Apocalipsis Z. El principio del fin
Brote
Incubación
Operación ocaso
Septiembre zombie
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Portada del relato Los Últimos Días del Balcón del Mediterráneo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Hoy, en pleno diciembre de 2020, el invierno había llegado de verdad al Levante. Yo, Marta Sanchís, ex-guía turística y ahora algo así como líder improvisada de un pequeño grupo de supervivientes, conocía el miedo; lo había visto evolucionar en los ojos de los míos: de la incredulidad de la primavera, al pánico del verano, y finalmente a la resignación desesperada del invierno. No éramos muchos: Teresa, una profesora de biología del instituto, el viejo Paco, ex-camarero de la Plaza Triangular; los hermanos gemelos Mario y Silvia, veinteañeros de la Cala con más cicatrices que recuerdos, y la pequeña Nuria, huérfana desde el saqueo del Carrefour. Nos refugiábamos en el lobby de un aparthotel de la Avenida Mediterráneo, y ese rincón blindado de cristal y acero era toda una fortaleza a la sombra de gigantes de hormigón.

Duración: 10:45

Los Últimos Días del Balcón del Mediterráneo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Diciembre de 2020

Había olvidado cómo olía el mar abierto. Eso fue lo que pensé justo antes de sentir el viento salado sobre lo que quedaba del mirador del Castillo, una madrugada de diciembre tan fría que los dedos se negaban a sujetar la linterna. El aire estaba extrañamente puro, sin el estorbo de los coches o del aroma a fritanga procedente de los restaurantes vacíos. De pie sobre el baluarte, con las olas rugiendo abajo y el eco lejano de un disparo perdido desde la dirección del Rincón de Loix, recordé el mundo como fue; recordé las noches interminables de fiesta en la playa de Levante, los turistas ingleses bebiendo al sol, las tiendas abiertas hasta la madrugada y el neón rojo de discotecas apagadas para siempre.

A mi espalda, Benidorm ya no era una ciudad viva. Era una carcasa, un cementerio vertical de hoteles fantasma, camarotes repletos de colchones y mantas viejas, avenidas cubiertas de escombros y verjas de supermercado rotas por algún saqueador impaciente. El silencio era absoluto, salvo cuando, a veces, un lamento hueco trepaba entre los rascacielos, eco de la muerte que merodeaba por las calles.

Hoy, en pleno diciembre de 2020, el invierno había llegado de verdad al Levante. Yo, Marta Sanchís, ex-guía turística y ahora algo así como líder improvisada de un pequeño grupo de supervivientes, conocía el miedo; lo había visto evolucionar en los ojos de los míos: de la incredulidad de la primavera, al pánico del verano, y finalmente a la resignación desesperada del invierno. No éramos muchos: Teresa, una profesora de biología del instituto, el viejo Paco, ex-camarero de la Plaza Triangular; los hermanos gemelos Mario y Silvia, veinteañeros de la Cala con más cicatrices que recuerdos, y la pequeña Nuria, huérfana desde el saqueo del Carrefour. Nos refugiábamos en el lobby de un aparthotel de la Avenida Mediterráneo, y ese rincón blindado de cristal y acero era toda una fortaleza a la sombra de gigantes de hormigón.

En las últimas dos semanas, el frío era más peligroso que los propios zombies. Las hordas, según nos contó Teresa por la emisora, se habían amontonado en los viejos parkings y bajaban menos, encorsetadas por los huesos rígidos y la piel congelada. Eso nos daba cierto margen, pero también aumentaba el hambre: los cultivos improvisados en macetas y terrazas estaban bajo amenaza, y los restos de comida en las tiendas se agotaban a una velocidad devastadora.

Esa mañana, mientras revisábamos los pertrechos en la recepción, Paco apretaba la bufanda hasta la nariz y murmuraba con resignación:

—Los míos siempre decían que Benidorm nunca duerme. Y mírala ahora: parece un cementerio.

Teresa, sentada frente a la verja reforzada del acceso principal, garabateaba algo en su libreta de notas. Controlaba los inventarios y las rutinas desde el colapso de internet; ahora, la única información fiable era la que uno veía y anotaba.

—Hoy toca ir a la vieja panadería de Alfonso Puchades —dijo, sin levantar la vista—. Hay posibilidades de que quede algo; la última vez dejamos cerrado el portalón trasero con el precinto viejo del camión.

Mario gruñó en desacuerdo:

—¿Y si los han olido? Con este frío, igual llevan días dentro.

El dilema era siempre el mismo: salir suponía riesgo de ataque y, con tanta ropa, moverse era más difícil. No salir, hambre. Yo lo resolví sopesando el cuchillo de cocina en mi mano, recordando los gritos que se mezclaban la semana pasada en el Mercadona de Tomás Ortuño, donde perdimos a Clara.

—No tenemos opción —concluí—. Salimos solo tres: Paco, Mario y yo. Silvia y Teresa, vigilarán la radio. Nuria que no se mueva del fondo.

Acordamos el plan rápido para no darle demasiado tiempo al miedo. Armados con bates, una pistola oxidada y nuestros abrigos, nos deslizamos al exterior por la puerta lateral. La Avenida estaba desierta. Ningún alma, ni viva ni muerta, transitaba la acera fría. Por instinto, caminábamos pegados a los setos, atentos a cualquier sonido que rompiese la monotonía escarchada. Subimos la cuesta hacia Alfonso Puchades entre coches varados, grúas oxidadas y papeleras volcadas.

Al llegar a la panadería, noté que la cinta del camión seguía intacta. Eso era buena señal, aunque la experiencia nos enseñó a no fiarnos nunca. Entramos primero Paco y yo; Mario cubría la retaguardia. Olía a harina vieja y humedad. El local, lleno de estantes cubiertos por polvo y telarañas, parecía intacto, salvo por la puerta del despacho, ligeramente entreabierta.

Avanzamos despacio, linternas temblorosas buscando cualquier destello de movimiento. De repente, un crujido nos heló la sangre. Un brazo esquelético asomó desde detrás del mostrador. Nos detuvimos, y Paco asió el palo de escoba como si su vida dependiera de ello.

—Mierda, es uno pequeño —murmuró antes de arrojarse con inesperada energía sobre la criatura.

Mario y yo lo apoyamos. El muerto —alguna vez reponedor de la panadería, quizá— era apenas un saco de huesos cubierto de harapos, pero seguía con la boca abierta, gimiendo, los ojos nublados por la podredumbre. Lo despachamos rápido: dos golpes secos contra la sien, la sangre manchando el guardapolvo empolvado.

El sobresalto nos dejó jadeando. Aun así, revisamos los armarios y el horno: hallamos tres sacos de harina, una caja de galletas enlatadas, dos latas de aceite y, milagro, una cesta con mantecados pasados, pero aún comestibles.

—Navidad adelantada, chicos —bromeó Mario, intentando apaciguar el temblor de sus dedos.

Salimos con el botín, atentos a cualquier ruido. El regreso fue silencioso y rápido, cruzando la Plaza de la Hispanidad envuelta en una niebla densa. Al fondo, casi invisible, una figura tambaleante cruzaba hacia el parque de l’Aigüera, y todos apretamos el paso, obligados a ignorar sus quejidos.

De vuelta en nuestro refugio, los recibieron las sonrisas nerviosas de Silvia y Teresa, y la pequeña Nuria saltó a mis brazos. El botín fue recibido como un maná. Teresa improvisó una especie de sopa con la harina y algo de agua embotellada hervida. Comimos en círculos, alternando miradas entre la entrada sellada y la radio militar, por si llegaba una transmisión de ayuda, aunque todos sabíamos que era improbable.

—Hoy sobrevivimos. Mañana quién sabe —susurró Paco, brindando con una taza vieja de café frío.

El frío calaba hasta los huesos. Tapamos a Nuria con una manta térmica mientras la radio sintonizaba solo el zumbido vacío del éter. Silvia, rabiosa, rompió el silencio:

—No puedo más, Marta. No es vida. Las medicinas se acaban, la comida se acaba, y esos… monstruos siguen por ahí.

La miré agotada.

—Sobrevivir es todo lo que podemos hacer ahora. Y si baja más la temperatura, mañana salimos todos a por leña al Poniente. Si nos quedamos quietos, morimos igual.

Ese era nuestro acuerdo: resistir, aguantar otro día, compartir el peso de la desgracia. La esperanza se había convertido en un artículo de lujo, y el invierno era su peor enemigo. Desde la terraza, bajo un cielo de un azul helado, contemplé la bahía de Benidorm. Las olas rompían con furia, y el eco de otro disparo lejano me recordó que no estábamos solos en la ciudad, ni ellos ni los otros humanos, a veces más peligrosos aún.

La segunda semana de diciembre trajo peor clima. La humedad se coló por los ventanales rotos de los hoteles, y la gente empezó a enfermar. Teresa tosía sin parar, Paco se quejaba de fiebre y a Mario le sangraban las encías. Temíamos que fuera la infección, pero Teresa insistió:

—No, esto es solo gripe, o la falta de fruta y calor.

No podíamos arriesgarnos. Un día por la mañana, mientras el sol apenas lograba calentar el acero y el cemento de los edificios, Silvia y yo salimos al botiquín de la Avenida de Europa. Sabíamos que el Hospital Levante era demasiado peligroso; los muertos ahí dentro superaban a los vivos en un número absurdo, y los disparos que resonaban cada noche no animaban a la exploración.

En el botiquín hallamos vendas, algo de alcohol y un par de cajas de ibuprofeno con las etiquetas en inglés. Oímos algo en la planta de arriba—pasos arrastrados, un quejido. No nos detuvimos: cogimos lo imprescindible y salimos corriendo justo cuando la puerta trasera vibró con golpes sordos. Nadie hablaba, ya no hacía falta: la ayuda externa había muerto hacía meses.

La navidad llegó sin luces, sin campanas, sin villancicos. Solo el repiqueteo del viento y las mareas rompiendo contra las piedras del puerto. Esa noche, Teresa improvisó una historia a la luz de una caja de cerillas:

—¿Sabéis cuál fue la última palabra que oí decir en Benidorm antes del colapso? ‘Juerguistas’.

Reímos, por primera vez en semanas, porque la ironía era tan grotesca como la situación. La ciudad modelo del turismo español, la capital de la fiesta, devorada por el silencio y la muerte.

El 31 de diciembre bajamos a la playa. De pie sobre la arena fría, contemplamos las huellas que dejábamos a nuestro paso, las olas borrando el rastro casi de inmediato. Decidimos encender una pequeña hoguera, arriesgando el humo por el calor. Aquella fue nuestra celebración: seis humanos sentados frente al Mediterráneo, compartiendo mantecados pasados y un par de sorbos de alcohol robados de un bar de la segunda línea.

Miramos lejos, hacia el horizonte, donde las luces de Alicante brillaban débiles, suponiendo que allí la vida era igual de dura.

—Vamos a sobrevivir, aunque sea solo un invierno más —juré, mirando los ojos de Nuria, la hija que todos adoptamos ante la ausencia de familia.

Cerré los ojos y, por un instante, volví a soñar con el mundo de antes. El bullicio en las terrazas, la risa de las niñas en los columpios, las toallas sobre la arena en verano. Cuando los abrí, el crepúsculo teñía la costa de una tristeza absoluta.

Ese fue nuestro invierno en Benidorm. Sobrevivimos, no como turistas, sino como náufragos de la gloria perdida. Y aunque la ciudad murmuraba su letanía de olvido bajo el peso de los muertos y el frío, cada paso que dimos en la arena helada fue un grito de rebeldía contra el fin del mundo. Algunos días, eso era suficiente para mantenernos vivos.

Apocalipsis Z. El principio del fin
Brote
Incubación
Operación ocaso
Septiembre zombie
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.