera mandar señales a una estrella que no respondía.
En Benidorm, la vida resistía obstinada, defendiendo cada torre y cada miga de pan, como si el mundo pudiese volver a levantarse no solo desde la esperanza, sino desde el hábito perseverante de la supervivencia.
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