Fragmento:
La comunicación es casi inexistente. Algunas radios militares siguen funcionando, alimentadas por generadores precarios, pero lo que llega son fragmentos: frecuencia 82.1, voz distorsionada que invita a la resistencia en Alicante, otra señal que habla de un convoy que fue emboscado camino de Valencia. Mi padre mantenía una radio hasta el verano pasado, pero decidió partir con la última caravana de caballos que buscaba alimentos en Altea. No hemos sabido nada más. Cada noche espero que alguien use la vieja clave —una canción de Amaral tarareada— para indicar que está bien. Pero la estática sigue ganando.
Duración: 10:25
15 de noviembre de 2024.
Diario de Sara, 15 de noviembre de 2024, Benidorm
Parece mentira haber llegado hasta este punto. Si cierro los ojos, aún puedo recordar aquel invierno en el que todo comenzó: ni las luces de navidad ni las hordas de turistas ingleses podían anticipar lo que vendría después. Ahora, al escribir desde las ventanas tapiadas del Hotel Bali, veo un horizonte distinto, cubierto por barricadas, torres improvisadas y el brillo intermitente de hogueras. Por las noches, escucho el murmullo del mar mezclado con los ecos de disparos lejanos y los gritos apagados que emergen de las ruinas de la avenida Mediterráneo. Benidorm, la ciudad que nunca dormía, ahora se refugia detrás de muros y bajo el miedo.
Hoy me despierto con los primeros rayos, dorados, tristes, filtrados por las cortinas hechas jirones. Sigo el mismo ritual: levanto las tablas que bloquean la puerta del apartamento —antiguo alquiler turístico—, bajo las escaleras y saludo a Juanma, que hace guardia en la primera planta. Lleva la gorra de socorrista que recogió en la playa de Levante, descolorida pero aún reconocible. Sonríe y me ofrece un trozo de pan duro. Lo acepto, agradecida. Juanma siempre dice que cada día que amanecemos vivos es motivo de celebración.
Desde las terrazas elevadas, Benidorm parece una ciudad fantasma inundada de barricadas y emisoras de radio. Pequeñas señales de humo se levantan de grupos de supervivientes encaramados en hoteles y edificios altos. Las urbanizaciones, en su mayoría vacías, se han ido reconvirtiendo en fortalezas. El parque de Elche es un campo de cultivo improvisado, donde los antiguos bancos han sido desmontados para fabricar cercas y los rosales albergan ahora tomates y acelgas.
Cuando camino hacia la terraza principal, el aire huele a mar y a combustible. A lo lejos, en la zona de la playa de Poniente, se ven barcazas viejas, algunas encalladas. Se dice que la gente intentó escapar en barcos, pero casi ninguno llegó lejos. Hoy las utilizamos a modo de muralla. El muelle deportivo es una línea de defensa clave. Nadie se fía de las aguas; incluso ahí han aparecido cadáveres a la deriva.
La comunicación es casi inexistente. Algunas radios militares siguen funcionando, alimentadas por generadores precarios, pero lo que llega son fragmentos: frecuencia 82.1, voz distorsionada que invita a la resistencia en Alicante, otra señal que habla de un convoy que fue emboscado camino de Valencia. Mi padre mantenía una radio hasta el verano pasado, pero decidió partir con la última caravana de caballos que buscaba alimentos en Altea. No hemos sabido nada más. Cada noche espero que alguien use la vieja clave —una canción de Amaral tarareada— para indicar que está bien. Pero la estática sigue ganando.
La vida en Benidorm se ha vuelto un juego de supervivencia. Hay turnos en las murallas —las antiguas barandillas de hoteles y verjas de urbanización soldadas con piezas de metal sustraídas de coches destrozados— y equipos de vigilancia que patrullan la mítica avenida de Europa hasta el antiguo Burger King reconvertido en almacén de víveres. El centro comercial La Marina nunca se llegó a saquear del todo porque la horda de zombis del verano pasado lo infestó y sigue siendo una trampa mortal.
Hoy, como cada mañana, me uno al grupo de recolección. Nuestra edad media ronda los veinte años; apenas quedamos ancianos, y los niños viven recluidos en el sótano del Gran Hotel Delfín, convertido en refugio escolar. Sara Prieto, mi tocaya, es la responsable del grupo. Lleva una pistola oxidada y una lanza improvisada con una barra de cortina. Nos toca ir hacia la Avenida de los Almendros: allí aún quedan algunos supermercados sin saquear del todo. El peligro no son solo los zombis; los grupos de saqueadores, que llegan en motos desde Villajoyosa o La Nucía, siguen merodeando en busca de medicinas o de personas fáciles para capturar. Escuchamos muchas historias: algunos de los nuestros no han vuelto después de intentar comerciar sin escolta.
La ciudad se ha vuelto un mapa de zonas seguras y de muerte. Las antiguas torres de apartamentos turísticos ahora son fortalezas aisladas, comunicadas solo por pasillos fortificados y señales de humo. Las calles secundarias, antes abarrotadas de discotecas, han dado paso a un laberinto desolador que huele a basura y cuerpos descompuestos. Los cadáveres que aún infestan las calas se amontonan en fosos comunes cavados por los supervivientes más fuertes.
Hoy el sol está alto cuando llegamos al supermercado. Antiguamente era un Consum. Ahora, el letrero cuelga torcido y la puerta ha sido destrozada por hachas y palancas. Sara da la señal y entramos en silencio. El interior huele a humedad y pescado podrido. Pisamos el suelo con cuidado; en el fondo, en la sección de bebidas, escucho un movimiento. Congelo el aliento. La tensión de esos segundos es como una descarga eléctrica. Sara nos indica que retrocedamos. Nos marchamos. Mejor huir con las manos vacías que sumar otro desaparecido a la lista grabada en la recepción del hotel, bajo el título “No han vuelto”.
Volvemos al refugio con menos suministros de los que queríamos. Juanma nos recibe, preocupado. Parece que hubo disparos cerca de la playa de Mal Pas. Alguien asegura que fue un grupo de saqueadores; otros dicen que fue una patrulla de los “Halcones Blancos”, una especie de milicia paramilitar que patrulla desde hace un mes, reconocibles por el símbolo de un ave dibujado con pintura blanca sobre los chalecos.
La tarde pasa entre pequeños trabajos: algunos bajan a la vieja lavandería a purificar agua con pastillas, otros subimos a la azotea a recoger placas solares improvisadas. Es increíble cómo nos hemos vuelto expertos en aprovechar cualquier recurso. La piscina, vacía desde hace años, ahora sirve para canalizar agua de lluvia y alimentar los cultivos del patio. Nunca creí que vería tomates crecer junto a la estatua de un delfín de cemento.
Por la radio local, un mensaje: hay que reforzar los puestos al caer la noche. Ayer intentaron entrar por la calle Gerona dos zombis arrastrados por el ruido de una moto. Uno fue abatido, pero el otro mordió a un chico de la Calle Ibiza. Ha sido aislado, pero nadie confía en que resista. El miedo, ese viejo compañero, se reaviva cada noche.
Caen las sombras y la ciudad cambia de rostro. El mar refleja la luz de las hogueras y las linternas. Los turnos de guardia rotan cada dos horas. Yo me siento con Juanma y Sara en la terraza. Contamos las balas restantes —apenas siete— y revisamos las lanzas y cuchillos. Hablamos poco. Solo el chisporroteo del fuego y el eterno rumor de las olas llenan el silencio. De vez en cuando, se escuchan los lamentos lejanos de los zombis. Hay quien dice que la mayor parte están ya tan deteriorados que apenas pueden moverse, pero si te muerden, sigue todo el horror.
A medianoche, el ataque. Nada tan brutal como los de antaño, pero suficiente para recordarnos que ni siquiera en la fortaleza de los altos hoteles estás a salvo. Un grupo de saqueadores intenta forzar la entrada de uno de los hoteles de la Avenida de Alcoy. Los de la milicia responden con bengalas y disparos. Desde mi azotea, veo correr sombras entre los coches volcados. Una explosión. Luego gritos. La radio crepita con órdenes confusas. Apretamos los dientes y abrazamos nuestras armas. El silencio, abrupto, vuelve solo cuando las sombras desaparecen malheridas o muertas.
Pasan horas hasta que los encargados de la ronda confirman que el perímetro resiste. Solemos perder a alguien, pero esta vez solo hay heridos. Entre ellos, una chica joven con una herida fea en el muslo. Los médicos improvisados hacen lo que pueden; le atan el muslo con tiras de cortina, limpian la herida con alcohol destilado y rezan.
Al amanecer, la ciudad parece más tranquila. Es casi hermoso ver la luz dorada acariciando los ventanales rotos de los rascacielos, los mismos que hicieron de Benidorm un parque temático para jubilados y familias. Ahora son refugios, fortalezas vibratorias y tétricas.
Hoy es día de intercambio. A media mañana llega una caravana procedente de Finestrat. Traen caballos y una mula cargada de sacos. Algunos son viejos conocidos, otros parecen mercenarios curtidos. Visten ropas mezcladas, uniformes desparejados y armaduras improvisadas hechas con señalizaciones de tráfico. El trueque es tenso: dos botellas de antibióticos por cinco kilos de arroz, una caja de pilas por diez latas de sardinas. Una vez, los intercambios se hacían con sonrisas; ahora bastan miradas recelosas y la promesa de armas a la vista.
Nos cuentan que más al norte, en la Sierra Helada, un grupo de supervivientes ha conseguido desalojar una urbanización entera de zombis, fortificándola. Hablan de un futuro mercado común entre los asentamientos de Albir, Alfaz, Villajoyosa y Benidorm. Ojalá sea cierto. Cuantos más seamos, mejor podremos defendernos; cuantos más recursos, más posibilidades de sobrevivir al invierno. Pero todos dudamos. El invierno pasado perdimos a casi treinta residentes del hotel solo por frío y hambre.
Por la tarde, un grupo regresa de las calas y cuenta que han visto señales de humo hacia la Isla de Benidorm. Alguien escribe en la pared del hall: “El futuro está en el mar”. No sé si reír o llorar. Aquí, todo futuro es incierto.
El día termina, y vuelvo a escribir. Dejo la crónica en la caja fuerte rota de la recepción, junto a los papeles que otros han ido escribiendo. Cuando todo esto termine, si es que termina, alguien tal vez lea lo que vivimos aquí, cómo la costa dorada se tiñó de miedo, sudor y esperanza.
Vuelve la calma, por ahora. Benidorm resiste. El pasado de fiestas y veranos interminables es solo un recuerdo lejano, pero aún nos reunimos junto a la piscina para mirar el cielo y contarnos historias. Porque, pese a todo, sobrevivir no es lo único que nos queda: aún podemos soñar con un futuro en el que el mar vuelva a ser azul y los hoteles vuelvan a llenarse de música. Mañana será otro día. Mañana habrá que seguir resistiendo.
Sara, superviviente del Hotel Bali.
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