Septiembre zombie
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Brote
Incubación
Portada del relato La cúpula de San Nicolás en ruinas
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Al superar la sucursal de un banco destrozado, escuchó el crujido de cristales detrás de él. Se detuvo en seco, expectante. En una ventana, dos ojos lo observaban, brillando con esa luz inquieta y bañada en fiebre que delataba a los no-vivos. Por un instante, la figura se movió pero no intentó saltar. Olía el frío y la carne, pero la falta de calor los volvía lentos, tal y como todos decían en los días de diciembre. Un par de meses atrás, habría sido peligroso. Ahora, eran los vivos quienes inspiraban más pavor.

Duración: 11:53

La cúpula de San Nicolás en ruinas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

17 de diciembre de 2020.

El frío se había instalado en las calles de Alicante. No era la escarcha tradicional de la sierra ni el viento húmedo del mar que traía la brisa invernal, sino una helada que brotaba desde el centro de cada alma, una congelación que se extendía como capa sobre capa de miedo, incertidumbre y silencio. La ciudad, hermosa meses atrás, yacía ahora entre la niebla de la desolación y la podredumbre.

Javier ajustó la bufanda improvisada que cubría casi toda su cara. Había pasado la noche en la planta baja de lo que antaño fue un salón de bodas, entre la avenida de Maisonnave y la Calle Serrano. El edificio era sólido, pero los ventanales grandes lo hacían peligroso, fácil blanco para cualquier banda errante. Sin embargo, resistía mejor que muchos refugios temporales, y la temperatura dentro no era mortal durante las horas nocturnas. Se sentía privilegiado. Afuera, la tramontana que bajaba del interior, cortaba la piel.

Levantó el trozo de loneta que hacía de puerta y miró hacia la avenida. Amanecía sobre Alicante y esa luz azul grisácea recordaba las viejas postales turísticas, pero en lugar de palmeras y bullicio, solo quedaba inquietud y escombros. De vez en cuando, el crujir metálico de un coche volcado o el aullido de algún animal perdido era todo lo que quebraba el silencio.

En la tercera planta dormía Celia, una mujer que había recogido semanas atrás, hambrienta, encogida bajo un toldo de la Plaza de los Luceros. Desde que sus padres murieron —una noche en que un grupo de zombis, a los que ellos se referían como "los trastornados", rompieron las ventanas del piso familiar en San Blas— había permanecido callada la mayor parte del tiempo. Javier le dejaba sopa hecha de cualquier cosa y algunos minutos de conversación siempre que se animaba, aunque rara vez obtenía respuestas largas.

La ciudad, tras los primeros meses de histeria, había cambiado de modo acelerado. Después de aquel abril fatídico, cuando corrieron rumores de un virus agresivo y la emergencia llenó los hospitales de Babel y el General, la normalidad se fracturó sin remedio. Ahora, en diciembre, el perímetro seguro era una ficción. De la Rambla hacia el puerto se consideraba tierra de nadie: a veces asolada por asaltantes, a veces tomada por zombis errantes, a veces tan vacía que hasta las gaviotas parecían haberse marchado.

Javier recorrió la acera, siempre pegado a los muros, hasta el cruce con la Avenida de Óscar Esplá, envuelto en su abrigo raído y con una escopeta de caza colgada a la espalda. Las balas eran pocas y preciosas. Mejor ahuyentar que disparar. La destreza residía en saber cuándo usar una y cuándo correr. Dudaba que quedara trabajo en el mundo, pero la supervivencia se había convertido en oficio, y la prudencia era promoción.

Al superar la sucursal de un banco destrozado, escuchó el crujido de cristales detrás de él. Se detuvo en seco, expectante. En una ventana, dos ojos lo observaban, brillando con esa luz inquieta y bañada en fiebre que delataba a los no-vivos. Por un instante, la figura se movió pero no intentó saltar. Olía el frío y la carne, pero la falta de calor los volvía lentos, tal y como todos decían en los días de diciembre. Un par de meses atrás, habría sido peligroso. Ahora, eran los vivos quienes inspiraban más pavor.

Siguió su camino hasta el Mercado Central. Antes de la plaga, era el núcleo de la ciudad. Hoy, su fachada modernista mostraba las señales de saqueo y abandono: grafitis de advertencia, sangre seca, basura acumulada junto a bloques de hormigón improvisados para intentar cerrar los accesos. Lo rodeó y localizó a Ana, una chica menuda, de ojos agudos, que negociaba con un par de veteranos en la sombra de una columna. Ella era su contacto para el trueque de alimentos.

—¿Hoy hay algo acaso? —preguntó Javier al acercarse.

Ana levantó la mano en gesto de saludo árido y le respondió con voz baja.

—Harina de centeno y conservas. Poco más. Lo de siempre, pero cada vez menos. El frío acaba con casi todo allá fuera.

A Javier siempre le producía escalofrío esa frase, "allá fuera", como si la ciudad entera fuese una isla en mitad de algo que cada vez reconocía menos.

Revisó la bolsa que había reunido en los días previos: dos botes de garbanzos en salmuera, pilas gastadas no del todo inútiles, un paquete de vendas recogidas de la antigua farmacia cerca del Antiguo Hospital Provincial.

La transacción fue rápida, y recibió a cambio medio kilo de harina, tres latas de sardinas, y una pastilla de jabón —tan valiosa como la plata en los días finales de la civilización.

—¿Has visto zombis hoy? —preguntó Ana, su voz, esta vez, temblaba sutilmente.

Javier negó con la cabeza.

—Pasé por Óscar Esplá y hay uno en el antiguo BBVA, pero ya ni camina casi. Afuera de la Plaza de Toros sí, uno que otro más, pero están quietos. Son las bandas las que preocupan. Cuidado si sigues hasta la estación, parece que ayer hubo lío.

Ana suspiró y giró la cabeza. El hombre que la acompañaba, con un hacha de bombero colgando del cinturón y chaqueta militar, los observaba con recelo.

—Bajaremos cuando anochezca. Ahora, a aguantar otro día.

Javier asintió y echó a andar de vuelta, por dentro del edificio. Cada vez era más común ver a los vivos agrupándose en los viejos mercados, escuelas y también en las iglesias fortificadas. San Nicolás y Santa María servían de refugio para decenas de personas, sobrevivientes que improvisaban barricadas con bancos y confesionarios.

Al llegar al final del edificio, Javier miró por una grieta hacia la Plaza de Santa Faz. Un coche calcinado bloqueaba el paso. Más allá, oía voces. Rebeldes, oportunistas, gente que robaba y mataba por una caja de latas. Desde las primeras semanas de la crisis, los saqueos se habían vuelto frecuentes. Nadie confiaba en nadie salvo en los pocos lazos tejidos en esa debacle: una decisión podía costar la vida propia o la de quienes amabas.

Javier evitó la plaza y regresó por la calle Poeta Quintana. En el piso donde dormía Celia, subió las escaleras en silencio, procurando no hacer ruido. La joven despertó al oír sus botas repiquetear en el suelo.

—Hoy hace más frío —susurró ella, envolviéndose en la manta desgastada.—¿Trajiste algo?

Javier dejó el botín sobre una caja de refrescos y asentó.

—Poca cosa. Harina, sardinas y jabón. Si no encontramos leña hoy, usamos la mesa. Lo importante es no enfermarse.

Ambos compartieron en silencio la comida: unas galletas hechas la noche anterior, agua tibia, algo de sardinas, y una cucharada de harina disuelta. Era diciembre, pero las horas parecían congelarse en una sucesión interminable de hambre y espera. Distraídos por la comida, casi no oyeron el zumbido de las radios de emergencia. A lo lejos, entre estática, llegaban mensajes fragmentados: advertencias sobre la Plaza del Carmen, un grupo de saqueadores divisado cerca del Castillo de Santa Bárbara, petición de ayuda médica urgente.

—¿Algún plan? —musitó Celia, mirando por la ventana hacia el mar turbio y sombrío.

Javier dudó. Había pensado en aventurarse hacia el puerto, comprobar si el rumor sobre una caravana llegada de Valencia era cierto. Se decía que había trueque de leña, medicamento y sal —un lujo para cualquier superviviente. Pero el puerto era una trampa potencial, un hervidero de bandas y zombis encallados entre los contenedores de mercancía. Además, cualquiera con armas de fuego tenía ventaja sobre los hambrientos y desarmados.

—Hoy no —contestó Javier al fin—. Esperaremos a mañana. Si la radio dice que hay movimiento en el puerto, podríamos ir. Si no, probamos suerte en el Mercado de Benalúa. Allí aún quedan agricultores y algunos productos, aunque cada vez menos.

Al mediodía, salió de nuevo. El sol apenas calentaba y el cielo permanecía nublado, pero en Alicante rara vez llovía; aunque con la nueva normalidad, ni la meteorología respondía ya a certezas.

Atravesó la Plaza de Toros. Por el graderío, un par de cuerpos yacían inmóviles; uno de ellos se incorporó apenas lo vio. No era un humano —tampoco un cadáver normal— sólo quedaba el cascarón descarnado de lo que fue una mujer, con la mandíbula colgando y el pelo enmarañado tapando la mirada vacía. Javier mantuvo la distancia y rodeó la plaza.

Pasó frente a la iglesia de San Nicolás, cuya cúpula azul se alzaba, rota y ennegrecida, como un faro apagado. La puerta estaba fuertemente atrancada, pero a través de los ventanales rotos se adivinaban movimientos. Seguramente dentro se guarecían familias enteras, rezando porque el invierno matara a los zombis antes de que el hambre acabara con ellos.

Siguió hasta la Explanada, otrora avenida de palmeras y mosaicos ondulantes. Ahora, las palmeras servían de perchas para cuervos y las losas estaban cubiertas de escombros y basura. Al acercarse al mar, el hedor de agua estancada y carne putrefacta se hizo más intenso.

Allí encontró a Manuel, un pescador viejo que, milagrosamente, había sobrevivido los peores meses en su barca a las afueras del Postiguet.

—Esta noche habrá marea alta —le dijo, sin apenas saludarlo—. Si tienes cuerda o redes, podría intentar pescar un poco. Cambiaría pescado por arroz o pilas si consigues. Pero cuidado, escuché disparos ayer al anochecer, por el puerto.

Javier asintió. Toda información valía oro, pero a menudo era incompleta. Antes de marcharse, miró hacia el Castillo de Santa Bárbara: arriba se veían algunas hogueras, señal de que, pese a los rumores, un grupo resistía allí.

Regresó a su improvisado refugio antes de que anocheciera. Celia estaba sentada junto al ventanuco que daba a Maisonnave, mirando el tráfico fantasma y los candelabros vacíos.

—¿Sabes? Recuerdo cuando las calles estaban iluminadas en Navidad —dijo ella, apenas un susurro.

Javier también lo recordaba. Cómo todos salían a pasear entre luces, cómo la víspera de Reyes llenaba de bullicio la ciudad. Ahora, la única luz era la de las velas negras, la de las lunas heladas y las pequeñas chispas de las hogueras dispersas.

—Volverán los días luminosos —intentó consolarla.—Traerán calor y seguridad.

Celia lo miró, una chispa de escepticismo y fe luchando en su mirada. Afuera, la ciudad parecía dormida bajo el manto implacable del invierno. Pero allí dentro, entre paredes huecas y esperanzas extenuadas, la vida resistía, tenue, como una llama que se niega a apagarse.

Javier pasó la noche reparando una lámpara de petróleo. Oía el distante murmullo de la radio, y a veces el rumor lejano de disparos o gritos. Pero también oía risas ahogadas de algún grupo refugiado más allá, el llanto de un niño en un piso contiguo, un simple "buenas noches" cruzado por algún superviviente que aún conservaba la costumbre.

El invierno era largo, y la seguridad aún parecían sueños. Pero en medio de la muerte, el miedo y el hambre, quedaba ese último refugio: la esperanza de que algún día, bajo otra Navidad improbable, la Explanada volviera a ver niños jugando y Alicante, ciudad de luz y mar, despertara de su letargo de pesadilla.

Hasta entonces, Javier se juró sobrevivir. Y con cada amanecer, con cada sorbo de sopa, con cada jornada evadiendo la muerte y el frío, tejía junto a Celia —y junto a todos esos desconocidos dispersos en iglesias, mercados y ruinas— el frágil hilo de la humanidad reconstruida.

Septiembre zombie
Operación ocaso
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Brote
Incubación

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.