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Fragmento:


Pedro bajaba lentamente la avenida del Duque de Nájera, sintiendo cómo cada ladrillo recordaba el rumor de otros pasos pasados y, ahora, de los pasos de los vivos y los pasos arrastrados de los hambrientos. No había hordas como las de Sevilla o Madrid. En Cádiz los zombis eran menos que antes, pero catastróficos si la vigilancia fallaba: cada mes varios mariscadores y un par de recolectores de leña perdían la vida por subestimar la velocidad de los pocos infectados que aún merodeaban, congelados y apenas animados en los callejones más sombríos.

Duración: 10:34

El último refugio de la bahía
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Texto de ajuste de pausa.

22 de diciembre de 2025.

Las noches en Cádiz en diciembre eran frías, cortas y, desde hacía cinco años, eran también mortalmente silenciosas. El invierno llegaba con una humedad gris que se colaba entre las piedras antiguas de la ciudad, bajaba desde las viejas cúpulas y pasaba rozando los muros encalados de la Viña y el Mentidero. Tan sólo el bramido del Atlántico, que seguía lamiendo las murallas con su paciencia de siglos, recordaba que la geografía era la misma, aunque su gente —y el mismo clima— ya no lo fueran.

En los primeros años del desastre, hubo una diáspora sangrienta. Las familias se dispersaron igual que las gaviotas de la Caleta cuando aquel primer helicóptero militar ametralló las playas para evitar que los infectados cruzaran el istmo. Cuando Cádiz, isla y fortaleza, fue cortada de la península, quienes quedaron dentro aprendieron rápido que resistir requería olvidar el mundo anterior y construir, aunque fuera a tientas, una organización tan endurecida y austera como los muros de Puerta Tierra.

Pedro –en otra vida, camarero del barrio del Pópulo– no dormía bien desde hacía años. Ya no se trataba del miedo: el miedo era una costra constante, una segunda piel. Era, ahora, la costumbre de mantenerse alerta. Hacía dos horas que había terminado su turno en las murallas del castillo de San Sebastián, donde cada noche desde hace meses vigilaba el horizonte con un catalejo robado a unos viejos marinos del puerto. Se preguntaba qué esperanza podría venir más allá de las luces de la bahía, pero la realidad era que la esperanza llegaba sólo en oleadas muy esporádicas: un cargamento de arroz, una caja de medicinas trocadas por sal, o una noticia a medias, transmitida por los nuevos códigos de señales que unían, con fuegos y espejos durante el día, los puestos de las aldeas que resistían en la sierra.

La comunidad mayor de Cádiz –la más numerosa desde Barbate hasta Chipiona– albergaba algo más de cuatrocientas personas. Vivían dentro de un anillo de defensas improvisadas, hecho con vehículos oxidados, puertas antiguas y, en los puntos vulnerables, incluso viejos fragmentos de las barandillas de las playas recogidas a las primeras semanas. La estructura social era simple pero efectiva: un consejo, una milicia y un cuerpo de trabajadores organizados según la necesidad; por la tarde, aún quedaban algunos niños que jugaban en la Plaza de San Antonio, lanzando pelotas hechas con telas y elásticos de mascarillas que alguien desmontó de los viejos almacenes municipales.

Pedro bajaba lentamente la avenida del Duque de Nájera, sintiendo cómo cada ladrillo recordaba el rumor de otros pasos pasados y, ahora, de los pasos de los vivos y los pasos arrastrados de los hambrientos. No había hordas como las de Sevilla o Madrid. En Cádiz los zombis eran menos que antes, pero catastróficos si la vigilancia fallaba: cada mes varios mariscadores y un par de recolectores de leña perdían la vida por subestimar la velocidad de los pocos infectados que aún merodeaban, congelados y apenas animados en los callejones más sombríos.

Cuando Pedro llegó a la plaza de España, la antigua arboladura del monumento a La Constitución era ahora una atalaya. Allí, junto a un brasero de carbón, estaban Martina y su hijo pequeño. Martina era uno de los vínculos de los puestos exteriores; en otro tiempo, había sido profesora. Él la saludó con una seña discreta y se sentó junto al fuego.

—¿Alguna novedad desde El Puerto? —preguntó Pedro.

Martina negó con la cabeza. Tenía el rostro curtido y sus manos eran ásperas, pero en su mirada todavía había algo de aquella alegría andaluza tan propia de los gaditanos.

—Ayer intentaron pasar un grupo por el puente Carranza. Los rechazamos, —respondió con un suspiro cansado—. No eran zombis, Pedro. Eran saqueadores. Le arrancaron la mitad del faro a la isla para hacerse un refugio flotante. Dicen que hay milicianos armados desde Rota que han bajado por San Fernando. Yo no me fiaría del todo de nadie en esta época.

Pedro asintió en silencio. Era un secreto a voces que las alianzas entre comunidades dependían mucho del trueque, y más aún del respeto a las nuevas señales: si una bandera roja ondeaba en una azotea, significaba peligro inmediato. Si la bandera era verde, había paso seguro y trueque posible. Pero nada era ya completamente seguro. Hace escasos días, un grupo de forasteros había intentado hacerse con los cultivos de remolacha en los huertos urbanos de la Plaza Mina, y la milicia los había ahuyentado con disparos y palos de hierro.

El turno de guardia de Pedro había terminado, pero no podía perder la costumbre de dar una vuelta por la ciudad. Se sentía impulsado, quizás, por la nostalgia de los paseos nocturnos previos a toda esta tragedia. Antes, la Calle Ancha estaba llena de bares, de risas, de chirigotas improvisadas; ahora, era una arteria vacía, con tablones reforzando las puertas y tinajas que recolectaban agua de lluvia. Sin embargo, donde antes había tiendas de ropa, ahora había talleres de compost, pequeñas forjas, bancos para afilar lanzas y arreglar escopetas venidas a menos.

En una esquina de la Calle Sopranis, vio a dos jóvenes que transportaban una caja en una carretilla: el cargamento, descubrió, eran faroles improvisados y una docena de botellas con aceite reciclado. Estas noches, la energía se dosificaba con celo: los generadores solares y los molinos de viento de la parte trasera del Oratorio de San Felipe daban suficiente electricidad sólo para sostener las dos radios y algunas luces estratégicas.

De vez en cuando, algún forastero llegaba hasta Cádiz pidiendo hospitalidad: más de una vez, estos extraños traían consigo relatos sobre el estado del mundo más allá de la región. El invierno era una bendición y una maldición: con el frío, los zombis se ralentizaban o caían inertes en la costa, pero la escasez era terrible. Los caminos eran inseguros, las rutas abiertas por las sendas de la sierra estaban infestadas de trampas, y más de una vez las partidas de trueque regresaban, diezmadas, o ni siquiera regresaban.

Por las mañanas, Pedro ayudaba a reparar defensas en la muralla de Puerta Tierra; por la tarde, participaba con otros en el huerto colectivo del Campo del Sur, donde poco a poco se iban reconstruyendo los conocimientos de cultivo y se experimentaba con semillas nuevas, algunas rescatadas de los bancos genéticos que algún día estuvieron en Sanlúcar o Jerez.

La comida era escasa, pero ritual: el pan ácimo hecho con harina de raíz, un poco de pescado seco y, en ocasiones especiales, un puñado de lentejas. Las conchas de mar servían de vajilla y, en noches extraordinarias, los que aún sabían tocar instrumentos improvisaban una pequeña velada en alguna plaza interior, lejos del alcance de los aullidos de los que no sobrevivieron.

Pedro recordaba a menudo a su familia, perdida en la primera gran oleada, y su memoria era la fuerza que le arrastraba cada vez que el cansancio amenazaba con vencerse. Había encontrado una suerte de paz amarga en la rutina de resistencia: juntos, los que quedaban tejían una comunidad tosca, pero obstinadamente viva, anclada en una conciencia férrea de supervivencia mutua.

El consejo local había establecido turnos rotativos para todo: desde los niños que ayudaban a recoger a los ancianos al anochecer, hasta los jóvenes encargados de las patrullas nocturnas. Los pocos médicos —uno, si era sincero, apenas merecía el título— hacían milagros con vendas recicladas y los últimos antibióticos. La experiencia había enseñado a diferenciar entre una fiebre común y el inicio de la infección; la desesperación, a no temblar a la hora de defender lo poco que quedaba.

Esa madrugada, Pedro fue despertado por un golpeteo ronco en la puerta del refugio viejo donde dormía. Era Álvaro, otro veterano de la milicia, con la cara desencajada y la escopeta casi vacía.

—¡Han roto la verja del muelle, corren hacia la catedral! —jadeó—. Hay una horda pequeña, sólo unos diez, pero vienen rápido. El frío los ha acelerado.

Pedro saltó de la cama apenas calzando sus botas. El protocolo era claro: cerrar todas las barricadas interiores y tocar la campanilla de la antigua iglesia —un sistema que funcionaba desde hacía dos años—. Cuando la alarma resonó, las veintenas de personas capaces de luchar salieron con lo que tuvieran a mano: garrotes, viejos machetes de cocina, lanzas forjadas con hierros sacados de los mercados y, en un caso excepcional, una pistola salvada de los Carabineros, con una única bala.

La pelea fue rápida y caótica. Los zombis, en su mayoría cuerpos viejos y descompuestos, eran más débiles que los de los primeros años, pero no menos letales si lograban atacar cuerpo a cuerpo. Pedro y Álvaro cubrieron el flanco derecho mientras Martina, gritando órdenes, organizaba un semicírculo de defensa en la entrada de la Plaza de las Flores. Los infectados, guiados por el hambre y una violencia ciega, apenas resistieron la embestida y pronto cayeron bajo los palos y cuchillas.

Al acabar, el aire olía a hierro, a miedo y a mar. Dos de los suyos habían sido mordidos: Pedro supo, con una resignación amarga, que esa tarde el fuego de la plaza ardería hasta el amanecer y que la canción de los vivos sería también el lamento de los que había que dejar atrás. En Cádiz el duelo era breve —la muerte acechaba demasiado cerca— y la supervivencia pesada, compartida.

Al volver al refugio, Pedro se sentó junto al brasero ya apagado. Miró las murallas, la silueta titilante de la catedral recortada contra la bruma. Pensó en lo que habían construido y en lo que aún quedaba por hacer. En la promesa de nuevos molinos que girarían con el levante, en el susurro de las imprentas que algún día volverían a funcionar, en los niños que, aunque ajenos al mundo anterior, reían jugando entre las ruinas.

Quizá Cádiz estaba herida, pero no muerta. Era un último refugio, un corazón teimoso. El Atlántico seguía rugiendo más allá, y mientras hubiera un hombre, una mujer o un niño que levantara una lanza, mientras la sal y el pan y la memoria sobrevivieran, la ciudad seguiría resistiendo, noche tras noche, esperando un futuro donde la oscuridad fuera, por fin, sólo eso: la promesa tranquila de otro amanecer.

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