Brote
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie
Operación ocaso
Incubación
Portada del relato Ecos de la Giralda
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


"¡Marta, ha habido un ataque en la Catedral!", gritó Juan. Siempre hablaba demasiado fuerte cuando estaba nervioso.

Duración: 09:57

Ecos de la Giralda
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

7 de Diciembre de 2020.

El silencio pesa sobre Sevilla como una losa de mármol. Hace apenas nueve meses, las calles estaban atestadas de turistas y de sevillanos paseando entre los puestos de castañas y los naranjos en flor; ahora, solo queda el rumor de lo perdido y el eco de los alaridos que rasgan la noche. Las noches frías de diciembre, extrañamente secas este año, son el único consuelo para los que aún quedamos, agazapados tras los muros de lo que una vez fueron hogares felices que ahora huelen a sudor, miedo y muerte.

Aquel lunes, mi turno era el último antes de la medianoche. Estábamos apostados en el tejado del bloque de pisos de la Calle San Jacinto, junto a la Parroquia de San Jacinto, uno de los tantos refugios improvisados en el arrabal de Triana. Ya no quedaba electricidad para encender las farolas y mucho menos para las luces navideñas, por lo que la ciudad vivía envuelta en tiniebla interrumpida solo por fogatas ocasionales y la luna llena reflejada en el Guadalquivir.

De fondo, se escuchaban alaridos inconfundibles; su tono, mezcla de grito humano y guturalidad salvaje, venía de lo que quedaba de la Plaza Nueva, cruzando el Puente de Isabel II. Desde el tejado, bajo la chaqueta tejana y la bufanda apestada de humo, podía ver algunas sombras titubear junto a la antigua Torre del Oro, siguiendo algún rastro invisible por la calzada.

No éramos muchos: quince en total, contando a mi madre, una anciana sevillana que nunca pensó acabar encaramada sobre sacos de arroz como si fueran barricadas. Pero la enfermedad —trasformada ahora en plaga de muertos vivientes— no daba tregua, y la ciudad, conquistada por los que regresaron de la muerte, exigía aprender un nuevo lenguaje: el del alarido. Sobrevivir no era solo esquivar a los infectados, sino aprender a interpretar los gritos de la noche: cuál era humano y cuál era un llamado de los nuestros, cuál anunciaba una muerte y cuál el inminente ataque de una horda.

Esa tarde, mientras preparaba mi bocadillo de chorizo —uno de los últimos—, vi a Juan cruzar, encorvado, desde la zapatería derruida. Llevaba colgado al cuello su radio de manivela, el único nexo con las noticias drásticas que rasgaban el aire con más violencia que los lamentos de las criaturas. Nadie quedaba de los viejos locutores de la SER o Canal Sur; ahora, solo soldados desesperados y mensajes anónimos cantaban alguna esperanza falsa.

"¡Marta, ha habido un ataque en la Catedral!", gritó Juan. Siempre hablaba demasiado fuerte cuando estaba nervioso.

Dejé el pan a medias y bajé, arrastrando el bate de béisbol que cogimos de un escaparate destrozado. "¿Han llegado hasta el centro?", pregunté.

Asintió, con los ojos vidriosos. "Se han refugiado en los sótanos del Archivo General de Indias. He oído los alaridos. No han durado mucho los de allí".

Mi madre, apostada junto a la ventana —camuflada con mantas para no dejar escapar luz—, tensó la cara. Había crecido en el barrio de Santa Cruz y el solo recuerdo de que los muertos caminasen bajo la Giralda la hacía temblar de rabia y tristeza. "Qué vergüenza, mi niña. Sevilla, arrastrada por el suelo…", murmuraba, más para sí que para mí.

Afuera, un viento helado sacudía los azulejos de las fachadas y traía, mezclado con el olor a madera quemada y descomposición, otro sonido: el repiqueteo de golpes, como si alguien aporreara contenedores de basura. Esta vez no era eco de las criaturas, estaba demasiado ritmado y breve.

—Es la señal —dijo Pepe, el policía jubilado que lideraba nuestro grupo desde que todo estalló en primavera. —Tienen que avisar si avanzan por San Vicente. Preparaos.

Sin darnos tiempo a discutir, todos nos pusimos en formación alrededor del patio interior y la escalera. Juan subió de nuevo al tejado, usando su escopeta recortada para vigilar la calle. El silencio, roto solo por nuestros jadeos y el crujir de dientes de mi madre, era absoluto… hasta que, de pronto, un alarido desgarró la noche. Esta vez era real, cercano, y era humano, femenino, desesperado.

Apenas segundos después, un golpe seco contra la puerta del portal. —¡Abrid, por Dios! ¡Mi hija! —chillaba una mujer al borde del colapso.

No era una trampa. No podía serlo. Cogí mi bate y bajé los dos pisos, abriendo apenas una rendija con la cadena puesta; vi a una mujer joven sujetando a una niña de menos de siete años, ambas cubiertas de sangre, la pequeña gimoteando.

—¡Por favor, están en la calle Zaragoza, vienen detrás, han salido de las cloacas!

No había tiempo para comprobar. Pepe y Juan bajaron corriendo, ayudando a subirlas y asegurar la entrada justo antes de que una horda menuda asomara a lo lejos. Desde la rendija vimos sus ojos lechosos, la piel con vetas liláceas, las bocas abiertas temblando en un intento fallido de hablar. Pero solo gritaban, un alarido tras otro. Vimos cómo uno de ellos, vestido con un viejo abrigo de hombre de negocios, tropezó y cayó, arrastrando a otros dos en una maraña de miembros. No sentían dolor, solo hambre y rabia.

Esa noche, nos turnamos en la guardia sin dormir. Cada vez que los muertos se acercaban, lanzábamos piedras, botellas y aquel viejo altavoz estropeado conectado a la batería de un coche rescatado, reproduciendo a máximo volumen el sonido grabado de una alarma de incendio. Para nuestra sorpresa —o desesperanza—, los zombis huían de los ruidos demasiado fuertes o extraños. Era nuestra única defensa real.

Amanece despacio en el invierno sin calores de este diciembre. El cielo se tiñe de un morado pálido y el Guadalquivir, lento, arrastra restos de muebles, colchones y una que otra figura humana a la deriva. Los alaridos se amortiguan, pero el miedo persiste; los muertos parecen menos activos a la luz, pero saben esperar. Mi madre insiste en rezar a la Macarena, cuyas imágenes aún cuelgan en alguna esquina saqueada, aunque el sonido de rezos ha sido reemplazado para siempre por el de los gritos y golpes.

Las otras familias que sobrevivieron en nuestro bloque, como los hermanos Guzmán y la anciana Pilar, se unen alrededor de la fogata del patio, planeando cómo racionar las últimas latas y preparar trampas por si los “andariegos” —como los llamamos— vuelven esa noche. El termómetro marca apenas tres grados, pero el frío no nos asusta tanto como el sonido inconfundible del alarido en la distancia.

De improviso, la niña recién llegada comienza a llorar, aferrándose a su muñeca, la única que le queda. Su madre, todavía temblando de fatiga, la abraza fuerte. "No llores, Lucía, no llores, los monstruos no pueden subir", le susurra sin mucha convicción. Pero todas sabemos que, tarde o temprano, subirán.

Con la radio a pilas encendida, escuchamos la voz distorsionada de alguien en la vieja base de Tablada: “A todas las unidades. Hordas desplazándose hacia Los Remedios. Se recomienda no encender fuego visible y evitar las calles abiertas. Repetimos, caminen solo en grupos y estén atentos a los alaridos cercanos”.

Juan resopla. "¿Cuánto creéis que aguantaremos aquí? Sin comida, sin gasolina… ¿y si no dejan de venir?"

Silencio. Solo mi madre se atreve a contestar, con la rabia de años de toros y duelos familiares. "Aquí nadie se mueve hasta que los perros de la muerte dejen de aullar". Y esas palabras, absurdas en otro tiempo, ahora nos mantienen en pie.

Pero nada calma los alaridos, los gritos que anuncian tanto la llegada del fin como la pura obstinación humana de resistir.

Al caer la tarde, subimos al tejado para vigilar. Juan, con la mirada perdida tras el humo gris que se levanta de la Cartuja, balbucea: "Allí estaban los monjes. Allí no llegan los infectados, el agua les asusta".

Pero sé que es solo una leyenda de supervivientes, como tantas surgidas en esta nueva Sevilla hecha de miedo. Tal vez la Cartuja sigue siendo segura. Tal vez no. Nadie ha cruzado el río desde el último ataque grande, cuando cuarenta vecinos quedaron atrapados entre los andamios del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo y los lamentables restos de los zombis que se arrastran sin destino bajo los naranjos.

El cielo se va cubriendo de nubes densas. El aguacero empieza débil, pero fuerte como para borrar huellas de sangre y de pasos. Cualquier esperanza de conseguir víveres en la próxima expedición queda aplazada por el empuje de los muertos, que parecen también acobardarse con el agua fría.

De la catedral, ahora nido de alaridos—aullidos monstruosos que rebotan en la piedra antigua—la Giralda vigila, muda. Algunos aseguran que los gritos pueden oírse hasta corralones del barrio de San Julián. Cada alarido de la ciudad vieja nos recuerda que no estamos solos, que la muerte ya no se resigna a los cementerios.

Mi guardia termina antes del anochecer. Bajo el bate, cansada, y veo a Lucía dormida en el regazo de su madre, protegida por un colchón de mantas y latas vacías. Mientras tanto, Pepe y Juan revisan las armas: tres cuchillos grandes, dos bates, dos escopetas con menos de diez cartuchos, y un hacha que heredamos del portero del bloque.

Me encierro en el cuarto con mi madre. El hambre se siente como una segunda piel, pero más fuerte es la costumbre de vivir, incluso de soñar, aunque afuera la única música sean los alaridos de la muerte. Cierro los ojos y, pese a todo, pienso en una vida después de los gritos, después del miedo, en una Sevilla donde el único alarido que se escuche vuelva a ser el de una saeta en Semana Santa.

No sé si llegará ese día.

Pero, mientras tanto, aquí seguimos, entre el frío, los recuerdos y los alaridos, resistiendo.

Brote
Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
Apocalipsis Z. El principio del fin
Septiembre zombie
Operación ocaso
Incubación

Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.