22 de diciembre de 2024.
Aquel diciembre era especialmente frío en Barcelona. La humedad del mar, que antes suavizaba las mañanas, se sentía ahora hostil, pegándose a los huesos y helando hasta las ideas más tibias. Las Ramblas, otrora vivas e incesantes, lucían irreconocibles: árboles llenos de nidos de cuervos, quioscos convertidos en ruinas y estatuas humanas reales, fosilizadas por el hambre o la muerte, custodiaban el asfalto resquebrajado.
Habían pasado más de cuatro años desde que todo comenzó. En la ciudad, lo increíble se convirtió en costumbre: la carne preguntándose cuánto tiempo aguantaría ante cadáveres que parecían no conocer el final. Y sin embargo, aquel 22 de diciembre fue distinto.
El grupo al que pertenecía Marta se había asentado hacía seis meses en lo que quedaba del antiguo Hospital Sant Pau. Resultaba práctico: paredes gruesas, pasillos laberínticos y una abundancia sorprendente de material médico aún útil si uno sabía buscar. El ala norte, la última en ser limpiada, estaba tapiada con somieres, puertas arrancadas y un coche familiar que en su día alguien había empotrado contra la entrada principal para bloquear zombis. Solo aquel día las barreras se sentían frágiles.
Marta se levantó antes que el resto. Corralón, el invierno regresaba sin clemencia y las reservas de madera eran escasas; encendió la improvisada estufa para entibiar el ambiente. Los niños dormían todos juntos en la capilla, bajo vitrales brillando con los primeros rayos, en silencio, anhelando calor o sueños que no tuvieran cadáveres. Mediaba la noche cuando los centinelas dieron la alarma: humo sobre la Diagonal. Un grupo numeroso, quizás una caravana, avanzaba en dirección a la Sagrada Familia.
El último intento forastero había terminado en desastre. Marta se tensó, preparándose para lo peor.
Su compañero, Adrià, la encontró ya vestida y armada en el patio central. Llevaba puesta la chaqueta verde oliva que encontró en la estación de Sants, y una escopeta vieja cuyo cañón reparaba cada semana. Adrià asintió con una gravedad aprendida a la fuerza:
—Hay movimiento cerca de la plaza Catalunya. ¿Vamos?
Ella no dudó. Cogieron bicicletas; la gasolina era un lujo que solo las caravanas ostentaban. Pasaron zigzagueando entre barricadas, cubos de basura convertidos en parapetos y la huella sangrienta de riñas recientes. En cada esquina, los “limpia-calles” —el nombre nostálgico que elegían los grupos dedicados a cazar zombis— encendían bengalas para espantar a los rezagados.
Al llegar a Plaça Universitat encontraron lo que temían: dos camiones ardiendo y cuerpos —humanos y algo más— desparramados. Un superviviente, sangrando del muslo, se había refugiado tras las estatuas cubiertas de grafitis. Se llamaba Max y resultó ser un guía de la caravana de L’Hospitalet, atacados por “nómadas”, bandidos que preferían la presa humana a enfrentarse a los no-muertos.
Aquel tipo, con la voz ronca de tanto gritar órdenes, explicó cuanto pudo: emboscada mientras planeaban intercambiar conservas por medicinas en la parroquia de Sant Antoni. Los ladrones, brutalmente organizados, aún batallaban contra la resistencia de algunos convoyes del Raval. Marta se mordió el labio; la noticia la preocupaba más que una horda de zombis: los vivos eran cada vez menos fiables.
—No podemos dejar que los nómadas tomen la ciudad —dijo Marta, mientras vendaba la pierna de Max—. Si atrapan la plaza, podríamos quedarnos aislados.
—¿Cuántos quedan contigo? —preguntó Adrià.
—Algunos, pero hay civiles. Niños —respondió el lesionado—. Ayúdame a rescatarles.
Contaron la munición y salieron.
El camino hacia Sant Antoni fue un desfile de ruinas, cicatrices y fantasmas. Por caminos secundarios, atravesaron Eixample y pasaron frente a la Sagrada Familia, ahora una fortaleza ocupada por los “Franciscanos de Hierro”. Crucifijos, alambre de espino y hogueras reforzaban el perímetro. Rara vez los forasteros eran bienvenidos, pero Marta y Adrià sabían negociar, y necesitaban el apoyo de al menos dos soldados con experiencia. No era fácil convencerlos. Hubo que prometer parte de los víveres y alguna información sobre rutas seguras por Horta.
Al llegar a la parroquia de Sant Antoni, la batalla había dejado su huella. La plaza estaba sembrada de cartuchos disparados y casquillos sin usar, señal de un enfrentamiento breve y brutal. Los carromatos estaban volcados, sus caballos muertos. Recogieron un par de morrales, esquivando zombis despistados. Un niño sollozaba desde un trastero; era el hijo de un miembro de la caravana, acurrucado junto a una lata de lentejas y un cuchillo oxidado.
Rastreando por las calles adyacentes, encontraron a otros dos supervivientes escondidos en un café de la Ronda Sant Antoni, envueltos en mantas y una resignación temblorosa. El humo del camión aún flotaba en el aire como una plegaria rota, y el frío apretaba.
Cuando al fin el grupo logró reagruparse, Max apenas podía andar. La presión sobre la herida había servido, pero el riesgo de infección era constante. El botiquín improvisado de Marta era escaso: paracetamol, algo de betadine, unas vendas estériles rescatadas del hospital. Pusieron rumbo al norte, evitando grandes avenidas y plazas expuestas.
El manto anaranjado de los anocheceres baña Barcelona antes de que la oscuridad, junto con los peligros, lo engullera todo. Por la noche, las calles silban distinto, como si las piedras recordaran el bullicio y ahora, en silencio, lloraran por su propia memoria. Marta no temía tanto a los zombis como al silencio roto por risas humanas: los saqueadores acechaban con el hambre del lobo y la astucia del zorro.
Durante el regreso, vieron algo inaudito: sobre la antigua comisaría de la Via Laietana ondeaba una bandera blanca. Un gesto extraño en aquellos tiempos, casi un reto. Se miraron, indecisos. Adrià, más impulsivo, convenció al grupo para acercarse y averiguar. Al entrar, encontraron una iniciativa inusual: comerciantes de ambos lados del río, protegidos por un puñado de francotiradores, intentaban organizar un trueque supervisado. Munición por conservas, piezas de bicicleta por tabletas purificadoras de agua. Había desconfianza, claro, pero la presencia armada forzaba la cortesía.
Fue una escena surrealista: otras veces, el mismo lugar era tumba de inocentes o campo de batalla por una caja de galletas. Aquella noche, bajo la bandera trémula, humanos trataban de ser civilizados. Marta intercambió seis vendas y un frasco de alcohol por una cuerda nueva, y Adrià obtuvo dos docenas de clavos y una hoja de sierra, imprescindibles en el hospital.
Pero el mercado fue interrumpido por un grito. En el exterior, la oscuridad se animaba con figuras tambaleantes. Una docena de zombis, quizá atraídos por el bullicio, avanzaban famélicos. Sonaba ya el cliqueteo nervioso de armas cargadas. Los presentes se organizaron de manera automática: los que tenían armas de fuego formaron un frente, los demás prepararon lanzas improvisadas o piedras. La defensa, más por necesidad que por gloria, fue breve y tensa. El peligro reunía a enemigos momentáneos.
Superado el episodio, la tregua continuó. Marta se dio cuenta de que hacía mucho no sentía una chispa de esperanza. No en la supervivencia, sino en la posibilidad de que la colaboración, aunque efímera, todavía era posible. Recogió al grupo y, ayudados por uno de los comerciantes, regresaron en silencio hacia Sant Pau.
Esa noche, el hospital rebosaba más de almas que de cuerpos. De las alturas de la ciudad podían verse las luces de otras fortalezas: la Sagrada Familia, la Torre Agbar, Montjuïc. Islas de vida sobre un mar oscuro. Algunos recitaban oraciones, otros contaban historias de “el mundo de antes”, tan lejos que ya parecían cuentos de locos. El pequeño rescatado dormía por fin seguro, abrazado a su cuchillo oxidado como quien abraza una promesa.
Al día siguiente, Marta y Adrià se unieron a la ronda de vigilancia. Sabían que la relativa calma podía desvanecerse en cualquier momento. Los rumores hablaban de una banda armada del Carmel que planeaba tomar la central de agua de Vallcarca. Otra preocupación más. Aun así, la noche anterior quedaba grabada como un raro destello de humanidad. Quizás ese era el mayor tesoro: no las conservas, ni la pólvora, ni las balas, sino la inesperada capacidad de no perderse del todo en la barbarie.
Con el paso de los días, los intercambios entre grupos comenzaron a aumentar. La comisaría de Via Laietana se convirtió en un punto de encuentro obligado, a pesar de los riesgos. Se empezaron a escuchar rumores optimistas, algo inédito en los últimos dos años: algunas caravanas afirmaban haber cruzado casi hasta Lleida sin un solo ataque zombi; en el puerto, un grupo de mecánicos restauraba lanchas para comerciar a lo largo de la costa. Los supervivientes de la ciudad, enviados como exploradores, informaban sobre la posibilidad de reocupar partes del Poblenou, donde los zombis migraban hacia el centro en busca de movimiento.
Las cosechas de los tejados de Gràcia dieron sus primeros tomates aquel invierno. Marta, mientras cortaba uno en rodajas para compartir con sus compañeros, pensó que la vida, incluso entre ruinas, buscaba siempre una rendija de luz. Algunos niños jugaban en los pasillos, quietos pero con risas bajitas. Volvían a dibujar en las paredes: más animales que zombis, más soles que oscuridad.
A veces, en la terraza del hospital, Marta divisaba Montjuïc y recordaba, solo por un instante, los fuegos artificiales de otros añonuevos. El siguiente quedaba cerca, el calendario seguía su curso, aunque los días parecieran unilínea eterna de hambre y amenazas. De vez en cuando, pero solo de vez en cuando, soñar era posible.
En la Barcelona helada de 2024, sobrevivir no era solo cuestión de instinto. Era, sobre todo, no olvidar nunca que cada día, cada respiro entre barricadas, cada cuerda intercambiada por una venda, era una pequeña y callada victoria contra la muerte y el olvido. Guardar esperanza. Porque en algún rincón, la ciudad recordaba ser humana.
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