Fragmento:
El trayecto, de apenas siete kilómetros, podía ser un infierno. El área entre nuestro sector y Oak Cliff había sido limpiada varias veces pero, como todos sabíamos, los zombis eran como la maleza: nunca del todo borrados, y siempre al acecho en las partes más olvidadas. Pero esa no era la única amenaza. El verdadero peligro lo representaban los otros humanos. Bandas de saqueadores, grupos errantes que aún sobrevivían fuera de la ley de los asentamientos. Sabían que el comercio pasaba por ahí y que, si no conseguían comida, conseguirían sangre, o algo peor.
Duración: 11:42
15 de noviembre de 2028.
En la oscuridad roja del atardecer, la ciudad de Dallas parecía aún más recortada, más afilada, y menos como el hogar que alguna vez fue. Me llamo Lucía Sánchez y, tras nueve años de niebla y sangre, he aprendido que el instinto no es solo el grito interno que salta ante el peligro, sino también todo aquello que aprendemos de recordar lo que nos queda cuando el mundo se deshace. A estas alturas de la historia, para los que todavía deambulamos por las ruinas del Viejo Dallas, sobrevivir era casi un lenguaje secreto, hecho de señales que solo los vivos sabían leer, y de pactos sellados en silencio bajo techumbres apeadas y hierros oxidados.
Aquella mañana, en nuestro barrio amurallado cerca del Trinity River, la bruma se arrastraba por los campos devastados como una criatura viva. A esa hora todo Dallas era un rumor: el leve crujido de las compuertas reforzadas, la voz gutural de los centinelas en las torres, el susurro de barriles de pólvora rodando sobre muelles improvisados, y el zumbido obcecado de la comunidad que, como una colmena, había resistido a esa década de horror.
Yo fui parte de uno de los grupos encargados del intercambio, una de esas caravanas escoltadas que cruzan los sectores limpios para llevar pólvora, flechas, papel y información a otros asentamientos. El dinero hacía tiempo no era más que una leyenda, y comer tres veces al día era una extravagancia. Pero en Dallas habíamos logrado mantener la calma relativa. No porque nuestros muros fueran inexpugnables, sino porque instintivamente habíamos aprendido a escuchar. Escuchar no solo lo que decían otros supervivientes, sino a los perros, a la electricidad estática del aire antes de una horda, incluso a las grietas que se abrían en el concreto de las avenidas abandonadas.
Aquella tarde, la misión era simple: llevar tres barriles de pólvora, dos lotes de semillas rescatadas del banco genético y algunos alambiques de cobre hasta Oak Cliff. Parecía simple. Ya sabíamos que nada lo era.
El trayecto, de apenas siete kilómetros, podía ser un infierno. El área entre nuestro sector y Oak Cliff había sido limpiada varias veces pero, como todos sabíamos, los zombis eran como la maleza: nunca del todo borrados, y siempre al acecho en las partes más olvidadas. Pero esa no era la única amenaza. El verdadero peligro lo representaban los otros humanos. Bandas de saqueadores, grupos errantes que aún sobrevivían fuera de la ley de los asentamientos. Sabían que el comercio pasaba por ahí y que, si no conseguían comida, conseguirían sangre, o algo peor.
Nuestra caravana era pequeña: tres civiles (yo incluida), dos milicianos armados con escopetas reparadas, y un muchacho llamado Benny, de apenas dieciséis años, que guiaba la mula marrón que tiraba del carro. Benny nunca hablaba, pero tenía los ojos de un animal salvaje, siempre alerta. En otra época habría pasado por la vida como un chico de mirada triste; ahora era como un vigía ansioso en cada cruce de carretera.
Avanzábamos entre calles donde la hierba había crecido sobre el asfalto y las casas de urbanizaciones modernas se inclinaban como patriarcas cansados. Los muros de cemento pintados a mano, mensajes “VIVOS AQUÍ” o “HORDAS EL 22/8”, estaban casi despintados por el sol y la lluvia. Nuestra marcha era lenta y tensa. A mis costados, los milicianos, Marta y Carlitos, iban callados y atentos, escudriñando cada ventana, cada coche oxidado, cada botón fuera de lugar.
En Dallas, el instinto tenía el sabor de las decisiones diarias: ¿Gritar para espantar a los hambrientos y atraer la horda o guardar silencio y confiar en el crujido de las ramas? ¿Compartir una última bala para salvar a otro, o guardarla para ti mismo en caso de sufrir una mordedura? El instinto era, para muchos, la delgada línea que separaba la decencia de la brutalidad.
Justo al doblar la esquina de Jefferson Boulevard, vimos la silueta de dos cuerpos tambaleantes, devorados a medias por sus propios harapos, bajo el cartel antiguo de una pizzería. Los zombis ya no eran lo de antes; la mayoría apenas caminaba, pasaban casi desapercibidos si uno no hacía ruido. Yo, sin embargo, aún recordaba la ferocidad de los primeros años, y el miedo no se iba nunca del todo.
Benny apretó el paso, y Marta le susurró a Carlitos: “cuidado con el ruido, házme caso”. Los evitamos, manteniéndonos en el centro de la calle. Por un instante sentí el impulso de acabar con ellos, pero ya no podíamos darnos el lujo de malgastar munición. Los vivos necesitábamos pólvora para dormir tranquilos.
Avanzamos hacia el viejo puente de hierro sobre el Trinity. El río apenas era un hilo de agua sucia, pero su margen aún era un buen sitio para una emboscada. Allí fue cuando Benny, siempre callado, detuvo la mula de golpe. Señaló con el mentón hacia unas ruinas a la izquierda del puente. Todo se detuvo. No era la mirada de los zombis lo que nos cortaba el aliento. Era el instinto: un par de sombras rápidas entre las casas caídas, un leve destello que, para los ojos entrenados, era claro como un letrero de neón. Algo, o alguien, nos vigilaba.
Marta alzó su escopeta. El tiempo se volvió viscoso. El viento olía a tierra húmeda y a gasolina vieja. Nadie hizo un movimiento brusco, pero la tensión flotaba como una nube de tormenta. En aquel silencio, el instinto se volvió grito: baja la voz, acércate al suelo, no hagas nada estúpido. Recordé lo que mi padre decía cuando jugábamos a las escondidas antes de la Plaga: “Escucha, Lucía, escucha siempre antes de correr”.
Nos pegamos al carro, y Benny hizo girar a la mula para cubrirnos tras el animal. Carlitos sacó su navaja, no por valentía sino porque una hoja filosa es lo que te queda cuando la pólvora podría salvarte después. Todo sucedió en segundos: un disparo agudo, el grito de Marta, y dos figuras saliendo desde las ruinas, armados con tubos y pistolas viejas.
No tuvimos tiempo de parlamentar. El instinto, ese reflejo animal y humano, se adueñó del momento. Carlitos disparó, falló por poco, pero el estruendo ahuyentó a los asaltantes. Gritaron, uno cayó bajo un golpe de Benny —movimiento preciso, brutal, aprendió a base de golpes. Yo, quizás por miedo o locura, lancé una piedrecilla contra el segundo, que trastabilló y escapó hacia el río, dejando una cortina de polvo y maldiciones.
Respiramos solo cuando todo terminó. El cuerpo del asaltante se sacudía en el suelo. No era un niño, tampoco un viejo: tenía el rostro marcado de sol y hambre, como todos, y aún sostenía una lata abollada como si fuera su tesoro. El instinto me decía no acercarme, tampoco dejarlo allí. Marta se agachó y le registró los bolsillos: nada útil, ni una bala, ni una comida. Miró el cadáver, murmurando algo en voz baja. Ese era el horror más grande: los vivos matándose para sobrevivir, ya casi sin espacio para el duelo.
Cuando el eco de los disparos se disipó, un ulular sordo subió desde el este. Zombis. Los asaltantes, aún en la derrota, nos habían condenado. Había que huir, y rápido. Arreé la mula y nos lanzamos a cruzar el puente—la carroza tambaleándose, las ruedas rechinando sobre los tablones. Benny gritó “¡rápido!” y sentí en la garganta el sabor metálico del miedo.
Entramos en Oak Cliff como una exhalación, jadeando, demandando acceso por la puerta reforzada. Los milicianos de allí nos reconocieron y abrieron, armados con machetes y arcos caseros. Al otro lado no hubo preguntas. Nos hicieron pasar y cerraron, apenas a tiempo para ver, desde lo alto de la empalizada, a los zombis tropezando y chocando unos contra otros en la calzada bajo el puente.
Silencio.
Dentro de Oak Cliff Reinaba un respiro tenso, el olor acre de la pólvora, la peste sorda del miedo. Descargamos la mercancía en el puesto de intercambio, y los “ancianos” —así llamaban ahora a todos los mayores de treinta— nos invitaron a sentarnos alrededor de una hoguera. Me fijé en los rostros de mi gente: cansados, agrietados, pero aún vivos.
Pasadas las horas, cuando el peligro pasó y las rondas de vigilancia callaron, Marta compartió unas galletas de avena duras como la piedra. Carlitos pasó un frasco de licor de zanahoria. Benny, el chico, se sentó a mi lado con la mirada fija en el fuego. Era un instante casi sagrado, producto del mayor gesto de instinto humano: seguir creyendo que, después, otra jornada sigue, que hay algo al otro lado del miedo y la sangre.
En los últimos años, habíamos logrado reabrir una vieja escuela y, con cada caravana, llevábamos también libros, cuadernos, alguna hoja en blanco. La pólvora era vital, pero las palabras tejen la esperanza. En mi mochila, siempre cargo un cuaderno y un lápiz gastado. Esa noche, mientras la ciudad dormía y la amenaza se deslizaba otra vez por las calles, me senté a escribir.
No era una crónica épica ni un manifiesto. Simplemente enumeré cada momento donde el instinto nos había salvado: la mano de Benny temblando y aún sujetando la rienda de la mula, la puntería falible de Carlitos, la voz encolerizada de Marta regañándonos después, y el fuego, ese fuego pequeño y persistente, que aún nos era permitido encender en la noche. Afuera, los zombis seguían deambulando, pero yo escribía porque ese, por encima de todo, era también un acto de resistencia.
Ahora Dallas no era la ciudad del cielo interminable y el calor desmesurado de mi niñez, sino un mosaico asediado donde lo cotidiano es suficiente. La vida seguía, ni gloriosa ni resignada: seguía porque así lo dicta el instinto, porque la memoria es, también, una forma de no morir.
En algún muro, cerca del río, alguien había escrito hace mucho: “Los vivos solo temen olvidar.” Era cierto. Cada vez que regresaba de una caravana pensaba en ese mensaje, y agradecía no haber olvidado ni el sabor de las lágrimas ni el tacto áspero de la esperanza.
En esos días, mientras la ciudad nocturna susurraba con rumores de peligro y posibilidades, el instinto nos mantenía reunidos. Para los nuevos niños —los que nunca vieron un supermercado lleno, ni una televisión encendida— el instinto era escuchar el silbido de los centinelas, distinguir el rumor de la muerte del ruido de las tormentas.
Cierro el cuaderno, el fuego chisporrotea, y Benny se duerme apoyado en la mula. Al otro lado de la empalizada, los zombis ya apenas son bosques de figuras paliduchas, sombras lejanas entre las ruinas. Mañana volverá a ser otro día, otro trueque, otra oportunidad de fallar y sobrevivir, y en cada ocasión el instinto nos pesará como una brújula imperfecta, pero suficiente para guiarnos cuando todo parece perdido.
Y así, mientras la nueva Dallas palpita tras los muros, el instinto, ese viejo aliado, nos susurra de nuevo que nacerá otra mañana, aunque nadie prometa que será mejor. Porque solo eso, al final, es vivir: seguir uniendo días bastos con noches de pólvora y memoria, mientras afuera las sombras buscan todavía recordarnos cómo termina el cuento de los hombres y su mundo.
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