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Portada del relato Ciudad de las Hordas
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Fragmento:


—Nada nuevo. Siguen en camino, o eso dicen. Han cruzado ya Alcácer.

Duración: 11:45

Ciudad de las Hordas
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Texto de ajuste de pausa.

25 de noviembre de 2024.

No quedaba mucho de la antigua Valencia. En los últimos cuatro años, la ciudad se había convertido en una memoria resquebrajada, sostenida por muros improvisados, jardines asolados y el eterno rumor de los zombis arrastrando sus cuerpos entre los escombros. Pero ahora, en noviembre de 2024, era diferente. Desde las Torres de Serrano hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el aire olía a leña y sudor, y las voces humanas volvían a recorrer los callejones, aunque siempre susurrando y a la sombra de grandes fortificaciones de madera y chatarra. Eran supervivientes, sí, pero también constructores, defensores, comerciantes… gladiadores de un mundo roto.

La gran fortificación, que todos llamaban simplemente "El Muro", se extendía desde el final del viejo Jardín del Turia hasta la antigua estación del Norte. Era un anillo irregular, hecho de bloques de hormigón arrancados de las ruinas de los edificios, barreras metálicas y camiones postrados a modo de torres de vigilancia. Había nacido de la desesperación, pero ahora era símbolo de algo más: de la obstinada resistencia, de una comunidad que se negaba a desaparecer como el resto de las urbes del Mediterráneo. Cientos de personas lo habitaban.

En el amanecer de ese 25 de noviembre, Raquel bajó de la torre de vigilancia que ella y sus compañeros de milicia compartían cada noche. Se frotó los ojos para espantar el cansancio y dejó su viejo fusil Mauser apoyado en los tablones que hacían de parapeto. La niebla era espesa y sobre las copas de los naranjos, que habían crecido sin poda durante años en el cauce del Turia, sólo se distinguían sombras borrosas. El sol asomaba débil en la lejanía del mar.

—Todo despejado, —dijo Raquel en voz baja, al hombre que le relevaba, un antiguo policía llamado Manuel.

—Hasta las siete sigo yo, —contestó él, envolviéndose en una manta militar. Su salud no era buena, pero insistía en cumplir con su turno.

—¿Han traído noticias de las caravanas del sur?

—Nada nuevo. Siguen en camino, o eso dicen. Han cruzado ya Alcácer.

El rumor de una caravana era, en Valencia, un acontecimiento mayor. Caravanas de supervivientes, escoltadas por hombres y mujeres de armas, cruzaban de vez en cuando los campos devastados de la huerta y los pueblos vacíos. Transportaban grano, herramientas, medicinas, noticias, todo lo que la ciudad ya no podía fabricar por sí misma. Pero entre caravanas y la llegada de nuevos productos, siempre estaba el peligro: de zombis, de saqueadores, y de otros humanos cuyo mayor deseo era robar y huir.

Raquel recogió su fusil y bajó la empalizada interna. Su paso fue saludado por algunos vecinos, cubiertos de retales grotescos y ropas remendadas hasta la extenuación. Una niña de cara sucia la miró con esperanza, esperando que le trajera algo —una golosina, quizás, como las de la antigua vida— pero Raquel solo sonrió.

El corazón del asentamiento era la plaza del Ayuntamiento, ahora convertida en mercado fortificado. Había mesas hechas de puertas viejas y tablones, y sobre ellas, montones irregulares de cebollas, patatas duras, almendras y algunas naranjas ácidas. No existía el dinero. El trueque—a veces en objetos, más a menudo en cuchicheos y favores—era la ley. El bullicio era apagado pero presente, y detrás de cada puesto había armas apoyadas: recortes de escopeta, lanzas improvisadas, viejas pistolas que parecían reliquias.

Cuando Raquel cruzó la plaza, se topó con Tomás, el herrero del asentamiento. Tenía las manos negras y la voz ronca, y desde que la urbe cayó, manejaba la fragua en una antigua cochera.

—Hoy se anuncia el mercado grande, —le murmuró—. Llegan comerciantes de la Horta. Y dicen que traen pólvora.

—¿Pólvora? ¿De verdad?

—O eso aseguran… —Tomás encogió los hombros—. Pero esto es Valencia, ¿no? Nunca falta quien mienta para crear espectáculo.

Bajo las arcadas del viejo Consistorio se escuchaban las transmisiones de radio de baja potencia que, desde hacía un año, enlazaban algunos núcleos de resistencia en el antiguo Reino de Valencia. La voz de una mujer tras la estática sonaba clara sobre el murmullo:

“…motines en Xàtiva, rutas bloqueadas cerca de Requena, el clima seguirá frío. Se busca médico para Castellón. Resistid.”

Raquel pensó en su hermano Diego, que había partido meses antes hacia el norte, siguiendo el rumor de una comunidad organizada cerca del embalse de Benagéber. Nadie había regresado de allí, pero las leyendas eran moneda común. Siempre había nuevas esperanzas, y casi siempre acababan muertas.

El mercado se agitó cuando un hombre hizo sonar una vieja campanilla de bicicleta. Los vigilantes en el muro habían visto algo al sur. Raquel fue la primera en correr, saltando entre las piedras y subiendo la pasarela de madera hacia el punto de observación. Toda la ciudad parecía contener el aliento.

Era la caravana. O al menos, parte de ella: tres carros de madera, tirados por mulas demacradas, escoltados por media docena de jinetes y lo que parecían veinte caminantes armados a pie. Llevaban banderas blancas con manchas de sangre secas. El grupo avanzaba despacio, atentos a los lados del camino.

—¡Abrir las puertas! —gritó uno de los vigilantes, y al instante comenzaron los movimientos precisos: levantar el portón, cubrir los flancos, apuntar desde las torres. Ningún protocolo era improvisado.

Cuando la caravana entró, los niños corrieron a verlos, los perros ladraron, los brazos se alzaron en saludo cansado. Traían sacos grandes: trigo en grano, pieles rudimentariamente curtidas, algunas medicinas etiquetadas en lituano—a saber de dónde vendrían—y paquetes de trapos con vendas y jeringuillas.

Raquel se abrió paso hasta los recién llegados y abrazó a una mujer rubia y desaliñada. Se llamaba Zofia y era la líder de la caravana. Habían coincidido en docenas de ocasiones.

—¿Muy mal el camino? —preguntó Raquel, mientras intercambiaban apretones de manos con los otros líderes.

—Al sur, aún tienes zombis persiguiéndote cada atardecer y noche —respondió Zofia, con el acento cortante—. Pero son lentos, menos peligrosos. El verdadero problema son los hombres. Han atacado dos veces desde Alzira. Perdimos dos.

—Siempre igual… Lo siento.

Los tratos se hicieron deprisa. A cambio de grano y vendas, Zofia accedió a llevar mensajes de Valencia hasta Sagunto. También se intercambiaron semillas —preciosas, difíciles de conseguir— y un herrero extrajo una pistola averiada, esperando piezas de recambio u otro trueque. Al fondo, una pequeña cuadrilla de jóvenes descargó cajas de libros salvados de una biblioteca incendiada meses antes: literatura, manuales de medicina, incluso novelas amarillentas que se transformaban en tesoros.

Por la tarde, el ambiente del mercado se densificó. Agricultores del Turia discutían con viejos pescadores sobre la custodia de las redes y los derecho de acceso al agua limpia del lago de la Albufera, el último gran recurso vital. En el extremo norte del muro, unos hombres se acusaban de tener relación con bandas nómadas, lo cual era poco menos que una sentencia de muerte.

Una voz atronó cerca del portón principal. Alguien había avistado movimiento junto a la valla sur, donde el antiguo barrio de Nazaret se convertía en una tierra de nadie. Raquel corrió en esa dirección, acompañada de dos milicianos.

Las armas, pocas y gastadas, parecían no pesar mientras corrían. Encontraron, junto a un almacén, a dos figuras extrañas: una mujer y un adolescente, cubiertos de barro, con ropas empapadas. El chico tenía una herida en el brazo, pero no sangraba abundantemente. Llevaban una bolsa con comida seca y dos pequeños bultos envueltos en sábanas. Los vigilantes interrogaron en valenciano y castellano, con firmeza, pero la mujer sólo repetía entre dientes:

—Solo buscamos refugio. No queremos problemas. Mi hijo está herido…

—¿Hace cuánto fue la herida?

—Hace diez horas. Fue en el canal, una piedra. No son mordeduras.

El protocolo era estricto. Se separó al chico de su madre y se le revisó la herida. No presentaba signos de infección. Sin perder tiempo, un médico fue llamado. Era un voluntario de origen africano, el doctor Lamine, que había llegado varios meses antes con una caravana desde Alicante.

—No es mordedura, —dictaminó Lamine—. Puede entrar. Pero que pase la noche separada del resto, por seguridad.

Así, los nuevos ingresaron en el "lazareto", la zona semiabandonada junto al viejo Mercado Central, donde quienes llegaban pasaban noches enteras bajo guardia. Era uno de los muchos riesgos de aceptar a forasteros: un brote de la infección podría terminar con todos.

Esa noche, Raquel se quedó vigilando junto al muro, pese al frío. Zofia le acompañó. Compartieron un cántaro de vino áspero y fragmentos de queso duro, mientras los gritos de una jauría de perros rompían el silencio cada cierto tiempo.

—¿Cuánto crees resistirá Valencia? —susurró Zofia, sin apartar la mirada del horizonte.

—No lo sé, —respondió Raquel—. Tal vez años, tal vez sólo un invierno más. Pero es mejor que huir siempre, ¿no?

—Lo es. En el norte, solo queda correr y esconderse. Aquí, al menos sabes cuándo vendrá el peligro.

Miraron la ciudad, entre ruinas y antorchas. Al oeste, más allá del río, se distinguían pequeñas hogueras: señal de otro asentamiento menor, quizá menos organizado. A lo lejos, ululaban los zombis, todavía una amenaza en las calles bajas, pero mucho menos numerosos en los últimos meses.

Zofia se puso de pie.

—Pronto marcharé con la caravana, tengo que llegar a Castellón antes de que el tiempo empeore. Te dejo lo prometido —extrajo una pequeña bolsa de cuero, con algo de pólvora y varias balas artesanales—. Esta vez, hay que repartir bien.

Raquel aceptó el obsequio. Volvió a abrazar a su amiga, sabiendo bien que podía ser la última vez. La vida en esas circunstancias era así: efímera, preciosa, amenazada siempre.

Al volver al mercado, encontró a Manuel, el ex policía, organizando las señales de alerta: linternas envueltas en rojas telas, cuerdas sonoras, pequeños espejos para reflejar la luz a través de la niebla. Códigos recién establecidos, pero que ya salvaban vidas.

—Al final, lo simple funciona —le comentó Raquel—. Hace años no habría creído que acabaría así: con una linterna y una cuerda para pedir ayuda.

—Todos cambiamos. Sobrevivientes, eso queda. —Manuel miró el muro—. ¿Crees que algún día, todo esto será solo un recuerdo?

—Tal vez. Si resistimos, para contarlo.

Esa noche, cuando los fuegos menguaban y las lámparas de aceite parpadeaban sobre los puestos cerrados, un niño pequeño le preguntó a Raquel algo que la desconcertó:

—¿Había dragones antes de la plaga?

Ella sonrió, acariciándole la cabeza entre sucio y despeinado.

—No, pero había luz por la noche y agua en la playa. Había música en la ciudad y fallas que llenaban el cielo de colores.

—¿Volverá eso?

Raquel miró hacia la oscuridad y luego a las murallas, sobre las que se agitaban las banderas deshilachadas. Supo que la respuesta era incierta.

—Si nosotros seguimos aquí, algún día lo traeremos de vuelta.

Al amanecer, mientras los primeros carros se preparaban para partir y los vigías relevaban sus puestos, Raquel supo que ese sería un buen día, al menos mientras el muro resistiera, mientras la comunidad permaneciera unida y las señales cruzaran las almenas: Valencia vivía todavía, entre las sombras, los recuerdos y la esperanza.

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