15 de noviembre de 2020.
Washington D.C., 15 de noviembre de 2020
La ciudad respira, jadeante y desmoronada, bajo el peso de un silencio nuevo, asfixiante. Los árboles del National Mall se han despojado de su último follaje, hojas muertas cubren el asfalto como pequeñas lápidas doradas y húmedas. Las avenidas famosas del mundo entero –Constitution, Independence, Pennsylvania– son desfiladeros vacíos, amplificados por el eco de disparos lejanos o, mucho más a menudo, por la nada. La bandera llena de estrellas sobre la Casa Blanca, jironeada por el viento, cuelga a media asta desde hace semanas. Nadie la izó o bajó a propósito: alguna bala perdida, quizás un fragmento de explosión, la dejó así, indecisa, igual que la ciudad.
Por la ventana rota del piso número cinco en el antiguo edificio del Departamento de Asuntos de Veteranos, Thomas Hargrove observa la noche romperse sobre el río Potomac. El hombre no debía estar con vida, o al menos nadie apostaría por su supervivencia en ese Washington tomado por zombis y saqueadores. Pero Thomas pertenece a una generación de burócratas endurecidos por décadas de promesas rotas y traiciones suaves, tejidas en el sigilo de los despachos. Con sesenta y dos años, y un historial militar perdido entre archivos, supo moverse entre los primeros fuegos del caos: la evacuación fallida del Congreso, la última súplica de la alcaldesa por radio, los gritos en la calle E, y después, el silencio.
Tiene consigo a tres personas: Melinda, una paramédica de veinticinco años; Jensen, ex-police del Distrito; y Leroy, niño afroamericano de apenas seis, rescatado de la estación McPherson Square más por instinto que por heroísmo. Son su raquítica comunidad, su nueva democracia.
La última semana fue la peor. Las bandas armadas de las afueras barrieron hacia el centro, saqueando lo que habían dejado los zombis. El olor a carne quemada flotó, por momentos, entre la brisa fría que venía del río. “Quieren limpiar, pero solo es para asegurarse la comida”, le susurró Jensen, apoyado en el viejo fusil M4 que rescató del baúl de un policía federal caído. Los supermercados, incluso los almacenes subterráneos preparados para catástrofes, habían sido vaciados durante los días iniciales del colapso.
—Nos movemos en una hora —anuncia Thomas, su voz apenas un susurro entre los muros grises.
La noche será la aliada, porque en el invierno, los zombis se ralentizan; sus músculos resecos y entumecidos los hacen menos mortales. Eso, y el hecho de que los humanos se vuelven el doble de peligrosos.
Melinda alista su mochila verde oliva. No queda mucho: antibióticos genéricos, vendas, dos rollos de gasa y una cajita de analgésicos. El botiquín estuvo completo hasta una semana atrás, cuando trataron de ayudar a un superviviente mordido (No deberíamos haberlo hecho, piensa Thomas, pero no lo dice en voz alta). El chico murió en silencio y regresó hecho monstruo tres horas después. Fue Jensen quien le voló la cabeza de un balazo.
—Leroy, ven aquí, cariño —le llama Melinda.
El niño nunca habla. Va y viene como un fantasma diminuto, siempre pegado a una esquina o siguiéndola como sombra. Esta noche, como todas, se aferra a un peluche mugriento: un burro de peluche con una oreja rota y un ojo menos. Thomas recuerda haberlo visto junto al Monumento a Lincoln, antes de hallar a Leroy entre los bancos de la estación, y el absurdo de la memoria le arranca una sonrisa amarga.
—El puente Key sigue bloqueado por los acorazados —dice Jensen mientras se asoma con unos binoculares viejos.
Los restos de blindados estadounidenses, incendiados por el propio ejército cuando las líneas colapsaron, embarran la entrada del puente. Unos días antes, vieron a una docena de zombis estrellarse contra el metal ardiente y quedar ahí, bailando en el fuego sin tener miedo ni dolor. Detrás, aún más allá del río, hay barrios de casas vacías y árboles secos, algo de vida que alguna vez fue suburbana y pacífica. Pero para llegar hasta allí deben cruzar la espesura de la ciudad, entre columnas de humo y cadáveres, sorteando bandas armadas y muertos ambulantes.
—Nos movemos igual —decide Thomas—. Antes de que las bandas controlen más cuadras.
Recorren los pasillos del edificio, las linternas cubiertas con cinta aislante. No quieren llamar la atención de nadie ni de nada. Bajando los escalones, saltando uno por uno para evitar los pedazos donde la alfombra se ha hundido por la sangre seca, se abren paso entre camillas y expedientes desperdigados, ecos de una burocracia que intentó documentar el fin del mundo.
En la planta baja, la recepción está llena de muebles atrincherados y cristales rotos. Todo huele a polvo y sudor humano. Thomas saca una Colt 1911 que nunca había disparado antes de esta crisis. Lleva quince balas; nunca las actualizó porque, en otro tiempo, “no era necesario”. Ahora es toda la diferencia entre la vida y una muerte grotesca.
Salen al aire helado, escudriñando la avenida Vermont con pasos cortos y veloces. Una bandada de cuervos levanta vuelo al verlos, sobrevolando la estatua de McPherson. Melinda revuelve el abrigo de Leroy, asegurándose de que no lleve la muñeca en la mano sino en el bolsillo, para poder cargarlo si necesita correr. Thomas hace inventario mental de las rutas: acceso a la 14, cruzar hacia la rotonda de Thomas Circle, luego seguir hacia el oeste. El objetivo es llegar a Georgetown, donde dicen que una comunidad sobreviviente se ha atrincherado en la Universidad.
Algunas noches los disparos cruzan la ciudad de parte a parte, como truenos de arsenal en un cielo permanentemente nublado. Otras veces descubren piras de cadáveres en las avenidas, apilados y ardiendo, zombis y humanos juntos, imposible distinguir entre unos y otros. Esas imágenes persiguen a Thomas en sueños, y también a Melinda, aunque su fortaleza ante Leroy es casi sobrehumana. Jensen va atento como un sabueso, el fusil pegado al pecho, siempre listo para disparar.
Al doblar la esquina, un banco rojo bloquea el camino. Un graffiti destaca en la fachada de una tienda cerrada: “Fuerza D.C. – resistid”. Thomas piensa en quién habrá pintado eso, cuándo. Quizás la primera semana, cuando aún creían que el ejército podía contener a la horda.
En la Plaza Franklin descubren restos de un enfrentamiento reciente. Un camión militar arde aún, despidiendo una humareda agria. Jensen les hace señal de silencio, y los cuatro se agachan tras la sombra de un quiosco de periódicos. A lo lejos, una figura se mueve entre los restos del camión. Se tambalea de forma demasiado irregular como para ser humana. Thomas aprieta el gatillo y la respiración, pero Jensen niega con la cabeza.
—Déjalo. Mucho ruido —susurra.
En la distancia, otro disparo, y se escucha un chillido: no de zombi, tampoco de humano. Una mezcla intermedia, el sonido de algo que ha perdido el derecho a tener nombre.
Melinda aprieta la mano de Leroy. El niño se estremece y disimula un sollozo entre los pliegues de su bufanda. Están a la mitad del camino y ya han visto suficiente muerte; eso también pesa.
Atraviesan la Avenida K. En las vitrinas de los grandes hoteles, los reflejos muestran hombres armados con aspecto de bandidos; llevan cascos, uniformes mezclados, algunos con banderas improvisadas en el brazo. Una vez, Thomas habría identificado de inmediato si eran federales o impostores. Hoy solo sabe que son hostiles.
—Al suelo —ordena Jensen apenas ve movimiento en el lobby del hotel Willard.
No caen balas, pero la tensión se mantiene. Una sombra parece seguirlos, una figura menuda, rápida, pero pronto descubren que solo es un perro, desnutrido y sin rumbo, que les ladra desde la distancia. Thomas piensa en los miles de animales abandonados, ahora parte de la nueva ecuación del hambre.
Al llegar cerca del Monumento a Washington, los pasos se vuelven más inseguros. El obelisco se levanta, imponente y lúgubre, bajo la luna llena. A sus pies, el césped está desgarrado y huele a podredumbre. Restos de tiendas de campaña, escombros humanos y zombis esqueléticos completan el cuadro. Hay líneas de botes improvisados junto al Reflecting Pool, muchos de ellos volcados o medio hundidos.
Ahí, Melinda tropieza y casi cae. Leroy se adelanta a recogerle el botiquín. En ese instante, de entre los árboles, surge un zombi. Es una mujer rubia, con el rostro medio comido, vestida aún con el atuendo de una azafata.
Jensen reacciona disparando. El estruendo del fusil rompe el silencio del Mall. El disparo abate a la criatura de inmediato, pero el ruido ha hecho lo suyo.
—¡Rápido! —grita Thomas, que ya siente el pulso convulsionado de lo imprevisible.
En segundos, una docena de zombis aparecen por detrás del Lincoln Memorial. El grupo corre, zigzagueando entre estatuas, cruzando el césped y saltando sobre maletines y cuerpos derruidos. Thomas siente que su corazón va a estallar, pero no se detiene. Jensen cubre la retaguardia, disparando cuando es imprescindible; cada bala es una reliquia.
Al llegar cerca del puente de Arlington, descubren que la vía principal está tapada por más vehículos quemados y cadáveres en principio inmóviles, aunque potencialmente peligrosos. No queda otra que seguir por la orilla del río, donde hay menos posibilidades de emboscada humana.
No se detienen ni siquiera cuando uno de los zombis, mucho más rápido que los demás, persigue a Leroy y lo alcanza por la chaqueta. Melinda se da vuelta, sin pensar, y lo arranca de un tirón, empujando a la criatura hacia Thomas. Sólo entonces él dispara, acertando en el cráneo. Más golpes, más huesos quebrados, el hedor de la muerte pegándose a sus ropas.
Cuando dejan atrás la orilla, van jadeando y sollozando. Nadie tiene fuerzas para hablar. Jensen sangra de una herida superficial en el brazo; una bala perdida o un pedazo de metal le ha rozado. Melinda lo venda en silencio. Por encima de ellos, el firmamento se cubre de estrellas y nubes negras.
El resto del camino hacia la Universidad de Georgetown lo cubren agazapados, ocultándose en portales, pasando bajo vallas caídas y saltando verjas rotas. Ven dos grupos armados disputarse restos de una furgoneta. Escuchan otro tiroteo, se esconden y esperan a que corra el tiempo. A veces los gritos suenan como los lamentos de los condenados.
Cuando, finalmente, ven la verja improvisada alrededor del campus, iluminada por fogatas y protegida por barricadas de pupitres y carros de supermercado, lloran en silencio. Un rostro emerge del umbral de la barricada: una mujer con un chaleco antibalas, mirada desconfiada y dolorida.
—¿Cuántos? —pregunta, levantando un rifle.
—Cuatro —responde Thomas, levantando las manos.
Tras un instante, la puerta se abre justo lo necesario para que entren. Adentro, se sienten, por primera vez en meses, casi seguros. Dentro del campus, todo parece menos gris. Incineran sus ropas ensangrentadas y cada uno recibe un plato de arroz y frijoles, caliente y casi milagroso.
Mientras Leroy duerme, envuelto en una manta, Melinda se acerca a Thomas, quien mira el fogón crepitar.
—¿Crees que algún día volverá la ciudad? ¿Que volveremos a construir algo?
Thomas la mira y, por un imposible instante, piensa en la bandera, en los monumentos, en los domingos de primavera bajo los cerezos en flor. El futuro es tan incierto como la noche que los ha cubierto.
—Quizás no sea la ciudad de antes, Melinda. Pero si sobrevivimos un invierno más… quizás.
Somos Washington, piensa Thomas, aunque los muros hayan caído, los archivos se hayan perdido y la historia se escriba ahora con sangre y cenizas. Mientras la noche avanza, al otro lado de las murallas improvisadas, los muertos siguen buscando el eco de una vida que ya no existe. Dentro, los vivos, apenas un puñado, se aferran a cada latido.
En medio del fin, Washington sobrevive. Porque siempre fue mucho más que nombres, mármoles y banderas: fue siempre, sobre todo, un lugar de supervivientes.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.